Los vampiros del zodiaco CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

LEO

—Que no soy su niñera. —recordé ante la advertencia de Gulliver de que tuviésemos cuidado con Janna.

Janna era la vampira recién convertida que habíamos salvado durante la incursión que habíamos hecho para ver qué hacían los renegados. Y de ahí había surgido una gran revolución pese a que toda la historia entre Canek y Abigail había salido bien.

¿Y por qué?

Porque existía un riesgo real de abandono de los vampiros que eran convertidos por renegados sin ningún tipo de intención de ayudarles a entender qué era la transformación que estaban sintiendo.

—Pero echar un vistazo si vais al mismo sitio no te matará. —recalcó Gulliver.

Claro que me mataba, porque no tenía ni un segundo para mí. Teníamos más misiones que nunca; Esa noche entraba mi mes de signo lunar; Y encima tenía que cuidar de nuestra nueva… Residente.

Era una joven de veinticinco años recién convertida cuyas nuevas habilidades le parecían muy bien una vez que dejaba de estar asustada pero quería seguir llevando una vida independiente y divertida.

¿Deberíamos llevarnos bien por eso?

No. Siempre estaba en las mismas fiestas que yo y no quería sentirme estudiado por alguien del cuartel que no entendía mi existencia de forma constante.

—¿Sabes que a mí me da igual lo que hagas o a la que te tires? —preguntó vivaracha ya vestida para la fiesta pasando por delante de mí.

Parecía capaz de leerme el puñetero pensamiento, y esa era otra cosa que no me gustaba.

—El problema es que tú no paras de moverte y me resulta difícil tenerte vigilada para que estés a salvo mientras hago… Mis cosas. —rectifiqué soberbio.

Pasé una mano por mi pelo moreno con cabellos rubios salteados mientras me miraba al espejo. Llevaba una camiseta negra de pico ajustada que resaltaban mis ojos verdes. Desde luego, y así lo demostraban mis grandes juergas, le parecía atractivo a las mujeres.

—No te lo tengas tan creído. —La burla de Janna me hizo mirarla.

Ella sí que se lo tenía creído. Era alta, más que la mayoría de las chicas; estilizada; con pechos generosos y caderas grandes; su melena caía como una gran cascada rubia ondulante y pese a tener los ojos marrones, no era un color de los comunes en cuanto al tono.

—Porque tú eres super modesta… —ironicé.

—Nos parecemos. —señaló subiéndose a mi coche.

Encima era su chófer.

—No nos parecemos. —reafirmé. —Y estate tú atenta de mí mejor porque si le pasa algo a alguno de los dos, sería a ti.

Pasó de mí literalmente. Yo estaba bebiendo como un cosaco mientras algunas mujeres se acercaban a mí y yo solo sonreía a medias para llamar aún más su atención.

—¿Entonces eres de fuera? —preguntó una pelirroja pasando sus dedos por mi camiseta.

—Sí guapa, como ya te había dicho… Soy militar en el extranjero aunque suelo visitar esta base. —respondí embaucador.

¿Cómo se llamaba? No me había quedado con la copla la verdad.

—¿Quién es? —inquirió de pronto. —La chica. —añadió señalando hacia Janna.

Claro que sí, se daban cuenta de que tenía que estar mirando hacia ella cada poco tiempo.

—Es mi hermana. Hacemos el servicio militar juntos. —mentí.

Eso pareció ser suficiente para calmar su disgusto y se puso de nuevo cariñosa, a lo que respondí con gusto. Me perdía en su boca cuando olí vampiros entrando al local, de esos no identificados.

Estudié el lugar con cautela sin hacer nada que delatase mi posición. No era que ellos no pudieran rastrearme igual, pero solían estar demasiado pendientes de la sangre fresca.

Vi entonces a Janna con la boca medio seca apretando las manos contra el taburete. Fui hasta ella y pasé un brazo por delante de su hombro haciendo una especie de jaula en ella.

—Tengo sed. —dijo entonces aunque yo ya lo sabía.

—En el coche llevo ampollas escarlatas. —respondí consiguiendo que sonriera como si hubiera visto el cielo abierto. —Vamos. —añadí.

Abrí la guantera para darle algunas y se las echó todas de golpe a la boca. Lógicamente como vampira neo estaba ávida de sangre.

