CAPÍTULO 3
CANEK
La había escuchado y aún así no era capaz de responder. Miraba sus ojos violetas intentando buscar una explicación a su propuesta pero no la hallaba.
—¿Cómo pasas de querer matarnos a querer vivir con nosotros en menos de veinticuatro horas? –interrogué tras ser consciente de que sin preguntárselo no había forma de saberlo por mucho que eso me pesase.
—A lo mejor estoy loca. –respondió para sacarme más de mis casillas.
—No es una buena frase para apoyar tu candidatura. –señalé.
—Esa es la oferta. La tomas o me matas, fin. –recalcó bien contundente.
Genial. Me había tocado una completa loca. Una renegada con criterio dudoso que quería meterse a vivir en el cuartel seguramente con la esperanza de hacer más daño desde dentro.
¿Pero qué otra opción tenía? ¿Había alguna que no implicase ser el primero en fracasar desde que se había puesto por parte de las estrellas esa forma tan poco útil de tener originales?
Me encogí de hombros mientras me giraba aparentando seguridad.
Y la clave estaba en el verbo aparentar porque no me sentía para nada así.
Todo estaba cogido con pinzas en ese plan pero no había otra alternativa, por lo menos no una que se me ocurriera a mí.
Subimos hasta el despacho donde se hallaba Gulliver y Harold dirigiéndome al líder del cuartel.
Sabía cuál iba a ser la opinión del experto en estrellas pero el que tenía la voz final respecto a quién podía quedarse o no en ese lugar, era el maestro quien mandaba.
—Se quiere quedar a vivir aquí, formar parte del cuartel. –dije guardando la calma. A veces bastaba con hablar más lento de lo que mi mente pensaba para no parecer histérico y victimista aunque la situación me desesperaba. –Esa es su condición para que tengamos el bebé estelar juntos. –expliqué.
Casi parecía por cómo lo había dicho que a mí me parecía una buena idea.
—En realidad. –intervino Abigail demostrando que no podía quedarse callada.
–Quiero que valga con estar dispuesta. –La miré queriendo asesinarla ya que de eso no había dicho nada mientras habíamos estado solos.
–Me refiero a que, si por alguna cuestión ajena a mi voluntad no se da, quiero poder quedarme. –añadió.
Gulliver achicó los ojos mientras que Harold aplaudía literalmente desde su posición. Sabía lo que pensaba mi maestro: Que era una potencial amenaza para los queridos seres con los que convivíamos, para todo lo que representábamos.
De hecho, había una situación inquietante que siempre, desde que existíamos, rondaba en el fuero interno de los doce: Qué pasaba si uno de nosotros moríamos.
Harold a veces decía que el universo alinearía la forma de subir a otro de nuestro signo a nuestras características.
No me gustaba pensar que era tan sencillo porque odiaba la idea de ser tan fácilmente reemplazable.
—No veo por qué no. –respondió tras un buen rato. –Harold te acompañará con alguien que te enseñe tu habitación.
Sabía, porque lo conocía lo suficiente, que quería quedarse a hablar conmigo.
—No tienes que hacerlo si no lo crees conveniente. Al fin y al cabo, antes de esa propuesta, quería matarnos. –empezó Gulliver serio.
—Me parece un buen acuerdo, no será tan estúpida de intentar nada. A lo mejor incluso acaba queriendo irse después o escaparse en algún momento. –comenté en voz alta.
—Sí, puede ser… —contestó pensativo. –Pero Canek, es tu responsabilidad que si se queda en cinta lo tenga sin problemas, aquí. –añadió.
Asentí igual de severo.
Entendía lo que quería decir como una sombra que se cerniera sobre mí: Había una posibilidad de que fuese suficiente inteligente y mala como para querer tener ese bebé intuyendo el valor que tenía para nosotros para después hacer alguna atrocidad.
Fui a buscarla porque no me fiaba un pelo de que estuviese suelta como cualquier otra persona por el cuartel, pese a que estaba seguro de que todo el mundo tomaría cautela, y la encontré con la puerta de su nueva habitación abierta.
Estaba sentada en la cama con las piernas cruzadas mirando por la ventana. Afiné mi vista para comprobar que solo había una tormenta allí fuera y no alguien intentando contactar con ella.
