Los vampiros del zodiaco CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

OLIVIA

Me levanté tras toda la noche inmersa en sueños confusos donde sí o sí, lo reconociese o no, había estado presente Axel. Era un hombre extraño y con una atracción particular al mismo tiempo.

Sabía que le iba a ver de nuevo aquella mañana, así que tardé más de lo habitual en la ducha.

Me esforcé en ponerme aceite esencial y tardé más de lo que era habitual en mí en escoger la ropa, que sí, que luego iba a tener que cambiarme para la galería casi seguro o ir todo el día sufriendo más mona de lo normal, pero quería tener ese aura cuando me viese.

Sus penetrantes ojos color miel mirando de forma intensa cómo tatuaba habían conseguido recorrer mi espina dorsal, además de hacerme tener más de un escalofrío. Nadie me había mirado así en tanto tiempo, o mejor dicho, en toda mi vida. Mi estómago formaba unas cosquillas involuntarias ante él.

¿Qué probabilidad había de trabajar con él codo con codo en el proyecto de desaparecidos cuando había sido una persona random entrando en la galería? ¿Y qué posibilidad había de encima ir a hacer una exposición sobre su arte?

Pensando precisamente en eso, me tomé el tiempo de escribirle a mi jefe la propuesta de alquiler y de el día de la exposición para los cuadros de Axel.

Intenté que le saliera lo más económico posible pero, a la vez, que no me dijese que no el dueño, ya que tanto por la rapidez me había pedido él mismo como por mis propias prisas personales, prefería que sí se diese esa colaboración.

Ataviada con un pantalón negro ajustado, unas botas negras altas y una camiseta roja cuyo escote era un poco más pronunciado del que solía llevar, acabé por salir de casa.

Me arrepentí nada más pisar la calle.

¿No iba yo muy escotada? ¿Qué era lo que pretendía?

No era un cliente más de la galería, no estaba siendo solo amable.

Todas esas preguntas nublaban mi cabeza una y otra vez.

En el edificio me paseé hacia arriba y hacia abajo en la entrada sin saber si subir o esconderme. Tenía las mejillas sonrosadas y la mente hecha un lío.

Acabó por llegarme el correo de mi jefe aceptando las condiciones y solté un pequeño saltito de felicidad.

¿Porque justo en ese momento tuvo que llegar Axel y verme?

¡Qué vergüenza, por Dios!

—Qué contenta te veo hoy —aseguró con una media sonrisa que me dejó cautivada.

—Esto... sí, bueno, he tenido alguna buena noticia —contesté, intentando recuperar algo de dignidad.

—¿Alguna que tenga que ver conmigo? —interrogó él, arqueando la ceja.

—Pues mira, sí, he conseguido las condiciones de tu exposición, si quieres comentarlas cuando terminemos la reunión —propuse.

Celia pasó entonces por nuestro lado y saludó muy sonriente a Axel. Pese a todo, y que no me pareciesen pareja el día anterior, me pregunté nuevamente si no tenían algo y por qué ese pensamiento me molestaba.

El ascensor iba lleno, así que esperé al siguiente.

Axel en el último momento se bajó para esperar conmigo.

Los nervios consiguieron subir mi pulso, pero más se aceleró cuando subimos en el pequeño espacio juntos.

Sí, debíamos tener más espacio que el de nuestros predecesores, pero aun así, con su altura y estructura, parecía aún más pequeño.

No podía quitar mis ojos de él.

—No me mires así —exigí en un murmullo que, sin embargo, no sonó para nada amenazante.

—¿Y por qué no? —inquirí.

Eliminó la distancia que había entre nosotros en dos pasos y su boca tomó la mía.

El timbre de haber llegado a la planta nos interrumpió. Nos separamos cual dos imanes con fuerza contraria y salió por delante de mí como si nunca hubiera pasado nada.

Yo todavía estaba recuperando el aliento cuando entramos a la sala de reuniones.

Normalmente era un tema que me apasionaba y al que dedicaba todo mi tiempo libre, además de dar todo en cada reunión.

