Los vampiros del zodiaco CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

OLIVIA

Me había quedado pensando en el hombre de rizos marrones y ojos color miel que había comprado “cualquier cosa” en la galería para después irse sin dar ninguna dirección de entrega.

Sus posibles motivos me rondaban la cabeza una y otra vez.

No había sido capaz de no llevarle el cuadro de mi autoría.

¿Qué por qué había elegido ese?

Bueno, cumplía su requisito de ser el que menos probabilidad tuviese de ser vendido. Al fin y al cabo, ni siquiera lo tenía expuesto.

¿Era artista? Sí.

¿Vendía mis obras porque estaba permitido en esa galería? No.

Me daba vergüenza que la gente pudiese ver qué significaban, que pudiesen ver a través de ellos. Eran demasiado personales.

Me planteaba el sentido mismo de la existencia desde que me había quedado sola en el mundo. Y luego estaba lo de ser absolutamente incapaz de conectar con nadie a un nivel profundo.

La gente era estúpida, hablaba de idioteces, y le costaba madurar más que el tiempo que tenían para vivir.

Levantarme, con lo poco que había dormido para ir a mi trabajo de día como ayudante en la investigación de casos de desaparecidos, me costó la vida. Llegué pidiendo un café y sentándome con el amargo brebaje a mirar el ordenador con desgana.

—Te veo como una rosa. —ironizó Gina.

—Lo estoy. —mentí descaradamente.

Theo, el jefe de la planta, nos dio carpetas al entrar de color marrón para luego largarse a su despacho a jugar al solitario en el ordenador.

—¡Vamos a colaborar con la poli! —dijo risueña Gina al abrir la suya. —Bueno, de lejos. —añadió riéndose.

—¿Han vuelto a abrir algunos casos? ¿Por qué? —cuestioné en alto.

Nadie me contestó, por supuesto.

Me pareció altamente extraño, pero suficiente tenía yo con mi propia vida como para estar pensando en cosas ajenas que no me iban a reportar ningún beneficio.

Mi mente voló, sin explicación alguna, al hombre de la galería y me pregunté por qué me había parecido tan interesante. Normalmente había algún que otro rico que compraba arte sin darle mucha importancia, pero aquel nivel de despreocupación, incluso por llevarse la obra, era altamente extraño.

Revisé, sin que nadie me viera, si el caso de mi madre había sido abierto, pero no. No era de los primeros que habían escogido. Era normal si teníamos en cuenta el tiempo que había transcurrido desde entonces.

A la hora de comer, decidí ir andando a la galería. Me faltaba todavía una hora para entrar, pero prefería comer el tupper que me había preparado dentro de las instalaciones.

En la puerta me puse a buscar en el bolso las llaves del dichoso local. Su dueño era un extravagante señor francés con aires de grandeza solo porque le habían dejado una millonada como herencia. Eso sí, al que se la había dejado ni lo conocía. Era un tío lejano que ya quisiéramos tener todos.

Las putas llaves parecían haberse ido al fondo del mar, porque salía de todo de ese bolso menos lo que yo quería.

—Oiga, quiero comprar un cuadro —dijo un hombre de unos cincuenta años con aspecto de haber tomado demasiado alcohol para la hora que era.

Su chaqueta, junto a su pantalón de traje, no dejaba lugar a dudas de que era algún tipo de empresario que se había pasado en su última reunión.

—Sí, claro, queda un hora para abrir y estará encantada de atenderle —dije, procurando sonreír, aunque tanto su forma de mirarme como el tono me había resultado desagradable.

—He dicho que quiero comprar un cuadro ya. Y tú eres una mera empleada, así que abre.

Tuve que hacer un esfuerzo para no contestarle de malos modos, pero estaba muy entrenada de cara al público. Era consecuencia directa de ser una persona normal, más bien pobre, con deudas que pagar y muchos problemas.

—Claro, enseguida le abro, solamente deje un momento porque es mi hora de comer y aún no he entrado en turno.

—¿Te crees que me importa? —contestó malhumorado—. Si no haces lo que te digo, conseguiré que te despida —añadió.