—Sé que me ves como una amenaza letal, pero si no bajas la guardia…. –Se quedó callada recogiéndose el pelo anaranjado en una coleta. —¿Sabes cómo se hacen los bebés, no? –preguntó.
Casi me ahogo porque no me lo esperaba así que me golpeé el pecho con el puño un poco.
—No había previsto que tuvieras tanta prisa. –respondí rascándome la nuca. —¿Qué mirabas ahí fuera? –pregunté volviendo al tema principal.
—La tormenta. –respondió encogiéndose de hombros.
Salí de allí sintiendo que algo no encajaba como debería en mi comportamiento para perderme en algún lugar de la casa hasta que me apeteciese ver cómo iba a abordar esa tarea que si bien en mecanismo era sencilla, no me lo parecía tanto la ejecución con esa mujer.
Y no era que no fuese atractiva pero… Desconfiaba.
A la hora de cenar, me fijé en que ya hubiese terminado todo el mundo antes de meterme a estar tranquilo con mi líquido escarlata. Leo pasó cerca de la cocina y asomé la cabeza.
—¿Ha cenado con los demás? –pregunté esperando que supiera a quién me refería.
No era interés, era necesario que estuviera en condiciones físicas óptimas para poder llevar a cabo nuestra tarea común.
—Oh, sí. Se ha pegado tal hincheta que dudo que podáis crear ese bebé hoy. –respondió riéndose. –No ha hablado mucho con nadie. –añadió dudando.
Asentí.
Esa última información me era irrelevante.
¿O no?
Iba a salir pero la lluvia, que se había acrecentado con truenos y rayos, no iba a hacer fácil ningún tipo de operación así que me puse a leer en el alféizar de la ventana de la biblioteca.
Sentí desde ahí unos pasos lentos pero constantes. Después parón. Apertura de cajones. Más pasos.
Bufé dispuesto a decirle a quien fuera que rompía el silencio de esa planta que parase, pero al detenerme frente a la puerta de la habitación de Abigail, dudé. Toqué con los nudillos y la escuché maldecir.
Tenía que olerme, saber que era yo.
Abrió al final con los ojos muy abiertos como si aún no hubiese descansado nada pese a la hora que era.
—¿Algún problema? –pregunté sintiendo algo seca la garganta.
—Nada que incumba a tu bebé estelar. –respondió desafiante.
Media sonrisa se dibujó en mi rostro sin pretenderlo ante su osadía. Iba ataviada aún con la ropa mía que le había dejado en el gimnasio.
—¿Te han dado ropa? –interrogué para saber si tenía que ocuparme de eso aunque no era quien solía ocuparse de esas cosas.
—No hagas como que te importa. –rebatió.
—¿Tienes que estar a la maldita defensiva? –pregunté poniéndome yo también en ese plan. Ni siquiera sabía por qué había dejado de tenerla. –Y deja de andar a ese ritmo porque no hay quien se concentre en leer.
Fui a cerrar de golpe.
—¿Qué lees? –preguntó de pronto, abruptamente, sentándose en la esquina de la cama. —¿Lo traes? –interrogó sin que eso tuviese sentido. –El libro. –añadió.
Mmm.
Me quedé sin saber qué hacer por un momento pero acabé por ir a la biblioteca a coger el libro para llevarlo de nuevo a la cercana habitación. Ella extendió la mano hacia el tomo y se lo di.
—Es ficción sobre una guerra de hace cincuenta años. –dije ladeando la cabeza. Estaba mirando la sinopsis. –Me resulta gracioso porque yo estuve ahí así que…
Elevó su mirada hacia mí con interés.
¿Fingido?
Bueno, me podía valer. Si de todas formas teníamos que llegar a intimar…
No era como Leo, yo no tenía sexo a diestro y siniestro sin medir las consecuencias porque para mí las personas o lo eran todo o no eran nada. No hacía medios vínculos.
—Yo no estuve. –respondió.
—Hombre, no en esa ciudad a lo mejor, pero puedes compararlo con el ambiente donde estuvieses. –sugerí.
—Esto… —dudó.
Un estruendo cruzó el cielo sin medida y Abigail, literalmente botó en la cama. ¿Una vampira asustada por qué exactamente?
—Te da miedo la tormenta. –afirmé tras un buen rato de silencio por parte de ambos.
—Es complicado. –respondió evitando mi mirada.
