CAPÍTULO 3
VIC
Me desperté de nuevo sin ella, parecía tener la maldita costumbre de desaparecer antes del alba pasase lo que pasase la noche anterior. Que estaba enfadado, sí. Que le había hecho el amor como si no hubiera nada más en el universo, también.
Bajé a desayunar pero no la encontré en el salón, lo que me tensó inmediatamente. Como si me leyese el pensamiento, porque era muy buena en eso, Jana me hizo una inclinación de cabeza hacia el patio trasero.
Fui hasta allí encontrando a Tris sentada en el banco de piedra blanco bajo el gran árbol que había allí mientras las gotas de lluvia caían copiosamente.
Por mucho que estuviese más o menos resguardada, tenía que estar mojándose.
Me moví lento porque algo en su rostro, pensativo, me dijo que si iba de cualquier otra forma, se iría de allí antes de que pudiera abrir la boca.
—Siempre haces eso. —dijo empezando a levantarse.
—¿Siempre hago qué? Desde que llegaste, en cuanto te he pillado sola en algún lugar de la casa, te levantas y te largas. —recriminé con el tono más suave que pude.
—Buscarme en mi momento más vulnerable, como si supieses que estoy caminando en ese filo. —contestó levantándose para pegarme en el pecho con los puños cerrados pero sin verdadera fuerza.
—No existe ningún filo en el que yo no te fuera a buscar Tris. —murmuré sintiendo como iba abriendo los puños apoyando las palmas en mi pecho.
—No puedo ofrecerte nada, Vic. —susurró con dolor en sus palabras.
—Quise creer que era para Leo, a cualquier precio, porque significaba que todo tenía un sentido cuando ya se había acabado.
Sentía que tenía un objetivo en la vida cuando no lo había tenido antes.
Me daba igual el modo, era una misión, algo por lo que valer.
Enmendar mis errores. —soltó rompiéndose.
Una idea cruzó mi mente “cuando ya se había acabado”.
—¿Qué estabas haciendo cuando la explosión te pilló en el muelle? —pregunté sintiendo mi garganta seca.
—Crucé el umbral del que no se regresa Vic.
Algo allí arriba me devolvió. —respondió abriendo mucho los ojos para mirarme.
—Cuando te vi, yo… —Bajó la cabeza. —Puedo fingir con todo el mundo menos contigo.
Sé que parece que nada me importa y que siempre estoy contenta, pero mi serenidad tiene que ver con que siento que hago algo útil por primera vez en mi existencia.
Y si es teniendo un bebé estelar… —dejó las palabras en el aire.
—Tú no necesitas hacer nada para nadie. —aseguré serio, tenso, y tierno al mismo tiempo. ¿Cómo conseguía que aflorasen tantos sentimientos sincronizados? —Eres jodidamente perfecta desde siempre.
—¿Por qué sientes eso Vic? Se te acabará pasando. —soltó como si estuviese enfadada.
—Esto no funciona así Tris. —reafirmé no dejando que se soltase de mi agarre. —¿Por qué te vas siempre antes de que amanezca? —interrogué con necesidad de saberlo.
—Porque prefiero irme yo a que desaparezcas tú. —respondió con una sinceridad que no esperaba.
—¿Y si te prometo nunca irme antes de que tú despiertes? —pregunté con una especie de promesa en los labios. —Tris, esta noche acaba nuestro signo. —empecé a decir con cierto miedo.
—¿Te irás si no lo hemos conseguido? —preguntó abriendo mucho los ojos.
—Me iré solo si quieres que me vaya. —respondí con media verdad.
No pensaba irme, no podía dejarla. Era algo muy fuerte tirando de mí hacia ella conectándonos como con un hilo invisible.
Sus labios se fundieron con los míos mientras agarraba suavemente su cadera.
Bajé a su cuello tanteando el rastro que había de mí en ella y, aunque sabía que no era correcto, saqué mis colmillos y los hundí para marcarla.
Se sorprendió y puso sus manos en mi pecho para apartarme pero acabó siendo un agarre que me acercaba a ella.
—No me conoces lo suficiente para saber que, a lo mejor, yo no merezco tu amor. —susurró aceptando la marca que le estaba haciendo ofreciéndome más piel.