Quizá por eso algunos de mis compañeros, que sí me conocían de haber ido allí a dar por saco con el tema, me miraron como si se extrañasen de mi silencio.

Lo cierto era que no me había enterado prácticamente de nada y que estaba deseando salir.

Cuando por fin lo hicimos, intenté quedarme cogiendo un café de máquina para evitar bajar con él, aunque se suponía que teníamos que hablar lo de la galería. La suerte no estuvo de mi parte, pues se dio cuenta de la jugada y apareció detrás de mí. No a distancia, no. Justo un paso por detrás de mí.

Su boca prácticamente tocaba el lóbulo de mi oreja mientras yo metía el euro en la máquina.

—Creía que íbamos a hablar de mis condiciones —susurró.

No era nada sexual, ni sensual siquiera, pero su voz o algo en su tono, despertaba todos y cada uno de mis sentidos más animales.

—Mi jefe está dispuesto a que lo hagamos mañana por la noche. El alquiler del local no es barato, pero he conseguido que lo deje un 20% más económico debido a la celeridad y que dudo mucho que vayamos a llenar ese espacio en tan poco tiempo.

Saqué el móvil, le enseñé las condiciones por encima para no tener que hablar de dinero en palabras, puesto que me parecía bastante vulgar. Miró brevemente la pantalla, asintió y volvió a clavar esas dos piedras ámbar que tenía como ojos en mí.

—Me parece perfecto. ¿Cuándo verás las obras?

—Pues estaba pensando que luego podíamos quedar y enseñármelas, puesto que tienes que contarme algo sobre ellas o las emociones que transmiten.

Tengo que prepararme para poder venderlas.

Además, también quiero saber dónde quieres que hagamos llegar el dinero, si vas a estar en la exposición, todo eso.

Lo que sí es que, pensando en todos los trámites que tenía que hacer, tanto suyos para poder llevar a cabo esa exposición como previos para retirar la anterior temporalmente. No podía ser durante la jornada laboral.

—¿Me estás proponiendo quedar esta noche? —cuestionó, volviendo a marcar la ceja de esa forma que oscurecía su rostro y marcaba más sus pómulos y su mandíbula.

—Pues si quieres que sea ya, no hay otra opción.

—Vale, pues me paso cuando cierres —aceptó.

—Perfecto, perfecto —murmuré, más quedándome sola hablando de otra cosa.

Cuando estaba a punto de perderle de vista, se giró. Volvió hacia mí, me dio un beso en la boca y se marchó.

Tenía un montón de trajes chaqueta, pares de zapatos de tacón, tan formales que me dieron angustia.

Acabé por vaciar todo el armario hasta encontrar un vestido de noche que pasaba por formal.

Era azul marino, por debajo de la rodilla, pegaba con unos taconcitos bajos pero monos dorados y llevaba algo de escote.

El pelo siempre me lo peinaba igual, pues para eso tenía el pelo bien marcado, pero me esforcé mucho en que el flequillo estuviese alineado y sin ningún hueco, cosa que me obsesionaba bastante y aquel día más.

¿Yo iba a trabajar o a ligar?

Me mordí el labio antes de pintármelo un poco más de rojo y salí dispuesta a darlo todo.

Y hombre si lo di todo. Pues aquella tarde vendí prácticamente todos los cuadros que quedaban en la galería. La gente, sobre todo ese tipo de magnates estúpidos que querían algo para su salón para poder fardar, estuvieron muy agradecidos con mi look un poco más atrevido.

Si lo sabía antes, anda que iba a estar yo en esa situación financiera. Sí, de todas formas no me salía ser así. Lo hacía solo cuando me nacía.

Prácticamente a la hora de cierre miré mi muñeca, comprobando en el reloj de plata, herencia de mi madre, que ya casi era la hora.

No necesitaba darme la vuelta para notarlo, pues su aroma era caliente y conocido. No estaba a más de tres pasos de mí y su boca, aunque estaba de espaldas, sabía que estaba entreabierta. Esos labios se habían fabricado para el placer y yo de alguna forma lo sabía.