CAPÍTULO 4
CELIA
Había conseguido que Caleb me entrenase y ni siquiera estaba segura de cómo.
Estaba eufórica consiguiendo echar ropa de cambio a la mochila antes de que mi madre me preguntase.
—¿Y por qué estás tan contenta? —cuestionó nada más verme.
Esa mujer tenía un don.
—Me ha ido muy bien en la academia. —mentí parcialmente.
No me había ido bien, pero me iría.
—Sabes que no estoy segura de cuánto tiempo podrás estar asistiendo. El cuartel no está del todo de acuerdo. —recalcó dándole algo de amargura a mi mañana.
—Sí, sí. Soy consciente. Pero tengo que irme a entrenar. —contesté rauda.
—¿Ya a la academia? ¿No es muy temprano? —interrogó perspicaz.
¿Ni unas horas podía escabullirme sin ser controlada?
En primer lugar, era una vampira original y eso hacía que muchas cosas de las mundanas para una adolescente mayor de edad no fuesen un problema para mí.
Y, en segundo lugar, todo el mundo tenía derecho a unos ratos de intimidad.
—Es que he quedado con Phill para entrenar antes de las clases normales. —respondí procurando sonreír y sonar sincera.
—Ya… —murmuró.
Me dejó ir pero no estuve segura de haber pasado su filtro.
A lo mejor sabía que era mentira, pero con que me dejase hacer, me valía.
Busqué a Caleb en la casa antigua y lo hallé, como siempre y sin novedad, echando humo.
—¿Algún día dejarás de fumar? —cuestioné enarcando una ceja.
Como única respuesta, me sacó el dedo corazón mientras subía las escaleras hacia la azotea.
—Primera lección: Eres débil depende de con quién te compares. —soltó.
—¿Vamos a empezar insultando? Porque tengo alguna opinión sobre ti.
Me cogió de la muñeca haciéndome girar y quedar inmóvil de un solo movimiento preciso que, sin embargo, no me hizo daño.
—Es una realidad, no un insulto. —recalcó. —Eres una vampira original, no debería ganarte un simple humano. —añadió dañando mi ego.
—Pues lo hacen. —murmuré más como reproche que otra cosa.
—Ha sonado a que consideras que es mi culpa.
Mientras hablábamos, que por otra parte era la conversación nuevamente más larga que habíamos tenido, iba haciendo movimientos que esperaba que yo imitase.
—Es que lo es. Estoy en una burbuja de cristal desde que nací por tu culpa.
Intenté dar un puñetazo pero su muñeca lo evitó sin problema.
—Error.
Justo en ese momento me enseñó mientras lo hacía a cámara lenta que podría haberme partido la cara si hubiese utilizado mi baja guardia en el lado contrario al que intentaba usar para golpear.
—¿Más palabras? —cuestioné irritada.
—Te han protegido porque llevas la marca, cosa que no es mi culpa. —especificó.
Me pasó una de las piernas entre las mías cogiéndome justo a tiempo para que mi cabeza no tocase el asfalto.
—Evitas que me haga un rasguño. —señalé enfadada.
—Quieres aprender a pelear, no acabar contra un muro tirada. O eso entendí.
Me reventaba tener que darle la razón por lo que solo permanecí en silencio.
—¿Alguna vez has tenido una teoría sobre quién puede haber colaborado con los renegados?
Debió sorprenderle mi pregunta porque bajó la guardia y mi puñetazo le alcanzó en plena mandíbula.
Sacudió la cara como única respuesta.
—No dedico mi tiempo a pensar en esas cosas.
—Los capricornios somos controladores. —recalqué intentando mantener su mirada.
—Pero la ambición tiene un precio alto que pagar. —murmuró dando por finalizada la conversación.
—¿Hiciste algo bien turbio, eh? —cuestioné riéndome.
No debió sentarle muy bien porque su próxima llave me llevó al suelo.
—Tienes que irte a la academia ya. —sentenció apartándose.
¿Había metido la pata?
—No sabía que supieras siquiera que voy a la academia. —dije sorprendida.
—Vivo contigo. —aseguró con desidia.
—Pero nunca estás pendiente de nada.
—Piensa lo que te plazca. —Me acompañó a la puerta. —Pero largo que si llegas tarde tus padres no son tontos.
Le saqué la lengua antes de irme. Después, por supuesto, me arrepentí al pensar en las posibles consecuencias. Si dejaba de darme clases, no mejoraría y me echarían de la academia.
¿Le pedía perdón más tarde?
Bueno, tampoco había conseguido aprender nada.
Phill y Camila me saludaron en la entrada con cara de haber enterrado a alguien.
—¿Y conocemos al muerto? —bromeé.
—Nos van a poner hoy también entrenamiento cuerpo a cuerpo, con puntuación. Alguien se ha quejado de que en el caso de trabajo de campo algunos somos incapaces de mantener siquiera la compostura.
—Queda curso aún. —dije intentando calmarme.
—Pero si sacamos un cero es difícil de remontar. —señaló Camila con cara de susto.
La clase empezó mientras mi cabeza iba a la lamentación de no haber iniciado mi entrenamiento en el cuartel antes por caprichosa y haberme empeñado en hacer otras cosas más intelectuales.
También era verdad que se me había consentido, en palabras de mis propios “primos” más que a nadie para que no quisiera enrabietarme ni acercarme a Caleb.
Cuando llegó mi turno, para mi propia sorpresa, fui capaz de sobra de esquivar golpes y dar algunos conectados.
Mi superior me felicitó por haber mejorado considerablemente y estar en el camino correcto.
Yo, flipando, me senté al lado de mis compañeros, que me miraban sin entender cómo había mejorado tanto de la noche a la mañana.
Así que Caleb sí sabía exactamente cómo pelear para ganar a mis compañeros humanos.
Esa idea me rondó por la cabeza todas las demás clases y después de salir, incluso cuando rechacé ir a tomar algo con mis compañeros y anduve sin rumbo fijo por las calles.
Estaba empezando a llover y las calles se habían oscurecido de pronto.
En cuanto eso ocurría cada callejón dejaba de ser seguro y cada esquina tenía un peligro nuevo. No solían preocuparme, pero tampoco quería estar en ese foco.
Una gota me cayó en la frente consiguiendo que volviese a la idea que me rondaba.
Si Caleb había estado suficiente atento para saber que iba a la academia sin que yo fuese consciente de ello… A lo mejor su ímpetu controlador le había llevado a estar más atento a ciertos detalles que podían ayudarme en la investigación.
Doblé la esquina decidida a presentarme en la casa de Caleb. Para mi sorpresa, él estaba en el muro de enfrente, con el pie apoyado, y con su cigarrillo habitual.
—Sabía que volverías hoy… —admitió.
¿Cómo podía saberlo y estar esperándome si no lo sabía ni yo?