Los vampiros del zodiaco CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

AXEL

Ese idiota no iba a ponerle una mano encima. Había llegado allí por casualidad, o tal vez no. Había estado divagando, pensando en mis cosas, hasta que había decidido volver al cuartel como quien tenía que fichar. Había decidido ir a por materiales de pintura para hacer un cuadro.

Mi creatividad iba y venía tanto como los años pasaban por mi existencia, pero tras observar durante más horas de las que me gustaría admitir el cuadro que me había dado la galerista, se me había despertado un gusanillo.

¿Que por qué había llegado hasta la galería si la tienda de pinturas estaba a cuatro calles?

Bueno, ya que estaba, había decidido pasar por allí y quizá ver alguna otra obra o preguntarle por el origen de la que tenía, o eso me dije a mí mismo.

Pero no. Llegué y tuve que encontrarme ese esperpento de hombre intentando amenazar a Olivia.

Que no era porque fuera Olivia, pero lo cogí de la chepera y lo tiré por los aires hasta que su espalda chocó violentamente con una pared.

Olivia ahogó un grito de sorpresa, pero pude ver el alivio en su rostro. Ese papanatas se había metido con quien no debía. Por casualidad o no era otro tema que no iba a poner a discernir en mi mente en ese momento.

—¿Qué haces, estúpido? —dijo, levantándose el hombre.

Probablemente su estado lamentable de embriaguez no le había permitido observar nuestra diferencia de fuerzas, pero por su bien era mejor que sacase el culo de allí antes de seguir cabreándome.

Aquello no eran celos. Yo, por mi propio signo, no era una persona celosa, además que Olivia no era nada mío, pero sí era una persona justa y eso me hacía odiar aquella situación.

—Vete antes de tener más problemas —exigí, haciendo hincapié en cada palabra.

Su estado no le permitió ser inteligente porque se abalanzó para pegarme. Lo esquivé. En un movimiento paré el puñetazo con mi muñeca y le golpeé con el puño en la cara.

Volvió a caer.

—Basta —dijo Olivia en una petición bajita—. Mi compañero de trabajo está a punto de llegar y si ve esta escena va a pensar que yo la he provocado y van a acabar despidiéndome —aseguró.

Resoplé, porque encima que la ayudaba parecía que yo era el culpable de aquella situación.

Pero aún así cogí al mequetrefe y me lo llevé cargado a la espalda lejos de la galería.

Lo solté en un callejón, bastante lejos de allí.

El tío estaba suficientemente flipado con mi fuerza para transportarlo como para no meterse más conmigo y esperaba que con Olivia tampoco.

Me aseguraría de donar una cantidad generosa al francés que llevaba la galería, porque sí había investigado un poco sobre eso, para remarcar el gran trabajo que hacía Olivia allí y asegurarme de que no quisiera despedirla, aunque llegase algún comentario sobre el incidente.

Me arreglé la camiseta negra y eché a andar, dispuesto a ir a por la pintura.

Una vez en la tienda, una hermosa mujer me atendió de mil amores, intentando coquetear conmigo, pero no era mi interés iniciar una relación romántica, por lo que solo cogí los materiales y le dejé una buena propina antes de salir de allí.

Mis pies me llevaron sin querer de nuevo a la galería. No llegué a entrar, sin embargo, me quedé sentado en un banco frente al espacio, pensativo y reflexivo.

Olivia salió con una sonrisa de oreja a oreja, mirando una libreta que portaba entre sus manos con un carboncillo en la otra mano. Como si el viento le llevase mi aroma, de repente levantó la cabeza para mirarme. Sonrió un poco más.

Se acercó a mí y se sentó dejando unos cuantos centímetros de distancia.

—Tú por aquí —comentó, como si no supiese bien cómo empezar aquella conversación—. Gracias por lo de antes.

—De nada —contesté, sin estar seguro de qué era lo que quería hablar con ella.

