Los vampiros del zodiaco CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

ABIGAIL

No sabía qué cojones pasaba conmigo.

Yo había accedido a tener ese bebé, aunque desconocía lo importante que podía ser o los motivos por varios motivos, y ninguno era, en principio, lo atractivo que me parecía Canek o cómo mi cuerpo reaccionaba cuando estábamos en la misma estancia.

¿Y por qué se había ido así?

Me había ido quedando dormida a ratos durante el día aprovechando que la tormenta había parado, porque sí, los vampiros dormíamos aunque no fuera por los mismos motivos que un humano, necesitábamos regeneración.

En una de esas que dudé de si salir de mi cuarto era una buena idea, alguien llamó a la puerta. No reconocí el rastro, porque era bastante mala en eso, pero sabía que no era Canek. Abrí lentamente para encontrarme a Rebeca con una sonrisa hacia mí y una bandeja de comida.

—He pensado que podías tener hambre. –sugirió pidiéndome permiso para entrar. Me encogí de hombros como única respuesta. No estaba acostumbrada a que nadie fuese amable conmigo. –Y te he traído algo de ropa también. –añadió.

—Gracias. –musité.

—¿Necesitas algo más? ¿Quieres venir conmigo a entrenar? –preguntó entusiasta.

—Esto… Bueno. –dudé.

Me cambié mientras me esperaba y salí tras ella.

—Rebeca. –Taylor, su padre, la llamó serio de pronto. Me había mirado así que sabía que era por mí. —¿Qué haces con la renegada? –preguntó sin cortarse.

—Se llama Abigail. –rectificó ella enfadada.

Vaya, una defensa, esa no me la esperaba.

—Sí, bueno, como sea… ¿Por qué tienes que estar tú con ella? –interrogó.

—Nadie me ha dicho que esté con ella. –aseguró Rebeca mientras su madre, Ariadna, llegaba. –Pero si va a vivir aquí, alguien debería enseñarle que somos una familia. –retó.

¿Una familia?

—Estoy de acuerdo. –dijo Lena, la mujer de Adam, llegando también.

—Estás de acuerdo pero no veo a tu retoño Amir exponerse. –replicó Taylor cabezota.

—No va a hacer nada. –aseguró Rebeca. –Venga, obvia el comportamiento de mi padre. –añadió haciéndome un gesto para que la siguiese.

Lo hice.

El tal Amir apareció por ahí para ayudarnos a entrenar. Era agradable también así que no puse ningún problema. Me quedé sentada en una esquina mientras ellos peleaban para practicar.

—¿Por qué no nos enseñas algo que se aprenda en las calles? –interrogó Amir. –Digo, pasos de renegado.

—Amir. –protestó Rebeca.

—No digo que sea mala, solo que aproveche para enseñarnos qué se enseña por ahí. –rebatió él.

—No se enseña nada. –dije tranquila. –Sé pelear los justo en realidad. –confesé.

—¿Mandan a sus peores soldados a invadir el cuartel de los doce? –ironizó Amir.

No veía maldad en sus preguntas, pero me incomodaban. Rebeca dio de darse cuenta porque le pegó un codazo.

Gulliver pasaba por ahí con algunos de los doce, él mandaba allí. No me gustó cuando se detuvo a mirarnos a los tres sabiendo que había oído la conversación. De repente, se encaminó hacia nosotros.

—De hecho, no es mala idea. –soltó dejándome de piedra en un minuto.

–Digo, si vas a quedarte aquí con nosotros y ser una más, querrás que estemos lo más a salvo posible del exterior, incluyendo ataques de renegados.

Podrías entonces decirnos qué tienen bajo la manga para pelear y eso.

Más por los exteriores que por los originales. –añadió en una retahíla.

Encontré la mirada fija de Canek en la mía. Tenía tensa la mandíbula pero no dijo nada.

—Yo no sé pelear. –dije remarcando cada palabra mientras elevaba la barbilla.

—No te creo. –respondió Lewis, el médico del clan, echando un paso adelante. Di un paso hacia atrás. —¿Comprobamos si te defiendes? –interrogó oscureciendo su mirada.

—Vamos a calmarnos. –dijo Canek interponiéndose entre los dos.

—No hagas eso. –reclamó Lewis demasiado enfurecido conmigo pese a no conocerme. –Defenderla. –añadió por si no había quedado claro.

