Los vampiros del zodiaco CAPÍTULO 5
41%

CAPÍTULO 5

LINA

Estaba encerrada en la biblioteca, con encerrada quería decir que aunque era poco habitual había echado la llave al entrar.

Mi elección fue sentarme en el alféizar de la ventana con un libro tras coger una manta para echarme por las rodillas.

El agua caía inesperadamente fuera y se podía apreciar desde el ventanal.

Me faltaba un café pero no iba a levantarme para prepararlo y romper lo que me había costado estar sola.

Alguien, tras una hora aproximadamente de tranquilidad, intentó entrar percatándose de que estaba cerrada. Lo lógico era seguir su camino, pero oí cómo manipulaba la cerradura. Rodé los ojos para ponerlos en blanco en cuanto, al rastrear un poco el aire, supe que era Liam.

¿No había ningún otro sitio en el que estar?

—Estabas encerrada. —señaló metiendo las manos en los bolsillos, casi como si no hubiera hecho nada, tras entrar manipulando la puerta.

—No lo había notado. —respondí sarcástica antes de obligarme a dejar de mirarlo para centrarme de nuevo en mi lectura.

—¿Estás bien? —preguntó acercándose a pasos lentos, como si se acercase a un animal cuya reacción se desconoce.

—Perfectamente. —contesté.

En realidad, no tenía nada por lo que estar molesta.

O eso me decía una y otra vez. A lo mejor simplemente me había levantado de mal humor tras el día anterior en el que todo el mundo había estado pendiente de lo del asesinato y tanto Liam como mi hermana habían desaparecido durante horas a posteriori.

Bueno, nada que debiera quitarme el sueño.

—Había pensado que… —Se rascó un poco la nuca con una de sus manos. Seguramente le estaba costando una barbaridad saber que tenía la “obligación” de hablar con las dos. Sentía esa voz en mi cabeza reconcomiéndome. —Podíamos bajar al cine. —sugirió.

Me quedé callada, observando sus ojos azules, tan claros como el agua cristalina e intenté por todos los medios no sentir absolutamente nada. Respiré un poco y me forcé a desviar la mirada. Tenía que contestar por lo que acabé por encogerme de hombros, parecía la opción más sencilla.

—Voy a cambiarme. —anuncié para después perderme rápidamente hacia mi habitación.

Al pasar por su lago había rastreado en su fragancia algo parecido a la canela y la madera caliente.

Tenía un rastro muy particular. Deseché, o intenté desechar, la idea mientras me ponía unos leggins negros y un vestido de punto blanco encima para acabar con las botas.

No era que quisiera estar guapa, era que ya que iba a bajar al centro…

Me costó un poco ignorarle al pasar por su lado hasta llegar al coche. En el camino, vi de reojo que me observaba algunas veces, pero no tenía ni idea de qué decir.

—Espero que te guste la película. —dijo ya para entrar en la sala.

El camino había sido estúpidamente tenso pero tenía algo dentro que…

La película era una pasada. Se trataba de una versión antigua, en blanco y negro, del Titanic, en versión original. Lloré, claro que sí. Al salir, me encontré sonriendo.

—Ha sido genial. Tiene un toque totalmente diferente a la que había visto. Es como mejor de lo inmejorable. —comuniqué risueña.

Anduvimos un rato y, antes de darme cuenta, estábamos entrando a un restaurante precioso con luces colgando por toda la sala a través de plantas que podían ubicarte en Tailandia perfectamente.

—Me parece curioso que exista un libro anterior a ese hecho histórico que contase algo así. Quizá sí se sabía. —manifestó intentando picar mi curiosidad.

Lo consiguió.

—¿Tenemos tal libro? —cuestioné batiendo mis pestañas.

—Lo tenemos. —respondió.

La camarera trajo la comida y solo entonces me di cuenta, consiguiendo que mis mejillas se tornasen rosadas, de cómo habíamos hablado en plural.

Sentía cosquillas en las puntas de los dedos y no ayudó para nada que, al ir a echarme de la fuente, nuestras manos se rozasen.

Me miró antes de hacer un gesto con la cabeza y servirme él.

—Imagino que has visto mucho arte por el mundo, es algo que me llama la atención. Las versiones originales y las cosas propias de las culturas allá donde se va, hacen que cojas una perspectiva diferente de la vida. Supongo. —solté mordiéndome el labio.

—Siempre hay cosas que consiguen sorprenderte, por mucho que vivas. —admitió con profundidad en su voz.

—Esto está buenísimo. —dije sin saber qué decir respecto a lo que había dicho porque me había removido por dentro.

—No te voy a llevar, precisamente a ti, a cualquier sitio. —ratificó consiguiendo atacarme de nuevo.

Hablamos de muchas cosas curiosas hasta que acertó terminar la cena con un postre ideal que me hizo reírme un montón. Parecía saber exactamente qué darme para contentarme estúpidamente.

¿Precisamente a mí? Esa frase aunque habíamos salido de la mejor manera de cenar estaba haciendo runrún en mi cabeza mientras volvíamos a la casa.

Cuando aparcó en el cuartel, vi a mi hermana justo entrando desde el jardín y tuve un estallido por dentro.

¿Precisamente a mí o precisamente a cualquiera de las dos? Ellos habían estado juntos todo el día anterior y seguramente habían hecho prácticamente lo mismo. Genial, absolutamente genial.

—¿Estás bien? —preguntó mientras bajábamos.

Estaba muy cerca y, por una parte, quería guardarme lo que irracionalmente me estaba pasando, porque él se estaba portando sobre el papel bien, para abrazarle como había hecho la última vez que habíamos salido.

—Perfectamente. —dije alejándome hacia la escalera. Lo noté dubitativo subir los escalones dos por detrás de mí. No lo pude evitar, aunque lo intenté interiormente. Me giré un segundo. —Me avisas cuando me toque pasado mañana. —añadí antes de acelerar el paso para llegar hasta mi habitación.

¿Por qué había tenido que decir eso si la noche había ido muy bien? ¿Y si ya no quería salir conmigo? Bueno, tampoco pasaba nada. ¿O sí?

Me acosté a sabiendas de que no iba a dormir nada. Tendría que haberme callado. O no. O sí. O no. Bueno, vaya noche iba a pasar.