CAPÍTULO 8
GREYSON
No era una situación que me gustase. De hecho, la había estado intentando evitar a toda costa desde el día en el que Rebeca había nacido.
Había cosas que se sentían una sola vez en la vida y yo sabía desde siempre que ella era mi compañera. Aún así, me alejé.
Porque me había dicho Taylor que era lo mejor; Que tenía demasiada experiencia para ella; Que había una parte oscura en mi interior desde el día en el que existía ya que había llegado otra bola de fuego el mismo día que yo y simplemente me la había comido.
Esa era la historia de géminis, el dual: Dos vampiros en uno.
¿Y quién tenía la culpa de esa mierda?
Yo no iba a hacerle daño a Rebeca porque vivía por ella; seguía respirando porque existía; y por mucho que me hubiese alejado dándole espacio para crecer… Desde que la había visto esa noche en la discoteca no había podido parar de pensar en cómo hacerla mía en todos los aspectos posibles.
Quería protegerla, pero también verla disfrutar y reír; conversar largas horas y enseñarle todo lo que estuviese a mi alcance.
¿Qué jodido de malo tenía eso?
Tenía furia bullendo en mi interior y, aún así, era capaz de hacer algo diferente a intentar parar los golpes que me propinaba Taylor.
Él era uno de mis mejores amigos, uno de los doce.
Y la casa zodiacal nos necesitaba a todos.
Pero lejos de eso, porque a veces esas cosas se dejaban atrás por una compañera por muy mal que sonase, era su padre.
Yo no podía hacerle daño a su familia como premisa para construir algo juntos. Por eso me había alejado, por eso había renunciado a mi única posible felicidad.
Todos me decían que si no la contaminaba ella tendría otro compañero… Y allí estaba ella, en mi dormitorio siempre buscándome; en cada esquina acechándome; y desmotándome con cada sonrisa inocente que tornaba sus mejillas de color rosáceo.
—Cálmate Taylor, no ha pasado nada entre ellos. –chilló Ariadna desde atrás con cierto temor en el rostro.
Los otros diez iban interviniendo solo de vez en cuando, pero estaban nerviosos con la cercanía del cambio de signo lunar. No era un buen momento para que nos estuviésemos peleando desde luego.
—Díselo. –exigió Taylor parándose entonces.
—¿Qué a quién? –pregunté tenso y cansado.
—A ella. –Señaló hacia arriba porque él también ya había detectado que Rebeca miraba todo desde una de las columnas del piso de arriba.
—¿Qué le digo? –interrogué molesto.
Solo quería terminar con eso. Que acabase el ciclo lunar.
Marcharme para no tener que estar torturado tan cerca pero lejos de ella.
Porque no podría contenerme mucho más… Había probado sus labios y lo mucho que me gustaba darle placer.
Y eso para un compañero deseando marcarla era más que suficiente.
Tenía su aroma todo el día en mis fosas nasales; mi miembro erecto; mis músculos preparados para protegerla; y mi corazón muerto latiendo a toda velocidad.
—Que no va a pasar nunca. –dijo señalando cada palabra. –Que vas a priorizar lo que somos y que ella encontrará a otro cuando sea el momento. No será la primera vez, ni la última que varios machos se interesan en una misma vampira. –recalcó.
La sola idea de otro macho rondándola me sacó los incisivos un poco, pero sabía que no era el momento.
La aguja iba a tocar el cambio hacia el signo de cáncer y eso significaba que podía haber una mujer marcada en cuestión de minutos o un bebé estelar que llegase.
Aunque no hubiese pasado desde que Rebeca naciese, Harold siempre decía que llegaría el momento.
Hice lo más inteligente: Dejar todo ese asunto para otro momento. Tenía toda la puñetera eternidad para esperar a Rebeca, porque pensaba tenerla si ella quería. Y, joder, ella quería.
—No va a pasar nunca. –dije repitiendo las palabras de Taylor.
Pero algo se torció en ese maldito momento. El reloj marcó las doce con un sonido contundente y Rebeca se cayó de la columna inconsciente. La cogí al vuelo, porque ahí daba exactamente igual lo que su padre pensaba.
—¿Qué le pasa? –preguntó Ariadna preocupada mientras todos hacían sitio a Lewis.
Taylor solo observaba desde atrás, como si no entendiese lo que estaba ocurriendo.
