CAPÍTULO 3
JANA
No me iba a quedar en el cuartel mientras hacían un bebé. No, no y no.
No tenía nada en contra de Tris, de hecho, me parecía una chica muy tranquila, casi ni me parecía que tuviese el carácter leonino, pero de ahí a que me hiciese gracia que se tirase a Leo…
Pero yo tenía que quitármelo de la cabeza porque no era para mí, aunque estaba ese detalle que había decidido guardarme que… Bueno, era alguna clase de error, estaba claro. A él no parecía darle miedo ir a tener ese bebé, aunque lo cierto era que nada parecía darle miedo en realidad.
Di una vuelta por los garitos habituales intentando encontrar algo, mejor dicho a alguien, con quien entretenerme. Me sentía con fuego por dentro a todas horas, con ganas de devorar sexualmente, pero… Nadie me parecía apetecible desde que me había acostado con ese hombretón con melena.
Vi una sombra que se me hizo familiar en la distancia y como estaba tremendamente aburrida, pasé de fingir que no le veía.
—Vic. —Virgo estaba ahí, tomando algo serio, vigilándome en la distancia.
—No es que me haga gracia hacer de tu niñero, pero Leo está ocupado y… Tampoco me apetecía estar ahí así que te vigilo por hoy. —respondió tranquilo, como siempre.
Parecía demasiado manso, como si nada fuese capaz de perturbarle.
—¿Y cuándo piensan dejar que vaya y venga por mi cuenta, sin vigilancia? —interrogué molesta mientras pedía una copa con alcohol del fuerte.
—A los vampiros nos sienta diferente, pero no significa que no te vaya a afectar si te pasas. —señaló.
—¿Hablamos de qué bebes tú o tus motivos? —cuestioné.
—Salud. —respondió dejando claro que no era su ilusión hablar de ello.
¿Qué le pasaba? No hablaba mucho con los otros signos machos, pero no me caía mal.
—¿Qué te ha llevado a querer estar fuera hoy? —interrogué ocupando el taburete que había junto a él.
—Creía que no íbamos a hablar de los motivos de nadie. —respondió solo con media mueca. —Y respecto a lo de cuándo te van a dejar sola… Supongo que cuando encuentres un compañero que te proteja. —añadió con sinceridad.
—¿Y si no hay uno para mí? —pregunté poniéndome alterada de pronto.
No quería tener que esperar un macho porque… No creía que fuese a llegar nadie que pudiese ser mi compañero. Mis sentidos estaban alterados e incluso mi capacidad de mantener la calma. Y eso que yo no era muy calmada ya de normal.
—Pues… No lo sé. Imagino que te iremos cuidando unos y otros mientras que nuestra compañera aparece. No a todos tiene por qué aparecerse nuestra compañera en forma de mujer marcada en nuestro signo supongo. Las estrellas son caprichosas en sus formas. —dijo más hablador de lo que esperaba.
Parecía haber pensado mucho en ello y me pregunté por qué mientras el camarero, guapo y dispuesto a algo conmigo, me rellenaba la copa.
—¿Pasaremos aquí toda la noche mientras hacen el bebé? Esperemos que cuaje a la primera. —solté tras un rato de silencio.
Vic le dio un largo sorbo a su copa hasta dejar solo hielo. Después sacó una ampolla escarlata para su recipiente cristalino y me convidó a una. A mí siempre se me olvidaban esas cosas en el cuartel jugándome malas pasadas.
—No sabremos ni llegar. —respondió riéndose tras pedir la siguiente ronda.
—No llevo tanta pasta. —avisé apurando el alcohol.
—No sé por qué aún no te han dado una tarjeta de provisiones ilimitadas. —Negó lentamente con la cabeza. —Pero tranquila, Vic invita. —añadió simpático.
—¿Qué es lo que te molesta exactamente de lo que está pasando? ¿Qué serás el siguiente? —pregunté intrigada.
—Claro. —respondió sin mucho convencimiento. —Creía que solo os divertíais. —dijo entonces refiriéndose a mí y a Leo.
—Y solo hemos hecho eso. —reafirmé.
