CAPÍTULO 11
EINAR
—No tienes autorización para hacer esto. —señaló arrugando la nariz Estela
—¿Qué te hace pensar que necesito autorización?
—Son las reglas de vuestro juego.
—¿Nuestro juego? Yo te veo bastante metida en él.
Le pasé un arma de las que sí mataban vampiros si acababan por quemarse los cuerpos.
—¿Me das algo que podría permitir que te matase? —interrogó con un “guau” escondido en su tono.
—No veo que ganarías matándome. Tu familia sigue dentro. —Me acerqué a ella medio sonriendo y le toqué con el dedo índice la punta de la nariz. —Además, podrías intentarlo. No significa que pudieras conseguirlo.
—Cuanto ego. —bromeó.
—El necesario para ser irresistible.
El aparato hacía bien su trabajo, por lo menos cuando entendimos cómo iba. Su padre era el que lo llevaba de normal por lo que ella no sabía utilizarlo con exactitud.
A veces, señalaba vampiros que si bien no eran reconocidos por mi olfato, no estaban haciendo nada en ese momento. La fiabilidad del localizador desde mi perspectiva no era tan alta por lo que, a esos, en ese momento, los dejamos en paz.
Pero también nos llevó a escenarios horribles, casi inimaginables, donde vampiros nuevos acababan de forma crueles con humanos e incluso se divertían.
—Intentamos atajar el problema de los neófitos cuando lo observamos. No es sencillo. —comuniqué casi en una disculpa.
—¿Quién se ocupa de limpiar esos desastres? —interrogó. —Digo, no hay cadáveres por las calles normales aunque lo hagan de noche. Serán gente desaparecida por la mañana.
—Hay limpiadores. —comuniqué rascándome la nuca. —En los cuarteles normales.
—Porque vosotros sois diferentes… —dejó caer.
—Así es. No voy a ocultarte algo que es evidente. —acepté.
—¿Cómo los jefes? —interrogó curiosa.
—Puede ser. Hay una jerarquía. Cada uno se ocupa de una cosa. —respondí sintiéndome algo escudriñado.
Quizá no estábamos prestando suficiente atención a esos asuntos desde que había empezado lo de los bebés.
—¿Qué piensas? —cuestionó.
—Mira, no digo que hayamos hecho todo bien. Pero desde luego no vamos a por humanos. —Hice una pausa. ¿Intentaba convencerla? —No todos los vampiros somos malos.
—Sí sois antinaturales, aunque no seáis tan malos. —recalcó.
—¿Crees que está creciendo algo en ti? —inquirí cambiando completamente de conversación.
—¿Un bebé? Bueno, esto… No lo sabríamos hasta dentro de mínimo un mes. —Desvió la mirada a cualquier parte excepto a mí. —Ni siquiera contemplo cómo es posible. Tú no estás técnicamente vivo.
—¿Me estás llamando muerto? —bromeé.
—No quería que sonase así.
Esos momentos burlones apaciguaban el ambiente entre los dos, dejando un limbo casi romántico.
Tomé sus labios consiguiendo que sus manos se entrelazasen en mi nuca para juntarnos aún más.
No era el momento más indicado para sentir esa explosión de deseo, pero nada importaba más.
El móvil empezó a sonar mientras nosotros, allí, en el tejado, desgastábamos los labios.
—Parece que alguien te busca con insistencia.
—¿Celosa? —cuestioné sonriendo.
El teléfono no dejaba de sonar.
—Puedes hacer lo que quieras… Nuestros acuerdos ya están sellados. —susurró lamiéndome el labio inferior.
Mi deseo se intensificó de una forma incontrolable.
—¿Qué? —cuestioné descolgando el dichoso teléfono.
—Que no podéis estar fuera; que se supone que es una prisionera; y que el tenemos que ver qué ha pasado con el intento por la mañana por si hay que hacer otro procedimiento. —retó Gulliver al otro lado de la línea.
Siempre le sacaba de sus casillas, pero en mi mes tocándome el bebé estelar, creía que iba a acabar matándome.
