CAPÍTULO 5
AXEL
—¿Y qué con esa chica? —preguntó Celia en cuanto estuvimos a solas de camino al cuartel.
—Nada, absolutamente nada. Nos hemos cruzado un par de veces y la salve de un capullo —contesté, casi como si tuviese obligación de justificarme, aunque no la tenía.
En el cuartel todo el mundo la esperaba para saber las novedades sobre la actualización del sistema y quedaron contentos con los nuevos patrones que íbamos a ir incorporando poco a poco.
Celia y yo tendríamos que ir más veces al centro de desaparecidos y coordinarnos con el nuevo departamento policial que se iba a crear.
Por suerte, llevaba suficiente tiempo vivo, como todos, para saber quién podía darme un título de experto en tecnología, que, aunque lo era porque lo había estudiado de forma amateur, no era un titulado precisamente.
Me gustaba estudiar y era una persona razonable y lógica, pero nuestra propia condición nos hacía no poder perder tiempo en cosas tan banales como estudios universitarios, además que era demasiado rutinario para nuestros quehaceres y había posibilidad de que se diera cuenta alguien de que no crecíamos.
—¿Y de casualidad no te has cruzado con ningún bebé estelar, o con una persona marcada? —preguntó Harold, incapaz de dejar el tema, por mucho que los años habían demostrado que no existían para mí ni para Piscis.
Encontré tranquilidad en mi cuarto durante un rato, mirando los bocetos de los distintos dibujos que me habían salido solos debido a la inspiración que las anteriores noches había tenido.
Lo malo, que la ira por lo que casi ocurría en la galería con ese tipo me hizo plantear dibujos mucho más oscuros que acabé escondiendo al final del cuaderno.
Al ir a salir, Gulliver me paró en seco.
—¿Dónde vas? —preguntó, inquieto.
—No sabía que teníamos prohibido salir —respondí algo a la defensiva.
Él sabía perfectamente que yo era una persona muy independiente y que no tenía interés alguno en quedarme haciendo cenas familiares los días de diario.
—Me extraña que salgas porque es muy de seguido. Y a ti te gusta también estar en tu cuarto —señaló.
No se equivocaba, pero le había dicho a Olivia que nos veíamos luego, y luego era casi en ese momento.
¿Que con qué excusa iba a presentarme? ¿Que por qué motivos anteriores lo iba a hacer?
No tenía ganas de pensarlo, pero salí de allí con mi mochila llena de arte y pinturas sin un discurso coherente.
Mierda, ya me estaba pareciendo a los idiotas de mis hermanos.
Caí en la cuenta un poco tarde de no haber comprobado el horario de Olivia en la galería y que quizá no estaba allí. Pero, para mi grata sorpresa, estaba sentada en un banco distraída con su propio blog.
—¿Así que me estabas esperando? —cuestioné, arqueando una ceja.
—No, desde luego que no —respondió, sabiendo que era perfectamente yo, sin darse siquiera la vuelta.
—Dibujas bien —señalé, cambiando de tema.
—Son bocetos sin importancia —dijo, cerrando con un golpe sonoro el bloc al darse cuenta de que yo estaba viendo su creación—. ¿Qué haces aquí? Digo, dijiste que nos veríamos luego, pero pensaba que te referías a mañana, en el centro, ya sabes.
—¿Y por eso estás aquí? —interrogué, dejando ver su falta de sentido.
—Sí, me gusta estar aquí y dibujar. No puedes saber lo contrario. No nos conocemos tanto tiempo —rebatió.
Eso era cierto, pero mi intuición, que era muy buena, me decía que estaba ahí sabiendo que yo iba a llegar. Que compenetración mental. Y qué extraño que eso me pasase después de tantos años.
Bueno, era una amiga, una amiga intelectual y creativa, que no tenía por qué no tener. Me justifiqué mentalmente a mí mismo.
—Bueno, pues qué gran casualidad entonces que haya podido encontrarte, porque, saber, no sé dónde vives.
—Efectivamente.
Mi subconsciente me dijo que igualmente habría sido capaz de encontrarla sólo por su olor en toda la ciudad, pero omití decirlo porque iba a parecer un loco.
—Sí, una suerte. De todas formas no me puedo quedar mucho, tengo un trabajo nocturno —soltó, dejándome confundido.
¿Un trabajo nocturno? Eso no lo tenía en mi plano. ¿Y en qué gastaría su tiempo?
—Vaya, creía que iríamos a cenar juntos.
