CAPÍTULO 3
LINA
Me había levantado temprano para entrenar y me había cambiado de ropa tras hacerlo dos veces.
Por algún motivo estaba nerviosa y quedarme en la planta de abajo del cuartel vestida con unos vaqueros azules y un suéter blanco por si Liam decidía que quería que hablásemos.
No era que nadie me obligase a estar disponible, pero se esperaba cierta disposición al respecto.
Lo único bueno era que nadie me negaba nada. Disfruté de manera casi infantil cuando, cada vez que decía que necesitaba algo, alguien me lo traía para que no tuviese posibilidad de perderme.
A media mañana, por fin Liam entró por la sala. Estaba vestido con un pantalón caqui y una camiseta negra de algodón. Parecía algo intranquilo. Yo, por si quería evitarme, se lo intenté poner fácil devolviendo la mirada al libro que estaba leyendo.
—¿Qué lees? —preguntó rompiendo el silencio.
—Una novela narrativa. —contesté intentando esconder el título del libro romántico.
—Bien. —dijo sentándose a varios pasos de distancia del sillón donde yo estaba. —¿Te apetece hacer algo? —interrogó tras un rato en silencio que, pese a todo, no se me hizo incómodo.
—Pues… —Imaginaba que estaba mal, pero me apetecía. —Quería ir a ver unas representaciones que harán en el centro. —dije buscando en mi móvil para enseñarle a qué me estaba refiriendo.
Se quedó un poco con cara de póker pero accedió. Anulé los pensamientos intrusivos mientras que íbamos de camino pesando en cómo sería el espectáculo y si se parecería o no a la representación escrita que tantas veces había leído.
No era que mis padres no nos llevasen a lo que quisiéramos, tanto a mi hermana como a mí, pero muchas veces, por lo menos a mí en particular, me pesaba pedir salir fuera del cuartel para algo que solo quisiera hacer yo por la gran repercusión que eso tenía en la gestión de los que éramos.
—¿Qué veremos? —preguntó cuando ya nos habíamos bajado del coche, un cuatro por cuatro que le aguantaba cualquier aventura.
También era cierto que como vampiros, hacíamos recorridos interminables andando sin tener mayor problema.
—Edipo Rey. —respondí tranquila.
—Buena obra supongo. —dijo como si hiciese memoria.
—Sé que la has leído. —solté sin saber exactamente por qué tenía esa certeza.
A lo mejor no era el mejor momento para ponerme a determinar por qué mi memoria profunda había gastado un espacio en recordar haberle visto con ese libro.
—Pero me gusta mucho la idea de que es precisamente intentando librarse de la profecía que la cumple.
Es en todas las historias que he leído de esa temática lo mismo.
No se dan cuenta de que la profecía ya cuenta con los posibles cambios que vaya a hacer el susodicho.
—añadí en una retahíla que me salió sola.
Se quedó mirándome lo que me pareció una eternidad.
—Parece un punto de vista desde el que verlo interesante. —concedió dándome paso al teatro primero.
Nos sentamos juntos, uno al lado del otro, claro que sí, parecía lógico y sin embargo, no se me había ocurrido pensarlo. Su brazo tocaba el mío y desprendía un calor que no esperaba.
La representación empezó con fuerza y siendo fidedigna a lo que yo había imaginado.
Me perdí en una comodidad tranquila viendo a los actores dar lo mejor de sí y comprobando que conseguían que sintiese prácticamente lo mismo que cuando lo había ido leyendo al tiempo que se iban cumpliendo todos los pasos de la profecía.
Al acabar, me quedé sonriendo sin ninguna prisa mientras mantenía mi aplauso acorde con el resto del público. Cuando me vine a dar cuenta, noté su mirada en mi rostro. Me giré hacia él. Liam sonrió un poco y después me ofreció la mano para ayudarme a que me levantase.
Sentí un pequeño escalofrío pero claro, hacía frío. Me puse la chaqueta para evitar esa sensación.
—¿Te ha gustado? —pregunté tras un rato de paseo sin rumbo.
—Mucho. —contestó relajado. Paró mientras abría la puerta de un local. Solo entonces me fijé en que era un restaurante. Sonreí mientras aceptaba pasar primero. —No sé tú pero yo tengo un hambre…
Lo dejó en el aire y yo por supuesto me senté de buena gana. Pidió por los dos y me pregunté por qué sabía exactamente o cómo había adivinado que me gustaba la pasta carbonara; o cómo se figuraba que me pegaba con agua con gas.
—Estoy hinchada. —dije riéndome pero sin poder evitarlo tras probar también un trozo de burrata que había pedido a posteriori.
—Seguro que hay sitio para algo más. —contestó riéndose también.
—No, no, no. —negué carcajeándome.
Él se levantó sin que yo supiera a dónde iba pero sentí algo de nervios ante la perspectiva ilusionante del desconocimiento.
¿Qué era ese momento?
Volvió más sonriente aún y, nada más sentarse, llegó un camarero con una torrija y una tarta de queso. Casi me da un chungo de la risa estridente que me salió. Pero me lo comí, claro que sí.
—Nada que objetar. —dijo de broma cuando me acabé el último bocado e hice una seña de que me iba a morir.
—Elegiré la próxima vez y reventarás. —afirmé retadora sin saber de dónde había salido esa idea.
Él asintió. Solo me di cuenta entonces de que, de alguna forma, habíamos agendado otra cita. Me mordí el labio sin querer mientras volvíamos al coche. Abrió mi puerta para que entrase y después cerró antes de ponerse al volante y conducir.
Llegamos al cuartel sin haber cruzado más palabras pero me sentía contenta. Había ido bien y no me importaba pasar más tiempo. Bajé del coche y, sin meditarlo mucho, le abracé. Fue rápido y fugaz porque no quería darle connotación alguna. Solo le agradecí el buen rato.
¿No?