CAPÍTULO 9
AXEL
Olivia tenía un talento natural para dibujar de forma realista. Quizá por ello le pedí que me tatuara un delfín, animal de mi signo, justo entre el cuello y la clavícula.
Su concentración fue máxima, aunque estuviésemos en el salón de su casa. Yo estaba tumbado en el sofá, con el cuello doblado hacia la derecha y el cuerpo semidesnudo, relajado por completo. Ella estaba sentada en un taburete de la cocina, acercado al sofá, poniendo toda su atención.
—Te veo demasiado tranquilo. Duele un poco, pero intentaré tener cuidado —murmuró con media sonrisa, que no había ocultado en ningún momento desde que habíamos terminado nuestro primer asalto de placer.
Pensé en “primer asalto”, porque pensaba tener con ella muchos más y no solo aquella noche, sino durante toda la eternidad. Aquellos pensamientos estaban metidos en mi cabeza de una forma celestial. No veía posible ver a otra mujer como la veía a ella.
—Creo que hay cosas de mí que no podrías entender —solté de pronto.
Ella dejó de tatuar por un momento, pero tras mirarme y suspirar, siguió haciéndolo.
—A lo mejor no necesito entenderlo todo y quizá puedes explicármelo —murmuró.
Notaba su pulso acelerado en mi piel. Estaba demasiado cerca para pensar, anulaba mi parte más lógica y racional y despertaba todo mi arte dormido.
—El tiempo y la existencia son relativos, lo hablamos una vez, pero a lo mejor es mucho más difícil de explicar de lo que piensas.
Y puede ser que incluso tu motivación por encontrar desaparecidos sea vista de una forma muy diferente a como la veo yo —dije, empujando cada palabra, porque no me veía capaz de explicarle aquello que no tenía explicación.
Yo era un puto vampiro, un ser inmortal, destinado a estar vivo tantos años como mis enemigos me permitiesen.
Y ella era una humana, una humana preciosa y delicada con un talento especial para el arte que se había colado en mi piel desde el momento mismo en el que nos habíamos cruzado, por accidente.
¿O no había sido un accidente?
Medité que si no lo fuera, hubiera tenido una marca en su cuerpo y me había fijado muy bien en que eso no estaba ahí.
¿Cómo podía explicarles eso a los del cuartel, en especial a Gulliver y a Harold?
De todas formas, las marcadas habían desaparecido y los bebés estelares ya no eran necesarios.
Quizá simplemente podía plantearles que sabía que era ella.
—Mi madre desapareció cuando yo era muy pequeña, en circunstancias muy extrañas.
Había rastros y pruebas, yo estuve allí, pero cuando llegaron los investigadores no quedaba nada —explicó con la mirada perdida en algún lugar del salón—.
Sé que fue algo sobrenatural y sé que diciéndote esto puedes pensar que estoy loca y largarte, pero si no fue algo sobrenatural no tiene explicación, así que a veces quiero descubrir que existen otras cosas, algo que lo justifique, algo que no me haga quedar como una loca.
Puede que invalide cierta parte de mi trabajo, pero por lo menos sabría con qué estoy trabajando —añadió.
Aquello me hizo tragar saliva y quedarme pensativo. Ella quería saberlo y yo necesitaba contárselo. Sin embargo, no me vi capaz.
—¿Podrías venir conmigo a la cena que hay en mi casa mañana por la noche? Va a haber una reunión de amigos, también familia, y me gustaría que me acompañases —solicité.
Si aquellas palabras hubieran sido oídas por cualquiera del cuartel me hubieran matado. Pero como se iban a encontrar con el pastel una vez llegáramos y no era algo que se esperase de mí porque siempre había sido racional, tendrían que decidir cómo reaccionar en el momento.
Celia había sido la más comprensiva con diferencia y había obligado a Caleb a hacerlo, aunque en realidad le daba exactamente igual mientras le dejásemos irse a una esquina a fumar.
Paul, sin embargo, que era el único que quedaba por detrás de mí, había ido hasta la galería solo por curiosidad de saber si su destino estaba más cerca o si seguíamos en el mismo punto en el que había empezado mi mes después de cinco años de quietud.