—¿Y si no lo necesito? Yo no voy a irme Tris. Estaré ahí incluso cuando tú no quieras, cuando no necesites poner buena cara. Ni siquiera tienes que ser agradable conmigo. —solté aunque eso último era un poco exagerado.
—No sonrío tanto. —dijo sonriendo. —Ni me parece a lo mejor todo bien, pero estoy acostumbrada a… —musitó.
—Conmigo no. Siempre sé tú. —ordené de la forma más cariñosa que pude.
Se removió para capturar con sus colmillos mi cuello y fue la única vez que me pareció bien ofrecer mi piel de esa forma. Era tranquilo, conciliador, pero no sumiso. Como elemento tierra, mi posesión y firmeza eran determinantes en mi carácter.
Verla marcada me produjo una satisfacción que nunca había sentido antes. Saber que sería mía por toda la eternidad y que sí era para mí.
Cuando nos separamos para que se cambiase estaba sonriendo y yo, aunque no solía hacerlo, también. Entré a la cocina encontrándome a Jana morreándose con Leo.
—¿Y?— interrogó Jana contenta al ver mi marca.
—Supongo que las estrellas sabían lo que hacían.
—respondí encogiéndome de hombros aunque estaba feliz.
—Aunque también te digo: Bien podrían habernos juntado con lo bien que nos llevamos y no hacerme la existencia tan condenadamente complicada.
—Oí un ruido pero al entrar Lena a por un café, seguí.
—Porque ahora tengo que estar toda la eternidad preocupándome porque como le pase algo me muero y como quieran hacerle algo voy a tener que reventar cabezas. —Me reí y ella se rio conmigo.
Leo entró y se reía por lo que deduje que había oído la última parte.
—Es muy cansado, te lo digo. Es como si todo el mundo quisiese comerse a tu hembra. Tú, de amigo, has estado a punto de morir muchas más veces de las que sospechas. —añadió medio enserio medio en broma.
Era nuestra parte animal, la del vínculo, la que no se podía controlar. Pensando en ello, de repente, sentí un pequeño escalofrío.
—¿Has visto a Tris? —interrogué hacia Rebeca que entraba llevada hasta allí por el olor a café hecho.
—Salía del cuartel a toda prisa. —respondió consiguiendo que me quedase extrañado. ¿Salir a dónde? —Por cierto, enhorabuena. Al final sí que se podía. —dijo sonriéndome.
—¿Qué se podía qué? —interrogué sintiendo una presión en el pecho de pronto.
—Esto… Lo del bebé. —dijo como si no entendiese mi pregunta.
Nada más ver mi cara, todo el mundo supo que ahí pasaba algo feo, pero no entendía qué había podido pasar para que, estando embarazada, siendo la última noche de nuestro signo, en lugar de decírmelo hubiera tenido la genial idea de salir.
¿Dónde iba? Algo se estaba escapando de mi entendimiento.
Todos empezaron a movilizarse porque, de alguna forma, se entendía que había que ir a buscarla.
Agradecí enormemente que nadie me hiciera preguntas sobre por qué mi mujer decidía que era buena idea hacer eso o qué era lo que la había podido enfadar.
No había hecho absolutamente nada más que quererla y comprometerme a estar con ella siempre. Nos habíamos marcado.
—¿Me puedes explicar cómo, de todos los signos y siendo uno de los más tranquilos, es tu mujer la que huye con el bebé estelar cuando quedan horas para la media noche? —interrogó Gulliver.
Por lo visto alguien sí tenía que señalarlo. Genial.
—Creo que sé lo que ha pasado. —dijo Jana bajito acercándose a mí. —Es lo único que se me ocurre y… Creo que ha oído nuestra conversación parcialmente y ha malinterpretado tu ironía. —explicó.
Eso tenía tanto sentido y a la vez tampoco.
Que sí, que podía sonar todo lo mal que quisiera, pero no era posible que pensase de verdad que iba a marcarla sin amarla, eso no tenía ningún sentido.
Pero era orgullosa, claro que sí, porque los virgos nos llevábamos bien en calma con todo el mundo, pero por dentro teníamos nuestra férrea opinión de cómo debían ser las cosas.