—¿Nos tenemos que ir? —inquirió haciendo morritos. —Me hubiera gustado saber qué hubiera pasado si tú no fueras lo que eres, yo no fuese lo que soy.
—Podemos llegar un poco más tarde. —susurré en su oído.
Recorrimos las calles vacías con tranquilidad, parando en los lagos con luces y los monumentos que, en teoría, estaban cerrados pero cuyas azoteas estaban descuidadas.
Cogí comida en un puesto callejero de perritos calientes para reírnos de la ironía y sentarnos en un césped desde donde se podía apreciar la luz de la noche aún.
—¿Así habría sido? —interrogó con apenas un hilo de voz.
—Posiblemente… Pero con algo de clubs nocturnos con apuestas por enmedio. —bromeé de nuevo.
—¿Vamos a alguno? —cuestionó con cara de ilusión repentinamente.
Estela debía ser exactamente la horma de mi zapato porque sabía qué decir y hacer en cada momento para hacerme sentir completo.
Las cartas se le daban genial. Era una tramposa nata y, en los juegos dobles, éramos imparables.
Pedía copas que yo le intentaba quitar por aquello de estar gestando posiblemente un bebé estelar.
—No quiero que termine esta noche. —chilló en mi oreja evitando el griterío del club.
Viendo sus ojos abiertos, su amplia risa, y sus carcajadas a destiempo, yo tampoco estaba preparado para que se acabase.
La besé cuando el bar dio el toque de queda antes de salir.
Cualquiera que nos hubiera visto por la calle, agarrados de la mano y a ese paso tan tintineante, éramos dos amantes jóvenes en pleno apogeo.
La realidad nos dio en la cara en cuanto tuvimos en frente el cuartel. Su sonrisa se borró y mi ánimo decayó hasta conseguir que metiese las manos en los bolsillos de la chaqueta de cuero.
Se paró y me miró con intensidad.
—Gracias por esta noche. Hubiéramos sido la bomba. —susurró. Se puso de puntillas y me besó con suavidad. Fui a hablar pero me colocó un dedo en la comisura para evitarlo. —Mejor no. Sin despedidas. Solo al calabozo.
Fue entrar y ser escudriñados por más miembros de los que deseaba.
—Son las siete, la analítica. —dijo Lewis con el morro torcido.
—Tiene razón. —aseguró Gulliver antes de poder rebatirle.
—Yo en ayunas no estoy. —aclaró Estela.
—No puedes beber… —murmuró de su parte Lena.
La analítica fue tensa. Todos en silencio esperando un resultado que era más bien una sentencia.
—¿Me puedo ir a dormir mientras véis que pasa? —cuestionó cansada y tambaleándose.
—Sí, yo me la llevo. —dijo Lena. A Estela le dio una arcada. —Y le doy de desayunar. —añadió.
—Bueno, pues… Ya me contáis. —solté saliendo de allí.
No llegué lejos porque Adam me detuvo a medio pasillo. Solo quería estar en mi habitación con los recuerdos de la magnífica noche que había pasado hasta volver.
—A Lena le preocupa enormemente que no estés siendo sincero del todo con Estela. —explicó visiblemente incómodo con el tema.
—No le he mentido.
—Einar, llevamos años vivos mucho tiempo juntos. La ambigüedad es mentir también de alguna forma. Y sobretodo, creo que te vas a arrepentir. —explicó.
—Harold quiere bebés. Gulliver quiere seguridad en el cuartel. Lo demás ya no está en mi mano.
—Eso quieres creer, pero sí lo está.
Me di la vuelta, agobiado y tenso, sin querer un enfrentamiento.
—Mira, Adam, aunque quisiera ser más sincero, es parte del acuerdo. Harold y Gulliver no quieren que le dé más detalles a Estela hasta que no esté ese bebé en el mundo. —confesé.
Así era. Habían aceptado que ellos fuesen vampiros y que tuviesen la oportunidad de vivir en el cuartel si se adaptaban, pero la condición era simple: Primero el bebé estelar, luego las segundas oportunidades.