CAPÍTULO 2
EINAR
Tampoco era como si de verdad yo estuviera gastándoles una broma a todos como sugerían. No tenía a mi compañera guardada en el armario ni nada por el estilo.
Me habían preguntado durante esos tres días demasiadas veces si a mí no me afectaba nada, pero si no estaba en mi mano…
Decidí irme a pasear por la ciudad en busca de algún cómico o artista callejero con el que pasar un rato diferente observándolo. Leo se ofreció a acompañarme por si llegaba a aparecer y necesitaba ayuda.
—No pienso hacer nada parecido cuando me toque. —afirmó Shaun de fondo más para él que para los demás.
Las calles estaban abarrotadas sin motivo aparente hasta que dimos una cola gigantesca seguida de barracas de fans por un concierto que se iba a celebrar en las próximas horas. Entre los fuegos artificiales, el ruido y la multitud, parecía difícil hallar a nadie, marcada o no.
Alguien chocó conmigo entonces y ese mechón de pelo naranja metiéndose en mi campo de visión me llevó instantáneamente a un recuerdo. Me fijé en que era la chica que se vestía dinosaurio mientras seguía su camino corriendo.
¿Ella no me había reconocido?
Empecé a moverme más rápido siguiéndola ya que esa forma de correr no me pareció de llegar tarde sino más bien de estar huyendo. ¿Pero de qué?
Leo, que estaba atento a todos mis movimientos, por incoherentes que estos pudieran parecer, se puso también modo alerta.
No era como si uno o varios humanos sin más pudiera hacernos daño pero era nuestro instinto natural.
De repente, todo cambió, lo que rastreamos al mismo tiempo en el ambiente, nos diseñó para ponernos a trabajar: Vampiros no reconocidos, correteando.
Los tejados se hicieron nuestros aliados pese a la gran marabunta y el riesgo de que un humano nos pudiese ver. A favor teníamos la gran cantidad de alcohol que se estaba ingiriendo allí abajo.
Localicé, sin mucho esfuerzo, el paso rápido, y cada vez más asfixiante de Estela.
A los pocos segundos, desde otra dirección, metiéndose ambos hacia el recinto de un edificio lejano, localicé a su hermano.
Iba muy cargado, con una mochila exageradamente grande de color gris que tiró al suelo para que Estela se pusiese a trastearla.
Les seguían vampiros. Se dio una situación que me dejó fuera de juego, justo cuando esos vampiros llegaron a la zona, incendiaron un bote que hizo estallar una bomba.
Después rápidamente sacaron estacas para rematar y decapitaron a los susodichos.
Se apresuraron a mirar para todos los lados, terminar de quemar los cuerpos y sacar un extintor.
Sonó un coche de policía a lo lejos, pude ver las luces de los mismos encendidas y salieron corriendo de nuevo.
Leo no dudó, al igual que yo, en seguirlos. Las razones de antes para hacerlo daban lo mismo, las nuevas eran prioritarias.
No sabía qué pensar, aunque tampoco era que tuviese tiempo para ello.
Nos adentramos callejeando hasta unos edificios que si bien parecían normales no estaban en muy buena zona. Allí, en uno de ellos, entraron los hermanos.
—¿Los conoces? —interrogó Leo cruzando los brazos sobre su pecho mientras intentábamos localizar en qué piso se paraban y si con suerte se veían por la ventana.
—Me los crucé en un parque. Pero lo de las armas… No, no lo sabía. —admití.
Tenía algo de gracia que unos hermanos que podían matarme en teoría hubieran sido tan majos conmigo.
—¿Qué piensas? Nunca estás tanto tiempo sin reírte de algo. Y esta es una situación extraña de pelotas. —soltó Leo.
—¿Crees que es casualidad? Digo, no creo que vayan a volar por los aires y usar estacas contra humanos.
—Pero ellos lo son… —murmuró dejando ver que pensábamos lo mismo. —Están en el piso 25. —añadió.
—¿Sabes lo que rima con ese piso? —cuestioné desternillándome.
—¡Einar! —negó enfadado.
—Sí, lo pillo. Es grave. —balbuceé haciendo un gesto con la mano de que se ahorrase la retahíla.