Y esto era algo que ella no podía pasar por alto, pero tampoco iba a enfrentarlo a fuego como hubiera hecho una leo.
—Maravilloso, perdiendo a tu hembra cuando ya está embarazada. ¿No entiendes que podría pasarle algo? —interrogó Harold, quien nunca salía del cuartel y había decidido salir para buscarla también.
Cuando estaba desesperado, porque a cada hora que pasaba se me hacía un mundo no encontrarla, me quedé quieto pensando en algo.
No avisé a nadie antes de encaminarme hacia el muelle donde, para ella, todo iba a acabar pero había empezado.
Caían las primeras gotas de lo que se esperaba que fuese una tormenta y ella estaba sentada en el muelle mirando al mar.
Me notó llegar, claro que sí.
—Sabía que me encontrarías, siempre haces eso. —dijo sin girarse siquiera.
—Solo oíste una parte. —respondí dando por sentado que Jana tenía razón.
—Crees que soy complicada. —Se encogió de hombros.
—Lo eres. Estás en el muelle embarazada y me he tenido que enterar por Rebeca. —señalé.
—Así que no lo niegas… —dijo sorprendida y enfadada girándose hacia mí.
Sus puños aterrizaron en mi pecho y a mí, aunque fuese ese contacto, me valía. La veía bien, no le había ocurrido nada, y eso era todo lo que yo necesitaba saber. Envié un mensaje tranquilizador mientras la sujetaba aunque ella quería irse a otro lugar.
—No niego que eres complicada, y vaya que si las estrellas me han enviado entretenimiento para rato, pero eso no significa que no seas todo lo que llevo esperando desde el día en que nací. —respondí.
Se quedó muy quieta, observándome, como si lo que le había dicho algo que calase su alma. Pero ella había calado la mía.
La gestación se producía a pasos agigantados pero, conforme llegábamos al cuartel, tan cercano a las doce, me asaltaron muchas dudas.
Quizá ni siquiera estábamos preparados para eso, claro que no: Las estrellas habían buscado una forma muy apresurada de asegurar el legado de los principales signos zodiacales.
Muchos nos preguntábamos qué habría después de terminar los doce, era algo que temían algunos aunque se mantuviesen callados al respecto. Ni Harold lo sabía.
Al llegar, Lewis y Lena nos miraron con preocupación. Eso me puso de los nervios.
—¿Qué le pasa? —interrogué.
—¿Qué me pasa algo? —preguntó Tris asustándose.
No había estado fino en mi pregunta, claro que no. Me golpeé mentalmente por eso.
—Es algo más grande de lo habitual. —dijo Lena con suavidad.
Lewis tenía cara de miedo. Genial. Todo me tenía que pasar a mí.
Eran las doce menos cinco cuando se tuvo que poner efectivamente a empujar. Después todo fue una vorágine. El signo cambió en el mismo instante que los llantos se sucedieron, pero absolutamente todos teníamos la misma cara cuando acabó.
—¿Vic? —interrogó aunque yo ya estaba pendiente de eso. —¿Es un segundo bebé? —cuestionó aterrorizada.
La segunda bebé, porque la primera también había sido hembra nació para llorar a pleno pulmón.
—Nunca habían sido dos. —murmuró Gulliver dejando claro que ni siquiera él que parecía estar preparado para todo podía haber previsto algo así.
—Las dos están marcadas. —dijo Harold entonces solemne.
Mi vista cayó en Liam, signo de libra, pero no pude decir nada ante su cara de terror.
—¿Están sanas? —preguntó Tris examinándolas con cuidado mientras la felicidad se reflejaba en su rostro.
—Lo están. —contestó Lena feliz. —Y lo de las marcas… Ya se irá viendo. —añadió antes de besar a mi mujer en la frente.
Liam echó un paso hacia atrás huyendo de cualquier clase de conflicto al respecto y yo miré con amor a mi familia.
¿Cómo se suponía que iba a no querer matar a Liam si lejos de estar destinada a una de mis hijas, estaban las dos marcadas?
Tris buscó mi boca y yo me fundí en la eternidad de nuestro amor.