Los vampiros del zodiaco CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

OLIVIA

Estaba nerviosa. El sexo con Axel había sido increíble. La noche la había pasado entera dando vueltas en la cama, recordando cada movimiento. Si me esforzaba, aún podía sentir el goce de la yema de sus dedos sobre mi piel, apretando un poco, pero solo lo suficiente para hacerme gemir.

Había habido un momento de éxtasis tan fuerte que casi me había parecido ver unos colmillos saliendo de su boca.

¡Tenía que dejar de ver fantasía!

Si había un día en el que no tenía ni idea de qué iba a ponerme, era aquel día.

No paraba de mirarme en el espejo; ponerme un maquillaje; quitármelo; lavarme la cara; ponerme una colonia y volvérmela a poner.

No quería parecer excesiva, pero si de normal había que ir elegante a la galería y aquella exposición se iba a hacer de noche, tenía que ir como una diosa.

Sumaba en mi cabeza nuestro encuentro peculiar.

Acabé por ponerme un vestido ajustado, blanco, que quedaba justo por la rodilla, unos tacones dorados y complementos del mismo color a juego. Los labios, al final, fueron pintados de rojo por mí, con una mano algo temblorosa.

¿Se volvería a repetir aquel encuentro?

El corazón me bombeaba a toda velocidad nada más que de pensarlo.

Axel tenía algo diferente a cualquier hombre con el que hubiera estado y no era solo su forma de tener sexo, que era prácticamente rudimentaria y animall, sino que...

Había algo dentro de él, en su forma de hablar, en su arte, que me hacía verlo como si me entendiese más allá de la atracción sexual.

Sus dibujos eran profundos, sinceros y con un mensaje oculto tan parecido a los míos que me pregunté si no estaba delante de un amor predestinado.

Sacudí la cabeza, atorada con mis propios pensamientos. Le estaba dando muchas vueltas y a lo mejor para él había sido simplemente una noche.

¿Podría vivir yo con eso?

Sentía una especie de posesión nunca antes vivida hacia él. Tuve que dejar de pensar porque se me hacía tarde, así que salí volando de mi apartamento, decidida a volver a darlo todo en unas horas.

—¿Esperas a alguien? —murmuró en mi oreja, llegando por detrás, como ya se había hecho costumbre hacerlo.

Sonreí un poco. Me di la vuelta y aleteé las pestañas.

—¿A ti? —susurré.

Dejó unos segundos de silencio.

—Que sepas que solo porque eres el artista de hoy —añadí, intentando parecer fuerte y decidida.

Él sonrió, lo que me desarmó en un momento, y sus ojos color miel se hicieron algo más intensos.

La galería estaba inusualmente llena, aunque la habíamos anunciado con muy poco tiempo. Pero sus dibujos eran buenos y había atraído cierto tipo de mecenas que creían que tenían que conocer a cualquier nuevo autor con posible talento que saliera por si acababa siendo alguien influyente.

—Lo que no me has contestado aún es qué piensas hacer con los fondos. No tengo tu número de cuenta —aseguré, evitando ponerle mi dedo índice en el botón de su camisa, por mucho que quisiera.

—Ya. Te lo digo al final de la noche —contestó, girándose de pronto como si hubiera sentido algo.

Curioso fue que justo en ese momento entrara Celia junto a un hombre por la puerta, un hombre bastante apuesto. Bueno, si ese era su novio no tenía por qué meterse con Axel, suponía.

Madre mía, ¿de dónde había sacado yo aquellos celos irremediables por una noche?

—¿Qué hacéis aquí? —preguntó Axel en un tono que no supe descifrar.

—Caleb y yo queríamos pasarnos a ver qué tal la inauguración —contestó Celia con una mirada llena de intención que, sin embargo, no supe descifrar tampoco.

¿Me estaba perdiendo algo?

—Paul —murmuró Axel, nuevamente sorprendido.

Un hombre, alto, rubio, con algunos rizos y ojos negros, había cruzado las puertas de la galería. Había llamado la atención de muchas mujeres por allí nada más entrar, desviando un poco esas mismas de mi hombre.

Uy, ¿de dónde había salido eso de “mi hombre”?

—¿Amigo tuyo también? —interrogué, empezando a preguntarme si todos sus amigos eran modelos.