Pero en mis adentros noté una mariposa clavada en el estómago. Me abroché mejor las botas para concentrarme en otra cosa.
—Mejor, porque hasta el momento: Mujer marcada, mujer emparejada. —soltó en un pareado que hasta me hizo gracia.
—Pues espero que haya de verdad fondos ilimitados porque Leo tiene mucho aguante. —dije más pensando en alto que otra cosa.
—Seguro que sí. —bufó en un sonido de incomodidad.
—Espera, no. —exclamé aturdida. —Te gusta Tris. —aseguré.
Él abrió los ojos solo un poco para después volver a su expresión pétrea y alzar de nuevo su vaso.
—Pues es una putada. Habría sido más sencillo que la marcaran para ti entonces. —dije como si fuese un reclamo a las propias estrellas.
—Porque así tu podrías seguir tirándote a Leo a gusto. —recalcó sin acritud. —Nada impide que lo hagáis, y Tris no parecía enfadada con ese rastro en ti. Así que… A lo mejor acaba siendo una compañera a la que le gusta compartir. —aventuró con un tono de desidia.
—Sé que preferirías que Leo estuviese ocupado con mi cuerpo en lugar de con el suyo, pero resulta que en cuanto huela ese rastro en ella, no volverá a estar conmigo.
—Hice una pausa intentando interiorizar lo que acababa de decir.
Me dolía pero cuando lo supiese a ciencia cierta me iba a doler mucho más. —Y será lo mejor…
—Nada te obliga a vivir ahí si te molesta Jana. —afirmó.
—¿Y a ti sí? —interrogué.
—Solo un mes al año y un día durante cada mes, en el cambio de signo. —respondió tocándose el puente de la nariz como si necesitase aliviar tensión.
—Quizá lo tenga en cuenta, pero es difícil para mí, sin nadie ahí fuera… Tampoco conozco ningún lugar. —respondí sincera.
—Te ayudaré a trasladarte a un cuartel lejos cuando termine mi mes si quieres. —sugirió asintiendo con tranquilidad. —Y vámonos, es tarde. —dijo echando una vista al local.
Solo entonces me fijé en que el camarero estaba esperando solo por nosotros para cerrar.
—Perdona, Adonis, ya nos vamos. —declaré bajándome a duras penas del taburete.
Vic evitó que me cayese. Solo con los pies en el suelo me di cuenta de lo mucho que había tragado. Con un poco de suerte eso también alteraría mis sentidos cuando llegásemos al cuartel.
Andábamos despacio por las calles, ya que habíamos intentando subirnos a los tejados y yo no había sido capaz. Él tampoco estaba espléndido precisamente.
Conforme ya se podía visualizar las paredes altas de piedra, más ralentizamos el paso los dos.
Genial, ninguno quería llegar. Ya en la puerta, empezamos a descojonarnos.
Para más inri, me tropecé en el escalón de la entrada haciéndome caer.
Vic me recogió entre sus brazos al mismo tiempo que la puerta se abrió.
Leo, Gulliver, Tris y Taylor nos miraban desde el interior.
—¿Salíais? —pregunté sin entender qué pasaba.
Vic me dejó estable sobre mis pies mientras se recomponía la chaqueta de cuero.
—Creo que hacemos mucho ruido. —aseguró bajito consiguiendo que me riese del absurdo de la situación. —Pero si están despiertos, supongo que tampoco pasa nada. Buenas noches Jana. —dijo a modo de despedida.
Pasó sin decir nada entre el resto y se perdió por algún lugar del cuartel. Yo pasé entre ellos también sin dar explicaciones. Mientras buscaba en la nevera algo que comer caí en la cuenta de que no había olido sexo en Leo ni el rastro de él en ella. Genial.
Sonreí absurdamente.
—Se ve que te has divertido. —murmuró Leo a mi espalda. Me sobresalté dejando caer el bote de dulce de leche al suelo. No llegó a caer porque lo recogió hábilmente en un movimiento. —A lo mejor una cena más contundente sería más adecuada.
—¿Me la vas a hacer tú? Todo me da vueltas. —confesé. Puso esa medio sonrisa de imbécil en su cara pero cogió una sartén así que me apoyé contra una encimera sin fuerzas para subirme a ella mirándole. —¿Dónde ha quedado la noche loca con tu marcada? —pregunté sin poder evitarlo.
