Los vampiros del zodiaco CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

EINAR

—No tienen que decidirlo en un día. —aseguró Gulliver viéndome dar vueltas por su despacho.

Por supuesto, le habían comunicado mi arrebato con el padre de Estela.

Si ese hijo de puta volvía a tocarle un solo pelo…

—El padre no les va a dejar. Deberíamos separarlos para que piensen tranquilos. —señalé.

—Que no vas a dejar que Estela muera está claro Einar, no veo por el por qué de tu prisa y de tu preocupación.

—Porque ella no le va a perdonar si se queda por completo sin familia. —aseguró Lena interviniendo al abrir la puerta del despacho. —Yo se lo dije, que tenía que ser sincero con ella antes de que esto ocurriera.

—No estaba en mi mano. —aseguré procurando templar mi carácter.

—Fue tu elección pese a todo. El bebé estelar no se ha puesto por delante en otras ocasiones. —sentenció. —Aún así, venía a decir que acepta la leche materna de la nodriza por el momento.

El despacho volvió a quedar sepulcral.

—Tú sabes que ese bebé va a estar bien aquí y tenéis toda la eternidad para arreglaros. —dijo sentándose, cansado, detrás de su escritorio.

—No puedo matar a su familia. —confesé sintiéndome más frustrado de ello conmigo mismo que con nadie en concreto.

—La oportunidad se la daremos a todos, pese a mi propia reticencia.

No podrán vivir en este cuartel, pero sí en otros.

Y eso permitirá que se vean. —Hizo una pausa mirando algo en su escritorio que debía de requerir atención.

A veces me preguntaba por qué Gulliver llevaba toda esa carga encima.

—Y tú deberías hablar con Estela, intentar suavizar las cosas.

Me fui sabiendo que llevaba parte de razón. Cuando recogí a Estela de la celda familiar no tenía buena cara y estaba en silencio.

—¿Habéis llegado a algún acuerdo? —pregunté tras carraspear cuando ya sentía que había pasado una eternidad. —¿Has pensado en lo que te dije? —insistí.

—¿En el ultimátum que me diste tras desvelar que me habías mentido? —encaró.

—¿No tienes ganas de ver a tu hija? Tiene que estar tomando leche de nodriza. —reclamé.

No íbamos a llegar a ningún acuerdo a ese paso de reproches.

—Cuando perdí a mi madre. —empezó a decir consiguiendo que le prestase atención y me callase.

—Nos volcamos en ser una familia unida. —Dibujó un círculo con sus pies expresando nerviosismo.

—Es un concepto bonito, por lo menos en teoría.

Pero mi padre ha estado tirando de esa cuerda de responsabilidad desde que tengo memoria para cualquier cosa que quisiéramos hacer con la que no estuviese de acuerdo.

Sentí ganas de abrazarla, pero el miedo a que mi contacto le devolviese la memoria sobre la decisión que tenía que tomar, me echó para atrás.

—¿Tu hermano es más mayor que tú? —cuestioné sin saber por dónde dirigir la conversación.

—Lo es, pero también tiene que suplir que mi padre no le ve como el referente de hombre que debería. Es más tranquilo y eso. —respondió. Se apretó las manos entrelazadas, buscando fuerzas. —Necesito tiempo Einar.

—¿Tiempo? —cuestioné enarcando una ceja.

—Para convencer a mi padre. —Respiró hondo. —Mi hermano acabará cediendo más pronto que tarde. —añadió.

Notaba tensión en la mandíbula. Estaba incómodo.

—No quiero esconderte nada. —Carraspeé ante su mirada incrédula. —Ellos no vivirán aquí aunque acepten convertirse. Este cuartel es especial. Irán a un centro de integración y de ahí a otro cuartel.

—Por lo menos me dices la verdad. —asumió en alto.

—¿Cuánto tiempo? No puedo derivar a mis hermanos a mantenerle encerrado mucho más tiempo. Quedan dos días para el cambio de casa zodiacal. Necesitamos estar todos en ello.

—No lo sé. —admitió. —¿Y si compro ese tiempo? —interrogó.

—¿Comprarlo?

—Alimentaré y cuidaré a la niña. —soltó mordiéndose el labio.

—No quiero que te acerques a ella por obligación, ni a mí. —repliqué con las venas bullendo por dentro.

Me giré para irme. Total, del cuartel no iba a ser capaz de salir. Había ojos en todas partes.

—Einar, yo la quiero, ¿sabes? —Ante su declaración me paré en seco. —Pero siento que le debo ese intento de familia unida a mi padre. Se ha equivocado en sus decisiones, quizá como tú, pero su deseo de venganza por alguien que amaba y la intención de que pertenecer unidos no le hace un demonio.

—Te pegó. —dije apretando tanto la mandíbula que pensé que se iba a romper.

—Y tú me engañaste. —rebatió señalándome con un dedo en el centro del pecho. —No consigo odiarte, y a él tampoco. —confesó.

Su tono dulce, su cercanía y su vulnerabilidad fueron suficientes para que no pudiera contenerme. Tomé su boca y abracé su cuerpo. Ambos reaccionamos con fiereza y determinación. Al separarnos, no bajó la palma de su mano de su pecho.

—He estado pensando en montar un equipo de cazavampiros. —solté haciéndola partícipe de los pensamientos que me habían estado inundando y, sin embargo, no había compartido con nadie.

—¿Me estás vacilando? —cuestionó carcajeándose.

Su risa sonaba a gloria en mis oídos.

—No. Creo que tenemos que hacer algo con aquellos que se dedican a hacer masacres. Mandar a los limpiadores no es una solución al problema real, solo una respuesta para conseguir seguir siendo ocultos a los ojos humanos. —expliqué.

—¡Yo podría ser parte de ese equipo! ¡Y mi hermano! Le daría un sentido a lo que hemos estado haciendo. —exclamó entusiasmada.

Luego bajó su euforia unos segundos.

—¿Qué? —interrogué ante su silencio.

—Quiero ver a mi hija, y quedarme aquí con ella. Pero aún no sé contestarte a la pregunta.

Asentí levemente.

No podía imaginarme ninguna situación en la que no fuese mi compañera, pero estaba haciendo, por primera vez en toda mi existencia, un ejercicio de seriedad y contención. La ocasión lo merecía.

Se acercó un poco más y volvió a poner sus labios sobre los míos. Si era una forma de convencerme, era una muy eficaz.

—El ciclo acaba en dos días Estela, necesito una respuesta para entonces.