—Cálmate. –exigió Gulliver hacia el médico.

—Yo he visto muchos muertos por culpa de gente como tú, así que no, no me gusta verte aquí paseándote esperando para clavarle un cuchillo a alguien por la espalda. –gritó Lewis.

—No le hables así. –siseó Rebeca señalándole acusativamente con el dedo.

Lewis gruñó en su dirección pero Greyson se interpuso violentamente. Taylor se tensó y a su lado Ariadna.

Canek no se había movido de delante de mí.

—Llévatela. –solicitó Gulliver hacia Canek.

Hizo un gesto al girarse y aunque pensé en presentar resistencia, no lo hice. Anduvimos en silencio sin tener claro dónde me llevaba. Acabamos entrando en la biblioteca. Cogió el libro que habíamos estado leyendo y se sentó en el alféizar de la ventana.

—Venga. –dijo como único aliciente.

Me encaramé también quedando entre sus piernas y teniendo que apoyar necesariamente mi cabeza en su pecho para quedar en la misma postura y poder leer al mismo tiempo.

Su aroma a forja y jabón limpio me envolvió con una falsa sensación de seguridad.

Estuvimos ahí hasta que el contenido del tomo llegó a la palabra “fin”. Luego lo cerró sin moverse más.

—¿Tú me crees? –pregunté aunque no sabía qué motivación me llevaba a hacerlo.

—¿En qué? –interrogó subiendo más la barbilla que había tenido apoyada en mi cabeza.

—En que no sé pelear. –respondí mordiéndome el labio.

—No te va a pasar nada. –aseguró en un tono tranquilizador.

—No te he preguntado eso. –rebatí sintiéndome el huracán emocional de ser signo de cáncer dentro de mí.

—¿Por qué haces esto? –cuestioné. –Estábamos bien. –añadió.

—Claro, porque tú eres el bueno en esta historia. –respondí irónica.

—Pues sí, Abigail. Lo siento pero es así. No significa eso que nadie pueda hacerte daño. –recalcó.

—Si no quieres pasar tiempo conmigo, no lo hagas.

–espeté cabreada saliendo hacia mi cuarto pero pasando de largo hasta llegar al suyo.

Él me seguía y se quedó quieto en la puerta mirándome mientras yo me desnudaba.

Podía parecer que estaba loca, pero no quería retrasarlo más.

Si tenía ese bebé pasarían dos cosas: Me podría quedar en ese lugar seguro; y mi corazón no se confundiría con el tiempo que Canek pasaba conmigo solo por ese motivo.

–Venga. –dije acercándome a él para coger su mano y que pasase.

Cerré la puerta cuando entró. Tenía la mandíbula tensa y notaba su virilidad despierta dentro de sus pantalones.

Me acerqué para ponerme de puntillas y besarle la cabeza de la serpiente tatuada que sobresalía de su camiseta.

Eso pareció despertarle de lo que fuese que estaba pasando por su cabeza porque me elevó de las caderas colocándome a horcajadas.

Su boca era suave y exigente contra mis labios.

Me sostenía contra la pared excitándome mientras liberaba su sexo para colocarlo en la entrada del mío.

Fue cuando fue a adentrarse en mí que notó mi virginidad.

Sus ojos negros se quedaron fijos en los míos mientras yo intentaba enterrar mi cabeza en su cuello besando su piel.

Por un instante, pensé que iba a parar y me iba a quedar completamente vacía.

Necesitaba sentirle dentro por un impulso animal que no reconocía.

Pero entonces sus dedos me invadieron consiguiendo jadeos que salían de mí sin precedentes.

Notaba el sexo humedecido hasta que pudo adentrar su miembro poco a poco en mí consiguiendo que abriese la boca al compás para dejar salir el gemido cada vez más fuerte.

Sus embestidas fueron creciendo y mi placer aumentó al mismo tiempo mientras sentía que iba a desfallecer entre sus brazos.

Me dio miedo que me soltara y no quería que dejase de besar mi piel.

Cada pequeño rasguño que dejaba en mi cuello me hacía sentir oleadas inesperadas de un nuevo orgasmo.

Yo mordía su cuello y su tatuaje con avidez e inexperiencia.

