CAPÍTULO 9
LINA
Estaba nerviosa.
No sabía por qué siempre tenía que liarla tanto pero si Liam me quería, tenía que hacer algo para que yo supiera que sí, que era yo y nadie más.
¿Y si pasaba de hacer algo o no me entendía?
Di vueltas por mi habitación un rato más. Al fin y al cabo, ese bebé se esperaba y… Volvieron a mí sin querer los pensamientos sobre pegar a mi hermana si se acercaba a mi macho. Resoplé ante ese pensamiento, era algo irracional, físico, mental, imposible de dejar a un lado.
¿Cuándo había pasado? ¿O estaba ahí dormido esperando que fuese el momento adecuado?
Tocaron a la puerta pero, cuando me decidí a abrir, no había nadie. Salí al pasillo buscando respuestas pero no hallé a quién preguntarle. Descendí la escalera. ¿Dónde se había metido todo el mundo? Al final, llegando a la cocina, encontré a mi madre.
—Por fin. ¿Has llamado tú a mi habitación? —interrogué cruzándome de brazos.
No quería que nadie me molestara, bueno sí, pero no alguno de mis padres precisamente.
—No, pero ya que has bajado, hazme un favor: Acompaña a tu padre. —dijo aunque ella no solía pedirme que hiciera nada.
—¿Eso es que das por supuesto que soy la hija inservible? —interrogué molesta. —¿Y dónde se ha metido si se puede saber mi hermana? ¿Con su futuro padre de bebés estelares? —cuestioné de nuevo de mal humor.
—¡Lina! —reprendió porque yo era normalmente la más respetuosa. —Ve con tu padre que tiene que ir a no sé dónde. —añadió. —Y cámbiate que es algún festivo y está todo el mundo arreglado.
Esa exigencia me sorprendió pero decidí obedecer. Al fin y al cabo, me venía bien distraerme un poco de lo que, evidentemente, había salido mal.
Mi padre no cruzó palabra conmigo, como si evitase cualquier tipo de tema por lo que solo miré el paisaje viendo como, poco a poco, nos alejábamos de la ciudad.
—¿No íbamos al centro? —interrogué ya cansada.
Trasteó algo en el teléfono para después frenar en seco aunque estábamos en mitad de la nada. Leo estaba allí.
—Quédatela un momento, que he tenido un inconveniente. —soltó mi padre.
¿Qué?
Leo no pareció sorprendido ni mucho menos pero imaginé que lo que supiera mi padre también le habría llegado a Leo.
—Espera, que me llama Jana. —soltó de pronto aunque estábamos en mitad de un peñasco.
¿Pero dónde íbamos de primeras a esos lares?
No estaba acostumbrada a que me dejasen por ahí sola, no era que no me gustase ver cosas, pero así como sin saber ni dónde estaba y atardeciendo a pasos agigantados…
Me vi repentinamente mirando hacia abajo, en el acantilado, las rocas habían sido colocadas de una forma muy curiosa poniendo “Lina” y abajo un corazón. En su centro estaba Liam con un ramo de flores.
Estaba perpleja y no sabía si reírme o llorar porque era tan extravagante y tenía tal cara de circunstancias.
Bajé teniendo todo el cuidado que pude, con la emoción que llevaba, pero resbalé con una roca. Liam llegó hasta mí a tiempo así que cogió mi cintura para evitar que me cayese.
—¿Así está bien? —preguntó clavando sus ojos azul cristalino directamente en mí.
—No sabía ni yo a qué me refería, pero sí, así está bien. —contesté acercando nuestras narices mientras me salía sola una sonrisa.
Me besó. Fue dulce y cariñoso al principio. Ávido y urgente conforme pasaban los segundos. Mi cuerpo me pedía que me entregase a él y yo notaba, pese a que solo lo había leído, como su cuerpo se tensaba controlando el deseo que sentía.
¿Sería de verdad así siempre?
Sentirme protagonista de mi propia historia de amor, esa que había estado escrita desde mi nacimiento. Solo quedaba una cosa: Tener ese bebé estelar.
Bueno… Y comprobar qué pasaba con la marca de mi hermana.
Los días siguientes habían sido idílicos, o lo hubieran sido sino hubiese habido una pequeña sombra de duda en el cuartel, y en especial en mi familia, sobre lo que iba a ocurrir una vez que acabase el ciclo.
También en el siguiente ciclo, pero eso era algo que todos, incluso los emparejados con menos problemas, llevaban dentro.
“Cuando acabasen todos los doce”. Quedaban aún cinco signos.
El nacimiento se dio incluso antes del último día porque debió ser concebido en nuestro primer acto de amor. Por eso precisamente, ya con nuestro hijo en brazos, estuve tensa el día de cambio de mes. A las doce, todos miramos la marca de Lilith y, como no podía ser de otro modo, desapareció.
Ella respiró aliviada, aunque habíamos hablado de sus sentimientos y que en todo momento lo había visto solo como un billete de libertad. Liam pareció totalmente tranquilo reforzando mi confianza con un apretón cariñoso en el hombro.
Yo besé la cabeza de Lucas, nuestro bebé. Y, cómo no, tras pedirle a mi madre que me lo sostuviese, le pedí a Liam que me acompañase al tejado.
Allí, como cada noche desde su declaración, porque no era el padre del bebé estelar sino mi compañero predestinado, pusimos una lenta.
Mis muñecas aterrizaron en sus hombros y nos movimos con la luna como testigo dedicando solo unos segundos antes de que saliera en busca de la mujer marcada del siguiente signo junto a los otros originales.
Sabía, y podía sonar todo lo cursi que quisiera que no me cansaría de hacer eso cada noche por el resto de la eternidad.