—No sabía que te debiera explicaciones. —respondió sin parar de moverse por la cocina.
El ambiente olía super bien.
—¿Entonces? —interrogué de vuelta a la carga.
—No ha pasado nada. —Se giró acercándose a mí. Tan cerca que su fragancia masculina me envolvió de golpe. —Y tú tampoco has hecho nada.
Volvió a su tarea de cocina.
—¿Te molestaría? —inquirí mordiéndome el labio.
—Espaguetis carbonara, tal y como se hacen en Italia. —contestó colocando un plato a mi lado.
Después se puso a servirse el suyo con calma y a comérselo tras sentarse en la encimera. Hice una mueca porque no me veía capaz de subir yo a otra para comer y tenía que hacerlo de pie, pero el plato estaba de muerte.
Bufó un poco antes de dejar lo que estaba haciendo, bajarse, y subirme a mí a la encimera sin esfuerzo. Luego se quedó ahí, mirándome a los ojos, casi entre mis piernas.
—Gracias. —murmuré.
—¿Qué hacías con Vic? —interrogó tensando la mandíbula de pronto. Acaricié su rostro ahí donde parecía más tenso en silencio. —No lo quiero cerca de ti. —añadió enseñándome un poco los colmillos.
—Tiene gracia que tú digas eso. —respondí apartándolo para seguir comiendo. —Y la cena genial, a lo mejor eso sí sabes hacerlo. —añadí.
—¿Insinúas que otras cosas no? —preguntó casi como un animal cazador.
Sonaba ronco, sexy…
—Seguro que a Tris le gusta. —dije sintiendo que todo se empezaba a bajar en mi cabeza. —Buenas noches. —Bajé de un salto pero perdí el equilibrio. Me retuvo estando demasiado cerca.
Dudé.
Acabé por irme antes de no poder controlarme.
Cuando llegué a mi habitación, me metí directa a la ducha incluso con ropa.
Ni siquiera con el agua fría se apagaba mi fuego leonino, ese que despertaba Leo sin querer.
Ningún buen rato, ni con otros hombres como posibles amantes; ni como Vic como amigo vampiro nuevo, podían hacerme olvidar a ese maldito tío que me perseguía en mis esencias más internas.
Decidí aliviarme sola, que ya lo había hecho antes, pero cuando estaba a punto de llegar, la puerta de mi cuarto de baño se abrió. Leo me miraba tras sus ojos fieros con algo extraño en ellos.
—¿Te ayudo? —interrogó ronco.
—No deberías… —murmuré porque en realidad no me veía capaz de decir que no.
Entró desvistiéndose para tocar mi cuerpo como si fuese exactamente suyo. Sabía qué hacer, cómo, dónde.
—Pero lo necesito Jana. Te necesito. —soltó en una especie de declaración animal antes de subirme a horcajadas contra la ducha.
Enredé mis manos en su pelo disfrutando de sus caricias primero y de sus posteriores embestidas. Lo quería tan dentro como fuese posible en un vaivén incesante que llenase mi garganta de gritos de placer. Al acabar, cuando me bajó, su mirada captó algo y se quedó quieto.
Me costó un poco darme cuenta de lo que estaba pasando pero cuando por fin lo hice, no supe qué decir: Leo tenía la mirada fija en la marca de mi tobillo.
Ese círculo que me había callado para mí misma.
—Solo déjalo. —solicité sintiendo que no me salía la voz del cuerpo.
—¿Cuándo ha pasado? —preguntó hinchando su pecho.
Nunca le había visto tan tenso, jamás.
—El mismo día del cambio. A la vez supongo que la de Tris. —respondí con sinceridad.
—No tenías derecho a callarte algo así. —aseguró con los incisivos algo fuera.
—Claro que lo tenía. —murmuré. —Además, no cambia nada. —añadí.
—Claro que no. —contestó pillándome por sorpresa.
Se fue dando un portazo fuerte.
¿Qué?
No era esa la respuesta que había esperado pese a mi negativa.
¿Qué había esperado exactamente?