CAPÍTULO 5
EINAR
Había dormido poco y mal. Los recuerdos de la noche anterior en la celda me perseguían cual película de terror.
Estela era…
Ni quería pensarlo.
Me duché antes de bajar y pillarme despreocupado algo de comer junto a una ampolla escarlata y me acerqué para sentarme en la mesa larga donde, en una esquina, estaban Harold y Gulliver. No me di cuenta hasta llegar que había una discusión en marcha.
¿Meter baza? Mi cosa favorita.
Me moví hasta allí sonriendo.
—No sonrías tanto que eres tema principal. —aseguró Canek.
—Creo que deberíamos dejar pasar este ciclo. Pasemos al de Shaun. Veamos si desaparece la marca. Si hay otras marcadas, como con las hermanas… —Gulliver estaba serio, más de lo habitual.
—¿Qué te preocupa? —interrogó Adam.
—Que los renegados, me parece muy bien, hemos sabido que algunos no han tenido elección.
Pero otros lo hacen por voluntad. —Hizo una pausa clavando sus ojos en mí.
—En el caso de los cazavampiros… Simplemente odian lo que somos y lo que representamos.
Da igual si somos los doce o no, no les gusta que no necesitemos que nuestro corazón siga latiendo.
—¿Y la dejamos encerrada ese año? Luego no va a querer colaborar. —aventuró Liam con cara de no sentirse a gusto con el tema.
—¿Qué hacemos con el hermano? —interrogó Taylor dispuesto, como bien tauro, a tomar decisiones difíciles si era lo que se esperaba de él.
—El hermano no nos sirve para nada. Quitemos un problema de encima y luego ya…
—No podemos matarlo. —Todos me miraron. —Ella no colaborará si lo hacemos. Da igual cuando pretenda ser esa colaboración.
—¿Eso es que tú estás dispuesto? —inquirió Harold bien emocionado.
Me sentí acorralado.
—Yo solo digo que, si al final se decide que es necesario, no estará dispuesta. —corregí procurando quitarme del punto de mira.
Aún así lo estaba.
—Digamos que colabora; que dejamos al hermano vivo… Que ya es mucho decir. No pueden irse como si nada luego. —declaró Gulliver.
—Tiene que haber alguna opción. El bebé estelar tiene que nacer. —exigió Harold cabreado como pocas veces lo había visto.
—Vamos a tomarnos otra jornada de reflexión. —aventuró Adam colocándose entre los dos altos mandos.
Era tan raro que llegaran a ese punto de discusión…
Una vez que se disipó la gente, decidí bajar a los calabozos de nuevo. Entré en el del hermano, más para recabar información que otra cosa. Estaba bien, se le veía fuerte y no desperdiciaba las veces que les dábamos de comer.
—Tú eres el culpable. Te timamos unos putos perritos calientes. Ni siquiera sabíamos que eras un asqueroso vampiro. —espetó al verme.
Le hice una seña a Vic para que me dejase un momento a solas y, como buen amigo, lo hizo.
—Hablemos de eso. ¿Cómo es posible? ¿Existe esa casualidad?
—Por lo visto sí. —Escupió al suelo. —No teníamos ninguna orden contra vosotros, podrías simplemente haber alejado tu culo de vampiro de nosotros.
Mmm.
—¿Qué le pasa a mi culo? Es bonito. —bromeé.
La gente tenía razón cuando decía que me costaba tomarme las cosas enserio.
—¿Eres consciente de que estáis jodidos?
—pregunté queriendo encauzar el tema. No dijo nada.
—¿Cómo localizáis los vampiros? Has dicho orden, y eso es que no elegías las víctimas.
—¿Víctimas? Tiene gracia que los llames así cuando son muertos que matan a personas inocentes por no aceptar que el proceso natural de la vida es morir. —argumentó con más rabia de la que me veía bien ver en la cara de alguien que intentaba salvar, aunque fuera por necesidad.
—Vale. —Me empecé a desesperar. —¿Cómo elegís a esos cabrones? —interrogué.
Para mi sorpresa, eso le hizo gracia y se carcajeó.
—¿Por qué te lo diría? ¿Qué gano yo? ¿Y Estela? —cuestionó dejando ver una parte de sus preocupaciones.
—Porque si no me das nada con lo que jugar… Estáis muertos. —señalé.
