CAPÍTULO 1
EINAR
La vida era una broma, o para mí, casi siempre era así. Había que tomarse las cosas con humor.
Algunos rizos caían por mi frente de color caoba recién mojados. Me vestí con un vaquero claro holgado y una camiseta azul ancha para bajar a la sala de sellos.
Allí la marca de Lilith desapareció para que libra pudiera estar feliz con su compañera y su recién nacido. Sin embargo, por mucho que buscamos, no se encontró a ninguna mujer marcada.
—Al final Leo tenía razón, no hay mujer en el universo que me aguante. —solté bromista de vuelta al cuartel aunque las caras eran desde largas hasta el suelo de la situación.
—No digas eso. Las estrellas han tenido planes para todos los signos así que tú no vas a ser menos. —respondió Harold bien alterado dando vueltas. —¿A qué no Gulliver? —interrogó en un tono de desesperación que me volvió a hacer gracia.
—No te rías Einar. —soltó Gulliver. —Está claro que tu futura compañera está por ahí sola, sin ser encontrada. No entiendo que eso te haga gracia. —añadió.
Taylor puso su mano en mi hombro para darme consuelo pero, en realidad, yo no estaba afectado. No conocía a esa supuesta mujer ni me veía tomándome con esa seriedad que veía a los otros signos, los que habían encontrado a la suya.
—Seguiremos buscando. —subrayó Aries.
—Si es tan bromista como yo a lo mejor está jugando al escondite. —solté volviendo a llamar la atención de todos. —Venga, ya aparecerá. —añadí. Cuando me reprendieron no tuve más remedio que poner los ojos en blanco un rato. —Pues nada, me voy a poner a jugar al pilla pilla. Yo pillo. —concluí.
Me largué. Tampoco sabía qué querían que hiciera. Di vueltas por la ciudad hasta pararme en un espectáculo de improvisación que llamó mi atención. Los humanos eran divertidos en ocasiones.
Deambulé un rato más por las calles hasta que, después de horas, me dio por cabrearme. ¿Cómo pretendían que me tirase todo un mes tomándomelo todo enserio?
Una mascota de esas acolchadas se metió en mi camino intentando que cogiera un panfleto. Lo esquivé pero insistió.
—Si quieres nos pegamos y resolvemos cómo te intentas reír de mí. —señalé esperando que con eso se quitase del medio.
En lugar de eso, se quitó la capucha de dinosaurio dejando una coleta mal peinada anaranjada caer. Tenía cara de enfadada y me señaló con un dedo, bueno con toda la mano del muñeco.
—Mira, estoy acostumbrada a que esta mierda haga que mucha gente me trate regular. Pero… ¿Qué me vas a pegar? Atrévete. —soltó bien enfurecida.
—Era una forma de hablar, solo quería que te quitases. Tengo un mal día. —rectifiqué. —Aunque peor que estar así vestida… —dije riéndome de nuevo de pronto.
—¡Y encima te ríes! —gruñó antes de ponerse a reírse también.
—Es absurda la situación. —Miré alrededor. No le había hablado bien. —Te invito a un perrito caliente. —sugerí señalando el puesto de comida callejera de la esquina.
—Ay, me tiene que tocar un pobre, pero vale, tengo hambre. Y esto pesa como un demonio. —aceptó como si fuera la aceptación a una invitación más regulera que había tenido nunca.
Me resultó gracioso.
—Pide lo que quieras. —dije tras pedir unos cuantos perritos calientes y patatas para mí. —Soy pobre pero para lo que quieras de aquí, me da. —añadí ante su cara de risa.
—Me vas a poner tres perritos, dos de patatas, unos calamares, unas bravas, un burrito, y unos nuggets. —solicitó mirándome de reojo.
Pagué, claro que sí. Me daba igual y tenía mucho más dinero que poder invitarla a eso, pero se habían dado así las cosas. Total, era un entretenimiento de parada sobrevenido. Miré mi móvil y bufé un poco. Si alguien hubiese visto a alguna marcada, me habrían llamado.
Sí que era chistoso entonces el universo. A lo mejor estaba destinado a ser monologuista en solitario.
—Sí que tienes hambre. —señalé.
—Ah, es que me has pagado varias comidas. Ya que has sido bastante molesto en mi trabajo. —bromeó aunque no era tan broma dado que el dependiente le puso varias cosas en bandejitas.
—Te han invitado más veces. —insinué. Ella y el dependiente se rieron así que eso era una confirmación. —Chica lista. —acepté.
—Con lo que pagan por llevar este traje, da para poco. —admitió. —Pero tampoco creo que te arruines. —bromeó de nuevo.
—No creo. Además, he pasado un buen rato cuando estaba teniendo un día un poco gris. —aclaré levantando el perrito caliente como si de un brindis se tratase.
—Día gris… Esos son todos, no hay días tan buenos ni tan malos, solo es cómo te lo tomes. —reflexionó.
—Es así hermanita. —soltó el dependiente.
—Así que estáis compinchados y si al final el tonto de turno no paga, no pasa nada. —dije cayendo en la cuenta produciéndome una carcajada sonora.
—Yo no me enfado. —aseguré. Me quedé reflexionando sobre esa verdad. —Y si lo hago, entonces no es a medias.
—Desgastas la energía de forma correcta. —meditó llevándose una mano a la barbilla.
—¡Estela! —chilló un hombre de mediana edad, de aspecto rudo y buena altura. —No te veo dar panfletos. ¡Venga!
—Se jodió la noche, bueno… Se puso algo más negra. —afirmó Estela guiñándome un ojo. —Nos vemos. —añadió a forma de despedida.
—¿Es su jefe? —pregunté ya hacia su hermano mientras que ella, ya con la cabeza de dinosaurio puesta, se iba.
—Y nuestro padre. —bufó con verdadero pesar.
Me quedé un rato terminándome la cena y después me fui con la sensación de estar mucho más contento. En fin, si tenía que aparecer la mujer marcada, que se moviese, porque de momento no había ni rastro.
Al llegar al cuartel, sentí un escrutinio generalizado pero levanté las manos como si así fuese como un “a mí que me registren”.
Harold estaba al borde del ataque de nervios con mi actitud y Gulliver solo me miraba como si fuese una adolescente que no se estuviese tomando enserio una misión importante.
—Tampoco es como si yo pudiese hacer un truco de magia y que apareciese. —bromeé antes de irme a mi habitación.