Los vampiros del zodiaco CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

CALEB

Había pasado, sin precedentes, cinco años en los que no había pasado absolutamente nada.

Shaun y Selena habían estado marcados como compañeros desde el mes de sagitario pero no había habido bebé estelar.

Tampoco había aparecido ninguna marcada pese a los cuatro años anteriores en los que, en el mes de capricornio, habíamos estado buscando.

No me sentía triste. En realidad, me daba completamente igual no tener a alguien destinado.

¿Qué si había entendido la gravedad del asunto?

No lo veía tan grave.

¿Qué Harold estaba histérico porque dos signos no teníamos “reemplazo” y retrasábamos a acuario y a piscis que ya ni pensaban en ello?

“Mala hierba nunca muere” era una frase que hacía honor a mi posición y a mi existencia.

—Hoy cambiamos de signo. —anunció Gulliver.

Me estaba mirando a mí pero yo estaba ocupado en mi cigarrillo y en que no se apagase por algo tan banal como el aire.

—Capricornio, podrías prestar más atención.

Esto va directamente contigo. —señaló Harold disgustado con mi actitud.

No tenía nada en contra del astrólogo, pero tampoco toleraba ningún tipo de orden.

—Esto… Gulliver. —Shaun llegó tarde y eso era inhabitual. —Tenemos… Un problema.

—Noticia. —rectificando Selena llegando tras de él.

Mis ojos, negros como una pantera, tal y como era mi pelo e incluso mi alma, se centraron cual radiografía en el vientre de Selena.

Taylor se colocó por precaución cerca de Shaun mientras otros se acercaban sigilosamente a mí.

—No tengo ningún interés en eso. —recalqué dando una fuerte calada y tirando la colilla a alguna parte.

—Bueno. Hoy no va a nacer, así que nacerá dentro del mes de capricornio. —Gulliver estaba disgustado, más de lo que lo hubiese visto alguna vez. —Tampoco eso quiere decir que vaya a nacer con la marca.

Estaba de mal humor por mí y no por el hecho de un embarazo. No era lo mismo Greyson, cuando le había pasado, que conmigo.

Era la peor pesadilla de cualquier padre.

—Aunque no tengas interés, es de tu incumbencia. —señaló Harold.

—Ha habido otros ciclos que pueden cambiar las circunstancias. Primero tiene que nacer. Y estar marcada. —rebatió Gulliver.

—Esperemos que haya un plan b entonces. —murmuré con una sonrisa torcida antes de largarme.

Las calles lúgubres estaban en su punto perfecto a esas horas de la madrugada. Solo gente de mala vida o con demasiada fiesta encima.

Todos ellos, cuando me veían en una esquina observando, se alejaban un par de pasos.

Cogí un cubata en un pub, que si bien no dejaban sacar el vaso de cristal de normal, no me puso resistencia.

Podía pasarme horas en los callejones distrayéndome con cómo los humanos desperdiciaban su vida y le echaban la culpa al karma de sus malas decisiones.

No fui a dormir al cuartel. Use una casa antigua cuyos dueños se iban a Londres a esas alturas del año.

Entré por la ventana de la habitación de matrimonio. Cuando se largaban, mandaban una limpiadora que lo dejaba todo impecable. Y antes de volver, hacían lo mismo otra vez.

No iba a ser yo quien dijese que eso me venía de perlas para poderme tumbar en una cama recién cambiada a mirar el techo.

¿Por qué no en el cuartel si tenía todas las comodidades?

Esa silenciosa petición de que fuese útil; de que hiciese lo que se esperaba de mí.

Yo no era como los demás. Era el único original que se había perdido en la oscuridad por un tiempo, y que solo había vuelto porque me habían obligado.

Pero una parte de mi alma, si era que tenía una, había muerto.

Los originales nacíamos vampiros y estábamos destinados a llevar las casas con el carácter de nuestro signo.

¿Era mi culpa ser frío emocionalmente, controlador, rencoroso, y ambicioso entre otras cosas?

No lo veía así. Solo mantenía mi esencia, cosa que otros no habían hecho.

La noche allí se me hacía agradable. Dejaba la ventana abierta aun siendo invierno para que entrase el frío y sentir ese aire recorriendo mi torso desnudo.

Oí un grito cuando mi letargo había cumplido veinticuatro horas. Revisé mi busca encontrando algunos mensajes preocupados de alguno de mis hermanos, y otros de Gulliver simplemente recordándome mis obligaciones.

¿No sería genial un relevo que consiguiese que me dejasen todos en paz? Probablemente sí, pero no era eso lo que buscaban, solo que fueras responsable de tu casa hasta la mismísima muerte.

¿El problema de eso? Moríamos poco.

Salí a la calle colocándome mi larga gabardina para pasearme hasta hallar el origen del grito. Una mujer estaba sufriendo convulsiones tras una mala mordedura de un vampiro.

Terminé con ella porque el sufrimiento era en vano: Había perdido demasiada sangre. Y total, quien la matase del todo, no tenía ninguna importancia.

Paseé ávido de frialdad hasta dar con el susodicho y lo desmembré mientras me miraba a los ojos para que supiera que había sido yo el que le había cazado e impartido algo así como justicia.

No me gustaba que ese tipo de gentes se moviesen por la ciudad, por mucho que yo hubiese sido así.

Hubo un tiempo donde ser consciente de mi poder me quiso llevar a dominarlo todo. Mi ambición colocó al resto de mis hermanos en una posición de jaque que, si bien había sido prácticamente olvidada o por lo menos nunca se mencionaba, me hacía estar más solo y distante.

No iba a cambiar eso precisamente con una hija de Shaun. Me reí durante un segundo de esa posibilidad. Después decidí ir al banco de sangre, cosa que tampoco estaba bien vista, darme un festín, e irme de nuevo a dormir.

Los letargos me ayudaban a calmar ese cinismo que llevaba dentro. Había algo oscuro en mí que nadie iba a poder cambiar.

¿Era un problema?

Quizá para los demás sí.

En mitad de aquella noche. El busca sonó tantas veces que me acabé despertando. Era concienzudo en el tema de dormir.

Selena se había puesto de parto y necesitaban mi asistencia en la sala.

Llegué colocándome en mi posición. Estaba empapado por la lluvia pero no me cambié. Me fui a fumar un cigarrillo pero todas las miradas me dijeron que no era el momento y que debía esperar.

Bueno, no se alargaban como un parto humano por lo menos.

Dio a luz a una hembra llamada Celia, cuya marca en la cadera dejaba poco lugar a dudas.

No la miré. Tampoco a ninguno de mis hermanos.

Solo negué con la cabeza antes de irme al patio a fumar.

Bueno, era el momento de comprobar qué hacían las estrellas cuando no iba a ocurrir lo que supuestamente habían escrito.

Por todos, por ella, por mí…