CAPÍTULO 1
En aquel ciclo que iba a empezar sí estaba algo nervioso, aunque no fuese algo que le contara a nadie.
Había estado más que tranquilo desde que habíamos entrado en el bucle de que no hubiese bebés por el parón del crecimiento de Rebeca hasta que por fin habían engendrado a su retoño. Pero Ya había nacido y temía lo que la luna pudiese desear.
Yo a lo mejor no era un gran héroe, aunque fuese parte de los doce, muchas veces me preocupaba más que pensaran los otros once de mí que si lo hacía bien por el fin del acto. Era jodido estar siempre tan pendiente de eso, pero era parte de mi personalidad.
No me gustaba ser el centro de atención, ni ser juzgado, y aunque estaba en mi forma de ser quererlos como una familia porque desarrollaba vínculos, también me gustaba estar sereno y algo apartado, sin llegar al punto de capricornio claro. Caleb era una historia aparte.
La sala de sellos estaba llena, no solo compuesta por los doce como había sido antaño y aunque eso me ponía algo incómodo, me quedé callado.
A las doce, una bola de fuego comenzó a atravesar el cielo, o eso nos pareció. Me preparé para simplemente evitar que cualquier cosa pudiese evitar que saliese bien mientras que todos nos íbamos poniendo tensos.
Sin previo aviso, algo cruzó las puertas de la sala de sellos. Renegados. Debían haber visto la luz bajando y estar preparados. Al parecer, los muchos años que habían pasado no les habían hecho remitir en sus empeños de destruir la raza original.
¿Por qué? ¿Para qué? ¿En qué les molestábamos si nos daban completamente igual?
Todos los vampiros convertidos eran bien vistos si decidían regirse por las normas de la raza sin complicaciones ni exposición a los humanos.
No me parecía tan malditamente complicado para que tuviesen que llegar a molestar precisamente la primera bola de fuego después de veinte años y que tenía que estar bajo mi signo.
Pues allí no iba a romperse ningún sello, costase lo que me costase. No iba a dejar que marcase la opinión de los demás sobre mí.
Empezamos a matarlos mientras que la bola iba descendiendo.
Me centré en cada núcleo de problemas al mismo tiempo que algunos de los otros se dedicaban también a proteger a sus familias.
Lo malo de unirse a alguien, más allá de tener bebés, era que su dolor era el tuyo y no podías evitar ponerlo delante.
No creía que me fuese a pasar, pero eso era una cuestión que ya vería más adelante porque yo pensaba hacer exactamente lo que se esperase de mí. A un ritmo excelente y que la pelota pasase al siguiente signo. Por favor y gracias.
Reventé la cabeza de uno dejando que parte de la sangre negra manchase mi ropa. No era agradable matar a un vampiro nunca, pero a veces era necesario. Decapité a otro cuando la bola estaba sorprendentemente cerca.
Quedaban dos.
Leo arrancó la cabeza sin piedad de uno de ellos.
La única que quedaba en pie era una mujer de pelo anaranjado y ojos violetas cuyo deseo de matarnos estaba reflejado en cada arañazo de su piel.
Fui hacia ella dispuesto a neutralizar la última amenaza y entonces… La bola impactó en ella haciéndola volar por los aires.
—¿Qué ha sido eso? –preguntó Gulliver intentando poner orden.
—Es la explosión, así te marca la luna. –dijo Lena como si tuviese un recuerdo que había desbloqueado en ese momento.
Todas las miradas cayeron sobre mí mientras Lewis examinaba a la renegada, a la convertida.
—Debería estar en el pie. –recordó Ariadna, tan curiosa como siempre.
No podía ser. Yo no podía tener tal mala suerte.
Ahí estaba la marca mientras la desconocida permanecía tumbada desmayada.
Negué con la cabeza sin saber cómo reaccionar. Ella quería matarnos a los originales. No se suponía que tenía que ser así.
—Tranquilo Canek. –dijo serio Shaun sabiendo que eso me iba a afectar.
Salí de allí sin esperar a que nadie me dejase o no hacerlo.
Y una mierda me iba a tocar a mí alguien que quisiera literalmente matarme cuando yo había pensado en ese momento con alguien agradable que entendiese que no iba a enamorarme pero que podíamos tener ese bebé cuanto antes porque era lo que se esperaba de nosotros y podíamos incluso llegar a tenernos ese cariño de haber formado una vida juntos.
