Los vampiros del zodiaco CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

LEO

¿Y qué cojones se suponía que tenía que hacer yo con esa información?

Di un golpe más al saco de boxeo intentado calmarme. Pero no iba a poder. Claro que no podía estar tranquilo. Solté varios improperios.

—Sueles ser fuego entrenando, es parte de tu signo, pero… ¿Pasa algo más? —preguntó Greyson.

Él era calmado de normal así que solía dar buenos consejos.

—¿Qué hago con una situación en la que no tengo nada claro qué se supone que tengo que hacer? —pregunté soltando aire contenido.

—Haz lo que tengas que hacer, Leo. Yo lo hice pese a todo. —dijo dejando claro que sabía que lo que fuera que me pasase no era tan grave como a lo que había tenido que hacer frente él para estar con su compañera.

—No es tan sencillo. —señalé.

—Pensaba que Tris y tú habías llegado a alguna clase de acuerdo. O eso me había llegado. —recalqué.

—Y así es pero…

—Leo. —intervino Jana de pronto desde la puerta del gimnasio. Greyson miró hacia ella y después hacia mí al notar lo potente que era mi rastro en ella. —¿Podemos hablar? —interrogó.

—Os dejo. —Greyson prácticamente desapareció.

—Ahora sí tienes ganas de hablar… —dije mordiéndome el labio antes de tirar otro puñetazo al saco.

—¿Qué querías que dijera? —preguntó jugueteando con su pelo de forma nerviosa. —Todo el mundo pareció muy contento y… Yo solo era con la que follabas. —dijo con desdén.

—A lo mejor precisamente por eso habría sido mucho más fácil si…

—¿Sí qué? ¿Y quién te dice que no quieren dos bebés estelares? ¿Es eso posible? —verborreó.

—¿Y cómo voy yo a saberlo? —pregunté exasperado. —¿Por qué no me lo dijiste? ¿Por qué follar está bien pero tener mi bebé dentro de ti no? —cuestioné realmente enfadado.

—Tú opusiste cero resistencia a ver en ella lo que hiciese falta en cuanto llegó. ¿Y qué pasaba conmigo? —chilló molesta.

¿Ella estaba enfadada? Era visceral e impulsiva como yo, pero en este caso no llevaba razón. No desde mi punto de vista.

—¿Yo dejé de verte? ¿De estar pendiente de ti? ¿De acostarme contigo? —reté acercándome. Mi cuerpo me lo pedía a gritos. Me costaba estar lejos de ella por enfadado que estuviese. Solo quería tener peleas con ella desnudos y en la cama.

—No es suficiente. —murmuró.

—¿Suficiente para qué? —pregunté cansado.

—¿Qué vas a hacer con Tris? —interrogó.

—No me iba a acostar con ella de todos modos. —dije aunque no quería confesarlo. No había podido ni aun creyendo que ella era la única marcada.

—Quiero que la dejes del todo. He oído cosas. —soltó.

—No veo qué mal puede hacerte eso de todas formas a ti. —afirmé.

—Siento algo dentro de mí, Leo. —confesó dejándome, una vez más, fuera de juego. —Pero no me emparejaré contigo si otro bebé vendrá del vientre de otra mujer, sea su culpa o no estar marcada al mismo tiempo.

—Ya lo había acordado con ella. —dije incómodo.

No me parecía bien dejar colgada a Tris cuando habíamos llegado a un acuerdo; cuando ella había dado la cara por mí. Pero la cara que puso Jana no dejaba lugar a dudas: Tensa y con parte de los incisivos fuera. No iba de farol.

—Entonces no diré que yo estoy marcada y se hará solo como hayáis quedado que será. —sentenció encaminándose a la puerta.

La alcancé reteniéndola de la cintura. Su olor a rosas era tan potente que quería estar enterrado en ella de inmediato. Subí detrás de ella porque me parecía imposible alejarme encontrándome con el trío calavera; algunos de los doce; y la pobre Tris con cara de circunstancias.

—Como el proceso de cría es tan rápido, hemos pensado que empezar a probar cuanto antes será lo mejor. En veinticuatro horas ya se sabría si ha funcionado y así hasta que… De no dar resultado… Podrías plantearos el otro método.

—No va a pasar. —dijo de repente Jana.

¿No se iba a mantener al margen? Sonreí para mis adentros. Ella sentía que era tan suyo como yo sentía que era mía.

—Esto no es negociable con cualquiera, pese a las posibles… Implicaciones. —dijo Harold.

