Los vampiros del zodiaco CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

CANEK

Salí tranquilo después de ducharme para alcanzar un cambio de ropa en mi habitación y bajar al comedor.

Allí, al principio todo fue bien: Rebeca me sonrió y eso significaba que Greyson estaba contento; También Ariadna y Lena con sus respectivos compañeros.

Pero luego estaban algunos con gestos confusos y rostros tensos.

Pero sobre todo, no me gustaba la cara de Lewis.

Estaba junto a Gulliver y Harold por lo que decidí acercarme lentamente haciendo como si no pasase nada, porque en realidad, no había ocurrido nada que no se viera que iba a pasar.

Aunque mi percepción había cambiado porque mis sentimientos lo habían hecho.

O siempre habían estado así pero empezaba a darme más igual lo que pudieran pensar.

—Veo que pronto tendremos otro bebé. –dijo Harold orgulloso.

Aún así, no lo veía tan contento como en otras ocasiones.

—Supongo que sí. –respondí. Gulliver asintió antes de irse, y él nunca daba la espalda así que ahí pasaba algo. Le seguí hasta la biblioteca. —¿Qué pasa maestro? –pregunté.

—Creo que el acuerdo… —Se rascó la barbilla. –No sé si Abigail se va a poder quedar aquí cuando tenga el bebé. ¿Sabemos si está ya en cinta? –interrogó.

Me tensé enormemente pero mantuve mi posición firme de militar esperando un por qué y hacerle entender que, por ciertos motivos, iba a tener que cambiar sus determinaciones.

—A lo mejor de un monstruo solo sale otro monstruo. –dijo Lewis llegando a la conversación sin ser invitado.

Nunca había tenido un problema con él, pero parecía poco dispuesto a dejar en paz el tema de que Abigail hubiera sido una renegada así que…

—¿Estás llamando monstruo a mi futuro hijo? –pregunté ofendiéndome.

—Claro que no, pero no le hará ningún bien tener ese referente precisamente cerca llegado el momento. –respondió cruzándose de brazos.

—A lo mejor es posible mandarla a un cuartel seguro que no sea este. –sugirió Gulliver.

—Hicisteis un acuerdo y aquí, en el cuartel de los doce, nunca había visto a nadie tan dispuesto a romper uno.

–señalé. Vi a Gulliver más incómodo. Él era el predicador de eso precisamente, el que nos habían enseñado a los doce.

–No se quedará en cinta si piensa que luego la enviaréis en un coche a cualquier lugar.

—Te aseguro que esa perra callejera puede buscarse luego un sitio sola donde seguir matando a buenos vampiros. –replicó Lewis.

Le levanté de la camiseta preparado para tirarle por la ventana si era necesario. Leo entró y Gulliver intentó ponerse en medio.

—Bájalo. –exigió pidiéndome que estuviese calmado.

A la mierda su calma.

—¿Sabes qué? –inquirí. –Negociaremos cuando todas las cartas estén sobre la mesa. –solté apretando los dientes.

Al irme, le di un puñetazo a la puerta sorprendiendo a todos. Pero en esa ocasión mi casi bipolaridad de signo cáncer iba a superar mi necesidad de quedar bien en casi todas las ocasiones.

Encontré a Abigail casi sin esfuerzo siguiendo su rastro a vainilla. Estaba con las otras chicas compañeras del cuartel cocinando unas galletas para acompañar el líquido escarlata. Parecía estar pasándoselo bien.

Mirando hacia allí me vino una conversación que había tenido con ella a la cabeza así que fui hasta Leo y Shaun buscando su colaboración. Me siguieron sin mucha reticencia ya que se aburrían en el cuartel.

—¿Qué es lo que quieres que busquemos entonces? –preguntó Leo con ganas de diversión, sexo o alguna pelea.

—Renegados sueltos, que no estén haciendo nada. Algún recién convertido quizá. –respondí mirando en aquellos callejones que solían estar menos transitados.

—Pues vaya diversión. –renegó Leo sin quejarse en realidad.

—Te invito a las copas que te vayas a tomar esta noche. –negocié riéndome.

—Claro, porque tú estarás muy ocupado en otros asuntos. –dijo irónico.

Sabía lo que había pasado con Abigail.

Deambulamos por el techo de algunos edificios hasta que en un callejón se oyó un grito desgarrador. Avanzamos a toda velocidad hasta bajar en las sombras. Había un grupito de renegados. Leo arrancó a un renegado del cuello de una chica, que cayó desmayada en los brazos de mi amigo.