—No lo sé. –afirmó Lewis procediendo a examinarla.
Al cabo de unos segundos abrió los ojos con una expresión atormentada.
—Mi marca… —titubeó subiéndose la camiseta. –No está.
El círculo en su cadera había desaparecido y el ciclo de géminis había acabado.
—¿Qué significa? –preguntó Ariadna en su papel de madre.
Yo la solté cuidadosamente y me eché un paso para atrás perdido en mis propios pensamientos.
—No lo sé. –afirmó Harold pensativo. –Creo…
Aunque es pronto para decirlo… —Todos los ojos estaban clavados en él.
–Que las estrellas han tomado una decisión para poder seguir teniendo bebés originales…
—Trago saliva ante mi mirada, la de Ariadna y la del propio Taylor.
–La ha liberado de esa carga para no seguir esperando me temo. –sentenció.
Rebeca se levantó y se fue corriendo con lágrimas en su rostro.
—Greyson, no abandones el círculo, por si acaso. –recordó Gulliver por si decidía llegar un bebé estelar.
—Es lo mejor. –dijo de pronto Taylor, quien estaba justo a mi derecha.
Solo esperaba que hablase consigo mismo.
—Supongo. –respondí poco dispuesto a compartir precisamente con él lo que pasaba por mi mente.
Había un silencio sepulcral del resto de miembros.
Me costó una barbaridad aguantar todo el tiempo que Harold estimó conveniente.
Esa noche no había habido ninguna bola de fuego y por lo que sabíamos de informantes externos, tampoco nada reseñable por fuera que nos hiciera pensar que había alguna mujer marcada.
—De todas formas daré una vuelta. –aventuró Canek, cáncer, tranquilo.
Al pasar por detrás de mí, me dio una palmada en el hombro.
Fui a golpear el saco al gimnasio porque necesitaba estar solo. Di tan fuerte que lo descolgué.
—Ariadna. –dije descubriéndola titubeante en una esquina.
—Esto… —comenzó a decir evidentemente tensa. –Rebeca no está. –anunció abrazándose así misma un poco. –Taylor dice que volverá por sí misma pero….
Se calló.
Asentí.
Era extraño porque Rebeca podía estar en realidad en cualquier parte, pero mis pasos me guiaron directamente hacia mi ático. Subí por la terraza y la vi sentada en la cama llorando sobre sus rodillas.
Me sintió entrar y levantó la cabeza.
—Ya lo sé, no debería estar aquí. –dijo a la defensiva levantándose para irse hacia la puerta.
La detuve cogiéndola con suavidad de la muñeca para girarla hacia mí. Su mano reposó en mi pecho y nuestras narices prácticamente se rozaban mientras la miraba fijamente perdida en sus motas doradas.
—Puedes estar donde quieras. –respondí con un tono dulce que no utilizaba con nadie más.
—¿Por qué? No me digas, ya no importa lo que haga o deje de hacer. Basta con esperar. –atacó pegándome un puñetazo en el pecho que no esperaba.
—¿Por qué se supone que estás enfadada conmigo? Yo no te he quitado la marca Rebeca. –señalé confundido con su actitud.
Solo quería besarla.
—Tampoco pensabas hacer nada con ella. –rebatió con ojos cargados de pelea. –Y ahora a mí me queda esperar. –añadió bajando la mirada.
—¿Esperar a qué? –pregunté acariciando su barbilla con suavidad para que me devolviese la mirada.
—A que llegue el siguiente ciclo lunar de géminis y pongan en tu camino otra mujer marcada. –contestó como si hubiera tenido mucho tiempo para pensar en ello cuando acababa de pasar todo hacía solo unas horas.
—¿Eso es lo que te preocupa? –interrogué viendo como la cantidad de lágrimas aumentaba por segundos.
—No estarás conmigo nunca y yo… No quiero que sea nadie más. –declaró consiguiendo endulzar todo mi ser.
—No será nadie más, para ninguno de los dos. –prometí mientras la cogía poniéndola a horcajadas sobre mí.
Enterré mi cabeza en su cuello. Su perfume a violetas me envolvió. Lamí su piel antes de empezar a rasgarla.
—Greyson. –exclamó bajito sorprendida.
Sí, pensaba marcarla.
Si su felicidad estaba en juego, las consecuencias me daban exactamente igual.
