Los vampiros del zodiaco CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

SELENA

El cuartel se había vuelto un bálsamo de paz y, aún así, podía notar las miradas recriminatorias en mi persona una y otra vez.

Shaun estaba dolido conmigo pero no se separaba de mí. A veces, por la noche, dábamos rienda suelta a nuestro deseo. Pero al llegar el amanecer, todo volvía a la normalidad.

Probablemente eso era lo que le enfadaba tanto, pero yo, después de la vida que había tenido, no podía comprometerme a algo que no estaba segura de cumplir: Unirse era para siempre.

¿Qué menos que conocernos bien algún tiempo?

Harold había intentado hablar conmigo y explicarme la necesidad de tener ese bebé estelar, me uniese o no Shaun, pero no había estado muy por la labor y se había acabado rindiendo.

Pasaban los días y quedaba suficientemente poco como para que esa tensión fuese creciendo. Podía notarlo.

—¿Has dormido bien? —Shaun me encontró en la cocina.

Aunque en el comedor principal siempre había un gran desayuno para todos, me sentía más cómoda en mi soledad por la mañana. Sin nadie que me juzgase. Con la sonrisa de un nuevo día.

—Sí. ¿Y tú? —inquirí procurando no fijarme en sus músculos tallados.

Esa manía suya de ir sin camiseta por las mañanas que me hacía tener sueños ardientes por la noche.

—Podría haber dormido mejor. —Una pausa. —Si hubieras estado conmigo.

—Sí, bueno, alguna noche. —Me encogí de hombros.

—Quedan tres días, Selena. No soy de presionar a nadie. De hecho, estoy bien interesado en el sistema de renegados y los nuevos descubrimientos.

—A los que no me dejáis ir ni colaborar. —señalé enfadada.

Me crucé de brazos.

—Mientras que la luna siga bañando nuestro signo, tiene que ser así. —murmuró.

—¿Y cuándo no sea así? —inquirí.

—Pues si no ha pasado nada, porque tú no sientes eso por mí, supongo que podrías colaborar. No lo sé. Esos temas los lleva Gulliver. —dijo desviando la mirada.

—¿Estás enfadado? —pregunté notando ese pálpito en su mandíbula.

—Claro que lo estoy. —Dio un pequeño puñetazo en la mesa lejos de mí. —Me parece una broma que estés aquí, marcada por las estrellas, y te niegues a estar conmigo.

—No te conozco.

—No tienes que conocerme, tiene que hablarte tu cuerpo.

—La última vez que confié en un hombre, acabé siendo vampira. —recriminé sintiendo que salía la verdad de lo más profunda de mi ser. Él no dijo nada. —Y a Gunter de alguna forma creía conocerlo.

—No es lo mismo. Esto solo se siente una vez.

—Puedo sentirlo y querer esperarme. —rebatí.

—Puedes quererlo y perder la oportunidad de tener el bebé que tanto necesitamos. —Se tocó con dos dedos el puente tenso de su nariz. —¿Sabes qué hubiera pasado si me hubiesen matado a mí precisamente? —interrogué.

—¿Tú estás seguro de lo que hubiera pasado? Sois los doce. Este cuartel es el más importante. Pero a lo mejor las estrellas hubieran conseguido hacer algo al respecto incluso si tú hubieras desaparecido.

—¿Eso es lo que querías que pasase?

De pensarlo solo, se me aceleró el corazón.

—No podría soportar que te ocurriese nada. —confesé. —Pero no lo haré porque las estrellas digan que es el momento; ni porque haya que tener un bebé. Lo haré si así lo siento por lo que me demuestres.

—A lo mejor eres tú la que me tiene que demostrar a mí.

—bufó enfado. Se acercó a mí dejando que su fragancia me envolviese casi haciéndome caer.

—Porque yo tampoco soy así. Soy el eterno soltero; el amante de la libertad; impaciente y sin necesidad de comprometerme.

Pero aquí estoy, día tras día, intentando convencerte mientras todo el mundo me pone en duda.

Se largó dejándome sola en la cocina, pensativa.

—Todas hemos pasado por eso. —señaló Lena pasando por detrás mía. —Es duro pero acaba siendo mejor idea de lo que parece.

—Él también está pasándolo mal. —intervino brevemente Adam pese al codazo de su mujer.

Sus palabras me dejaron pensativa toda la mañana. Torcí el morro; me crucé de brazos; y me paseé por toda el cuartel.

Por la tarde, fui a salir al exterior. Dos personas me cortaron el paso.

—No estás autorizada a salir. —dijo incómodo Taylor.

—Y Shaun no está. —añadió Vic.

—Pues es que tengo que ir a buscarlo. —bufé cruzándome de brazos.

—Imposible. —replicó el primero.

—De verdad que es urgente. Me siento mal de no haber respondido lo que se esperaba. No quiero que siga mal.

—Has elegido mal los machos para contarles cosas de emocionalidad. —indicó Einar riéndose.

—¿Aquí no se quería un bebé estelar? —grité al final.

Eso llamó suficiente la atención para que Harold saliese de su letargo sin zapatillas incluso.

—¡Qué alguien acompañe a esa mujer donde esté Shaun! —ordenó el viejo astrólogo.

Alguno puso los ojos en blanco pero Adam acabó por ofrecerse, por orden y palabra de su mujer, para acompañarme.

—¿Sabes dónde está? Porque no es un hombre que dé explicaciones al irse.

—Sí. —mentí.

Bueno, no era mentira del todo, era una suposición.

Adam me dejó en la puerta de la cueva y allí el rastro de Shaun era evidente. Entré sola y lo hallé dándose un baño tranquilo.

—¿Quién te ha traído?

—Adam.

—Perfecto. ¿Y por qué quieren que sigamos peleando? —preguntó desviando la mirada.

Me empecé a desnudar y eso sí llamó su atención. Mi instinto me invitaba a ir hacia él, y a él debió pasarle lo mismo pese a sentirse cabreado.

Nuestros cuerpos se fundieron en uno solo. Cualquier atisbo de duda fue escondido por los lazos del destino y la pasión.

Las bocas no querían soltarse y los brazos no tenían suficiente alcance para agarrarnos y no volver a soltarnos.

Sus susurros dulces y antiguos en mi oído consiguieron incitarme a rasgar su piel. A unirse a mí.

Era para siempre.

Estábamos unidos. El destino había hablado. Sin embargo, tres días después, el bebé estelar, no llegó.

Era la primera vez que pasaba algo así por lo que nos habían dicho.

Shaun, sin embargo, estaba contento.

—Lo importante es haberte encontrado. —susurró besándome.

capricorniO