CAPÍTULO 2
VIC
Haber estado con ella solo había acrecentado mi nivel de posesividad, solo había un maldito problema. Ella se había ido de su propia habitación antes de que me despertase.
Bajé a desayunar con pocas ganas, pero después del sexo la necesidad de sangre era apremiante. Estaba allí sentada, como si no hubiese pasado nada pese a las miradas de todos, ya que notaban con claridad mi rastro en ella. Estaban contentos, genial. Tris no me dirigió la palabra.
En mi memoria registré esa mañana en la que todos notamos que Leo había estado con Jana y ella pasó de todo como si no le afectase. ¿Nada le perturbaba?
Con toda la calma de la que fui capaz, me senté enfrente. Me miró tras esos ojos oscuros a juego con su cabello azabache, intentando descifrarme.
—Lo haremos cada día hasta el final del ciclo de virgo. —solté aunque no lo había planeado.
Sí, me parecía una excusa muy pobre para estar dentro de ella, pero mi mente no podía pensar con claridad. Solo asintió y siguió comiéndose su tostada como si le hubiera dicho “buenos días”.
—Veo que las cosas van a mejor. —comentó Harold, tan incapaz de quedarse callado para no hacer más bochornosa una situación que de por si era compleja.
—Necesito ir al centro. —anunció Tris entonces mirándome.
Eso no fue una invitación, tampoco una pregunta, solo un hecho.
¿Se suponía que tenía que llevarla yo? Al parecer, todo el mundo, incluyéndola a ella, daba por sentado que así sería.
Resoplé un poco antes de salir comprobando que con el vaquero azul claro y la camiseta blanca ancha iba suficientemente bien vestido.
—Vámonos entonces. —dije accediendo.
Yo la deseaba y la necesitaba, maldita fuese por ello. Se me hacía jodidamente irresistible en sus decisiones y sus andares. Y su calma era mi tempestad.
—Espera. —respondió perdiéndose escalera arriba.
Esperé mientras que me caía alguna que otra mirada.
Entendía que habiendo dejado ver mis sentimientos de alguna forma tan clara, se hacía más incomprensible lo difícil que nos estaba resultando, pero la sola idea de que yo no fuese el macho que ella hubiese querido elegir…
Me comía por dentro como el fuego devoraba madera a su paso.
Bajó tras un rato en el que simplemente me había quedado mirando el cielo ya con la puerta abierta. Se había puesto un vestido sencillo pero tan bien amoldado a su cuerpo que resaltaba cada una de sus líneas. Ese color verde resaltaba con el color azabache de sus ojos o su cabello.
—Esto… —dudé. No sabía qué decir ni qué hacer. —¿Me cambio? —pregunté sintiéndome verdaderamente extraño por tener esa necesidad de complacerla.
—No hace falta. —respondió encogiéndose un poco de hombros.
Le hice de chófer, claro que sí, pero cuando preguntaba a dónde íbamos, solo indicaba qué camino o dirección coger, no un destino. Finalmente, acabamos por detenernos en un cuartel de las afueras. Un grupito parecía estar… ¿Esperándonos? Bueno, solo esperándola a ella.
Vi cómo algunos rostros cambiaron al percibir mi rastro en ella.
—¿Tu…? —empezó a preguntar una de las mujeres convertidas, quien parecía ser su amiga.
—Un amigo. —rectificó ella sin ninguna duda.
Genial, era un amigo.
Había hombres convertidos allí, en ese grupo, pero la mirada de uno en particular me hizo ponerme en alerta. Recorría el cuerpo de ella de una forma que no me gustaba. El deseo estaba escrito en cada línea de expresión de su cara.
—Encantado, soy Roger. —dijo dando un paso hacia mí precisamente ese.
—Vic, virgo. —respondí a modo de presentación estrechando más fuerte de lo que seguramente debía su mano.
—Ah bueno, eres un doce. —matizó con algo más de desdén del que podía soportar en aquel instante.
—Bueno, no hemos venido a hablar de él, sino a celebrar mi cumpleaños. —anunció Tris.
¿Su cumpleaños? Caí en ello entonces: Si había habido tal confusión por el día de nacimiento, no se había celebrado. ¿Ella quería celebrarlo? ¿Por qué? ¿Por qué con ellos?
Intenté pensar en momentos en los que la hubiese visto salir del cuartel o hablar con alguien de fuera pero los podía contar con los dedos de una mano. Me sentí incómodo sin saber por qué o cómo hablaba con ellos.
Si era sincera conmigo misma, en la dichosa cena, a la que no sabía si estaba invitado en sí pero de la que no pensé en ningún momento en irme, solo me fijaba en lo que hacía Tris. Mis ojos no podían más que deleitarse de verla de alguna forma disfrutando de ese rato.
No iba a volver a repetirme que no debía matar al tal Roger, pero necesitaba hacerlo constantemente.
—La verdad es que te veo muy bien. —soltó Elena una vez que ya estábamos en los postres.
El tono se me hizo extraño, pero más que Tris se tensase de la forma en que lo hizo.
Yo estaba sentado justo enfrente pero noté que algo cambió en su postura.
—Cuando te fuiste del cuartel y no dabas señales de vida…
Bueno, creo que a todos se nos pasó por la cabeza que hubiera podido pasarte algo. —añadió.
—Ah… —Tris dejó un silencio demasiado largo. —En realidad, me fui con él. —soltó buscando en mi mirada alguna clase de refugio.
Tenía muchas preguntas rondando en mi cabeza y, por una parte, quería saber exactamente a qué se refería Elena. El por qué se fue, de dónde y para qué. Pero fue más fuerte mi instinto de protección.
—Evidentemente, cuando estás con uno de los doce, tienes que vivir en la casa zodiacal. —aseguré respaldando su mentira.
Así de simple era para mí: Yo debía ser, por la propia naturaleza de mi existencia, exactamente lo que ella necesitase.
—Creía que había dicho que erais solo amigos. —soltó Roger.
—Bueno, es que ellos tuvieron algo en su momento. —explicó Elena.
Mis colmillos salieron sin pretenderlo. Lo agarré de la camiseta y lo subí tan alto que pareció que iba a ahogarlo. ¿O era así?
—Pero no eso. Vic. Suéltalo. —dijo Tris en mi oído.
No quería soltarlo, sino ahorcarlo.
—Nos vamos. Ha sido una velada muy agradable. —murmuré justo antes de soltarlo consiguiendo que cayese al suelo. Anduve rápido seguro de que Tris me seguía en silencio. Si ella se hubiera querido quedar, no habría podido controlarme.
—Vic, para. —ordenó. No le hice caso. Estábamos prácticamente en el muelle donde había aparcado el coche cuando tocó mi hombro para que, efectivamente, me detuviese.
—¿Qué quieres, Tris? Vámonos a casa. Acostémonos los cinco días que quedan.
Tengamos un bebé estelar para que todos, absolutamente todos se callen, y luego me largaré.
Tan lejos como pueda, para no matar a todos esos machos que parecen gustarte.
No entiendo a qué juegan las estrellas. Quizá te marcaron otro mes para que supiera que yo no iba a ser para ti aunque tú fueras para mí.
Mi soledad nunca me trajo tantos quebraderos de cabeza. —aseguré en una retahíla impulsiva.
Pensé que iba a responder enfadada, pero solo se quedó mirándome tras unos ojos casi vidriosos. No quería ver esa expresión de tristeza nunca en su rostro, y mucho menos ser el culpable. Me removió tanto, tanto, que irracionalmente, la besé.