—Se terminará de convertir pronto. –anunció limpiando la sangre con su camiseta. –Está más o menos consciente. –añadió.

Shaun espantó a todos los demás pero yo me fui tras uno y lo estampé contra unos ladrillos, apretando su cuello casi hasta la decapitación.

—Estás en tu día de suerte. Si me respondes una duda sobre un asunto, te dejo suelto.

—Dispara. –aceptó de inmediato.

Que los doce teníamos palabra se sabía hasta en la luna.

—¿Qué hacéis con las personas que convertís? ¿Quién enseñaría a esa chica si no hubiéramos llegado? –pregunté.

—¿Hacer? Solo se convierte a nueva gente para beber, si después sirven, ya llegarán para alguna misión a alguien con cerebro para guiarlos. –respondió con media sonrisa.

Había dicho que le dejaría ir, pero no que no le fuese a pegar una paliza primero.

—Canek. –La voz de Shaun era seria mientras le daba una última patada al impresentable. –Tenemos que irnos, la chica convulsiona. –añadió.

Leo salió disparado directamente hacia el cuartel sin dejar ni un ápice de descanso, tanto que me costó seguirle el ritmo.

—Lewis. –gritó llegando. –Te necesitamos.

El médico acudió como todos los demás del centro de vida del cuartel, curioso ante el alboroto.

—¿Quién es? –interrogó Gulliver mientras ponía una sábana sobre la mesa del comedor para que la tumbásemos. —¿Qué ha pasado?

—No pienso ayudarla. –declaró Lewis al verla. –Huelo a renegada desde aquí.

—Cierra la puta boca y quítale la sangre. Mira qué le pasa y ayúdala a tener una buena transformación. –dijo violento Leo.

—Traerá más problemas de los que ya tenemos. –replicó el médico.

—Yo la ayudo. –declaró Lena haciéndose paso. Había aprendido, con los años desde que se había convertido tras emparejarse con Adam, bastante medicina.

No era Lewis pero, por lo visto, el médico no tenía ganas de ayudar.

—Os habéis vuelto todos locos. –gritó Lewis.

—Son solo vampiros convertidos. No ha podido hacer nada porque aún no se ha terminado de convertir. ¿Qué delitos les achacas? –pregunté serio.

—¿Lo dices por tu amiga? ¿Se te ha complicado el plan de embarazarla y seguir con tu vida ejemplar? –retó.

—Te mato. –declaré.

—Estás siendo irracional. –intervino Gulliver. –Lo mejor es que te vayas de la sala un rato. –añadió.

Por suerte para todos, se marchó.

—¿Cuál es la defensa? –inquirió Adam tenso. —¿Qué ha pasado?

—Pasa que vivimos muy cómodos. –respondí. –Y los renegados convierten gente a la que no enseñan cómo ser un vampiro. Tienen sed, no saben cómo funciona su nuevo cuerpo, ni tampoco dónde ir. Algo de responsabilidad tendremos. –recité.

—Siempre dije que había vampiros de primera y de segunda clase.

–intervino Ariadna. –Los originales y los convertidos.

–Respiró hondo como si le pesasen ciertos recuerdos.

–Pero cuando te convierten renegados… Eres de tercera.

Lo pensé el día que llegó, pero al ver que todo iba…

—Clavó su mirada en mí. –Mejor. Pensé que sería mejor no meter el dedo en la llaga.

—Está convulsionando, pero responderá correctamente. –explicó Lena con el rostro tornado en preocupación.

Leo miraba las entradas asegurándose de que Lewis no montaba ningún otro pollo.

—A lo mejor hemos estado muy encerrados… —reflexionó Gulliver.

Olía a vainilla fuertemente, desde que había entrado, pero como su rastro me perseguía desde que habíamos estado juntos, había tenido que tomar otras decisiones de actuación primero.

Subí hasta la primera planta donde sus ojos violetas parecían aterradores. Se alisaba el pelo una y otra vez nerviosa. Me acerqué para darle un beso en la boca pero se apartó.

—Vaya. –dije sentando que su rechazo era muy parecido a una patada en el estómago.

—¿Qué le va a pasar a la chica? –interrogó.

Noté su tripa hinchada dejándome demasiado en shock.

—Estás…

—No estamos hablando de eso. –señaló enfadada.

—Pero es que…

—Pero nada, Canek. ¿Qué le va a pasar? –cuestionó preocupada.

