CAPÍTULO 5
CELIA
Pasear con Caleb por la ciudad cada vez más oscura me dio una sensación extraña: Tranquilidad.
Fue casi como si mi esencia, desde dentro, me dijese que estaba a salvo y que no iba a pasar absolutamente nada.
Caleb imponía, daba igual para eso si eras vampiro original o humano. Tenía algo en su presencia que conseguía que rezumase oscuridad.
Y esa oscuridad era muy parecida a la de mis pensamientos…
—¿Entonces? ¿Qué sabes? —pregunté haciendo referencia a mi investigación. —Mi madre, como sabrás, lleva muchos años diciendo lo mismo: Que alguien que os conoce ha tenido que dar esas indicaciones a los terceros renegados.
—Sé que lo dice, pero sé que no hay nadie en el cuartel que sea capaz de ello. Créeme, lo medité algún tiempo. —confesó.
—¿Qué hiciste? No pudo ser tan malo. —dije de pronto sin darme cuenta de estar cambiando de conversación.
Algo dentro de mí quería saberlo. Quería saber el motivo por el que nadie, ni aún queriéndolo como a un hermano, lo veía apto para mí.
—Quise tener una raza superior. —soltó de golpe.
No esperaba que me dijese absolutamente nada y, de repente, me vi congelada de boca, paseando a su paso para no ser la culpable de cortar nada que tuviese a bien decirme.
—Los doce éramos muy superiores al resto de vampiros.
No veía por qué teníamos que servir nosotros a los demás en lugar de ellos a nosotros.
Damos toda nuestra vida a ellos… —Dejó una pausa.
—Con el tiempo, y muchos momentos incómodos, entendí que la gloria bien entendida por algunos consiste en eso: Unos te aman y tú andas amargado.
—dijo con sinceridad terminando en una sonrisa cínica y algo traviesa.
—Guau. —Lo medité. —Lo puedo entender. —solté sin querer.
Sus ojos negros cayeron entrecerrados sobre los míos de una forma diferente.
—¿En qué crees que te puedo ayudar en la investigación? —inquirió ofreciéndome un cigarrillo.
Lo cogí aunque no fumaba solo para pasearlo encendido entre mis dedos. No quise hacer nada que rompiera el momento.
Debió darse cuenta porque me sonrió, de una forma diferente, antes de cogerlo y tomárselo.
—¿Qué te hace pensar que te he buscado por eso?
—Porque entrenar es por la mañana. —señaló sin preocuparse por si la lluvia nos calaba del todo. —Y porque sé cómo piensas. —añadió.
—¿Cómo? —pregunté abriendo los ojos hacia él.
Le veía diferente. Sí, era reservado y distante pero nuestras mentes… Parecían hablar de un mismo modo incluso en el silencio.
—Nos parecemos. —Se encogió de hombros. —Cosas del signo.
—Espera. —dije de pronto cogiéndolo del brazo. Mi contacto le dejó petrificado, mirándome, como si no lo hubiera esperado. —¿Tú conociste a la primera marcada?
—¿A Lena? —inquirió confundido.
Podía ver en su expresión, muy debajo de su superficial cara inexpugnable, que mi contacto no le dejó indiferente. Esa sensación ralentizó mis pensamientos y aceleró algo dentro de mí.
—Sí, claro. Todos estábamos allí.
—¿Quiénes son todos? —pregunté con la corazonada haciendo que todo pasase muy deprisa.
—Los doce; Harold; Gulliver. —Se calló de golpe. —Mierda.
—¿Quién más había? —pregunté sintiendo incluso hierro en la boca del estómago.
—Lewis, el médico. Él dejó de estar de acuerdo con lo que hacíamos cuando vio que las mujeres marcadas eran de toda clase. —Una pausa como si no pudiese creérselo moviendo la cabeza de un lado para otro. —Un moralista de mierda en mi opinión. —remarcó.
—Alguien que estaba dentro, que sabía lo que pasaba, y que no estaba de acuerdo. ¡Es él! —exclamé emocionada saltando para abrazarle.
Me sujetó entre sus brazos mientras volvía a caer al suelo. Fueron unos segundos. A lo mejor fueron otros tantos mientras quitó las manos de mis caderas, pero se me hicieron más.
—No puedo darte eso que todos tienen. —susurró casi como si tuviese miedo de que le oyese.
—A lo mejor no es lo que yo necesito. —murmuré muy cerca de sus labios.
—No estaré pegado a ti veinticuatro siete. —dijo manteniendo la mirada tan intensa que podía sentir cómo me devoraba.
—Y yo seguiré queriendo ir a la academia. —apunté.
Asentimos, sellando alguna clase de acuerdo que nunca se había hablado.
Quizá siempre habíamos estado destinados a estar juntos, pero éramos el único signo que no podía cambiar por ello. Reservados, obsesivos, y algo fríos. Pero leales, pero eternos.
A un fuego no hacía falta echarle mil troncos por hora para que siguiera encendido. Si solo hubieran dejado que la hojarasca, una llama y el viento hicieran su trabajo natural… A lo mejor no hubiéramos tardado tanto.
Sus labios rozaron los míos, con delicadeza y dedicación. Mi cuerpo había estado toda la vida preparado para ello, sin importar quién había sido antes de mí; amando su parte más oscura incluso sin conocerla a fondo.
No importaba.
Nadie dijo nada cuando llegamos de la mano, como si fuese algo natural. Escucharon las palabras sobre la investigación que cerraría un capítulo abierto en las historias de sus vidas desmantelando una organización que nos podría haber destruido a todos.
Algunos nos observaron con extrañeza mientras Harold estaba dichoso.
Gulliver aprovechó esa madrugada para sentarse sintiendo que mil años habían pasado durante su mandato y el nacer de todos los signos de renovación.
El mío llegaría en los próximos días. Iba a asegurarme de ello cuando estuviésemos solos.
En la oscuridad de nuestro cuarto, porque ahora era de los dos, nos observamos como dos animales que inician un rito de unión. En silencio, dejamos que nuestros cuerpos y nuestras almas, se uniesen sabiendo que sólo el destino y el deseo de las estrellas nos podían haber llevado hasta ahí.
Diez signos, diez amores diferentes, y todos igual de válidos. Porque cada historia de amor merece ser vivida por aquellos que la sienten.
Acuario y piscis, sin embargo, no tenían ni idea de lo que les estaba por llegar…