Los vampiros del zodiaco CAPÍTULO 2
25%

CAPÍTULO 2

ABIGAIL

Sabía que el cuartel de originales quería algo de mí y eso era porque alguna cosa había cambiado con el estallido del fuego sobre mí y la aparición de una marca en mi tobillo.

Era evidente contando con que seguía viva pese a la gran masacre. Me encogí de hombros paseándome por la celda. Había un atisbo de culpabilidad dentro de mí por no sentirme mal por la vidas sesgadas de mi propia organización.

No habíamos sido prudentes, los habíamos subestimado a la entrada de la operación.

Me recogí el cabello en una coleta alta para después darme cuenta molesta de que debía haber perdido la goma con la que pensaba cogerme el pelo durante la pelea.

Bufé.

—Toma. –ofreció ese prepotente mirándome desde su desafiantes ojos negros.

—¿Y cuánto te voy a deber por esto? –interrogué cogiendo lo que me fijé que era una pulsera negra en realidad.

No respondió e hizo un movimiento para que los custodios salieran.

—¿A qué signo perteneces? ¿De qué casa zodiacal eres el primer original?

–cuestioné segura de que todos los intervinientes eran primeros originales.

De lo contrario, no habrían estado en la ceremonia donde se creaban más.

—Somos del mismo signo tú y yo. –respondió observándome en la distancia. ¿Cáncer? Me sorprendí un poco. –Me llamo Canek. –añadió mucho más cordial, por lo menos en apariencia, que en su última visita. –Y tienes razón, necesito algo de ti.

Vaya, no esperaba que fuese tan sencillo así que desconfié.

—Pues no me gusta negociar entre rejas. –reté.

—Y a mí no me gusta ni la situación, ni tu sobrada, ni tú. –replicó con ese tinte de personalidad que ya había visto. –Pero fíjate, el destino es caprichoso y resulta que necesito que hagas algo por mí. –Me quedé en silencio. –Y a cambio te doy lo que quieras. –concluyó paseándose por delante.

—Lo que quiera no es una buena moneda de cambio, pero entiendo lo que quieres decir. Me dejaréis libre. –respondí pensando en alto.

—¿Por qué tienes que hacer eso? –inquirió acercándose a la celda, olía a forja y a jabón limpio.

—No estoy haciendo nada. –repliqué aunque sabía exactamente a lo que se refería.

—Sí. Te gusta sacarme de mis casillas, como si eso demostrase que no soy perfecto aun siendo original. –remarcó tensando su mandíbula.

—A lo mejor te sientes demasiado inseguro Canek. –aventuré con media sonrisa.

Abrió la celda y se metió haciendo el espacio mucho más pequeño. Tenía una gran envergadura y tuve que callarme sabiendo que allí no existía escapatoria. Intenté no parecer intimidada y mantuve la posición con la barbilla levantada, pero me abstuve de decir nada más.

—Te lo voy a explicar antes de tener otra discusión absurda contigo que no lleve a ninguna parte porque si fueras capaz de entender algo no estarías en el bando de los renegados. –empezó.

—¿Qué otros bandos hay? –interrogué sintiéndome muy crispada de pronto.

¿Él era cambiante? ¿Él tenía metas y sentimientos? Yo también. Que no fueran parecidos ni de lejos no era más que culpa de los estúpidos originales.

—Vamos, Abigail, solo di que estás dispuesta a aceptar una condición para ser libre. Demuestra algo de inteligencia. –dijo desesperado.

No lo pensé cuando mi mano voló hasta su cara pegándole un guantazo. Pareció sorprendido primero, después enfadado. Se acercó más a mí quedando tan cerca que vi con claridad la diferencia de altura.

—Yo soy inteligente. Y no soy menos que tú ni que ninguno de los que estáis aquí. –reté volviendo a ponerme en peligro. –He tomado decisiones que tú no entenderías porque ni te pararías a pensarlas. –añadí.

—¿Has terminado? –preguntó parco en palabras.

–¿No puedo entenderlo? Explícamelo. Me sentaré en esa silla.

–dijo alterado señalando la que había fuera de la celda.

–A esperar a que la señorita tenga ganas de explicarme cuáles son esos motivos por los que te parece tan buena idea entrar a mi cuartel, a mi casa, a matar a los míos.

–Hizo una pausa mientras salía para sentarse.