—¿Estabas aquí por casualidad o me venías buscando o qué? —inquirió.

—Pues la verdad que venía a preguntarte sobre el cuadro.

Me pareció muy profundo y tuve curiosidad sobre la autoría.

¿Es alguien que expone en esta galería de normal?

¿Hace algún tipo de charlas? —pregunté—.

Mi parte más filosófica diría que es un cuadro que esconde mucho sufrimiento —murmuré, dejando la vista perdida en alguna parte.

—Lo es, pero el autor es anónimo —respondió tajante.

Aquello me sorprendió, por lo que la miré directamente a los ojos.

—Es tuyo, ¿verdad? —cuestioné en un susurro.

—¿Qué te hace pensar eso?

—Es una suposición.

—¿Qué piensas de la muerte? —soltó de repente, sin previo aviso, precisamente a mí, que era un ser inmortal prácticamente.

—Bueno, creo que la gente le da demasiada importancia —respondí.

—¿Sabes? Puede ser, pero que el tiempo se agote da cierta emoción a la vida y, a la vez, hace que nada de lo que hacemos para conseguir ser alguien tenga sentido. Ya sabes porque vamos a desaparecer —comentó, sin mirarme.

—Y eso es exactamente lo que reflejaste en el cuadro.

—Quizá —aceptó.

Su compañero salió para hacerle un gesto desagradable sobre que era la hora de volver del descanso, por lo que me sonrió y, despidiéndose levemente, se metió hacia adentro.

Quizá podía haberle pedido el teléfono, aunque tampoco estaba seguro de para qué. A lo mejor podía volver ya por la día, pero a lo mejor era pasarse, o a lo mejor le estaba dando demasiadas vueltas a algo que no tenía lógica, cuando yo era una persona muy racional.

Me adentré en el cuartel. Allí andaba Gulliver hablando con Adam y con Taylor, además de con Celia, sobre el problema del sistema humano de desaparición de personas y nuestra intervención.

Había sido un punto muy positivo que todas las marcadas dieran a nuestra forma de ver el sistema general un nuevo modelo.

Al final, nos habíamos quedado algo anticuados cuando nuestra propia forma de ser nos obligaba a estar en constante cambio y evolución para no ser notados en la sociedad.

Me adentré en aquella conversación porque, además, necesitaba sacar los otros pensamientos, poco convenientes, de mi mente. Tras estar un rato, decidí que podía intervenir.

—Creo que podía meterme de lleno en las nuevas tecnologías, que, como sabéis, he estado estudiando, para llevar a cabo un sistema en el que llevemos controlado todo el archivo con los otros cuarteles, con los limpiadores y también dar cierta resolución, sea falsa o no, o modificada en vez de falsa, de lo que ha pasado para que también los familiares puedan descansar tranquilos.

—Me parece una idea maravillosa —dijo Celia.

Celia había conseguido licenciarse como policía en la academia, por mucho que se hubiese emparejado.

Había criado a su hijo, pero seguía teniendo sus propios sueños más allá de estar unida a Caleb, quien, a excepción de momentos en los que parecía un ser diferente con ella, seguía siendo el mismo tío solitario que fumaba cigarrillos en la esquina.

—Entonces vosotros os ocupáis de eso —aseguró Gulliver hacia Celia y hacia mí.

—Por supuesto.

Contenta con eso, Celia me propuso vernos al día siguiente para acercarnos a los cuarteles de colaboración y ver cómo meternos en el de la policía, donde también teníamos algunos infiltrados además de ella.

Una vez que llegué a mi habitación, sin querer, como no podía dormirme, saqué los materiales que había comprado en la tienda de arte y me puse a dibujar sin conciencia ni pretensiones, solo rasgo a rasgo pulido, perfecto, difuminado en las sombras que necesitaba hacer y, cuando vine a darme cuenta, estaba pintando el rostro angelical de Olivia.