CAPÍTULO 2
CELIA
Habían pasado dieciocho años en los que cada vela me la hacían soplar como si fuese una condena.
Era consciente de lo que supuestamente significaba la marca de mi cadera, pero muy al contrario de lo que Rebeca me contaba cuando hablaba con ella, que era una de las que había vivido una situación similar, yo no había sentido nunca nada por Caleb. Y estaba segura de que él por mí tampoco.
Me lo cruzaba a veces. No me dirigía la palabra y siempre andaba con una gabardina larga y un cigarrillo apoyado en alguna esquina.
Mi madre permanecía atenta, observadora como era ella, e intentando saber qué era lo que pasaba por mi mente.
No era tan reservada como otros capricornios, pero mi falta de impulsividad llevada a mi juventud, les desconcertaba sobre mis gustos.
Manifestar en alto que no tenía interés alguno en Caleb no parecía calmar los nervios generales del cuartel.
—Llegarán otras oportunidades. —dijo mi padre cuando creía que no le oía hacia Harold, quien parecía el más disgustado con el tema de que no nos gustásemos.
Estaba histérico pensando que no habría jamás reemplazo para capricornio.
Rodé los ojos hasta ponerlos en blanco mientras me juntaba con mi madre y otros miembros en una biblioteca amplia.
Estaban los documentos por la mesa abierta de los asesinatos que habían descubierto que tenían algo que ver con las preferencias de los doce en su momento de unión con las marcadas.
Alguien tenía que haber favorecido esa información y, sin embargo, no había ningún otro cuartel que la tuviese.
—Tengo que ir a la academia. —murmuré hacia mi madre.
Una de las cosas más polémicas sobre mi educación fue que mis padres me dejasen inscribirme en la academia de inspectores.
Pero no veía nada de malo. No estaba faltando a ningún compromiso con el cuartel de los doce. Además, la obligación de tener un bebé estelar había quedado en un impás que no parecía tener remedio.
Me largué a la academia pensativa con lo que estaba ocurriendo.
Saludé a un par de amigos de por allí, la mayoría hombres, y me senté entre Camila y Phill, que era con quien mejor me llevaba.
–Se te han pegado las sábanas. —murmuró en tono de broma Phill.
—Han mandado un trabajo de grupo. Suerte tienes que dijimos que estabas antes de irte al baño y que te ibas a poner con nosotros. —resaltó Camila.
—Gracias. La verdad que estaba deseando salir de un tema. —murmuré.
—Ahora nos cuentas en el descanso. —Camila me dio un codazo para evitar que me riñese el profesor.
Tuve que despistarme en algún momento porque la clase acabó sin ningún avance.
—Has estado en las musarañas. ¿Todo bien por casa? —cuestionó Phill.
Ellos no podían entender por qué en el año que nos conocíamos nunca habían tenido conocimiento de dónde vivía o con quién. Yo intentaba dar la menos información posible pero deducían que salía de un núcleo familiar conflictivo.
No se equivocaban del todo, pero me apostaba hasta el pellejo a que no eran capaces ni de acercarse a la realidad.
—Todo bien. Solo que intento descubrir un tema y lo tengo atascado. —dije. —Colaboro con una investigación. —añadí.
—¿Y cuál es el punto en el que te has atascado?
—Alguien debe tener una información que se ha divulgado pero nadie de fuera del círculo afectado podría haberlo tenido. —expliqué.
Era complicado explicar pero necesitaba sentir que avanzaba de alguna forma en la investigación.
¿Por qué estaba tan empeñada en resolverlo si era cosa de todos y en especial de mi madre que llevaba dieciocho años con la mosca detrás de la oreja?
Porque tenía cierta ambición característica de mi signo que me hacía querer salir de la etiqueta en la que solo era hija de sagitario y destinada de capricornio. Yo tenía una esencia propia.
—Alguien del círculo no debe estar afectado, aunque lo parezca. —sugirió Phill.
—Eso no puede ser porque… —Me quedé callada de pronto.
Abracé a Phill entonces sonriendo.
—¿Eso es que te ha ayudado en algo su comentario? —preguntó Camila.
—¡No estoy segura! Pero me voy a comprobarlo. —dije echando a correr de la academia.
—Mañana toca entrenamiento cuerpo a cuerpo. —señaló Camila en un grito final para que llegase a mis oídos.
Si ella supiese los sentidos finos que yo tenía…
De camino a casa, saqué libreta pequeña y bolígrafo para ir apuntando cada uno de los que pertenecía a ese círculo de afectados en los que yo había tenido fe ciega.
En un cruce de calles, algo inundó mis fosas nasales. Un olor familiar. Tabaco, jabón limpio y colonia fuerte.
Caleb.
Lo busqué con la mirada pero no lo encontré en las esquinas cercanas. Mis pies y mi curiosidad me llevaron a una casa grande.
Era bonita, no estaba cerrada del todo, y la fragancia más potente allí.
¿Un piso franco del cuartel?
Me acerqué al buzón donde constaban nombres con apellidos ajenos a nosotros…
Acabé por colarme por la ventana.
En cuanto lo hice, fui bloqueada con una llave.
No duró más que unos segundos porque me soltó. Caleb se largó por la casa hasta llegar a una terraza para ponerse a fumar.
¿Cuánto debía gastarse ese hombre en tabaco?
—¿Qué haces aquí? —interrogó ante mi presencia. —No me había dado cuenta de que eras tú.
Eso, teniendo en cuenta sus sentidos y su percepción casi leonina, era cuestionable.
—Mientes.
Se encogió de hombros.
—No puedes seguirme. —afirmó desviando el humo hacia otra parte.
—No te estaba siguiendo. Has aparecido en mitad de mi camino. —bufé antes de chasquear la lengua. —Yo estaba haciendo una lista de gente que quizá hemos pasado por alto. —añadí para justificarme.
—Pues sigue. —sentenció tirando el cigarrillo sin miramientos por la azotea y bajando por la casa de nuevo.
¿Por qué me hacía seguirle?
—¿Es que te da igual todo lo que pase con el cuartel? —interrogué. No me contestó. —Quizá deberías ser el primero en la lista de sospechosos.
Sonrió torcidamente.
Era una de las primeras veces que le veía sonreír. Tan cínico como para hacerlo por mi duda sobre él.
—Piensa lo que quieras. Deberías irte y seguir con tu lista.
—¿Sabes? Eres insoportable. —aseguré antes de irme rebotada.