Los vampiros del zodiaco CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

ESTELA

Había mucha actividad vampírica en la ciudad. Más de lo habitual.

Mi padre estaba nervioso y mi hermano también.

Éramos buenos en lo que hacíamos pero no infalibles. Ningún humano podía serlo.

—¿Has podido descansar? —interrogó Jhon al llegar hasta mí en el puesto de perritos calientes.

—Lo justo. —afirmé.

La noche anterior había sido intensa, pero encima unos ojos azules y un pelo caoba me había perseguido durante mis sueños. ¡Maldito tío buenorro que se había chocado conmigo!

Ese truco del choque que acababa en cena gratis y ganancias era algo que habíamos hecho más de una vez, pero aquella ocasión había sido diferente.

—Papá dice que había más por la zona, pero aunque estuve buscando esta mañana, no vi nada. —recalcó.

—Papá ve vampiros en todos lados. —bufé poniendo los ojos en blanco.

Me dio un codazo justo a tiempo para que mi padre no me oyese criticarlo.

—Ponte el traje Estela y a trabajar. —ordenó sin siquiera darme los buenos días.

Odiaba el traje. Daba calor y la gente tiraba el flyer nada más dárselo. Me esperaba otra emocionante jornada interminable.

Repartí unos cuantos hacia la derecha antes de ver a los runners mañaneros y girar. No entendía cómo alguien podía tener ganas de levantarse voluntariamente a hacer tal cosa.

Choqué con alguien bastante más alto que yo. Pronto empezaba la desgracia del día.

—¡Tú! —exclamé al reconocer al tío del otro día.

—Parece que tenemos un imán. —dijo en tono de burla.

—¿Vienes a por un perrito caliente? —interrogué extendiéndole un flyer por si mi padre estaba mirándonos. —No puedo pararme a comer ahora. —añadí.

—Venía a verte. —respondió sorprendiéndome.

¿Y tenía yo que ir vestida de dinosaurio?

—Pues… Ya me has visto. —contesté aunque no era la mejor de las respuestas. —No soy maga ni nada, si mes ves no desaparezco. —bromeé procurando quitarle hierro al asunto.

—¿A qué hora se va tu padre? —preguntó consiguiendo sacarme una sonrisa.

—Queda… A las ocho de la tarde.

—Te espero en el puesto de perritos a esa hora. —dijo antes de largarse tan rápido como había llegado.

Guau.

Eso había sido… Raro.

¿O emocionante?

Llevaba tanto tiempo dedicándome solo a trabajar, dar explicaciones en casa, y cazar vampiros que… No sabía ni actuar ante un tío bueno que había sabido apreciar mi sentido del humor.

—Tan contenta tú… Peligro. —advirtió mi hermano cuando me vio quitarme el disfraz y cambiarme dentro del puesto.

Mi padre se largó haciendo una seña hacia su muñeca que mostraba la hora.

—He quedado.

No dijo nada, como si tuviese claro con quién.

Cinco minutos duró mi felicidad exactamente.

Einar llegó sí, pero también otros cinco tíos tan grandes como él.

—Bueno, vamos allá. ¡Bu! —soltó antes de notar como me noqueaban desde atrás.

En cuanto abrí los ojos, supe que había estado algún tiempo sin conciencia.

Levanté la cabeza poco a poco, comprobando al mismo tiempo que tenía las manos atadas.

—¿Bu? ¿A quién se le ocurre decir eso justo antes de secuestrar a una cazavampiros? —retó bromista otro de los individuos.

—Leo. No entres al juego de Einar, por favor. —señaló un hombre serio y taciturno desde una esquina.

—¿Es un juego? No me han repartido las normas. —solté sorprendiendo a todos.

Demasiados pares de ojos cayeron sobre mí.

—Otra bromista no por favor. —dijo el más viejo de todos, a quien alguien llamó Harold, largándose.

—Por lo menos no soy yo solo el que lo saca de quicio. —bromeó Einar.