—Sí, por supuesto, dame un segundo —dijo, saliendo disparado hacia él y parándolo a mitad de pasillo para hablar unas palabras muy rápidas que no pude interceptar.

Después el susodicho esbozó una gran sonrisa y siguió paseándose por la galería.

—Así que sois amigos de Axel. Qué bien veros por aquí. La verdad que hemos tenido que montar todo muy rápido y solo lo he hecho porque confío mucho en su talento. Es muy distinto, habla del tiempo, de la eternidad, no sé, de fantasía —dije, intentando entablar conversación con esos dos.

—Sí, la verdad es que Axel tiene un talento especial, aunque no te dejes engañar, es una persona muy lógica y racional. Por eso colaboramos con los desaparecidos. Yo soy policía, él es nuestro asistente tecnológico, como ya sabes —explicó Celia.

Caleb, pues así me había quedado que se llamaba, se quedó, sin embargo, callado observándolo todo. Estaba segura de que no quería estar allí, pero acompañaba a su mujer. Me parecía bien.

La noche transcurrió de una forma espectacular. Los cuadros se vendían solos y las miradas que cruzaba con Axel prometían placer y deseo.

Lo que no me terminó de convencer fue que sus tres amigos estuvieran paseándose de una forma un poco extraña. Era como si aquel arte supieran que existiese, pero no lo apoyasen realmente, sino que estuviesen esperando a que ocurriese algo más. De hecho, sus miradas recaían en mí una y otra vez.

Tuve que preguntarme, consiguiendo azorarme de nuevo aunque no era costumbre en mí, si no se había hablado de nuestro encuentro o de una relación incipiente.

Me reí un poco por lo bajo y justo en ese momento la mirada de Axel cayó en mí.

—Te pago lo que haya ganado por tus pensamientos —susurró.

Por un momento pensé que lo decía en serio.

—No, estaba pensando que voy a ganar muy buenas comisiones —mentí descaradamente.

—Seguro que sí —aceptó—. ¿Qué harás cuándo salgas? —interrogó.

—Pues depende.

—¿De qué?

—De la compañía.

Su mirada se volvió la de un felino por un segundo. Le habían cambiado los ojos prácticamente y la dilatación de sus pupilas no era normal. Sin embargo, me quedé embobada en ello.

—¿Es una invitación? —cuestionó la voz más ronca y sexy que hubiera oído en mi vida.

—Sí —dije pasando la lengua por la comisura alta de mis labios.

—Axel...

La voz de Celia nos interrumpió en un momento.

—Gulliver quiere que te recuerde que mañana tenemos una cita con amigos por la noche —dijo, midiendo cada palabra Celia.

¿Se estaban hablando en clave o era mi impresión?

—Lo tengo en cuenta, pero hoy no —sentenció Axel muy serio.

Sus amigos acabaron por largarse del lugar, al igual que todo el resto de personas. La caja que habíamos hecho era impresionante y estaba segura de que mi jefe iba a adorar que hubiera encontrado a tal genio, aunque en realidad yo no lo había encontrado. Él me había encontrado a mí.

—Me has hecho una promesa y tienes que cumplírmela —exigió, acercándose en dos pasos y dejando nuestros cuerpos tan cerca que su calor invadió mi piel.

—Sí, pero primero tenemos que ir a mi apartamento —contesté casi jadeando, tocando su torso a través de la camisa e imaginándome escenas prohibidas.

No tardamos en llegar. Fuimos tan rápido que me pregunté si no habíamos volado. Aunque habíamos ido cogidos de la mano, no había sido capaz de ver nada en el camino.

Subimos y nos arrancamos literalmente la ropa. Su cuerpo era el de un adonis, como si sus abdominales hubieran estado hechos a cincel. La arañé con las uñas, le mordí el cuello y le tiré del pelo. Él respondía a cada una de mis exigencias con una embestida digna de un animal.

Nadie en el edificio debió dormir aquella noche, pero al llegar al éxtasis grité su nombre con una posesión y un reclamo que no entendía ni tenía sentido en mi forma de ser.

—Eres mía —susurró entonces en mi oreja.

—¿Qué? —pregunté, parpadeando muy rápido y con el jadeo aún muriendo en mi garganta.

—Que tienes que hacerme un tatuaje —solicitó de pronto.