—Ayudarán a su transformación y… No sé nada más. –respondí sincero, más nervioso por los nuevos acontecimientos.

—Yo… Esto crece muy rápido. No es como un bebé normal. –remarcó abriendo mucho los ojos. Negué con la cabeza. –Quiero que se quede aquí. No habrá hecho nada. Yo tampoco lo hice.

—No te preocupes ahora por eso.

—No saldré ahí y el bebé no se quedará aquí si nadie hace nada por las dos.

—Me estás metiendo en el mismo saco a ti y a una mujer que no conozco.

—Pero es que yo necesito saber que eres ese tipo de hombre. –remarcó dulce.

—Haremos lo correcto. –murmuré volviendo a intentar acercarme a ella.

Lamí su cuello y se dejó. Notaba su rastro intenso y quería tenerla entre mis brazos otra vez.

–Abi… Hay que avisar para cuidar el sello.

–Negó lentamente con la cabeza. –Sé que eres una novata.

–Me miró. –Por eso eras vi…; Y tampoco sabías pelear. Pero estás aquí y yo estoy contigo.

—¿Qué es el sello? –preguntó abriendo los ojos.

—Nuestro hijo será original, signo cáncer como nosotros. Nacerá hoy. Y después ya nos marcaremos. –expliqué tranquilo.

—¿Marcarnos? –inquirió.

Estaba muy alterada en general.

—Ya hablaremos de eso. Espero que quieras… —dejé las palabras en el aire.

—¿Querer qué? –cuestionó ya casi gritando.

—A mí Abi, a mí. –recalqué.

Asintió muy levemente y con la boca entreabierta. La besé con voracidad.

—No quiero que esté Lewis. –dijo contundente.

—Bajemos. –ordené.

Todo se hizo un caos en un minuto. Harold se emocionó muchísimo. Las chicas aplaudieron. Y los signos empezaron a colocarse alrededor del centro de sellos. Todos menos Leo.

—Comprobaré que todo salga bien. –señaló Lewis entrando solo a medias porque Leo le puso una mano en el hombro.

—Hoy no. –dije señalando hacia fuera.

—Soy el médico de este cuartel desde hace tantos años que no os entiendo. –rebatió. –Le pasará algo al bebé estelar. –añadió.

—No le pasará nada. –dijo contundente Abigail. –Porque médicos como tú, de un cuartel privilegiado, nunca han estado presentes cuando se les ha necesitado. –añadió con contracciones.

—Fuera, último aviso. –dije amenazante.

Leo ayudó mucho porque lo tiró fuera y cerró la puerta tras entrar a la chica nueva convertida.

—¿Y ella qué pinta aquí dentro? –cuestionó Gulliver como si todo se estuviese yendo demasiado de nuestro control.

Desde luego, mi ciclo no estaba siendo ni de lejos el más tranquilo.

—Ponte en el círculo Leo, para ayer. –exigió Harold.

Se apartó un poco de la chica, que estaba recién despierta, asustada y mirando todo con los ojos muy abiertos.

—Tranquila bonita, luego te lo explicamos. –dijo Ariadna dándole la mano a la nueva tranquilizadora.

Abigail tenía mucha fuerza en la mano cuando me apretaba. El parto estaba saliendo regular porque el bebé había decidido venir de nalgas.

Pusieron cortinas para tapar el parto pero Lena no estaba muy tranquila.

—Le decimos a Lewis… —empezó a sugerir Lena.

—No. Yo puedo. Tú puedes. –respondió Abigail apretándome más la mano.

—Mientras puedas tú. –remarcó Lena haciendo su papel de una forma ejemplar, al fin y al cabo era el primer bebé que traía al mundo.

El bebé lloró, fuerte y sano. Un varón vampiro que había llegado ya dando guerra.

Lo cogí feliz colocándolo en el recipiente de sello hasta que pasó el tiempo debido. Lena se abrazó a Abigail hasta que me acerqué a darle un beso.

—Te quiero Abi. –murmuré en su oído.

—Todo el mundo nos mira. –susurró de vuelta riéndose un poco.

—Siempre ese poder para hacerlo todo fuera de serie. Somos los primeros en hacer esto sin estar emparejados.

—¿Qué no somos pareja? –chilló consiguiendo que los que la oyeron se riese.

Era suficiente joven y fuera de todo como para no saber ni cómo funcionaban las relaciones entre vampiros.

—Claro que lo somos Abi, claro que lo somos. –sentencié besándola.