Vi algo de miedo pasar por su rostro y eso me dijo dos cosas: La primera, que no quería morir, cosa que era evidente; La segunda, que no tenía conocimiento de la marca de su hermana, tan valiosa para nosotros.
—Es complicado. —bufó.
—Hay un aparato. Estela lo dijo. —añadí para buscar más colaboración.
—Lo hay, pero nosotros no lo tenemos. —afirmó.
—¿Y podemos conseguirlo? —pregunté.
—No de ninguna forma que te vayamos a decir alguno de los dos. —soltó antes de dejarse caer de forma pesada contra la pared dando por finalizada la conversación.
Salí de allí.
No me había dicho una mierda. O por lo menos eso pensé mientras entraba a ver a Estela.
Pero ya estando delante, caí en algo. Sonreí.
—Diría que me gusta esa sonrisa, pero no creo que me traiga nada bueno. —soltó ni corta ni perezosa Estela.
—Alguien de vuestra familia tiene el aparato con el que encontráis vampiros.
—afirmé. Se quedó callada, que era una especie de confirmación.
—Jhon lo dijo sin querer. Admitió que no iba a darme, ni él ni tú, nada que pudiera arrebatarle a la persona que lo tiene tal cosa.
Y, eso, con tanto convencimiento, solo puede ser porque es un familiar.
—Otra vez silencio sepulcral. Caí entonces. —Es tu padre. Tu padre lo tiene.
—No puedes hacerle daño. —dijo pegándose a los barrotes de la celda tan rápido que tuve que apartarme para evitar que me cogiese.
—No quiero hacérselo. —admití.
Sorprendentemente, no fue una mentira. La idea de ir a por el padre de Estela no me hizo gracia.
—Es lo único que tenemos. Yo traeré el localizador si me dejas salir. —propuso.
Guau. Esa propuesta no me la vi venir. Además de ser más colaboración de la que esperaba, era un maldito problema. No se arriesgarían. No dejarían que se fuera con la marca de allí. Ni siquiera de normal, mucho menos siendo una cazavampiros.
—Tendría que estar dispuesto a traerlo tu hermano. —aventuré aun sin consultar con nadie.
Me iban a matar, o unos o los otros.
—Porque no tiene la marca. —aseguró sonriéndome como si supiese que era un buen punto descubierto.
—Porque las chicas sois más complicadas. —mentí.
—Dudará si no nos ve a los dos. —señaló.
Me cabreé, repentinamente, como alguien que tenía mal perder. Era un juego injusto. Las reglas yo no las sabía; me había tocado una cazavampiros para tener bebés estelares; y encima querían un montón de cosas para darme algo que ni siquiera estaba seguro que pudiera salvarlos de la muerte.
La muerte… Me quedé pensando en ello unos segundos.
Salí de allí, cabreado, ganándome, de nuevo, miradas.
—¿Y? —preguntó Taylor.
—Todos aquí. —solicité.
Que yo convocase una de esas reuniones en las que teníamos que estar todos y me solían parecer un tremendo horror en el que solía estar jugando con una bolita de papel en una esquina, era inaudito.
Todos me escuchaban. El cuartel parecía haberse quedado en silencio total.
—Ellos nos localizan con un aparato. Sé quién lo tiene. Podemos conseguirlo. —Casi todo fueron caras de aprobación. —Pero no podemos hacerle daño al portador.
Eso, no gustó tanto.
—¿Por la colaboración de la chica en el futuro? —cuestionó Gulliver midiendo cada palabra.
Entrecerraba los ojos hacia mí, estudiando cada movimiento de mi rostro.
—Sí.
Fue una verdad a medias.
—Lo traeremos de rehén también. —señaló Taylor.
No era muy conciliador cuando teníamos un peligro como aquel. Su compañera y su hija estaban en el cuartel y no pensaba ponerlas en riesgo.
—Lewis será el médico. —indicó Greyson, quien no solía meterse en problemas pero también reforzaba la opinión de su suegro.
—No tiene por qué venir herido. —Mi seriedad fue recibida con extrañeza.
—Es un cazavampiros, no va a recibirnos con bombones. —Gulliver no estaba en sus mejores días.
—Eso, tiene gracia. —dije esforzándome. Se me había borrado el sentido del humor de golpe. —Los llevaremos a ellos, serán el señuelo.