Los vampiros del zodiaco CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

EINAR

Gulliver accedió a reunirse conmigo, pero se impacientó mientras esperábamos a que llegasen los otros que había convocado.

Harold y Lewis no se habían hecho de rogar. Lena fue la última en llegar y, como ya esperaba, lo hizo acompañada de Adam.

—¿Ella? —preguntó Gulliver respetuosamente.

—Ella también es médico ya, y quiero hablarlo con todos los posibles implicados al mismo tiempo. —Hice una pausa para respirar e intentar que entrase en mí algo de buena energía. —Sé que parezco un circo, pero no lo soy.

—Bueno… ¿Algo referente a tener un bebé con la marcada? Dijiste que los tendríais. —señaló Harold de forma casi acusativa.

—La tendremos. Por ensayo clínico. —El silencio fue sepulcral. —Ya se propuso una vez. No debería ser un problema.

—¿Ella lo sabe? —cuestionó Lena.

—Debería dar igual. —dijo Lewis.

Ya había tenido problemas cuando se trataba de una renegada, no quería ni imaginarme lo que pensaba de una cazavampiros. De ahí la presencia de Lena.

—¿Está de acuerdo en hacerlo así? —preguntó Gulliver cogiendo el mando de la conversación.

—Lo está.

—¿Estás de acuerdo en llevar a cabo la tarea con Lena de ayudante? —interrogó hacia Lewis.

—Sí. Los bebés estelares son necesarios. Y no me sirvió de nada mi postura la última vez. —determinó.

—Mientras nazca un bebé… —Harold no parecía muy contento. —El caso es que no estamos seguros de que vaya a ocurrir si lo hacéis de ese modo.

—Un bebé es un bebé y da igual cómo se haga. No busquéis pegas. —reté.

—Me gustaría garantizar yo misma que el proceso sea adecuado, respetuoso, y consentido por Estela. —dijo Lena.

La había llamado porque sabía que ella era buena y que no iba a dejar que le pasara nada.

Si alguien tenía algo que decir al respecto, no lo hizo. Adam intimidaba bastante cuando se trataba de su compañera.

Aproveché para quedarme directamente cuando los demás se fueron. Dejé el bote de muestra y me largué.

Fuera del cuartel el aire era mucho más distendido. Me metí a una sala de póker y me puse a jugar. Las bromas eran comunes como mecanismo de distracción y eso despejaba mi mente.

Pero la diversión duró poco: Primero, vi bastantes vampiros con aires de no respetar las normas de alimentación; Segundo, mi móvil sonó.

—¿Qué? Me pillas ocupado. —dije sin saber quién, dentro del cuartel, me estaba llamando.

—Si voy a tener un hijo contigo, tendrás que mínimo presentarte en el proceso. —gritó una voz femenina conocida al otro lado de la línea.

¿Cómo había conseguido Estela que le dejasen un móvil?

Tuve que largarme más molesto de lo que había llegado.

El recibimiento fue de todo menos bueno. Había malas caras, expectación, y una humana cazavampiros cabreada observándome con los brazos cruzados.

—Pues ya estoy aquí. —anuncié. Como no hubo respuesta, coloqué las manos a modo de “tachán”.

Mi expresión tampoco causó gracia.

—¿Te parece que tener un hijo es una broma? ¿Para eso lo quieres? ¿Te irás por ahí aún teniendo que cuidarlo? —recriminó.

¿Qué se suponía que tenía que decir yo ante eso? Me eché un paso para atrás.

—Yo dejé mi parte aquí. No sabía que tenía que ser en equipo. —solté.

—¡Einar! —La voz de Gulliver dejaba poco a imaginar.

—Deberías implicarte. Darle tranquilidad. —sugirió Lena.

A ella, si no quería vérmelas con Adam, no podía responderle mal ni con sarcasmo.

—Claro. Aquí estoy. Vamos al lío.

Lewis y Lena se quedaron en la sala con Estela y conmigo. Adam había accedido a cruzarse al otro lado tras algo de resistencia que su compañera había conseguido aplacar.

No sabía dónde meterme. Estaba incómodo mirando hacia todas y ninguna parte al mismo tiempo.

Estela se había metido detrás de un biombo para cambiar su ropa por una bata clínica.

En cuanto mis ojos cayeron durante un segundo en el biombo, no pude despegarlos de ahí. La silueta de Estela era el reflejo de un cuerpo preparado para el pecado.

—¿Qué miras? —interrogó acusativa cuando salió.

Carraspeé.

—Nada. Me has dicho que tenía que estar aquí, y aquí estoy. —bufé.

—Vamos a intentar llevarnos bien. —sugirió Lena.

Lewis procuraba no decir nada para no meterse en ningún follón. Se dedicaba a mirar las máquinas y a ponerle la vía con cuidado a Estela.

Me coloqué en una esquina, tenso. En su intimidad miró Lena, cosa que me pareció bien porque la idea de ver a Lewis asomado allí abajo no me hizo ninguna gracia.

Hubo un momento en el que desconecté y, para cuando volví a tomar conciencia de la situación, ella se estaba volviendo a cambiar.

—Lewis, ya termino yo. —determinó Lena.

El doctor se fue y casi pude oír el alivio de Adam al otro lado de la puerta.

—¿Qué me quieres decir? —pregunté sin andarme con rodeos mirando a Lena.

—No me gustaría que hubiera ningún malentendido entre vosotros. Quiero sentirme cómoda con esto y… ¿Tenéis todos los puntos del acuerdo claros los dos?

Ella me conocía, no tanto como Adam, pero sí suficiente para saber que era un gran jugador y mentiroso. Además, no había que llevar mucho tiempo dentro del cuartel para saber que de allí no podía salir ningún humano que supiera nuestro secreto. Mucho menos cazavampiros.

—No le he prometido nada que no pueda cumplir, si es eso lo que me estás preguntando.

Otra ambigüedad.

—Ya… —Hizo una pausa. Estaba a punto de salir. —Ten cuidado Einar. Creo que las estrellas saben más que tú, por astuto que seas.

Su advertencia no pudo ser contestada porque Estela salió hecha un huracán.

—Eso ha dolido un poco. —señaló. —Y tú no tienes que sufrir nada. —atacó.

—¿Te compenso de alguna forma? —pregunté.

—Pues sí. Vamos a hacer una cosa. Jugar a las cartas. En algún sitio que no sea esa deprimente celda. —exigió.

¿Jugar a las cartas? Sí, definitivamente sí.

¿Un lugar que no fuese su celda y que no nos escudriñasen? Difícil.

Me arrepentí de mi decisión en cuanto la vi sentarse con las piernas cruzadas sobre el edredón de mi cama esperando a que buscase la baraja.

¿Había una tentación mayor?