La noté dudar en mi piel.
—Hazlo. –insistí.
Noté la calidez de sus colmillos sobre mí. Su deseo creció de inmediato comenzando a mover sus caderas sobre mí. Nos senté en la cama quitándole la camiseta mientras ella hacía lo mismo conmigo.
Sus besos eran profundos, cargados de ese sentimiento que habíamos reprimido durante tiempo.
—Yo… Intenté alejarme de ti. –confesó rozando su nariz con la mía con amor.
—Lo sé. –respondí devorando su boca por completo.
Nuestros cuerpos encajaban a la perfección porque estaban destinados para ello. Mis dedos recorrieron su silueta hasta llegar a introducirse en su ser. Gimió con los labios abiertos dejando salir mucho más sonido que cualquier encuentro que hubiéramos tenido.
Estábamos solos.
Estiró sus dedos para encontrar mi virilidad erecta y preparada. Lo acarició con intensidad.
—¿Te gusta? –preguntó con un atisbo de duda.
—Todo lo que tú me hagas, me gusta. –respondí con sinceridad.
Nada era igual a su tacto; a su olor; a sus besos.
Cuando la noté húmeda me coloqué entre sus piernas, viendo como el rubor teñía sus mejillas, para mojarla aún más con mi boca. Soltó gemidos que consiguieron que estuviera a punto de enloquecer.
La marca de emparejamiento en mi cuello ardía al igual que nuestros sexos.
Me coloqué encima de ella asegurándome de mirarla en todo momento a los ojos.
Cuando por fin me adentré en ella hubo solo un segundo de dolor que cubrí con besos y pequeños mordiscos en su cuello.
Al minuto siguiente era ella quien se movía a todo impulso desde abajo pidiendo más.
Cuando el éxtasis nos inundó a los dos al mismo tiempo todo cobró sentido.
No importaba ni el círculo que había desaparecido ni lo que hubiésemos tenido que esperar.
Ese sello era para siempre, y si las estrellas tenían planes de enviar cualquier otro círculo, no sería con mi nombre.
Yo a mi compañera la había encontrado dieciocho años antes.
—Greyson. –dijo mientras nos besábamos aún con nuestros cuerpos pegados.
–Siempre he sabido lo que decían de ti. –confesó con ternura sonriéndome a medias.
–Que tienes una parte oscura… —Le mordí el labio poco algo preocupado de que eso le importase.
Los demás daban igual, pero lo que pensase ella no.
–Pero si es así… La amaré también. –declaró.
Claro que sí, porque ella era exactamente perfecta.
—Te amo. –respondí con adoración.
Cuando ya nos vestimos, se empezó a carcajear de pronto. La miré sabiendo que eso era melodía para mis oídos. Era sencillo ser feliz así aunque siempre me había preguntado cómo se alcanzaba la felicidad plena.
Enarqué una ceja en señal de pregunta.
—Ahora sí que te mata. –dijo haciendo referencia claramente a su padre. –Pero yo hablaré con él. –añadió.
—Me da igual lo que diga, Rebeca. Nuestro vínculo es sagrado. –sentencié seguro de que no iba a perderla.
—Lo sé. –Besó mis labios. –Pero si no te matas con tu suegro, mejor. –añadió.
Bueno, eso iba a ser complicado.
Exactamente cuatro horas fueron las que estuvimos “jugando” al pilla pilla Taylor y yo una vez que volvimos al cuartel, pero acabó por quedarse quieto.
—Es que no entiendo por qué ahora si lo ibas a hacer de todos modos. –soltó Taylor mirándome.
—Porque estaba dispuesto a joderme yo, pero cuando vi que se jodía ella… Ahí las cosas cambiaron, Taylor. –dije firme. –Tú sabes lo que es tener a tu compañera. Me da igual lo que creas que es mejor y ni siquiera lo puedo comprobar. No está en mi mano, pero sí en la tuya que no pierda nada.
Reflexionó mirándonos alternativamente a uno y a otro.
—Llegará el próximo ciclo lunar para géminis. –puntualizó.
Se ve que todo el mundo pensaba en esa mierda, no yo. Rebeca era mi compañera, y un círculo no determinaría lo contrario. Podía llevarlo quien quisiera la luna, pero no pensaba tener un bebé con nadie más.
—No cambiará nada. –aseguré.
Asintió.