CAPÍTULO 7
SHAUN
No había nada que se pudiera comparar a la sensación de despertarme al lado de aquella mujer de ojos verdes y cabellos dorados, por mucho que fuera en el suelo de la biblioteca del cuartel.
Supuse que podría haber sido más elegante pero se había dado de esa forma.
Algo en mi instinto me pedía reclamarla aunque eso chocase con todo lo que sabía de mi personalidad y de mí mismo.
Se desperezó y sus mejillas se tiñeron de rosa al ver la situación.
—Bueno. ¿Qué hacemos con los asesinos? ¿Cómo los buscamos? —preguntó dejándome fuera de honda.
Se vistió a toda prisa antes de subir y desaparecer.
La seguí comprobando que se duchaba y se cambiaba de ropa. A regañadientes, hice lo mismo.
Cuando entramos al comedor, algunos me sonrieron y, yo, sin embargo, iba detrás de Selena, quien no me dedicaba ni una sola mirada. Eligió sentarse en la mesa más concurrida donde se hallaba de paso Gulliver.
—Tengo teorías sobre cómo encontrar a ese vampiro renegado, al más mayor, quien les convierte y los manda a hacer esas cosas. —soltó.
Era buena haciendo apariciones estelares donde la gente dejase incluso de comer. A Einar, como buen payaso pese a su reciente madurez conyugal, se le cayó la tostada a media mordida.
—Shaun tenía que hablar contigo ayer y… —musitó Gulliver sin saber bien dónde meterse.
—Y lo hizo. Pero no estamos hablando de nosotros ni de un embarazo imposible, sino de algo que perjudica a la raza en sí y también al secreto de nuestra existencia que tantos años llevo protegiendo con mi trabajo. —recitó.
Me encogí de hombros a su lado. Sus palabras en particular, y su reacción en general eran más misterio para mí que para cualquiera de ellos.
Que sí, que no nos habíamos prometido amor eterno ni nada por el estilo porque, además yo no me veía haciendo exactamente esas cosas, pero que estuviese tan poco… afectada tras nuestra noche juntos me tenía descolocado por completo.
—Podríamos mandar a alguien a ello. Buscaré vampiros de confianza. —propuso tras un carraspeo el líder.
—Es que quiero ser yo. Es mi pista, no se la daré a nadie.
—Pues eso no es posible. —recalcó una persona algo más mayor, llamada Harold, quien se había mantenido callado hasta ese momento.
—¿Y por qué no? —inquirí.
—Tu formación no es militar tampoco. Aunque tu trabajo sea muy útil, la búsqueda de campo requiere riesgos a los que no puedes enfrentarte.
—Que me acompañe. —soltó sin mirarme ni de reojo pero señalándome con un dedo.
—Esto… No es buena idea. —rebatió tranquilo Gulliver.
—¿No es un buen militar? —preguntó tocando mi parte más frágil de orgullo.
—Claro que lo soy.
—¿Me pasaría algo contigo? —cuestionó enarcando una ceja.
—Claro que no pero… —murmuré.
—Ellos no lo ven así. —señalé hacia Gulliver y Harold.
—Touché. —murmuró riéndose Einar.
Gulliver acabó por hacer un gesto de aceptación exasperado y Selena aprovechó para irse de allí como si supiese exactamente a dónde ir.
¿Cuándo me había convertido yo en el que perseguía?
Con los archivos en una mano y un bolígrafo en la otra, iba cogiendo lugares que luego me enseñaba aunque a mí no me decían, por sí solos, nada.
—Cada lugar coincide con un sitio de importancia para el signo original. Querían atraer de alguna forma hasta ellos al original y, con ello, a la marcada. Pero lo descubrieron hace relativamente poco. Unos cien años quizá.
—¿Y eso nos da un lugar? —pregunté omitiendo decirle todo lo que pensaba sobre su forma de actuar y olvidar lo que había pasado.
¿Eso no era tener más tacto del que yo hubiese tenido alguna vez?
—Nos da la cueva como primera opción pero también cualquier otro sitio que tú hayas visitado con frecuencia. —Una pausa que para mí no dijo nada. —O que vayamos.
—No vas a ser el cebo. —recalqué dándome cuenta de por dónde iba la estrategia.
—Técnicamente el cebo eres tú, o sea, son tus sitios.
—Pero es a ti a quien quieren. —bufé notando como el simple hecho de decirlo quemaba mi garganta.
¿Era posesión? ¿Protección?
—Seguro que no tienen ningún problema en matar a un doce. Sería un premio. —jugueteó con un mechón de pelo desconcertándome.
—Estás intentando liarme. —concedí.
—¿Y funciona? —interrogó sonriéndome.
Y su sonrisa consiguió moverme por dentro.
—¿Sabes lo que pasó ayer? —pregunté irritado con su silencio al respecto.
—Una noche muy buena, esporádica. —respondió volviendo su vista a los documentos.
—Me alegra saber que soy tan olvidable. —ironicé siguiéndola montaña arriba.
—Los dos estamos de acuerdo en lo de no al compromiso. —respondió.
—Ya… —murmuré disgustado.
La montaña la conocía, cosa que no estaba seguro de cómo sabía ella. Era buena deduciendo. Y sí, allí también había rocas antiguas cuyo crecimiento lento me gustaba ver.
Estudió el horizonte cuando llegamos a la cima, justo antes de localizar la entrada de la cueva.
Me puse delante instintivamente.
—Muy bien tu actitud de macho dominante, pero hay que entrar y esconderse. —señaló en un susurro.
—¿Por qué?
—Porque traerán humanos para eso nuevos y nosotros no lo somos. Su olfato no estará pendiente de nosotros.
—Pero el del renegado adulto sí.
—Ahí entras tú. —señaló sonriéndome de nuevo.
—Si te digo que te agaches, te agachas. Si te digo que corras, corres. No te lo voy a decir dos veces. —ordené tensando cada músculo de mi cuerpo.
—No me mandas. —Su burla sacándome la lengua me sacó de mis casillas.
—No juegues conmigo. —susurré acercándome tanto a ella que su olor a lavanda envolvía todos mis sentidos. —No queremos que nos pillen en una situación inconveniente.
Mi idea era dejarla callada a ella, no sentir yo aquel fuego interno difícil de controlar.
—El que tiene que estar alerta eres tú. Yo solo soy una forense. —susurró ya tumbada en un hueco dentro de la cueva.
—Eres mucho más que eso. Jodidamente una mente brillante en un cuerpo espectacular.
—Diría que eso parece una declaración, pero solo voy a creerme que es parte de tu sinceridad espontánea.
—Selena… —murmuré.
—No, Shaun. Estamos en una misión. Y busques lo que busques, no soy yo.
¿Qué no era ella?
Jodidamente claro que sí lo era.