Pasamos el día juntos, entre momentos de placer y algunos de conversación, que rondaban constantemente el tema de la vida, la muerte, el tiempo y las explicaciones. Aun así, no fui capaz de explicarle lo que yo era.
Nunca había pensado tampoco en tener que hacerlo. Ella había aceptado acompañarme, pero llevaba unas horas de la tarde nerviosa, dando vueltas por su apartamento.
—¿Y va a haber mucha gente? —preguntó, saliendo por tercera vez de su armario.
—No somos muchos —contesté, meditando que no era del todo cierto.
—¿Y es una cena formal o qué celebráis? —interrogó, cogiendo y soltando accesorios.
—Pues es la graduación de una sobrina —dije pensando en si era lo más parecido a la realidad.
—Ah, eso está muy bien. No sabía que tenías hermanos.
—Sí, los dos chicos de la galería son mis hermanos —contesté.
Me faltaba por decirle que había otros nueve aparte de mí y ellos dos.
—Ah, pues sí sois muy guapos. Tu madre y tu padre deben ser personas muy atractivas —supuso en alto.
—Supongo, no lo sé —confesé con sinceridad, para luego arrepentirme.
—¿No los conociste? —preguntó, poniendo algo de ternura en su mirada.
—No, pero mi padrino se hizo cargo de nosotros —expliqué, refiriéndome a Gulliver.
No era que quisiera mentirle, es que mi situación familiar era muy complicada de explicar sin decirle la naturaleza de lo que éramos y no era que fuese a entenderlo con facilidad.
—¿Y ellos saben que voy? —cuestionó, ya con el vestido definitivo puesto.
Iba preciosa de verde oscuro. Se había alisado el pelo y todo, sumado a su cara entre ilusión y preocupación, me hizo querer arrancarle la ropa. Me contuve porque no podía llegar tarde.
—Sí, lo saben y están muy contentos. Yo no suelo llevar a nadie —admití.
Ella me sonrió de vuelta.
Lo último era cierto, pero lo de que lo sabían no. Había escogido no decírselo sabiendo que, si no, se iba a echar para atrás. Y yo necesitaba ese empujón. El empujón de que ella llegase y todo el mundo empezase a cuestionarse todo para ver la viabilidad de lo que me estaba pasando.
Ella flipó cuando vio las paredes altas y grises del cuartel. Aun así, lo hizo más cuando entramos. Se fijó en todas las parejas que había allí y la cara de sorpresa que pusieron absolutamente todos y cada uno de los miembros.
Se hizo un silencio sepulcral por un momento. Después, para alivio de todos, Celia la saludó amablemente, dándole dos besos, llamándola por su nombre e invitando a todo el mundo a hacerse tantas preguntas que no pude gestionar todos los levantamientos de ceja que hubo hacia mi persona.
—Pues, familia, esta es Olivia, la chica que conocí en la galería y ha expuesto mis obras y con la que estoy saliendo —solté sin más dilación, consiguiendo que Olivia me apretase la mano y pusiera cara de situación y todo el resto no supiera dónde meterse.
—¿Podemos hablar? —preguntó Gulliver, saliendo de la nada.
Celia intervino para llevarse, hablando animadamente, a Olivia.
—¿Estás loco? ¿Qué hace una humana aquí? —cuestionó en cuanto estuvimos solos.
—Pues ya ves. Es una buena chica. Y siento cosas —confesé.
—Sentir cosas no es suficiente. Es una humana, no puede estar aquí. Cualquier cosa podría poner en riesgo nuestra especie, nuestro secreto. Además, Harold se va a poner como loco. No es viable. No sabemos si aparecerá una marcada.
—Me da igual que aparezca o no —admití, bien serio.
—Madre mía. Y yo pensaba que tú ibas a ser racional.
—Siempre has dicho que tengo una parte creativa —ironicé, para intentar bajarle el tono al asunto.
—Sí, pero no pensaba que me ibas a salir con este cuadro.