Los vampiros del zodiaco CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

AXEL

Olivia estaba diferente. Eso fue lo primero que pensé cuando la vi, a pesar de quedarme a metros de distancia.

Conforme seguí avanzando, una sensación se instaló en mi estómago, una que hacía tanto tiempo que estaba dormida que pensé que no existía.

No pude evitar quedarme como una estatua cuando solo me quedaban unos pasos para alcanzarla.

Esos vaqueros resaltaban su figura, dejando que mi imaginación volase por esas caderas y esa cintura marcada que, imaginándome subiendo las manos por ellas, acababan en unos pechos turgentes que había dejado más de lo habitual a la vista.

Olía bien. Su fragancia inundaba mis fosas nasales, consiguiendo aturdirme. El pelo lo llevaba perfectamente peinado y deseé poder despeinárselo.

Cuando se giró para mirarme detrás de esos ojos verdes intensos, contuve la respiración, o lo más parecido, dada mi condición, que se pudiera hacer.

Nos quedamos en silencio varios segundos, como si el tiempo no pasase por nosotros en aquella sala. Ya no quedaba nadie y las luces estaban tenues, invitando a una noche demasiado íntima.

—Es como si supieses siempre exactamente cuándo termino o empiezo las cosas —susurró con una media sonrisa que me desarmó.

—Bueno, estoy atento —admití, sin decirle, por supuesto, que su rutina y sus horarios se habían convertido en una parte fundamental de mi día.

—Pues tengo las condiciones en la mesa —dijo, cortando el contacto visual y acercándose a la superficie donde reposaban los papeles junto a carpetas.

Fue detrás de ella y volví a quedarme tan cerca que mis labios podían haber besado su piel, la perfecta piel de su cuello.

No estaba preparado para que se diese la vuelta. Tan cerca que estábamos, prácticamente nuestras narices se rozaban. Mis manos acabaron una a cada lado de su cuerpo, reteniéndola entre la mesa y mi cuerpo.

El recuerdo del beso que le había dado sacó mis instintos más primarios. Los incisivos delanteros amenazaron con salir y, aunque eso pude contenerlo, acabé por devorar su boca.

Ella, receptiva, agarró la solapa de mi camisa para acercarme más a ella. Mis manos agarraron sus caderas para subirla a la mesa y ella, para mi perdición, entreabrió las piernas.

Su deseo fue evidente. Sus labios se entreabrían mientras decidía jugar a un balanceo peligroso con sus caderas contra mi miembro. Gruñí. Un poco gutural de más para ser humano, pero no pareció darle importancia.

Mordió mi piel desde la clavícula hasta el cuello y acabó deteniéndose en el lóbulo de mi oreja, tan juguetona que supe que no iba a poder contenerme aquella noche.

Deslicé mis manos hasta el botón de sus pantalones hasta que me deshice de ellos por completo.

Ahí pareció caer en la cuenta de lo que estaba a punto de pasar.

Con toda la voluntad de la que fui capaz, me contuve hasta estar seguro de que quería, pero volví a acercarme a ella y allí no había más contención posible.

Estar dentro de ella fue una sensación totalmente diferente a cualquier otro sexo que hubiera tenido.

Agarré su barbilla con mi mano pulgar y mi dedo índice para conseguir que me mirase directamente a los ojos mientras que el placer recorría su cuerpo y su boca se abría y se cerraba continuamente en jadeos.

Cada vez que ponía la posición en sus labios de morderse, mi deseo aumentaba tanto que no estaba seguro de poder controlarme. Pero su éxtasis era más importante que cualquier otro placer que yo pudiera estar sintiendo.

El bombeo fue creciendo, fui teniendo que aguantarme más mientras que estimulaba sus pezones todavía por encima de la camisa que deseaba arrancarle.

Cerró las piernas alrededor de mi cadera mientras que el bombeo crecía hasta que, en un agarre entre sus muñecas de mi cuello, se dejó ir por completo, regalándome el placer y la visión más exquisita que hubiera tenido en toda mi larga existencia.

Tras un reguero de besos, acabamos separándonos para ir cada uno a un baño de la galería y adecentarnos.

Cuando salió, yo ya estaba vestido. Ella me sonrió tímidamente, con las mejillas sonrojadas y el pelo algo alborotado, intentando colocárselo.

Aquella visión era perfecta, solo había un problema: ella tenía que ser mía y no solamente una vez, sino para toda la eternidad.

¿Cuándo había tenido yo ese sentimiento posesivo? Nunca. Yo era una persona independiente. ¿Dónde estaba el problema?

Seguramente en que no era correcto. Ella no estaba marcada y yo no tenía forma de introducirla en el cuartel.

Mierda.

Estuvo hablando un poco sobre las condiciones, pero yo en realidad no estaba escuchando.

Le sonreí y le dije que sí vagamente mientras mis pensamientos estaban muy, muy lejos de allí.

—Entonces, ¿estás de acuerdo en todo? —preguntó un poco inquieta.

—Sí, sí, todo me parece bien.

—Vale, pues enséñame las obras —sugirió, volviendo a ampliar su sonrisa un momento y luego mordiéndose el labio.

Saqué los dibujos y se los tendí. Ella pareció avergonzarse en alguno de ellos. En otros simplemente eran sentimientos confusos que, expresados en lienzo, no podían tener mucho sentido para aquellos que no tuvieran la duda de la inmortalidad.

—Son fascinantes y diferentes. Transmiten algo... wow. Yo pensaba que mis cuadros eran difíciles de entender. Aunque este...

Se detuvo justo a mirar el que era su retrato.

—¿Qué? —inquirí.

—Esta soy yo —susurró, tan bajito que dudé de si había querido decirlo en alto.

—Puede ser —admití, entrecerrando los ojos en su dirección.

Se acercó para ponerse de puntillas y besarme lenta y dulcemente. No estaba preparado para esa debilidad. Yo era prácticamente un animal. Yo sabía que estaba muy lejos de la raza humana y también era consciente de que aquello no podía ser. Aun así, le respondí el beso.

—Si está todo… Tengo que irme —murmuré, haciendo acopio de todo mi valor para decir esas palabras.

—Esto... sí, sí, claro, nos vemos mañana por la noche. Digo, en la exposición, en la galería, aquí, en tu debut —titubeó.

Estaba nerviosa, se le notaba, pero no podía pararme a descifrar por qué. Porque yo mismo era un manojo de sentimientos encontrados que no tenía ni idea de cómo iba a plantear lo que estaba sintiendo inesperadamente dentro de la vida del cuartel.

—¿Ha ido bien la noche? —preguntó Gulliver nada más verme entrar. Quizá en el semblante se me notaba algo, pero, de todas formas, aquel hombre era demasiado perceptivo.

—Todo bien —mentí descaradamente.

—Sabes, Axel, eres más transparente de lo que crees, pero me alegro de estar frente a una persona que siempre usa la lógica y la razón —señaló, como si fuese alguna clase de advertencia.

—Sí, siempre lo hago —admití.

Lo que no le dije fue que en aquella ocasión, la razón y la lógica habían salido por la ventana.