—¿Cenar juntos? —cuestionó con un gritito ahogado en su voz.
—Sí, eso pensaba. ¿Y a qué horas sales?
—No lo sé —titubeó.
—¿No lo sabes, no me lo quieres decir o estás incómoda con mi presencia? —pregunté.
—No lo sé, sin más —señaló, tamborileando en su rodilla con los dedos índice y corazón.
—De todas formas, venía a hablarte de trabajo —improvisé.
Eso pareció llamar su atención y bajó la guardia por unos instantes.
—¿Del trabajo? ¿De la galería? ¿Del cuadro? ¿O de qué?
—Sí, justo eso. Había pensado hacer una exposición de mi propio arte allí.
¿Qué cojones estaba diciendo? Si yo era la persona menos exhibicionista de mi arte del mundo.
—Ah, ¿tú pintas? Bueno, sí, supongo que se podría hacer, pero hay unas cuotas de alquileres y gastos que se tienen que cubrir. Hay que hablar con mi jefe, por si luego no se venden los cuadros, que seguro que sí, si son buenos.
La vi nerviosa. Se toqueteó el pelo, rompiendo por un momento su perfección de cortina hasta el hombro. El flequillo se le revolvía un poco con el viento y no paraba de intentar colocárselo una y otra vez.
—¿Entonces podemos hablar de esas condiciones ahora? —pregunté.
—Tengo trabajo —respondió, haciendo una mueca de habérmelo dicho ya.
—Ya, es que no sé, no tengo muchas noches y quería hacerla cuanto antes.
—Ya, esto... Mira, si me quieres acompañar, no sé qué voy a tardar —propuso.
—Por supuesto —acepté.
No iba a ser yo quien dijese, ni en alto ni a mí mismo, que estaba deseoso de ver cuál era ese tercer trabajo de Olivia.
Llegamos a un estudio de tatuajes, por llamarlo de alguna forma, pues era un local cuya persiana estaba a medias y cuya ausencia de carteles dejaba claro que no era una actividad demasiado lícita.
—Te veía de las legalistas —susurré sin poder evitarlo.
—Y lo soy, pero los tatuajes apenas dan dinero y además no es mi negocio, es de un colega. Solo que hay ciertos tatuajes que se me encargan a mí —aseguró.
Aquello llamó mi atención. Me metí debajo de la persiana, me fijé en cómo encendían las luces, estudié un poco las paredes y algunos de los libros llenos de dibujos que había sobre las mesas. Ninguno llamó especialmente mi atención.
Al cabo de esperar un rato, en el que yo me había apoyado en una esquina de la pared intentando mimetizarme con el ambiente para no ser notado, llegó un chaval que saludó con demasiada efusividad a Olivia y que me repasó de arriba abajo, para no acabar diciendo nada, ante un movimiento de negación de cabeza de ella.
¿Qué significaría esa negación de cabeza? ¿Le debería algún tipo de explicación sentimental? No lo creía.
Esperando un poco más, llegó una chica cuyos rasgos pasaron inadvertidos para mí y acabó sentándose en una camilla donde Olivia empezó a colocar todos los materiales conforme el tatuaje se iba realizando.
Me di cuenta de lo especial que era. Sabía hacer que el relieve fuera tan exacto que podías casi tocar la figura que estaba haciendo. Parecían cristales brillantes y la forma geométrica que acababa dando sentido a un león de distintos colores me dejó impresionado.
Tanto fue así que me quedé callado sin saberlo todo el tiempo que duró y no fueron precisamente pocas horas.
Cuando la chica le agradeció su labor y le pagó, ella aseguró que nosotros cerrábamos y desaparecieron los dos individuos. Me alegré mucho de perder al tío de vista por algún motivo.
—Eso ha sido impresionante —admití.
—Bueno, da dinero cuando hay clientes —dijo, llevándose el pelo detrás de la oreja.
Sus ojos brillaban un poco en la oscuridad. No pasó desapercibido para mí.
—Hablamos entonces de lo de la galería —preguntó, sin poder ocultar su cansancio creciente.
—Bueno, básicamente quiero hacerlo cuanto antes y no es problema el dinero —dije—. Mira, te doy mi teléfono y me llamas. Veo que estás cansada.
Acepté, garabateando en un folio mi número y dándoselo antes de desaparecer.
¿Por qué había hecho eso? ¿Por qué había renunciado a seguir un rato con ella? Mis propios sentimientos empezaron a dictarme que algo en toda aquella situación no iba como debería.