—¿A qué se debe el secuestro? —interrogué directamente hacia el único que me era familiar. —Creía que teníamos una cita. —añadí consiguiendo que la tensión del ambiente subiese por segundos.

—¿Sabes por qué estás aquí? —preguntó bajando algo el tono.

No noté agresividad en su voz, pero sabía que no estaba en la mejor de las situaciones.

—Porque sois vampiros. —dije sin dar rodeos.

—Bien. Veo que no nos vas a hacer perder el tiempo. —Un hombre alto, serio, y con grandes dotes de mando estaba frente a mí. —Mi nombre es Gulliver. —Una pausa. —¿Cómo lo sabes? Eres humana.

Eso último, aún siendo una afirmación, tuvo un tono interrogativo.

—¿Dónde está mi hermano? —pregunté de vuelta tras observar la sala.

—Esa no es una respuesta. —dijo tranquilo.

—Las reglas del juego deben ser mutuas. —murmuré sonriendo.

Vi la sonrisa parcial de Einar.

Qué lástima que para alguien que parecía tener el mismo humor que yo, quisiera matarme.

—Está en unos calabozos contiguos. Queremos comprobar que decís lo mismo. —contestó dando su brazo a torcer.

—Nuestro mentor nos enseñó que existís. No sabemos identificaros, de lo contrario mi hermano y yo no estaríamos aquí. —respondí.

—Pero ahora lo sabes… —señaló un tal Adam.

—Es lógico. Tenéis ese perfil de fuerza y rapidez. Y no tengo más enemigos. —sentencié.

—Vale. ¿Qué hacemos? —preguntó Adam girándose hacia el resto.

—¿Coméis humanos? —inquirí sintiendo que se me acababa el tiempo. —No parecéis nerviosos, ni estoy muerta.

—Claro que no. Ni que fuera un maldito zombie. —La carcajada de Einar resonó en las paredes.

—Entonces no entiendo el motivo de esta retención. ¿Es por hermandad vampírica o algo así? —pregunté.

Mi padre no hacía distinción entre los vampiros, que era aquel al que había hecho referencia como mentor. Y yo tampoco me lo había planteado nunca, pero los que tenía delante de mí… Parecían diferentes.

Tampoco era que tuviese otra opción que intentar que no nos matasen.

—¿Buscas vampiros que matan humanos? —preguntó casi en un murmullo mi interrogador.

—Renegados… —murmuró una chica que enseguida fue echada del calabozo.

—¿Cómo localizas los objetivos? —preguntó el líder.

—¿Vais a soltarnos si no somos una amenaza para vosotros? —inquirí.

El silencio volvió a ser ensordecedor.

—Lo pensaremos. —mintió.

Vi clara la mentira en su mirada y, eso, me quitó un poco el ánimo.

—No ganáis nada eliminándonos. Seguirán muriendo. —dije haciendo un pequeño aspaviento aunque las esposas no me dejaban tener mucha movilidad.

—Sois más. —afirmó otro enseñando un poco sus colmillos.

—Vamos a calmarnos. —sugirió Einar poniéndose un poco en el medio. —A lo mejor sería interesante no jugar al pilla pilla sin saber cuántos son. Tampoco sabemos si les están buscando.

Inteligente, pero algo nervioso.

¿Por qué?

—Los alimentaremos y cuidaremos hasta que tomemos una decisión. —ordenó el líder.

—Si me podeís traer algún desinfectante. —solicité. Notaba arder una herida que debían haberme hecho al cogerme.

—¿Gulliver? —preguntó uno de los otros.

El líder me miraba algo confuso.

Decidí que no tenía nada que perder así que, como pude, me remangué para enseñar la herida que sabía que tenía.

El efecto que llegó, sin embargo, no me lo podría haber esperado de ninguna forma.

—¡No puede ser! —dijo Einar dando pasos agigantados hacia delante hasta cogerme el brazo.

Lo elevó y todo el mundo empezó a murmurar mientras contemplaba el círculo quemado perfecto que había en mi brazo.