Alguien como Gulliver o Harold ya entrarían en pánico.
–¿Nos dividimos? —interrogó dudando aunque no solía hacerlo.
—No. Sé dónde localizarlos. —respondí. —No creo que como dinosaurio corra tanto.
Podría haberse reído pero no lo hizo. Posiblemente también tenía que ver con no haber pillado la broma.
Volvimos con prisa. Todos, por supuesto, al ver semejante entrada caótica, esperaron hallar una sutil dama en mis brazos.
—¿Y? —preguntó Harold con los ojos abiertos como platos.
—Tengo noticias, pero no es precisamente una dulce dama. —comuniqué.
—El carácter acaba por no ser un problema. —dijo Gulliver refiriéndose a lo que había pasado con otros de mis hermanos y sus compañeras poco comunes.
—No está hablando de eso. Hemos encontrado cazavampiros. —inició Leo. —Humanos. —añadió consiguiendo la reacción de sorpresa que esperaba.
—Ojalá tener una cámara para haber inmortalizado esas caras. —susurré.
—Basta Einar. —pidió Gulliver más por el ataque que le estaba dando a Harold que otra cosa.
—¿Cómo es posible? ¿Y si esos bárbaros están detrás de no haber encontrado a su compañera? —cuestionó angustiado el astrólogo.
Iba a hacer una broma sobre la cantidad de bebés continuos que habíamos tenido y que así no tendríamos que montar una guardería, pero los semblantes no me dieron pie.
—Tienes mucho más que bromas en tu interior. Y todos lo sabemos. —aseguró Gulliver poniendo una mano en mi hombro.
Torcí el morro. No me gustaba estar en ese quebradero de cabeza; era más fácil dejarlo pasar; que no importase…
—¿Dónde están? ¿Cuántos son? ¿Qué sabemos? —interrogó Aries hacia Leo.
Dio por sentado mi poca colaboración mientras me dejaba caer en uno de los grandes sillones de la sala en la que estábamos reunidos.
—Que hayamos visto, dos. Una chica y un chico. —contestó. Me miró con culpabilidad y yo simplemente resoplé sabiendo lo que iba a decir. —Pero Einar los había visto antes de hoy, aunque fuese por casualidad.
Y ahí estaban, todos esos pares de ojos sobre mí.
—Me los crucé en un parque, mientras hacíamos la ronda. Pura casualidad. —afirmé dejándome caer en un taburete para estirar la mano y comerme unas patatas de bolsa.
Ese gesto, por supuesto, tampoco fue bien visto.
—Es demasiado controvertido que, justo cuando empieza tu mes, y deberíamos haber encontrado a tu compañera… Ocurre esto. —murmuró Gulliver.
—Sí… —musitó el astrólogo. Ese silencio sepulcral que llegó a continuación no me hizo sentir mejor. —Es importante encontrar a la muchacha. —recalcó.
—No podemos dejar cazavampiros sueltos por la ciudad. Humanos Harold. Y que se hayan cruzado con uno de los nuestros… Puede no ser casualidad. —retó educado Gulliver.
Era muy extraño ver a esos dos en desacuerdo. Desde que había empezado, hacía ya muchos años, lo de los bebés estelares, habían centrado todos los esfuerzos de los doce en ello. ¿Las demás tareas? Repartidas en el resto de cuarteles o vampiros elegidos de cada casa zodiacal.
—Manda a alguien. —solicitó Harold.
La idea de algún vampiro al azar persiguiendo a Estela me puso algo nervioso.
—Yo sé dónde localizarlos. Quizá así levantaremos menos revuelo. —indiqué. Me miraron. La colaboración voluntaria no era lo mío precisamente. —Cuanto antes sofoquemos este “imprevisto” antes nos volveremos a centrar en la búsqueda de mi compañera.
Mi argumento gustó, claro que sí. Era una declaración de intenciones sobre buscar a esa compañera. Un paso de tomarme las cosas enserio.
Pero mis motivos eran internos, extraños y poco recomendables.
¿Qué probabilidad había de que la cazavampiros… Se hubiese chocado conmigo adrede?