CAPÍTULO 4
OLIVIA
La intervención de Axel me había venido de lujo, pero al ser nuestra conversación tan rápida e irnos por las ramas del pensamiento, no me había dado tiempo a investigar realmente si estaba pasando por allí de casualidad.
No lo creía. Y eso, de alguna forma, aleteaba mi corazón. Ese que pensaba que tenía dormido.
Pero bueno, era diferente. No parecía tener ese interés, o por lo menos no lo demostraba de una forma que me incomodase.
El incidente de la galería había terminado positivamente, porque nadie había caído en la cuenta de lo que había ocurrido y no parecía que nadie se hubiera quejado.
Sin embargo, mi jefe, de forma totalmente inusual, me había escrito un WhatsApp para felicitarme por mi gran trabajo y eso sí era muy sospechoso.
Al salir, cansada, había dormido a pata suelta, pensando aprovechar mi único día libre de la semana por la mañana para ir al centro de desaparecidos y hacer unas compras.
Elegir ropa había sido sencillo: un vaquero cualquiera negro y un jersey de lana blanco, con unas botas marrones como complemento. Cómoda y elegante. Debería ser siempre mi vestimenta, pero en la galería había que llevar cierta etiqueta.
El centro de desaparecidos había recibido una notificación de la policía central para llevar a cabo una reunión en la que coordinásemos nuevos sistemas más modernos para la actualización de las bases.
Aunque era mi día libre y, en teoría, tampoco tenía turno allí, me liaron para que fuera yo la que fuese junto a mi compañera al centro de desaparecidos.
Cierto fue que se quedó en una esquina pelando la pava con su novio en vez de entrar conmigo al edificio policial.
Unos rizos morenos me dejaron paralizada por unos instantes. No podía ser que fuera él. Iba acompañado de una chica espectacular cuyo cuerpo parecía sacado de las películas.
Aceleré el paso, ¿para qué mentir?, para comprobar si mis sospechas eran ciertas. Ellos se reían animadamente; habían cogido el ascensor. Decidí meterme por la rendija que quedaba para ir en el elevador con ellos.
Sí, desde luego era él. Esos ojos color miel se habían quedado en mi memoria por motivos ajenos a mi voluntad. Ella, desde luego, era muy guapa.
—Tú —murmuró al comprobar mi identidad.
Hubiera dicho que me reconoció demasiado rápido, casi como si me hubiera podido presentir antes incluso de tirarme por la rendija del ascensor.
—Hola, qué casualidad, ¿qué haces aquí? —inquirí, peinándome un poco el flequillo que me había quedado descolocado con las prisas.
—Pues ella es Celia y es policía —contestó, casi como si no entendiese por qué me estaba dando explicaciones.
—Vale, encantada. Yo soy Olivia, pero ¿y tú? ¿Qué haces aquí? ¿La acompañas? —cuestioné, más interesada en el tema de lo que iba a reconocer.
—No sabía que tuviera prohibido cruzarme contigo —soltó irónico—. En realidad venimos a hablar con unos jefes. Ya sabes, una reunión aburrida —confesó.
—¿La reunión de sistema de desaparecidos? —pregunté, demasiado absorta en la casualidad como para medir mi tono.
—Sí, exactamente.
—¿Me estás queriendo decir que vienes a lo mismo? —cuestioné, alzando una ceja.
Su expresión no era precisamente de amabilidad. Era más bien una reflexión sobre si todo aquello era una casualidad, lo que me llevó a pensar que efectivamente lo era, porque si yo estaba pensando que era igual de extraño, era que ninguno de los dos lo había planeado.
También me pregunté si ella sería su novia, pero no veía en qué contexto podía preguntárselo, ni por qué quería yo saberlo.
Efectivamente, todos estábamos en la misma reunión. Hablamos del sistema de desaparecidos; cómo estaba tan desactualizado; los perjuicios que tenían para los familiares y los muchos datos que se habían perdido inexplicablemente.
Por lo que entendí, la chica efectivamente era policía y se dedicaba a abrir casos antiguos, tal y como hacía yo, pero con una carrera policial que lo explicase. La curiosidad sobre si tendría motivos personales en ese aspecto hizo mella en mi interior, pero no pude acercarme y preguntárselo.
Él, sin embargo, estaba allí como experto en nuevas tecnologías y sistemas de organización de documentos y datos, por lo que íbamos a tener que trabajar juntos algún tiempo, por lo visto.
Al acabar la reunión, a ella le sonó el móvil y se alejó para hablar por teléfono. Se la veía risueña y tuve una esperanza banal de que fuera su novio, aunque a lo mejor Axel lo era.
Axel se acercó a una de las vidrieras del edificio para esperarla y yo me acerqué, como quien no quería la cosa, para sacarme un café, que ni me apetecía ni necesitaba, pero era mi excusa para seguir allí.
—Mucha casualidad, ¿verdad? —comenté en alto.
—Pues sí, la verdad que está juguetón el destino —respondió con una mueca.
—Has dicho destino como si pensases que es algo malo —azucé.
—Quizá lo sea —remarcó, misterioso.
—Bueno, lo que hablamos de la muerte y la vida y el tiempo, al final todo tiene que ver con el destino, supongo —dije, haciendo referencia al cuadro.
—Ya, si queremos ver una cosa conectada siempre la vamos a ver conectada, da igual si tiene sentido o no, razón o no.
Quizá era cierto, pero su tono y su distancia me molestó.
¿Le había hecho yo algo? ¿No era él quien me había salvado casi como si fuéramos amigos de ese tipo? ¿No habíamos tenido un momento semiespecial en esa conversación tan íntima?
A lo mejor todo eran paranoias mías.
—Bueno, a lo mejor no es tanta suerte trabajar juntos como había pensado —sentencié, a la vez que cruzaba los brazos.
—No veo nada de malo en trabajar juntos —replicó—. ¿Has tenido algún problema en la galería? —interrogó, saliendo de ese trance casi maleducado que acababa de tener.
—No. La verdad es que no —dije tajante.
—Pareces enfadada.
—Pues no lo estoy —respondí rápida.
—Oye, Axel.
La chica, Celia, se acercó a nosotros, dubitativa.
—¿Quieres que vaya yendo yo o vamos juntos?
—Vamos juntos —afirmó él—. Que tengas un buen día, Olivia. Nos vemos luego —aseguró.
Asentí con la cabeza a forma de despedida.
Solo cuando ya se había ido caí en la cuenta de la afirmación: «Nos vemos luego».
¿Por qué había dicho eso si no teníamos que vernos en grupo para el trabajo hasta el día siguiente?
Probablemente había sido una forma de hablar, pero los nervios volvieron a instalarse en mi piel formando un cosquilleo.