CAPÍTULO 5
SHAUN
El calor recorría mis entrañas de una forma que nunca había experimentado. Si hubiese tenido una respiración al uso, me hubiera quedado sin ella por un instante.
Selena estaba quieta en la cueva, empapada y mirándome con los ojos verdes clavados sin pestañear.
Mi última pregunta sobre si podía ser un renegado de alto rango, de los mismos que habían intentado evitar que tuviésemos los bebés estelares al uso, no fue contestada en ningún momento.
—Creo que es una posibilidad. —acabó por decir justo volviéndose a tirar al agua.
La seguí, sin duda alguna.
Cuando salimos por el otro lado, la vi ponerse manos a la obra para envolver los cuerpos y poder llevárnoslos. Para eso mismo, había pedido una furgoneta del mismo cuartel de limpiadores.
¿Por qué llevaba tanto tiempo callado?
—¿Cuántos años tienes? —pregunté mientras se quedaba quieta agazapada al lado de uno de los cuerpos.
Ella desvió lo justo su mirada hacia mí para después volverse a centrar en la víctima.
—Menos que tú. —contestó tras un silencio.
Oí el motor de la furgoneta antes de ponerme a cargarlos y dejarlos en el maletero de la misma. Era conducida por Gunter pero, en aquella ocasión, no se bajó para hablar conmigo.
Por suerte para él.
Selena salió un poco después quitándose el traje amarillo que yo ya había mandado a volar dentro de la furgoneta.
—Ha quedado bastante bien, no creo que se perciba ningún cambio. Pero podrías mirarlo por última vez tú para asegurarnos de ello. —La miré callado. —Digo, hay gente que mantiene estas cosas a raya y podrían notar algún cambio. Si tú has venido tanto por aquí…
—Buen intento, Selena. —aseguré pasando por su lado poco dispuesto a dar ninguna explicación.
Era un lugar que me gustaba, que me ayudaba a pensar, y que casi me hacía parecer jóven. Había cosas en la naturaleza aún más viejas que yo.
Me planté en la cueva. Respiré hondo y salí.
Conforme empecé a andar, ella me siguió. Esperaba que le dijese algo más respecto a por qué me había aliviado que no se metieran allí tropecientos a limpiar, pero, en lugar de eso, me vino algo a la mente.
—¿Qué probabilidad hay de que haya sido más que una mera casualidad? —cuestioné.
—¿Un mensaje? ¿Para ti? —interrogó curiosa jugueteando con su pelo.
—No digo que no. Los renegados siempre han buscado nuevas formas de joder al cuartel, creerse superiores. No se adaptan porque no quieren, no porque no puedan. Hay que diferenciar los que son nuevos de aquellos que manejan el cotarro.
—Es plausible, supongo. Se escapa de mi control. —admitió encogiéndose de hombros. —Pero es fácil de comprobar. Habrá más señales de ser así. —hipotetizó.
—Vamos a tu cuartel. —decidí.
No se negó. Y aquel gesto tonto, me molestó. ¿Querría ver a Gunter? ¿Quizá ver a algún otro amante al que le debía explicaciones para desaparecer?
Mis incisivos salieron un poco sin pretenderlo.
—Relájate. —azuzó de pronto.
No podía saber lo que estaba sintiendo, pero algo en mi propia fragancia o actitud podía haber cambiado sin darme cuenta.
El cuartel estaba bien estructurado, como todos. Pero no esperaban la visita de un doce. En todo caso podrían recibir a Gulliver pero a mí, no se lo esperaban.
El jefe del cuartel, Dimitri, me atendió personalmente.
—Espero que la colaboración de Selena esté siendo de utilidad. Nos sorprendió una decisión así sin tener en cuenta nuestra opinión sobre a quién mandar. —argumentó aparentando tranquilidad.
Pero el miedo se podía oler.
—¿Estás diciendo que no valgo para tomar decisiones o que no la ves válida? —cuestioné tensando cada uno de mis músculos.
—No. Por supuesto que no. Quería sólo decir que… Nos sorprendió. —repitió bajando las orejas.
—Ya. —Me acerqué un poco más a la mesa. —Quiero los informes que hayan sido elaborados en los últimos meses sobre masacres. En especial aquellos de los cuales no hayamos conseguido interceptar a los que los han realizado. —ordené.
—Claro. Que Selena te acompañe al archivo. —concedió.
Nadie nos detuvo. El archivo estaba abandonado y lleno de polvo.
—¿Qué se supone que quieres buscar? —cuestionó Selena.
—Las fechas próximas, por si se nos ha pasado por alto que fueran lugares relevantes para alguno de nosotros. —expliqué incómodo con todo el desorden.
—¿Cómo vamos a encontrar algo aquí abajo? ¿Nadie se ocupa de esto? —pregunté resoplando.
—Se tiran las carpetas aquí abajo sin más. De hecho, es la primera vez en todo el tiempo que llevo viva y en este cuartel, que aparece alguien a revisar algo.
—¿Y tú nunca has revisado nada? —interrogué enarcando una ceja.
Me salía una media sonrisa cuando tenía razón.
—Es increíble como dejáis a los humanos tirados. Os preocupa el secreto pero no quién o por qué. Solo buscarlos y matarlos.
—Sí, ya hemos tenido charlas y cambios de eso con las chicas que han llegado, pero no nos vamos a centrar en lo que se ha hecho mal.
—¿Por qué no te conviene? —cuestionó risueña.
—Porque no es lo que nos ocupa. —desvié. —Te veo descentrada. —ataqué.
—Y yo a ti sin saber por dónde salir. —murmuró.
—¿Me das algo de aquí abajo que me sirva? —pregunté.
—Dame algo de comer. —soltó dejándome fuera de juego. —Pide comida me refiero. —rectificó.
Por un momento, mi mente divagó en situaciones íntimas que no deberían haber llegado a mi cabeza porque sí.
—Voy. Pero no quiero tardar en dar solución a esta situación. —aseguré.
—Tranquilo, no me interesa estar contigo en misión mucho tiempo. Ni siquiera en las relaciones me gusta comprometerme. Y ya respiramos hasta el mismo aire. —dijo a la defensiva.
Esa maldita marca estaba en su cuerpo… Y ella no sabía qué significaba… ¿Cuánto tiempo podíamos estar haciendo como si nada? ¿Y estaba yo dispuesto a hacer algo más que eso?
Estaba marcada para mí… Pero ninguno de los dos parecía tener interés en algo así.
No hablábamos de una noche, sino de una eternidad.
—¿Por qué me miras así? —inquirió recogiéndose el pelo en una coleta alta dejando caer su pelo rubio en único mechón.
—Por nada. —afirmé.
¿Qué tenía esa línea en su cuello que me dejaba hipnotizado?