CAPÍTULO 1
AXEL
Las estrellas nos habían dado un descanso de diez años.
Piscis y yo nos preparábamos cada año por si ocurría algo pero llevábamos tanto tiempo “esperando” que ni siquiera creíamos que fuese a pasar.
El cielo había decidido volver a restaurar la forma antigua en la que los bebés llegaban originales al mundo por lo que habíamos entrado en la duda eterna: ¿Tendríamos en algún momento nosotros una marcada con la que se esperaba que tuviésemos un bebé?
¿Sería esa persona además nuestra compañera predestinada?
Era veinte de enero por lo que, sin mucha simpatía y renunciando a un proyecto propio que tenía entre manos, bajé a la sala de uniones.
Esperamos hasta que nos avisaron de un nacimiento externo que llevamos hasta la fuente de sellado. Era un varón que nació original y todo sano.
Eso era un motivo de felicidad para todos, incluyéndome a mí que podía seguir disfrutando de mi independencia. Pero había algunos rostros preocupados.
Harold era el que más a disgusto estaba con aquello porque, según él, los mapas nuevos sacados directamente de los planos estelares, le decían que todos nosotros teníamos que estar unidos.
Gulliver, por su parte, estaba rejuvenecido con la situación, como si agradeciese no tener que estar pendiente de los problemas que conllevaba cada vez que aparecía una marcada. Por no hablar de cuando las compañeras habían sido hijas de otros signos.
Como el nuevo miembro de la casa sagitario había llegado sano y salvo, me tomé la noche libre.
Nadie dijo nada, al fin y al cabo… ¿Qué podía pasar?
Las calles a veces eran aburridas, más cuando llevábamos tantos años en el mismo sitio, pero aquella noche, un cartel amarillo en una farola llamó mi atención.
“Galería de arte por la justicia”
El icono del panfleto pegado era bastante llamativo así que, dado que el arte era una de mis pasiones, decidí acercarme.
No iba precisamente elegante, con unos vaqueros y una camiseta negra, pero daba el pego. Además, tenía pinta de mezclar gente de pasta con alternativos.
Al entrar, sentí fascinación por las fotografías expuestas y por uno de los cuadros más grandes, cuya belleza y tristeza eran casi parejos.
Lo que no esperaba, fue darme cuenta de algo: La inspiración de aquella exposición, era gente desaparecida de la que nadie había encontrado nada.
Curioso que estuviese seguro de saber quiénes eran: Víctimas de los renegados que habían sido desaparecidas por los expertos limpiadores.
No era justo, quizá, que no tuviesen una explicación sus familias. Pero acercarme al creador del evento y decirle que, simplemente, podía afirmarle que esos desaparecidos nunca volverían ni hallarían explicación, no me pareció buena opción.
Había fotografías de homenajes y de guerras, tanto de la ciudad como de otros territorios más lejanos. Un río solitario con un hombre sentado en la orilla me dejó pensativo unos momentos.
—¿Estás interesado en comprar algún cuadro o fotografía?
Las mismas ayudan a causas humanitarias o bien familias que no han podido encontrar formas de resolver lo que los desaparecidos dejaron pendiente.
—explicó una chica de veintitantos años con el pelo caoba perfectamente alineado por los hombros y un flequillo igual de ordenado.
—Puede ser. —contesté escuetamente.
—Mi nombre es Olivia y soy la agente de la galería. ¿Su nombre es…? No le conozco de otras veces.
—Axel. —respondí tranquilo mientras sacaba de mi bolsillo una mano para tendérsela.
La estrechó.
—¿Colecciona arte? —cuestionó poco dispuesta a dejar pasar una venta.
—¿Humanitaria, artista, o comercial? —pregunté de pronto consiguiendo que se azorase aunque no era mi intención.
—Las tres cosas forman parte de mi trabajo. —confirmó con media sonrisa iluminando las pequeñas pecas de su cara. —Pero ninguna de ellas invalida las otras. —añadió.
—Seguro que no… —Dejé caer una media carcajada. —Ponme el cuadro o la fotografía que creas que es más difícil de vender.
Extendí billetes hacia ella por un importe elevado y ella abrió los ojos sorprendida. La vi dudar. Probablemente, no era el método más habitual de ningún mecenas. Al final, lo cogió como si supiese que esa oportunidad no se presentaba dos veces.
—Gracias por colaborar con la causa, señor Axel, espero verle más veces por la galería. —recitó intentando sonar formal. —Si deja una dirección en la recepción, le haremos llegar la obra.
—Por supuesto.
Era una mentira, no le iba a dar mi dirección a nadie, pero podían quedarse el dinero que sí era real.
Salí contento y tranquilo dispuesto a ir a algún cine al aire libre que proyectase un clásico.
Unos pasos a mi espalda, con repiqueteo de zapatos altos, me detuvo antes de cruzar la valla del monte plano.
Girarme y ver allí a Olivia fue toda una sorpresa. Iba formalmente vestida, tal y como la había dejado en la galería, pero se notaba que había tenido que apretar el paso.
—¿Se me ha olvidado algo? —pregunté haciéndome el inocente rebuscando en mis bolsillos como si creyese que se me podía haber caído la cartera.
—No has dejado la dirección. —señaló recuperando el aliento.
—¿Y no era sencillamente más fácil quedarte el dinero pudiendo volver a vender la obra?
—Si era eso lo que querías, podías haber donado. No hacía falta comprar. —remarcó colocando sus brazos en jarras.
—Ya… Pues, lo dono. Y perdón por la carrera. —musité.
—No. —rebatió dejándome descolocado. Yo era una persona muy racional y distante, pero me hizo gracia el concepto. No era que pensase entablar una conversación tan larga con una humana comercial. —Te he traído la obra.
Eso captó mi curiosidad así que me esperé mientras sacaba un sobre de tamaño folio de su cartera y me lo entregaba.
No se esperó a que lo abriese ni a que dijese nada más.
—Gracias por la aportación Axel. El artista está muy agradecido con su forma de comprar arte. —Se giró. —O de regalar dinero. —añadió cuando creía que ya no la oía.
Curiosa esa tal Olivia…
Abrí el sobre cuando su figura se perdió en el horizonte.
Era un cuadro interesante. Un corazón que se percibía parado en mitad de un reloj de arena. Los colores eran tan vivos en alguna de sus partes que parecía un órgano real. Sin embargo, las sombras del tiempo hacían lúgubre el sentimiento.
Lo giré para hallar el autor pero no venía firmado.
¿Qué cuadro o fotografía expuesta en una galería de arte no estaba firmada por su creador?
Repasé mentalmente las salas que había recorrido encontrando la certeza de no haber visto aquel pequeño pero intenso cuadro.
Una idea cruzó mi mente entonces: Ese cuadro era de Olivia.
¿Y por qué me lo daba a mí?