Me sentí más segura una vez que abandonó la celda.

–Y cuando digas lo que creas que justifica semejante acto y yo te responda lo muy estúpido que suena, podremos pasar a qué quiero de ti y ver si estás dispuesta o si, sencillamente, no sirve de nada estar aquí abajo y lo mejor es matarte.

–Otra pausa que pesó en mi interior. –Porque sí, Abigail, esas son las opciones: Aceptas o estás muerta.

¿No es la mejor de las decisiones que has tenido que tomar?

Seguramente no, pero es casi igual de mala que meterte aquí sabiendo que hoy era un maldito día importante; que nosotros estaríamos aquí, los doce; que yo estaría al maldito frente del puto mes lunar que ha empezado. –sentenció.

Su visceralidad me dejó pensativa. Parecía realmente afectado y enfadado a partes iguales, como si nuestra aparición le hubiese pesado de más. Me regañé a mí misma por estar pensando tal cosa, no tenían justificación por ser como eran.

Ellos me habían obligado, después de todo, a ser como era.

Después de un buen rato en el que pasaron otros vampiros para vigilarme mientras Canek desaparecía, acabó por volver a aparecer. Me resultó curioso un dato y pensé que, de todas formas, no perdía nada por preguntarlo aunque dudaba que me quisiera contestar.

—¿Por qué el resto hace guardia con alguien al lado y tú no? –interrogué.

—Prefiero estar solo si se trata de ti, como si esperase que dijeses algo que me sirviera después de todo. –respondió pareciéndome sincero.

Se había duchado. Iba vestido con un pantalón corto de chándal y una camiseta de algodón ancha blanca. El pelo corto azabache todavía goteaba.

—Tengo hambre y quiero ducharme. –dije entonces.

Sabía que no podía estar eternamente sin cazar puesto que ya notaba que mis fuerzas flaqueaban. Tampoco había comido, ni líquido escarlata ni alimento normal bien en algún tiempo.

Se fue sin decir nada y bajaron Taylor junto a Greyson.

Me quedaba con los nombres conforme se los oía, intentando hacerme mi propio esquema mental de lo que estaba ocurriendo; cuántos eran; dónde estaban; y por qué me querían allí.

Pero eran herméticos en eso último consiguiendo elevar mis nervios.

Me negué a volver a decir que tenía hambre por puro orgullo cuando vi que los centinelas se iban y volvía a bajar Canek.

Abrió la celda sin un atisbo de miedo y me dio un plato lleno de comida junto a una botella de líquido escarlata.

Le miré parpadeando varias veces, sin podérmelo creer, antes de olfatear todo comprobando que de verdad me podía comer aquello.

Lo hice sin mucho pensar.

—Sí que tenías hambre… —murmuró más pensativo que para mí.

—¿Sabes lo que es tener hambre? –interrogué de pronto sin pensar en si era inteligente o no tener esa conversación. –Dices que no entiendes mis motivos, pero es sencillo: Necesitas algo y alguien te lo ofrece a cambio de hacer alguna cosa. Así funciona el mundo fuera de tu querido cuartel. –espeté.

—Vayamos a buscar una ducha. –dijo sorprendiéndome de nuevo.

Me colocó mientras tenía un semblante de advertencia, una esposas en las muñecas y ni siquiera me tiró de ellas. Solo me indicó que subiera las escaleras, y lo hice.

Algunos se quedaron mirándonos al pasar mientras que otros, que identifiqué como vampiros emparejados, se apresuraban a ponerse delante de ellas como bloqueo a cualquier cosa que yo intentase.

Como si fuera tan remotamente tonta de jugarme la vida cuando tenía una pizca de esperanza de poder salir viva de aquello.

Si seguía sin ser decapitada, era que necesitaban algo exclusivamente de mí.

Me aterraba y me iluminaba a partes iguales.

Señaló una ducha tras atravesar lo que me pareció un gimnasio. Abrió una taquilla con un manotazo y sacó de una ropa de deporte una toalla y un chándal.

—¿Por qué? –pregunté mientras no sabía si de verdad me iba a dejar meterme sola a la ducha, como si estuviese seguro de que no podría ni atacarle ni huir.

¿Y por qué la ropa limpia?

—Porque quiero que negociemos. –respondió sin que eso tuviese nada que ver con mi pregunta.