No, no y no.
Pegué un puñetazo bien cambiado de humor en una esquina de la casa para seguir subiendo hasta mi habitación que estaba en la segunda planta.
¿Cuál se suponía que era el maldito plan?
Ella no iba a querer tener un bebé conmigo pero además, yo tampoco con ella.
Pasó una eternidad en la que solo lanzaba al techo de mi cuarto una pelota de tenis y este me lo devolvía. Como no podía no ser interrumpido por nadie en años, que era lo que yo quería, Leo entró llamando con suavidad.
—Deberías bajar, o eso dice Gulliver. –anunció. No respondí. –Dice que a lo mejor tú la calmas de alguna forma. Está como loca intentando enganchar a alguien para matarlo. Como no puede, insulta. –añadió.
Genial, me había tocado una princesa de cuento.
—Insulta que da gusto. –dijo bromista Einar asomándose por detrás.
Recibió un codazo de Leo para indicarle que no era momento para burlarse, y lo agradecí, porque solo conseguía que esa situación me enfureciese más.
Bajé con desgana hasta el sótano donde estaba presa en una celda moviéndose como un potrillo enjaulado. Escupió a un lado al verme.
—¿Y qué quieres que haga yo? ¿Le doy un tranquilizante? –pregunté hacia Gulliver.
Einar se descojonó.
—Tú qué me vas a dar a mí. –espetó la mujer desde dentro enfadada.
—Tampoco es que ganes mucho comportándote así. –repliqué molesto y sin ganas de ser dialogador. –Solo quedas como una loca.
—¿Eres de los que se preocupa por cómo queda? –preguntó sonriéndome con malicia tras los barrotes. –A mí me da exactamente igual. Si me vais a matar, hacedlo ya. No pienso decir nada. –añadió.
—Sorpresa. A nadie le importa lo que creas tener de información. –rebatí irónico.
Estiró la mano queriendo cogerme para pegarme.
—No veo que la esté tranquilizando. –señaló Leo.
¿Se estaba enfureciendo más? Pues me alegraba enormemente de ello, porque había tenido que ir a joder uno de los momentos más importantes de mi existencia, apareciendo cuando no debía.
¿Y por qué las estrellas habían dejado que eso sucediese? Si iba a llegar un bebé estelar… No entendía cómo había acabado marcando a la renegada.
—¿Podemos hablar? –interrogué hacia el trío calavera.
–Ahí fuera. –añadí refiriéndome a que no deseaba que la intrusa se enterase.
Me siguieron. —¿Qué quiere? ¿Irse? –Se encogieron de hombros.
—¿Y si la dejamos marchar si hace lo que debe?
–pregunté intentando ser resolutivo. Darle a la casa zodiacal lo que necesitara de mí con exactitud.
—Supongo que es plausible en cierta medida. –respondió Harold, tan preocupado con el resultado de los bebés.
—No puede ir contando para qué son las marcas y eso. Aumentará el peligro. La información es poder. –recordó Gulliver.
“La información es poder” y yo le había dicho a ella que no quería saber nada. A lo mejor…
Bajé de dos en dos los escalones hasta el sótano con las cosas algo más claras, demasiado apresuradas en mi mente, atropellándose unas a otras.
—Dejadnos solos por favor. –solicité ante las miradas curiosas de mis amigos.
Lo hicieron dejando claro que estarían pendientes por si necesitaba algo. No era como si la renegada fuese a ser capaz de matarme, ni aunque lo intentase. Además, no tenía pensamiento alguno de abrirle la maldita celda.
Cogí una silla y la coloqué a unos metros prudentes para sentarme cruzando las piernas para observarla.
Había dejado de intentar pelear, básicamente porque se había serenado al ver que no había opción de huida. Su pelo anaranjado estaba lleno de polvo y la piel cubierta de ceniza. Sus ojos violetas eran bien extraños.
—¿Y bien? ¿Qué información tienes? –pregunté intentando ser inteligente aunque me costara dadas las circunstancias.
—Creía que te daba igual lo que pudiese tener que contar. –respondió con un “touché” dibujado en su rostro.