—Tengo tiempo. –aseguré.
—Solo si prometes no irte hasta que la tormenta pare. –soltó.
Me desconcerté pero asentí.
—A veces, ahí fuera, las cosas se ponen feas. –empezó a decir cogiéndose las rodillas. –No es tan sencillo estar como renegada. –Me tensé. –Oh, bueno, para ti es fácil: No lo seas, eso es algo que eliges. –dijo irónica.
—¿Me quieres vender que no es una opción elegir ir en nuestra contra? –pregunté sentándome en una esquina subiéndome a la cómoda.
Había hecho una promesa, y eso era irrompible para mí.
—Yo no vi a ningún original viniendo a por mí cuando un renegado me convirtió sin yo querer. Tampoco ningún otro vampiro de un cuartel exterior. –relató. Eso realmente llamó mi atención. –Se pasa frío Canek; se pasa hambre; estás desorientada y sola. –añadió.
—¿Hace cuánto que eres vampira? –interrogué mientras intentaba sacar más datos solo rastreando con más intensidad el ambiente.
—Si me cuentas por dónde vas, podemos leerlo al mismo tiempo. –sugirió.
Conté a grandes rasgos el argumento de la novela hasta que abrí por la página que me había quedado dudando cómo se suponía que íbamos a leer al mismo tiempo.
Abigail se sentó a mi lado en el suelo de su cuarto y apoyó su cabeza en mi hombro.
Se pasó por mi cabeza levantarme sin más y largarme, pero no lo hice.
Era un instante agradable, fuese por tregua o por cualquier otra cosa.
No nos iba a hacer mal no sentirnos incómodos el uno con el otro antes de pasar al terreno físico.
—Estás quedándote dormida. –afirmé cerrando un poco el libro.
Negó con la cabeza y estiró la mano para intentar abrir de nuevo el tomo.
Lo puse más alto y levantó la vista divertida.
–Podemos seguir mañana. –aseguré. Sus ojos violetas estaban clavados en mí de una forma que no sabía descifrar.
–Además ya ha dejado de llover. –señalé.
El sol salía en el horizonte de manera tenue. Me levanté del suelo y le tendí la mano. La cogió poniéndose sobre las plantas descalza de sus pies.
—¿Quieres hacerlo ahora? –preguntó de pronto mordiéndose el labio.
—¿Qué? –interrogué pasando mi mirada del libro a ella.
—El… Bueno… El bebé. –dijo balanceando de un lado a otro el peso de su cuerpo.
—Pues… —Me quedé callado porque sabía que no era una mala oportunidad y, sin embargo… Bueno, sí era ella la que lo sugería. –Vamos.
Era tan frío hablarlo así que sonrió bajando la mirada. Se quitó la camiseta quedando con el pecho expuesto sugerente ante mí. Después hizo lo mismo con los pantalones mientras que hacía un gesto parecido a tragar saliva. Dio un paso hacia mí y me ayudó a quitarme la camiseta.
—Esto… ¿Me tumbo? –preguntó.
Demasiado dispuesta y dubitativa al mismo tiempo.
Me coloqué encima de ella mientras que su aroma a vainilla ascendía hasta mis fosas nasales. Con un antebrazo a cada lado de su cabeza descendí hasta besar su cuello. Gimió un poco elevando su cadera.
Sus manos paseaban por mi espalda lentas.
Era una tarea sencilla y desde luego lo duro que estaba mi miembro demostraba que mi cuerpo estaba dispuesto… ¿Qué me frenaba entonces?
—¿Pero quieres ahora por quitártelo de encima? ¿O porque te apetece? –pregunté sin poder evitarlo aunque me debía dar igual.
—Pues pensé que ahora sería un buen momento, menos incómodo a lo mejor. –respondió.
—Claro, porque te has imaginado que será muy incómodo. –solté enfurecido de pronto.
Me levanté para irme de la habitación sin cruzar ni una palabra más. Puta inseguridad y maldita situación que las estrellas habían tenido que poner complicada en mi camino.
Se suponía que me iba a tocar una mujer que me viera atractivo a la que explicarle lo que significaba fuera suficiente para que quisiera hacerlo y después la gente me daría una palmada en la espalda por mi efectividad.
Cayendo mejor en la cuenta… Era más o menos lo que estaba pasando.
¿Qué diablos me pasaba?