Al final, ya tenía todas las cartas ganadoras para empezar a negociar de todos modos.

—Canek. –Le llamé justo antes de doblar la esquina de la ducha procurando no resbalarme con los adoquines. –Yo no sabía que era un día importante. –Hice una pausa dubitativa. –Solo para que lo sepas. –añadí.

Y era cierto.

Sabía que no tenía por qué habérselo dicho, pero algo de culpabilidad había aparecido dentro de mi ser cuando había hecho referencia a eso durante su discursito, por muy irritante que este hubiera sido.

Yo había sido una mandada, como todos los que habíamos ido hasta ese evidente suicidio.

Cerré los ojos al sentir el agua caliente sobre mi piel.

Solté un suspiro sintiéndome reconfortada hasta que me atormenté por estar tardando tanto.

Tampoco era cuestión de enfadarle tontamente.

Salí ya vestida encontrándolo sentado en la esquina del ring.

La ropa que llevaba era suya y me provocaba dos cosas involuntariamente: Calor y una sensación de ser demasiado pequeña en comparación.

—Mira Abigail. –empezó a decir sin levantarse siquiera. –Me da igual cómo o por qué llegaste anoche aquí con intención de matarnos, pero sí lo que vas a decidir hacer. –Clavó sus ojos negros en mí. –Necesito que estés dispuesta a engendrar un hijo mío en tu vientre. –soltó sin más.

Casi me desmayo, pero no en plan farol, sino de verdad. Tuve que agarrarme a la cuerda del cuadrilátero un poco.

—Esto… Los vampiros no podemos tener hijos. –respondí sintiendo mi especie de latido a toda velocidad.

Volvió a estudiarme entera apretando la mandíbula.

—Si te estoy diciendo que lo hagas, es porque se puede. Solo tenemos hasta que termine nuestro mes de signo común. –rebatió.

Para mí, lo que estaba diciendo era imposible y, aunque no lo fuera… Iba en contra de todo lo que yo pensaba. No solo por tenerlo con un extraño, sino por tenerlo. Y encima un original…

—No puedo. –negué sintiendo que estaba firmando mi sentencia de muerte.

—No tienes más que tenerlo, no se tarda nada una vez que te quedas en cinta y… Podrías irte, libre. –explicó con algo parecido a la esperanza en su voz.

—Así que por eso no estoy muerta, por algún motivo soy un buen recipiente para un bebé original. Qué absurdo. –dije cabreada con el universo pegándole un puñetazo, pese a las esposas, al saco que estaba colgado.

—No veo por qué es tan malo. Estarías muerta. Tendrás una segunda oportunidad de vida. –argumentó visiblemente contrariado por la declinación de su “oferta”.

—Implica muchas cosas. –repliqué a modo de defensa puesto que no llegaba mi asesinato tan rápido como había esperado al negarme.

—Quién sabe, a lo mejor en esa segunda vida consigues matarme o algo por el estilo de lo que persigues. –siseó.

Otra vez con eso, sin entender nada.

—Puedo intentar matarte ahora. –sugerí lanzándome para pegarle porque solo quería desahogarme contra él.

No me dañó en realidad cuando me esquivaba o me devolvía algún golpe contra el ring. Noté cuando dejamos de estar solos, pero él también debió de notarlo porque paró al mismo tiempo.

—Bueno, veo que estáis llegando a un entendimiento. –bromeó Einar tirándose en un alféizar.

—Con renegados no se puede llegar a ninguna parte. –murmuró insultantemente Canek.

Me quedé callada, pensativa, sabiendo que el tiempo se me acababa. Notaba cada cosa a mi alrededor como un cúmulo de todo lo que había pasado anteriormente. Y entonces, en una fracción de segundo, lo decidí.

—A lo mejor no me estás ofreciendo lo que yo quiero a cambio. –solté.

Él me miró antes de hacerle un gesto a su amigo para que se largase. Me estudiaba en la distancia, estratégico y peligroso.

—¿Y qué quieres a cambio Abigail? –preguntó entrecerrando los ojos.

—Quedarme aquí a vivir, como una más. –respondí. Sentí cuarenta mil expresiones pasar por su rostro y me azoré. –Como nada de nadie, solo como integrante. Y podré ver al bebé como su madre, aunque tenga sus… Quehaceres propios de vuestra secta, que diga, de originales. –añadí.