CAPÍTULO 7
EINAR
Mi reacción hacia Tom fue tema de conversación peor que si hubiera salido en salsa rosa y, yo, por mi parte, solo estaba escondido en mi habitación como si eso pudiera salvarme.
Igual de absurdo que taparse con la sábana ante un asesino.
Di otra vuelta por mi habitación procurando calmarme antes de pegar algún puñetazo a la cama y salir directo al salón.
Allí nadie me dirigió de primeras la palabra, quizá intentando comprobar mi temperamento.
—No muerdo. —dije riéndome destensando el ambiente.
—Bueno, Tom no opina lo mismo. —bromeó de vuelta Leo.
Era continuar mi broma en cierto modo, pero también recalcaba de nuevo lo que había pasado.
—Tenemos el aparato. —dijo Gulliver desviando la atención de todos hacia él, por suerte para mí.
—Ve pensando tu respuesta para la posesión. —sugirió Adam en un susurro cómplice al pasar por mi lado.
¿La posesión? ¿Era eso lo que me había pasado? ¿Por qué?
La respuesta que aterrizaba en mi cerebro me hacía cabrearme y reírme casi a partes iguales. No era posible que el destino fuese tan caprichoso de ponerme en la tesitura de que mi compañera fuese… ¡No era un maldito juego en el que podía cambiarme de bando a mi parecer!
No dije nada aprovechando el revuelo alrededor de Gulliver, quien sostenía una especie de brújula de oro con un cordón en su mano.
—Es un localizador pero funciona de una forma extraña. Mide el sufrimiento impartido a humanos en las últimas horas. —explicó dejándonos a todos algo fuera de lugar.
—¿Podemos decir entonces que no sabían que éramos nosotros? —cuestionó Adam.
—Ni saben lo que significamos. —añadió Leo.
Eran preguntas o comentarios sutiles pero todos ellos tenían una intención de echarme un cable.
Mi muestra de posesión les había dejado aún en una situación más complicada. Era una cazavampiros, por mucho que llevase la marca.
—Podemos decir que ambas cosas juegan a su favor.
—respondió Gulliver midiendo mucho sus palabras.
Harold escuchaba también atento pero inusualmente callado.
Debían de haber cruzado palabras tensas en las últimas horas.
–Pero son tres. —Una pausa. —No podemos permitirnos tres amenazas ni dentro ni fuera del cuartel.
—añadió dirigiendo su mirada exclusivamente a mí.
—¿Qué? —interrogué viendo que no pensaba decir nada más mientras solo me observaba.
—¿Qué quieres hacer? —inquirió sorprendiéndome.
—No son malos. —intervino Lena de la nada.
Una compañera en la sala siempre era algo tenso. Adam se colocó detrás de ella sabiendo que no debía estar allí pero sin permitir que nadie dijese ni mu.
Solo es una familia dolida. —soltó Ariadna también colándose también.
—Las compañeras deben permanecer fuera. —dijo todo lo suave que pudo Gulliver.
—Es que hemos oído todo el interrogatorio. —explicó Rebeca.
—¡Éramos pocos y parió la abuela! —bromeé. La situación era demasiado tensa para que se riesen. —Digo… ¿Qué ha pasado en el interrogatorio?
Me dio la sensación de que no debería haberme ido a mi cuarto.
—El padre se hizo cazavampiros cuando los niños eran pequeños porque descubrió la raza al ver como un renegado mataba a la madre de ambos. —explicó a disgusto Gulliver.
—Que haya una justificación, no lo hace menos peligroso. —murmuró Taylor con tranquilidad procurando no contrariar demasiado a su compañera.
—¿Si yo hubiese sido una cazavampiros habrías dejado que me mataran? —cuestionó Ariadna colocando los brazos en jarras frente a su compañero.
—Por eso intentamos preguntar, si nos dejáis, si es lo mismo. —comentó Vic.
—Todos fuera. —pidió alto y claro Gulliver.
Era imposible que llegásemos a alguna conclusión con tanta cantidad de opiniones y ruidos.
—¿Es lo mismo Einar? —preguntó con claridad hacia mí en cuanto estuvimos solos.
—Es una marcada. —contesté intentando evitar la naturaleza de la pregunta.
—No es esa la cuestión.—dijo golpeando con un dedo firmemente la mesa.
—En realidad, sí lo es. Esa es la base de nuestra discusión. —intervino Harold obsesionado con sus bebés estelares sin haberse ido como habían quedado.
—Es un riesgo. Ella seguirá odiando los vampiros aunque nos diese un bebé estelar.
—Quizá sea su compañera, y si la marca… Será una vampira prácticamente. —sugirió Harold.
Sus palabras despertaron algo en mi interior.
—No va a querer ser una compañera, y compañera no es vampira. —rectificó Gulliver.
—Lo pensaré. —dije antes de largarme sin pedir permiso.
Sentí asfixia y calor.
Bajé al calabozo. Estela no se sorprendió de verme allí abajo aunque cuando vio mi estado de ánimo dio un paso hacia atrás.
—¿Qué? —preguntó en un susurro cuando llevaba demasiado tiempo solo mirándola.
—¿Vas a ser una amenaza? —cuestioné enarcando una ceja.
—Podría darte un farol. No vas a soltarme. —contestó con media sonrisa.
—Digo aquí, si te quedas aquí. Esta gente es mi maldita familia. —solté enfadándome poco a poco como si se tratase de calentar grados.
—Y los que tenéis en el otro calabozo son la mía. —rebatió.
—Ellos no pueden salvarse. ¿Quieres salvarte tú? —pregunté.
Confirmando todos mis miedos, negó lentamente con la cabeza.
Tragué saliva. Abrí la celda. Me acerqué en dos pasos hacia ella. Su pelo naranja caía como una cascada de fuego pese a la falta de luz. Dejó de respirar ante mi cercanía.
Coloqué mis manos en sus caderas hasta acercarla a mí. Nuestras narices se rozaron mientras sus ojos brillaban de una forma que dudaba poder olvidar.
La besé.
Una y otra vez.
Sus latidos se aceleraron hasta el punto de sentir que besaba todo su ser y no solo su labios.
Cuando nos separamos, sus ojos estaban más abiertos y sus labios se habían quedado esperando.
No había duda.
—Los tres seguiréis existiendo, pero voy a cobrarme el favor. —sentencié en alto al mismo tiempo que tomaba la decisión.
—¿Es un trato? —preguntó enarcando una ceja.
—Lo es.
—No puedes mentirme. —afirmó más para ella misma que para mí.
—No lo estoy haciendo.
—¿Cuál es el favor? —inquirió tragando saliva.
Mi piel ardía pese a no estar vivo en sí. Lo que iba a decirle quemaba en mi mente mucho antes que en mi cuerpo. Mi lengua se resistía a emitir sonido.
Sus ojos esperaban, expectantes, brillantes y preciosos.
—Tienes que tener un hijo conmigo.