—Y a mí me había dado la impresión de que querías salir de la celda. –rebatí igual de triunfante.
—¿Sabes lo que pasa? Que no me fiaría de un trato contigo, ni aunque lo hiciéramos. –respondió.
—Claro, tú, una renegada, eres mucho más de fiar. –solté para que viera la estupidez que estaba diciendo.
—¿Te crees mejor que yo? –cuestionó con una sonrisa torcida.
—Yo estoy fuera de la celda. –señalé colocando las manos en la nuca para echarme hacia atrás hasta quedar recostado contra la pared.
—Y yo sé que si no necesitárais nada de mí, no estaría viva.
Touché.
—¿Cómo te llamas? –pregunté entonces sabiendo que era mejor intentar llegar a un acuerdo que me hiciese quedar bien que pasar a la historia como el fracaso.
—Abigail. –dijo entonces sonriendo demasiado.
—¿Qué te hace tanta gracia? –pregunté molesto de nuevo.
Notaba mi forma de ser cambiante en su máximo esplendor: La quería matar y me calmaba en cuestión de milésimas de segundo.
—Que hayas cambiado en cinco minutos tres veces tu estrategia. Acabáis antes si me matáis. –soltó riéndose.
—No me parece muy inteligente tu sugerencia.
–dije consiguiendo otra carcajada. Di un golpe seco al levantarme y me acerqué a los barrotes de la celda.
–Pero, sí, yo también creo que nos ahorraríamos tiempo.
¿Sabes por qué? Porque los vampiros como tú, hacéis las cosas sin sentido alguno.
¿Cómo voy a esperar que de alguna forma entiendas la importancia de lo que pasa?
De hecho, es totalmente contrario a tu estúpido motivo de vivir. –añadí en una retahíla furibunda.
Oía pasos de algunos otros signos bajando ya que debían haber notado en la distancia mi enfado.
—Claro, yo tengo que tener un estúpido motivo incorrecto para vivir. Porque los originales sois perfectos. –ironizó.
—Por supuesto que sí. –respondí golpeando de nuevo el barrote.
Por mucho que para otros hubiera sido intimidante tenerme a escasos centímetros, su rostro permaneció cerca de las rejas y con la barbilla altiva.
—A lo mejor es buena idea calmarnos. –sugirió Leo poniendo una mano en mi pecho invitándome a echarme hacia atrás.
Subí al primer piso más cabreado de lo que iba a admitir para perderme en cualquier parte por un rato. Vi a Gulliver dando vueltas en solitario cuando no era lo habitual, por lo menos no con ese tipo de situaciones en las que solía estar pasándose con Harold.
—¿Qué pasa? –pregunté procurando tranquilizarme.
Era algo así como un padre para mí, al igual que para todos.
—No sé si es buena idea. –respondió con seguridad.
—¿El qué? –interrogué sin entenderlo.
—Sé que quieres hacer lo correcto, pero, precisamente por eso, creo que no deberías hacerlo. Si a Rebeca le volvió a aparecer el tatuaje, si dejamos pasar este ciclo… Puede aparecer en alguien más conveniente. –aventuró.
—¿Por qué no seré capaz de convencerla? –inquirí algo dolido con tal acusación.
—Porque al fin y al cabo, ella te quiere muerto. A ti y a todos nosotros. –contestó contundente.
—¿Y si le ofrecemos su libertad a cambio del bebé estelar?
–pregunté intentando ser frío. Yo era sentimental, claro que sí, estaba en mi naturaleza, pero solo en aquellas cosas que me importaban o sentía de mi propiedad.
–Digo, solo sería temporal. En alguna redada posterior acabaría cayendo.
Sé que es por la información, pero no tenemos por qué decirle mucho más que lo obvio.
Es más seguro que dejarla viviendo aquí dentro con ganas de matarnos, como tú mismo has señalado. –argumenté.
—Sí, está bien. Consigue que quiera colaborar, que no lo veo yo tarea fácil. –respondió con la mirada perdida en algún lugar muy lejos de nuestra conversación.
Estaba preocupado porque fuese una renegada, o eso me repetía, pero una parte de mí, la más insegura, se preguntaba si no era porque no confiaba en que fuera capaz.