Los vampiros del zodiaco CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

ESTELA

De todo lo que me podría haber dicho, que tuviese un hijo con él era lo que menos esperaba.

¡Era una completa locura!

¿Y por qué iba a querer algo así? Tenía algo que ver con la marca pero, aún así, no imaginaba qué podía ser de semejante importancia como para que le saliese rentable tres vidas de cazavampiros.

Por otro lado, nada me garantizaba que su palabra tuviese valor alguno.

¿Tenía otra opción?

Intentarlo era arriesgado pero no hacerlo era firmar nuestra sentencia de muerte.

Me estaban tratando sorprendentemente bien, sin contar el recelo de algunos vampiros concretos que, sin llegar a decirme nada, estaban a disgusto con mi presencia. O quizá lo que les molestaba era que mi estancia conllevaba la de mi familia.

Me habían dado comida, agua y ropa; Me permitían salir al patio y asearme todos los días.

Llevaba dos días sin ver a Einar, quien había decidido desaparecer justo a continuación de su loca propuesta.

No tenía ni idea de dónde se había metido, y aunque quería que me diese completamente igual, no lo hacía. Me dije una y otra vez que se debía a que era mi única vía de escape. Pero repetir las cosas no siempre las convertía en algo cierto.

—Hola. —Lena, la mujer de Adam, bajaba bastante a verme. Me daba la ropa y me ofrecía algo de conversación distendida. Por supuesto, no soltaba prenda sobre ningún plan que tuviesen sobre mí. —He traído a Lina conmigo. —añadió dando paso a una chica dulce y cautelosa.

—No te preocupes. No vas a estar aquí encerrada para siempre. —comunicó Lina tranquilizadora.

Greyson era uno de los que me miraba mejor, tranquilo y conciliador.

Todos los que andaban por ahí eran muy particulares. Tenían rasgos muy marcados y una postura de autoridad que me sorprendía.

Tuve tiempo de pensar en que eran vampiros especiales, pero no pude averiguar nada más.

—¿Sabemos si mi padre y mi hermano siguen bien? —interrogué tras escuchar una historia sobre lo bien que se lo había pasado la hermana de Lina, Lilith, conociendo el Amazonas.

Se miraron mutuamente. No debían darme información y yo me estaba arriesgando a que dejasen de visitarme. El entretenimiento era necesario entre esos muros.

—Siguen bien. —dijo Lena finalmente. —Ya que te hemos dicho eso… ¿Qué has negociado con Einar para que haya este impás de acción?

Subí una ceja a modo de interrogante.

—¿No lo sabéis? —cuestioné extrañada.

—Las hembras por aquí somos… —Se quedó pensando. —Personas muy protegidas. A veces nos dejan fuera de esas cosas.

—Pero nosotras queremos saberlo todo. —alegó Lina algo quejicosa.

—Pues… Tengo esta marca. —comencé a decir. Eso no las sorprendió, la habían visto con anterioridad. —Y por algún motivo… Einar me ha pedido que tengamos un hijo.

Ambas ahogaron un grito. Se miraron e hicieron gestos de pensar que aquello era muy fuerte.

—Pues… Es una suerte que hayas… ¿aceptado? —preguntó Lena.

—Intentas confirmarlo. —aventuré.

—Así es. —admitió riéndose un poco.

—No tengo otra opción. —murmuré.

La idea de tener un hijo con un desconocido no era mi mejor pensamiento e incluso me removía. Einar no era feo, yo me había fijado en él genuinamente, pero hacerlo por obligación… No me veía.

—Bueno, es algo importante. Si te lo ha pedido… Quizá pueda llegar a haber sentimientos entre vosotros. —sugirió Lena. —Los comienzos no son siempre sencillos.

—Llamar comienzo a estar encerrada en un calabozo, es mucho decir. —bromeé.

—¿Pero querrías que así fuera? —cuestionó Lina haciendo ojitos ilusionados.

—Querría estar en mi casa, con mi hermano. —Dejé salir un suspiro. —No entiendo por qué estamos aquí. No fuimos a por ellos. Ni siquiera sabía que Einar era un vampiro, y desde luego, si no matan humanos, a mi padre le dan exactamente igual.

—Es una situación complicada. —Las miradas pasaron a ser de compasión. —¿Te ha dicho Einar que va a pasar con tu familia?

—No moriremos ninguno. —contesté.

Sus expresiones hicieron de todo en mi interior menos calmarme.

Por suerte para todos, Ariadna me bajó la merienda y pudimos disipar el tema de conversación.

Einar apareció al poco tiempo y las chicas se fueron escaleras arriba sin mediar palabra.

Era una evidencia a voces que no debían estar allí abajo, pero parecían inmunes.

—Veo que has comido…

—¿Eso es lo que vas a decir después de haberte largado por arte de magia? —pregunté molesta colocando los brazos en jarras.

—Tenía que gestionar nuestro acuerdo. —aseguró desviando la mirada.

Su cuerpo estaba tenso. No parecía haber descansado demasiado. Y el bromista que solía ser no se encontraba presente.

¿Qué habría pasado? ¿Habrían denegado la oferta?

—¿Y? —cuestioné titubeando.

—Están de acuerdo. —respondió.

—Eso es… Genial. —murmuré tragando saliva.

El ambiente se tornó más inquietante de pronto. Las paredes parecían más estrechas cada vez más.

No se movió, pero lo vi más cerca. Era yo la que había dado un paso adelante. Coloqué una mano en su pecho. Él me observaba detenidamente con la diferencia de altura.

Me coloqué de puntillas acercando mi nariz a la suya hasta que se rozaron.

Inmediatamente a continuación, su boca tomó la mía con una voracidad implacable. Su lengua experta hizo movimientos que prometían en el silencio placer infinito.

Lo pegué más a mí colocando ambas manos entrelazadas detrás de su nuca. Era instintivo, no lógico.

Bueno… Se podía ver como una “suerte” que si tenía que tener un hijo con alguien como precio para mi libertad, por lo menos despertase en mi cuerpo esas sensaciones.

¿Podía ser todo una casualidad? ¿Cruzarnos siendo lo que éramos cada uno? ¿Acabar allí abajo? ¿El precio de nuestras vidas?

Por más que se juntaran una infinidad de preguntas en mi cabeza, el deseo era más fuerte. Innegable. Irrefrenable.

—Yo… —Einar paró de golpe.

Separó con sus manos las mías para dar un paso hacia atrás y quedarse mirándome con una expresión que no supe descifrar.

El frío entró entre nosotros como un huracán.

—¿Sabes cómo se hacen los hijos, verdad? —pregunté intentando bromear aunque sentía un galopeo incesante en el pecho.

—Será de forma clínica Estela. Nada de… Lo que sea esto. —sentenció dejándome completamente helada.