Los vampiros del zodiaco CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

SHAUN

Las cosas se habían complicado en el cuartel después de cambiar tantos protocolos ya que, al parecer, habíamos estado demasiado encerrados pendientes de los bebés estelares.

Por suerte para mí, y para mi espíritu aventurero, eso me había permitido salir y entrar aunque el día del cambio de signo no hubiese pasado absolutamente nada.

¿La estaba buscando?

Era amante de mi libertad, pero también entusiasta sobre lo que tuviese que pasar.

Avancé hacia uno de los desastres esparcidos por la ciudad, por los vampiros nuevos que no sabían controlar su impulso.

Al parecer, los limpiadores, personas con gen vampiro o sin él, de ciertos cuarteles, habían estado haciendo un trabajo impecable para que mantuviésemos en la sombra nuestra identidad.

—¿Sabes que ya que te mandan conmigo podrías estar algo más animado? No es que sea yo el animal más feliz de la huerta, pero es que tu apatía y semblante son para huir marcha atrás.

—Esa sinceridad será tu fin. —alegó encogiéndose de hombros.

Caleb era capricornio, un signo extraño y solitario en carácter. Al único más allá de Einar y de mí que no había sido capaz de imaginarme encontrando una compañera.

Quizá las estrellas estaban sufriendo demasiado teniendo que encontrarnos a alguien compatible.

El lugar ya estaba prácticamente impecable. Quedaban un par de agentes de limpieza allí abajo pero tocaba bajar a preguntar quiénes habían sido para ir en su busca y ver si tenía arreglo.

Recibí un mensaje al busca.

“Céntrate en buscar a tu compañera por ahí fuera, aunque miremos lo de los desastres.”

Gulliver me había dado permiso, básicamente porque todos los signos eran reacios en dejar a su compañera en el cuartel para irse de misión cuando considerábamos que estaba habiendo demasiados cambios en todo el sistema vampírico.

Pero Harold era otra historia, siempre tan histérico y sin saber disfrutar de lo bueno que tenía la vida fuera de esos muros. Subir paredes; observar naturaleza; ir allí donde nadie pudiera siquiera sospechar que existiéramos y ser uno mismo. Y sin ningún miedo a que alguien se ofendiese.

Algunos tenían la manía de decir que mi sinceridad era como un yunque. Desde mi percepción, no había nada de malo en decir las cosas tal y como eran.

—¿Y bien? ¿Qué ha pasado? —preguntó Caleb ante mi ausencia de palabras.

Se quería ir de allí y meterse solitario en algún callejón a fumar desde alguna esquina, estaba seguro.

—Pues diría que eran dos machos y una hembra. Jóvenes. Uno de ellos conversor de los otros dos. No buscaban comida, fue diversión. —aseguró una chica cuyo traje amarillo impermeable cubierto de pies a cabeza dejaba demasiado a la imaginación.

—¿Sabes todo eso por ponerte a limpiar? —cuestioné enarcando una ceja.

Se giró hacia mí clavando sus ojos verdes en mi figura con algo parecido al desprecio reflejado en su mirada.

—Soy forense. —contestó claramente ofendida.

—Vaya. Eso sería antes de tu conversión. —recalqué.

Podía oler que no era una vampira pura.

—¿Eres un original zodiacal? ¿Sagitario quizá? —preguntó colocando sus brazos en jarras.

—¿Sabes decirme también en qué dirección se han ido? —pregunté deseando seguir aprovechando la salida para hacer lo que quisiera.

—Sabría decírtelo, pero no voy a hacerlo. ¿No eres tan listo? Pues haz tú el trabajo. —Se paró en seco claramente irónica. —Ah, no. Que os lo damos todo hecho.

—¿También sagitario? —cuestioné al ver esa sinceridad tan mordaz.

—No importa el signo, sino cómo nos comportamos. Y mi comportamiento no es más que una respuesta natural al tuyo.

—No tengo mucha paciencia. —Resoplé. —Los demás cuarteles rinden cuentas al de los doce así que podrías contestar a lo que te pregunto.

—Ah, ya veo. Ley del mínimo esfuerzo. Pues he de decirte que, lamentablemente, mi turno ha terminado. Y mi trabajo también. Me habían mandado limpiar, y, mira por dónde, está impecable.

Se giró para irse. La cogí del antebrazo para retenerla y se apartó como si mi contacto quemase.

—Tengo cosas más importantes que hacer. Seguro que tú también por lo que dices… Habla y terminamos antes.

—Me voy a fumar un cigarrillo. —soltó Caleb desapareciendo.

Ese estaba poco dispuesto a ayudar en cualquier cosa pero tenía sus propios demonios personales en los que no me iba a meter.

—Dos machos porque hay huellas de zapato más grandes. Jóvenes por las zonas impacientes de mordida. Uno que sabe más por los tiempos de separación entre huellas, alguien llegó después. —explicó demostrando que sabía más de lo que había tenido en cuenta.

—De acuerdo. —admití. —¿Por dónde se han ido? —interrogué.

—Seguramente hacia los campos del norte. Hay establos abandonados desde los que coger a gente que se pierde en las casas rurales, extranjeros que busca menos gente. —sugirió.

—Inteligente. —señalé.

—Me lo tomaré como un cumplido porque doy por supuesto que tu franqueza es exactamente así.

—Y como lo es, aprovecho para decirte que eres demasiado altiva para tu rango. —contesté antes de echar a andar en dirección contraria.

Estaba a punto de subirme a un tejado cercano cuando recibí otro bendito pitido de mensaje en el busca.

“Voy a pedirte pruebas de que la estás buscando Shaun”.

Vaya, eso era nuevo.

Me acerqué de nuevo bruscamente a la muchacha de la que desconocía el nombre. Se apartó violentamente ante el contacto de mi mano en su hombro.

—¿Qué haces? —preguntó seria.

—¿Tu nombre? —inquirí.

—Selena. —respondió muy a regañadientes. —¿Alguna queja, principito?

—Necesito una foto de tus antebrazos, caderas y tobillos. —Abrió desmesuradamente los ojos. —Me han pedido que demuestre que estoy buscando algo y, por absurdo que parezca, consiste en llevar fotos de esas tres zonas de las mujeres que me cruce.

¿Tenía sentido? No, pero tampoco lo tenía lo que me estaba pidiendo Gulliver.

La chica levantó un dedo bien dispuesta a replicarme pero al final, cogió mi teléfono para hacer las fotos.

¿Qué probabilidad podía haber esperado de ver ese círculo en su tobillo cuando se levantó el pantalón un poco tras quitarse el traje?