—Es casi mejor que el sexo. —soltó sin ningún tapujo. —¿Qué pasa si después de esta bomba de adrenalina… Tienes relaciones? ¿Se aumenta el placer o algo por el estilo? —interrogó volviéndose hacia mí.

—No te regodees con eso aún en la boca, seré antiguo, pero también quiero líquido escarlata cuando lo huelo. —dije con los incisivos saliendo un poco.

—¿Y qué más quieres cuando lo rastreas en el aire? —cuestionó aleteando sus pestañas.

¿Era excitación lo que percibía?

Me puse duro como una piedra. Poco conveniente si tenía en cuenta que estábamos en mitad de la calle.

Di un paso hacia ella invadiendo su espacio.

Olía a rosas cuando agarré sus caderas para acercarla a mi miembro.

Deslicé mi boca hasta la suya y ella se lanzó sobre mí para empujarme hacia el coche.

No era que fuese el lugar más cómodo del mundo pero me senté en la parte de atrás y ella se subió encima de mí.

Deslizarme dentro de ella provocó un placer intenso en mí. Rasgó un poco mi piel moviéndose violentamente, buscando más su centro débil para seguir aumentando su excitación. Olía su intensidad con tal fuerza que me hacía querer tener sexo con ella de todas las formas posibles.

Cuando noté que se contraía y abría la boca para dejarse ir por completo, hice lo mismo. Janna sonrió antes de bajarse y empezar a colocar su ropa.

Salió del coche sin esperarme e hice lo mismo sin prisa. Pero aquella noche parecía que iba a ver un mix de todo lo que me encantaba: Líquido escarlata; sexo; y ahora una pelea…

Porque tres renegados con pinta de querer matarme estaban frente a mí, bueno, frente a nosotros porque Jana también estaba ahí.

—Vaya, hemos pillado a uno de ellos solito. Qué pena. —dijo uno divertido.

—Sí, porque se van a perder la paliza que os voy a dar. —respondí sobrado.

Solía ser así.

Empecé la pelea sin mucho esfuerzo pese a que fueran más. Me repartía entre dos dando algunos puñetazos, los cuales debían ser más certeros y contundentes si pretendía que ningún humano se diese cuenta de que éramos algo más. Nuestra raza debía permanecer oculta, eso nos protegía.

Pero si yo estaba con dos… ¿Y el tercero? Me giré.

Jana estaba peleando con él a puñetazo limpio, desde luego, todo lo físico se le daba bien. Dio una patada a su costado pero él se volvió contra ella de forma violenta. Paré el puñetazo que fue hacia su cara con mi antebrazo. Jana me miró tras sus grandes ojos marrones sorprendida.

—Gracias. —murmuró.

Terminamos de pelear mandándolos lejos y nos montamos en el coche para irnos. De repente, sin previo aviso, Jana se empezó a carcajear dando algunos golpecillos en el salpicadero.

—Ha sido una noche genial. —soltó divertida.

¿Lo había sido? Probablemente sí. Pero entonces me surgió la duda de si todo estaba bien con una de las cosas que había pasado por lo que la miré de reojo. Desde luego no parecía que tuviese esperanzas de algo más o que estuviese dispuesta a darme algún tipo de reproche.

—Ha estado bien. —respondí entonces sin dejar de prestar atención a la carretera. —¿Por qué peleas tan bien? —interrogué queriendo quitarme la curiosidad.

—Ah, peleaba en artes marciales cuando era humana. —respondió encogiéndose de hombros.

—No te he visto practicar en el gimnasio ninguna disciplina. —afirmé algo intrigado.

—Oh, es que… Me gusta entrenar en solitario, por ahí. Y también me da la sensación de que todo el mundo es mejor que yo pese a lo buena que era antes. A ver, tenéis tantos años casi todos los que estáis ahí que… Ni con técnicas. —confesó.

—Puedes llegar a ser muy buena entre los vampiros también si practicas adecuadamente. —sugerí.

—¿Te estás ofreciendo a pelear conmigo? —cuestionó golpeándome en el hombro.

—Alguna vez. —respondí despreocupado.

Aparqué en el garaje sin necesidad de cerrarlo y subimos hasta la planta del recibidor. Dudé de qué decir para dar por finalizada la noche. Era algo animal, pero no tanto. Y crear un mal rollo en el cuartel estaba prohibidísimo.

—Venga Leo, buenas noches. —dijo rápida perdiéndose escaleras arriba.