Jana bufó literalmente como respuesta.

—A mí me parece genial que no lo negociéis con cualquiera pero es que no es posible por muchos motivos. —soltó como si hubiese discutido con ellos toda la vida.

La gente flipaba, claro que sí. Yo también.

—Tienes carácter de leo, estará potenciado tu carácter por la luna pero… Cálmate. —dijo agradablemente, y sin acritud, Gulliver.

—El tema del bebé… Es importante para todos. —asumió Harold en un tono bastante calmado aunque no era habitual en él.

A lo mejor todo el mundo se daba cuenta de que no era buena idea discutir con ella. Yo notaba su fuego.

—Si no quieres, por mí está bien. —soltó Tris para nada afligida.

Ella no me quería, no le atraía. Ella a mí tampoco. Solo habíamos hablado de un acuerdo.

—No podemos hacer el feo a la luna de no formar el bebé estelar que ha sido designado para Leo. —anunció Harold.

—A lo mejor la luna tampoco estaba muy fina en lo que convenía y en lo que no. —soltó. —Me he cansado de esta conversación. Me voy. Tú haz lo que quieras. —añadió hacia mí.

Se largó dejando a todos mudos.

Claro que sí, puro fuego. Bipolar. Casi loca. Perfecta.

—Dadme un rato. —dije ante la expectativa común.

Fui a ir detrás de Jana pero Gulliver me detuvo.

—Si es como tú… Quizá necesita algo de tiempo.

Ese tiempo se hizo eterno hasta que la fui a buscar encontrándola en el gimnasio dando golpes. Vic estaba allí y, al verme, asintió y se fue. Tenía ganas de romperle la cara, pero no tenía motivo aparente.

¿Qué cojones hacía cerca de Jana?

—Me iré cuando termine el mes de Vic. —anunció entonces dejando claro que me había sentido llegar aunque no me dirigiese ni una mirada.

—Por encima de mi cadáver. —respondí sin ser lógico, ni paciente, ni nada parecido.

—No sabía que tenías ganas de morirte. —ironizó como si quisiera sacarme del todo mis casillas.

—¿Y por qué cuando termine su mes? Que no va a pasar, pero por curiosidad. —reté.

—Tú no tienes derecho alguno a opinar sobre dónde, cómo, o cuándo me voy. —Hizo una pausa mientras me tensaba aún más. —Ni con quién.

Ese fue el límite de mi paciencia así que subí al ring para ponerme a su altura. Paré su golpe en seco y ella volvió a intentar golpearme sin éxito.

—¿Por qué con Vic? ¿Qué pasa con él? —pregunté más serio.

—Porque también quiere irse y yo no conozco mucho mundo. Quizá ver el mar es lo que necesito. —aseguró dando más fuerte.

Su puño aterrizó en la palma de mi mano así que no se lo solté de inmediato.

—Si quieres ver el mar, yo te llevaré. —murmuré.

—Es que yo no quiero que tú me lleves a ninguna parte. —rebatió.

Era tan cabezona que me daban ganas de matarla pero luego su olor me envolvía y respondían otros sentidos de una forma más potente.

—¿Qué pasa Jana? —pregunté ya sin ganas de dar tantas vueltas.

—Creo que la luna se equivocó. —murmuró tensa. —Y de todas formas nadie tiene por qué saber lo del tatuaje. —sugirió.

—Yo lo sabré. —afirmé.

—Y eso no cambia nada. —señaló.

—¿Por qué eres tan testaruda? ¿Qué te molesta tanto? —inquirí. —Me da la sensación de que estamos en las mismas… No quieres eso conmigo. —expliqué.

—¿Qué no quiero contigo? ¿El bebé que puedes tener con otra? —cuestionó.

—No nos hemos acostado.

—Aunque no lo hagáis… No seré parte de un error. —señalé.

—¿Un error? —pregunté molesto hasta decir basta. —Pues el error con patas se larga. —solté.

Me giré pero el rastro de rosas se hizo algo picante detonando excitación. Y eso era mucho para mí. Al volver la vista hacia ella, vi que se estaba quitando la ropa.

—¿No te ibas? —preguntó picarona.

—No me gusta que juegues conmigo. —aseguré mientras me mordía el labio juguetonamente.

—Creía que sí… —susurró tentadoramente.

—Tienes algo… Que te hace jodidamente irresistible. —La cogí en brazos para hacerla una vez más mía. —Solo dime qué quieres que haga. —solicité.

—No quiero que hagas nada, solo tenerte dentro. —murmuró.

