Los vampiros del zodiaco CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

EINAR

No estaba seguro de dónde había sacado la fuerza para hacer lo que estaba a punto de hacer.

Era el último día en mi signo y estaba nervioso. Aquella noche tenía que mantener a Estela a mi lado, como compañera o como vampira, pero asegurar su estancia en el cuartel.

Habíamos tenido un encuentro de deseo irrefrenable de nuevo, porque parecía imposible no dejarse tentar por ella y sus suaves movimientos.

Éramos la mezcla perfecta entre la risa y el drama. Una tragicomedia andante.

Estela me esperaba en la azotea, tal y como habíamos quedado. Le dije que era una especie de cita pero, ni en un siglo, me imaginé verla tan preciosa.

Llevaba un vestido blanco con brillantes y unos tacones que alargaban sus provocadoras piernas. Los flecos del vestido estaban muy altos en los muslos. Y el escote, sencillo pero imposible de pasar por alto, me dejó sin habla.

—Bueno… ¿Dónde vamos? Me ha costado dormir a la niña. —dijo nerviosa intentando salir del silencio.

—Pues… Tenemos que irnos ya si queremos llegar. —dije arreglándome la camisa.

Haberme arreglado no pasó desapercibido porque se burló de mí pegándome un pequeño tirón de la misma.

Le ofrecí el brazo para que empezásemos a descender las grandes escaleras que nos faltaban hasta el recibidor.

No había sido fácil, pero conforme bajábamos y su cara iba cambiando, todo mereció la pena.

El recibidor estaba lleno de flores y velas. En el centro había un gran corazón y todo el mundo estaba arreglado esperándonos.

Estela abrió mucho los ojos, incluso su hermano estaba allí aunque no había sido capaz de convencer ni por asomo al padre.

—¿Qué es esto?

—Tus deseos son órdenes. —dije más nervioso que bromista.

Llegamos al centro del recibidor, me puse frente a ella y me arrodillé.

—Ay, Einar… —dijo llevándose una mano al pecho.

–¿Quieres casarte conmigo? —pregunté sintiendo que era la preguntas más seria que había hecho en mi larga existencia.

—Sí, quiero.

Cuando su besó profundizó en mi boca supe que solo había una opción y que ella la había escogido.

A pesar de cada reto, de lo imposible que parecía, y de todo lo que aún nos quedaba por enfrentar, el destino había hablado el mismo día que nos habíamos cruzado.

No había nada que pudiese hacer para no amarla tal y como era.

La fiesta dio paso a la diversión, los bailes en pareja y muchos murmullos sobre lo cursi que era aquello para alguien como yo, que nunca se había tomado nada enserio.

Si me hubiesen dicho, antes de conocerla, que iba a hacer algo así, me habría desternillado por completo dejándome caer doblado de la risa sobre el mismo suelo y todo. Pero ahí estaba, embobado con la cascada que era su pelo moviéndose al compás de nuestros pasos por la pista.

Entraba la luz de la luna por la ventana y sus ojos brillaban mientras sus muñecas descansaban en mis hombros.

Nos acercamos, quedándonos tan cerca que su fragancia me envolvía consiguiendo que pareciera que no había nadie más en aquella sala.

Mi nariz tocó la suya de forma suave y amorosa.

—¿Cuándo está bien jugar al escondite con esta gente? —preguntó sonriendo contra mi boca.

—Ahora. —aseguré sin pensármelo un segundo.

Cogí su mano conforme girábamos hacia la salida más cercana. Acabamos por perdernos por un pasillo y de ahí a una ventana. La noche se había vuelto un poco fresca pero cuando la tomé entre mis brazos incluso mi piel ardía.

Entramos desde la fachada hasta mi habitación y allí los grados fueron subiendo de segundo en segundo. Su ropa voló y la mía también acabó por algún rincón de mi habitación.

Nuestros cuerpos se fusionaron en uno solo dando riendo al placer. Cuando su orgasmo llegó haciendo temblar mi ser se agarró con las muñecas entrelazadas con más fuerza a mi cuello.

—Estoy lista. —murmuró con la boca abierta entre el placer.

—¿Para ser vampira? —cuestioné reteniéndome lo suficiente solo como para mirarla y perderme en sus ojos por unos instantes.

—Para ser tu compañera, para siempre.