Al parecer, de los dos el que más vueltas le había dado al asunto era yo. Bien, eso era lo ideal para la situación. Placer para los dos momentáneo y sin ninguna complicación.

Subí a ducharme para después colocarme un chándal cómodo y bajar al comedor. Los vampiros comíamos en parte también comida humana, y yo en particular lo disfrutaba como un glotón.

A las doce en punto me pillaron degustando unas bolas de pollo con queso. Gulliver me miró regañándome mientras que el resto permanecía pendientes por si había una nueva mujer marcada en alguna parte.

—Una explosión, en el muelle. —advirtió Einar. —Es una noche bomba. —añadió riéndose.

Tan bromista que hasta me hizo gracia.

Nos levantamos para ir hasta allí rápido y encontrarnos con unos barriles llenos de gasolina que habían explotado tras un fuego contundente.

—Buscad algún signo de una mujer marcada. —señaló Gulliver.

Un cuerpo flotando en el agua llamó mi atención, como si estuviese destinado a hacerlo. Mi cuerpo respondía simplemente sabiendo que estaba ahí. Hice lo que debía tirándome al agua a por ella y la saqué en brazos.

Era vampira convertida y llevaba la marca en el tobillo. Bueno, no había duda, las estrellas habían hablado sorprendentemente rápido.

Llegamos al cuartel y me fijé sin querer en que Jana bajaba rápido las escaleras hacia nosotros.

—¿Estáis bien? —interrogó demasiado cerca de mí, su aroma a rosas parecía potenciado.

—Hemos encontrado a la mujer marcada, así que de maravilla. Rápido y conciso. —dijo Adam contento con el proceso y poder volver junto a su compañera.

—Eso es estupendo. —intervino Harold llegando. —¿Ya te gusta? —preguntó hacia mí. —Al fin y al cabo, con tus predecesores vemos que es inevitable. —añadió.

Eso me había parecido con los anteriores sí, hiciesen lo que hiciesen acababan cayendo porque estaban plenamente enamorados hasta emparejarse y tener el bebé.

Miré a la vampira marcada. Era guapa, con su pelo negro a lo cleopatra y sus ojos negros bien abiertos.

—Eres Leo. —dijo mirándome fijamente. —Siempre te he visto tan guapo… —soltó.

Genial.

¿Quién era?

—Hizo algunas misiones a las que fuimos. —explicó Gulliver echándome un cable. —Allí hablasteis aunque fuese un par de veces, creo. —añadió.

—Por supuesto…

—Tris. —anunció a modo de recordatorio bien entusiasta.

—Encantado Tris. —dije sintiéndome forzado.

—Creo que tienes que saber que esa marca que te ha aparecido es una marca que te posibilita tener un bebé con él, y que solo tenéis hasta que termine el mes así que… —explicó Harold.

¿Hacía falta que se lo explicara a los cinco minutos de llegar al cuartel?

—Oh, eso… Bueno, si estamos destinados a ello… —Se rió abiertamente.

Estaba contenta y se le notaba porque puso su pulgar hacia arriba en mi dirección. Genial.

—Bueno, vayamos con calma. —respondí procurando sonreír.

Sentí presión en el pecho porque de repente estaba muy atado. Todos me miraban esperando qué iba a hacer al respecto. Cómo si hubiese alguna opción. Ya tenía solo un mes para hacer ese bebé.

Una voz en mi cabeza me decía que solo era un mes y después podía volver a ser libre.

—Gulliver. —llamé a mi maestro un poco aparte. —¿Cuándo ya lo tenga… Si ella no es mi… Podemos ser simplemente amigos, verdad? —pregunté.

—En efecto, intentaré que alguien se lo explique con delicadeza para que quede claro antes de que haya alguna confusión. —respondió rascándose la barbilla.

Parecía algo confuso con mi comportamiento.

—¿Qué? —cuestioné hacia Einar y Shaun, quienes sabía que se habían enterado de la conversación. —¿Tengo monos en la cara?

Einar se descojonó.

—Supongo que cada relación es diferente, pero ten en cuenta en tus actos que los demás también pensaban que ellas no eran sus parejas predestinadas. —advirtió.

—¿Me estás diciendo que mi vida promiscua puede hacer que se aleje de mí? —pregunté sin cortarme.

—Digo que si eres demasiado impulsivo podrías perder a tu compañera. —sentenció.

Pero yo veía a Tris y no pensaba en nada parecido.