Estaba yo para que me despidieran por ese mequetrefe.

No lo harían. Luego lo medité. Quizá sí, porque al gilipollas de mi jefe solo le importaba que los clientes estuvieran dispuestos a pagar lo suficiente por sus putos cuadros, que sí, que llevaba una parte humanitaria en su precio, pero no significaba que él no sacara bastante con el proyecto.

Tras sopesarlo, decidí abrir la galería para venderle un maldito cuadro.

Total, yo me llevaba una comisión por ello y tampoco me compensaba jugarme el curro por una estupidez.

Comería cuando se fuese. No parecía que fuera muy entendido en arte ni se iba a quedar mirando las obras cincuenta horas con aires de saber más de lo que sabía.

Simplemente quería algún tipo de regalo u obsequio o premio por lo que quisiera celebrar o por lo que quisiera que le perdonasen.

Dejé las conjeturas atrás mientras que, con mi mejor sonrisa, le daba paso a la galería.

Lo malo fue que al entrar noté su tambaleo y, con ello, perdí la seguridad que debía tener para las obras que allí estaban.

Le seguí unos pasos por detrás, cuidadosamente, en silencio, para que no pudiera hacer nada indebido.

Suficiente cerca y lejos para que no se sintiera acosado pero poder vigilar bien los cuadros.

Lo que no esperaba fue que, en la última de las habitaciones, se pusiera a divagar sobre algo tan íntimo como los posibles cuernos de su esposa, aunque él era un infiel de manual, reconocido por él, no por mí.

—¿Está viendo algo que le guste? —pregunté, haciendo el mayor de los esfuerzos por ser una comercial modélica.

—No, no me gusta nada. Todo esto es una mierda, hecha para hippies y hecha para personas que se creen mejor que otras. No soy nada de eso —contestó.

—Bueno, quizá, si viene en otra ocasión encuentre algo de su gusto —sugerí, deseando que se fuera.

—Puede ser.

Me miró maliciosamente, sus pasos giraron hacia mí y su cuerpo se vio más envalentonado.

—O puede que esté viendo algo que me gusta ahora —murmuró con un tono desagradable en el que indicaba claramente un deseo sexual hacia mi persona.

Di varios pasos hacia atrás, convencida de no poder montar un espectáculo.

El reloj ya daba las cuatro y media y eso conseguía que solo quedase media hora para que tuviese que entrar otro de mis compañeros, el que llevaba la recepción.

Por lo que pensé que, si conseguía distraerle, al menos tendría ayuda para sacar a aquel individuo de allí.

—Claro, somos todos y todas las galeristas muy agradables.

Es por eso y por nuestros idiomas por los que nos contratan.

También porque conocemos de sobra la ayuda humanitaria que deben prestar y a nuestro jefe le agradecemos profundamente que sea benefactor de alguna de nuestras causas, además de alguna de nuestras obras —reciclé, sacada de un puto panfleto de publicidad.

—Ya todo eso no me interesa —recalcó, dejando claro que no tenía ningún interés en ser ni siquiera educado.

Vale. Mi mente me llevó a algún lugar en el que dar una hostia no era opción, aunque en mucha parte de mi cerebro sí lo era.

Caminé rápido hacia la recepción, fingiendo coger una llamada.

Cuando llevaba unos minutos hablando le vi acercarse y, aunque pensé que una de las opciones era dejarle allí dentro y salir para cerrar por fuera mientras llamaba a la policía, pensé que eso a mi jefe no le gustaría demasiado.

Además, no tenía ni idea de quién era aquel hombre y si tenía alguna influencia en la ciudad que pudiera perjudicarme luego.

—Déjate de juegos —exigió, acercándose mientras se tocaba botón para desabrochar el cinturón de su pantalón.

—No estoy jugando, caballero. Y es preciso que, como le he dicho, elija cuadro o salga porque es mi hora de comer —exigí en firme.

—No voy a hacer ninguna de las dos cosas, así que colabora un poco para salir de aquí —amenazó.

La situación de repente se había puesto realmente seria.

Dio solo un paso más hacia delante.

Lo próximo que vi, fue como salía disparado por los aires.