Lo hicimos como animales, una vez más. Tuve que contenerme para no marcarla porque mi instinto me lo pedía a gritos, casi los mismos que sus gemidos.

—Jana, podemos simplemente decir que tú lo serás… —aventuré mientras le acariciaba suavemente.

—Yo… No quiero hacer eso. Quiero que hagáis lo que teníais previsto porque no quiero ser una opción. —recalcó.

—¿Es mejor que te marque la luna y yo no tenga nada que decir? ¿Significa eso que eres caprichosa? ¿Qué tú no me eliges a mí? —inquirí de vuelta al cabreo.

Sexo. Cabreo. Sexo. Cabreo.

Fuego.

Signo de Leo.

—Significa que quiero todo y nada contigo a la vez. Que me sacas de quicio. Y que ya estoy embarazada Leo. —confesó. —¿Qué van a decir? —preguntó asustada de pronto.

—No van a decir nada. —aseguré cogiéndola de la cintura para retenerla.

—¿Y si no lo decimos? —preguntó de repente queriendo salir de allí.

—Ni siquiera me lo ibas a decir a mí.

—Estoy asustada. Y la gente espera cosas de ti que tú no vas a darles. —regañó.

—No se lo estaba dando de todas formas. —respondí ante su gruñido. —Estás celosa. —dije sonriendo a medias.

—No lo estoy. —chilló.

—Hay que decírselo. —señalé intentando que viera que era inevitable y que daba igual.

—No se hará de ninguna forma con Tris. —soltó. —Y no solo por celos.

—“No solo” implica reconocer que estás celosa. —piqué. —¿Qué otros motivos tienes?

—Vic.

—¿Vic? —cuestioné de nuevo con ganas de partirle la cara a mi amigo. —¿Qué le pasa? ¿Y por qué lo nombras?

Que llevaba un hijo mío en su vientre; que era mía maldita sea; pero me desconcertaba todo el tiempo.

—Vic dice que Tris es su compañera. —confesó. Luego se tapó la boca. Después tapó la mía. —No puedes decir nada. Es mi amigo. Y es un secreto.

—Si no está interesado en ti, la verdad, que puede hacer lo que le dé la gana. —suspiré con toda la sinceridad del mundo.

No había nada entre ellos.

No tenía competencia.

No había opción de que fuera no correspondido lo que yo sentía y tenía que ser revelado antes de que fuese un problema en el cuartel.

—No quiero hacer esto. —dijo contundente. —No quiero bajar ahí.

—Todo el mundo sabe que nos acostamos. —repliqué haciéndole ver el sin sentido. —Solo podemos decir que no te diste cuenta de la marca o no decir nada.

—Me juzgarán por habérmelo callado.

—Diré que lo sabía. —murmuré.

—¿Mentirás por mí? —interrogué.

—Por nosotros.

—¿Quién me dice que no irás por ahí ejerciendo tu soltería en cuanto esto pase? No, prefiero no exponerme más.

—El bebé tiene que nacer rodeado de los doce.

—¡Pero que tú eres un libertino! —exclamó pegándome en el pecho.

Qué costumbre tenía de tocar mi cuerpo, y me encantaba aunque fuese para pegarme porque me ponía a cien.

—Tú no eres una santa. Y no llevas tanto tiempo siendo vampira. —repliqué bufando.

No me gustaba pensar en eso.

—¿Y qué? Es diferente. Porque yo… Después de ti… —Se quedó callada. —Leo, no quiero pasarme una eternidad sufriendo.

—No puedes sufrir Jana, somos lo que somos. Eso no cambia. —detallé con ternura.

—¿Y si hay otro error? ¿Y si por lo libres que hemos sido vas teniendo más mujeres marcadas cada año? ¿Y si en algún momento no soy yo? —preguntó abriendo mucho los ojos.

—No pasará. Ni siquiera sé por qué Tris está marcada.

Nunca hubiera podido ser, por eso yo estaba contigo aun cuando todo el mundo nos miraba mal; incluso cuando podíamos haberla dañado si a ella no le hubiera dado exactamente igual también el asunto.

—Por motivos que desconocía cuando de primeras había parecido encantada conmigo pero me venía de perlas que hubiese sido así. —Jana… ¿Qué quieres hacer?

—Lo tendré pero no me emparejaré contigo. —dijo asintiendo levemente.

—Lo tendremos y después hablaremos de eso. —accedí viendo que su tripa crecía según lo rápido que las estrellas querían que ese extraño proceso fuese.