Me corrí al mismo tiempo que notaba su líquido caliente dentro de mí. Su pecho subía y bajaba cuando me volvió a mirar aún entre mis piernas. Salió de mi interior sin bajarme. Yo volví a intentar enterrar mi cabeza en su cuello para evitar su mirada pero me lo impidió.

—Te creo. –murmuró bajito antes de bajarme.

¿Me creía? ¿En qué? Caí en que se refería a lo de pelear. ¿Y eso en base a qué? ¿A qué era virgen? Me ruboricé.

—Esto… —susurré para después quedarme callada. —¿Tienes más libros? –pregunté sin saber bien cómo actuar.

Se carcajeó pareciéndome menos preocupado por una vez.

—¿Lo eliges tú? –cuestionó vistiéndose.

Hice lo mismo tras entrar al baño y salí detrás de mí. Solo nos cruzamos a Leo de camino pero nos puso tal cara que…

—Espera. –dije parándole cogiéndole del brazo desde la camiseta.

—¿Qué pasa? –cuestionó mirando hacia el pasillo.

Entendía su reacción, parecía que alguien me iba a hacer algo pero era que…

—¿Saben lo que ha pasado? ¿Cuándo pasamos por al lado? –pregunté sintiendo que mi cara ardía.

—Esto… Eh… —titubeó. –Sí. –respondió rascándose la nuca.

Salí literalmente corriendo de nuevo a mi cuarto.

Tardó algunos minutos pero volvió a la estancia con un libro en la mano.

Cerró al entrar y lo dejó en la mesilla mientras se paseaba por la estancia.

–Abi…—dijo acortando mi nombre sin razón aparente.

Me gustó. —¿Cuántos años tienes? Reales.

–añadió en mi dirección. No dije nada. —¿Y cuánto llevas siendo vampira?

–inquirió mientras se acercaba más a mí.

Me encogí de hombros mientras una tormenta se desataba ahí fuera. Genial. Más recuerdos malos anidando en mi cabeza.

—¿Tengo que contestar? –pregunté. Su mirada penetrante me incitaba a hacerlo. –No quiero responder. –confesé. Tensó la mandíbula. –Todavía. Por favor. –añadí.

Asintió varias veces con la cabeza antes de dejarse caer en la cama y abrir el nuevo libro. Esperó mirándome hasta que me tumbé apoyando mi cabeza en su pecho para poder empezar esa nueva lectura.

No quería nada más que esa sensación de seguridad que nunca había sentido. Sabía, y me dolía, que cuando tuviésemos ese bebé no pasaría más, pero hasta que pasase… ¿Estaba mal buscarle?

Elevé mi cabeza hasta llegar con mis labios a su cuello y le besé al tiempo que mi mano buscaba meterse bajo su camiseta y tocar los abdominales en el recorrido de la gran serpiente negra, que era el significado de su nombre.

—Abi… —murmuró como si me diese un último aviso.

Le clavé por instinto un poco los colmillos y entonces se desató hacia mí colocándose encima y abriendo con sus piernas las mías.

Rasgó un poco mi cuello y penetró mi ser con sus dedos.

Gemí. Le abracé hacia mí. E intenté de todas las formas posibles que me penetrase.

Elevé la caderas y me quité parte de la ropa voluntariamente.

Necesitaba exponerme a él, que me desease. Era algo superior a mí.

—Te necesito dentro. –susurré sintiéndome colorada por tener que decirlo.

Me embistió con contundencia pero suave abriendo mi interior y logrando mis gemidos.

Era un dulce vaivén en el que parecía que caminaba en el borde de un precipicio.

Agarró mi trasero para hundirse más en mí dejándome prácticamente sin aliento.

El bombeó creció y el cosquilleo en mi interior amenazaba con salir caliente y mojado.

No le detuvo.

Me llevó al éxtasis una y otra vez sin detenerse porque ya hubiese llegado. El siguiente siempre era mejor que el anterior hasta que literalmente no podía más. Se dejó ir dentro entonces llenándome de placer.

Giró y me llevó consigo para acariciar mi espalda con sus dedos mientras yo, inevitablemente, caía rendida en su pecho.

¿Por qué parecía tan imposible no desear eso? ¿Por qué tenía la sensación de que Canek era mi destino, mi hogar? Yo… No quería ese bebé porque… Significaba el final de lo que había alcanzado sin saber que era todo lo que estaba destinada a encontrar.