CAPÍTULO 9
REBECA
Había pasado un año completo desde que Greyson y yo nos habíamos marcado como compañeros. Prácticamente había ido todo sobre ruedas y lo que no… Bueno, papá estaba aún acostumbrándose aunque en el fondo sabía que nadie iba a protegerme como él.
Y también sabía que ni siquiera era como si lo hubiésemos elegido para molestarle. A veces Harold decía que la luna era caprichosa en sus deseos, pero yo tenía miedo de esa luna…
Ese día era el último para el ciclo de Tauro. Papá estaba tranquilo pues nada había pasado en todo el mes, pero lo notaba tenso conforme pasaban las horas.
Sabía que lo hacía porque me quería, pero la única que tenía derecho a sufrir de esa manera era yo.
¿Y si la luna le marcaba el círculo a otra? ¿Y si se presentaba otra potencial compañera para Greyson?
Solo imaginarlo me secaba la garganta. Noté el abrazo por detrás de mi compañero como si fuese capaz de leer mis pensamientos.
No nos hacíamos grandes muestras de cariño en público para evitar roces, pero esa tarde necesitaba su cercanía por lo que hundí mi nariz en su cuello sabiendo que eso olía a hogar.
—No va a pasar nada. –murmuró en un tono confidencial.
—Espero que Harold tenga claro que no habrá un “solo para tener el bebé” ni nada por el estilo.
–comuniqué con parte de mis colmillos fuera sin pretenderlo.
Greyson se carcajeó. –Imagínate lo contrario, otro vampiro conmigo aunque fuese una noche.
Dejó de reírse sacando sus incisivos también.
El ambiente era tenso entre todos, como si esperaran ser meros observadores de alguna catástrofe.
–No va a pasar. –aclaré acariciando su fuerte mandíbula.
Como siempre, sabía exactamente lo que necesitaba así que decidió cogerme de la muñeca para conseguir escabullirnos del centro de atención. En nuestra habitación, aunque a nosotros nos gustaba estar completamente solos en el ático, empezó a quitarme la ropa prenda a prenda.
Era urgente tenerlo dentro de mí; sentirlo mío; saber que su piel estaba diseñada para encajar con mi cuerpo a la perfección.
Le gustaba hacerme sufrir con caricias lentas en el centro de mi ser que amenazaban con conseguir que me derritiese.
Yo le arañaba la espalda; le mordía la nuca; y le lamía la marca.
Pero él siempre era más paciente, más tentador; consiguiendo arrancar de mí la máxima sensación y el puro deseo.
Su boca tomó mi sexo sin piedad y yo temblé.
Por mucho que intentaba acariciar su pelo para subirle, era invasivo y placentero.
Su nombre sonó en mi boca tantas veces que sentía una vibración caliente.
Cuando por fin entró en mí, me dejé ir de inmediato dejando el surco de mi placer entre las sábanas.
Eso le volvía loco. Aceleraba el ritmo para hacerme saber que no tenía por qué acabar, que siempre estaba dispuesto a más; que mi bienestar era su jodida prioridad.
Pero yo también tenía algo que decir al respecto por lo que apreté mis piernas sobre sus caderas y las elevé hacia él, para darle más placer.
Cuando su gruñido natural abandonó su garganta, me sentí completamente satisfecha.
—Ve a ducharte, nadie quiere saber lo que acaba de pasar aquí. –reclamó divertido.
Le hice gestos hasta que accedió a venir conmigo a la ducha. Jugamos lo que nos dio el tiempo pero después se puso serio besándome con profundidad.
—Yo… —dije dubitativa. Me miró con dulzura. –Quiero que sepas que hubiera tenido ese bebé contigo. –confesé aunque no habíamos hablado de ello desde que nos emparejamos.
Besó mi frente.
—Eres perfecta. –declaró con ternura.
Salimos del cuarto y dejé tras besarle de nuevo que se uniese al círculo. No me hacía ninguna gracia y él, aunque aparentaba estar calmado, tenía la mandíbula tensa.
Yo no podía soportar la idea de que otra le rondase queriendo tener bebés con él, eso era cierto, pero lejos de ese dato, pasaba otra cosa: Algo en mí había sabido que podía tener un bebé toda la vida pese a ser una vampira original y… Se había esfumado esa posibilidad de la noche a la mañana.
¿Por qué si ambos nos queríamos y éramos el uno para el otro?
No quería ser una niña, o me esforzaba por no serlo, pero una parte de mí… Sabía que habernos dejado influenciar por las personas externas no había sido una buena idea. La diferencia de edad en los vampiros era una tontería y no lo habíamos notado en nada malo en el transcurso de nuestra relación.
No pasaba nada, estaba bien, seríamos felices por toda la eternidad sin esa criatura que podía crecer en mis entrañas, pero… Estaría la duda en cada ciclo lunar de géminis.
Que sí, que era cierto que había una duda más o menos razonable en Lena, incluso en mamá de qué pasaría una vez que todos los signos tuviesen su primer bebé, pero eso era algo para lo que quedaba demasiado. Lo mío parecía un peligro inminente, real.
El reloj avanzaba jodidamente rápido. A un segundo de las doce, Greyson y yo nos miramos tan intensamente que creí que iba a desmayarme.
Y entonces…
Me desmayé.
La voz de Greyson sonaba en la lejanía. Papá y mamá parecían asustados. Gulliver esperaba al teléfono por si recibía un aviso sobre una explosión lejana en el exterior.
¿Significaba eso que habría un aviso? ¿Qué alguien llegaría marcada para mi compañero?
—Rebeca, tienes que despertar. –exigió Greyson.
Entonces lo sentí: Cálido, fuerte, ardiendo.
—Mi marca. –susurré al mismo tiempo que abría los ojos.
Greyson subió un poco mi camiseta, y ahí estaba… Como si nunca hubiera desaparecido.
Sonreí tan aliviada que Greyson me besó la frente.
—Al final va a ser verdad que nada cambiará. –dijo mi padre sonriendo también dándole una palmada en la espalda a mi compañero.
Quizá se le había pasado del todo, quizá solo le quedase el típico rencor a un yerno que estaba destinado a hacer bebés con su hija.
—Será nuestro. –murmuré emocionada fijándome solo en sus ojos azules.
—Lo será. –respondió posando con dulzura sus labios sobre los míos.