CAPÍTULO 7
REBECA
Yo sabía que no debía, todo en el cuartel era un recordatorio perpetuo de eso, pero mi cuerpo no quería tener nada que ver con lo que decían que podía o no tenía que hacer con Greyson.
¿Por qué si no era para mí sentía cada milímetro de mi existencia unida a lo que él hacía?
Me había protegido, pese a la distancia, pese a estar con Travis, pese a todo.
—Necesito sentirme bien. –dije en su oído mientras besaba parte de su piel.
Soltó un improperio que no entendí del todo y solo me acerqué más a él. Lo necesitaba de tantas formas que eran desconocidas para mí que solo hacía lo que me gritaba mi instinto. El círculo de mi cadera ardía mientras intentaba que no me soltase.
Tras clavar sus ojos azules en mí lo que me pareció una eternidad, deslizó sus dedos hasta el centro de mi ser. Despacio, sin prisa. Gemí, porque no tenía ni idea de qué tenía que hacer si no era eso. Sabía exactamente cómo conseguir que mi espalda se arquease y mi cuerpo se estremeciese.
Me humedecí mientras entreabría la boca. Quería besarle pero quitaba la boca enterrando los dedos aún más en mi interior. Era muy diferente a cómo lo había hecho yo sola contra la puerta de esa misma habitación.
—Déjate ir. –susurró contra el lóbulo de mi oreja mientras profería besos suaves como un reguero por mi cuello.
Nada de fuerza, nada de marcas.
—Quiero hacerte lo mismo. –dije entre jadeos.
Noté la elevación de su miembro contra mi muslo sintiéndome plena. Yo le provocaba por lo menos un poco lo mismo que él me hacía sentir a mí. Pero no me dejó tocarle.
Quería que me enseñase a darle tanto placer como él parecía capaz de proferirme a mí. Mis piernas temblaban cerrándose alrededor de su mano, que encontraba mi punto débil y una y otra vez. Por dentro y por fuera en un vaivén de deseo que nadie hubiera podido parar.
Noté la oleada dispuesta a abandonar mi ser con un último orgasmo que lo invadiese todo. Intenté resistirme porque anhelaba que él obtuviese lo mismo, pero aumentó el ritmo de los movimientos.
—Hazlo para mí. –pidió mirándome directamente a los ojos.
Me dejé ir totalmente sintiendo como mi cadera subía para acabar contra sus dedos. Los retiró consiguiendo que me sintiese tanto plena como vacía.
—¿Greyson? –cuestioné cuando miró hacia el lado contrario pese a seguir abrazándome.
—Duérmete Rebeca. –pidió ronco.
Paseé mis uñas por su torso desnudo hasta quedarme profundamente dormida.
El ruido casi imperceptible de sus pasos me despertó.
Era extraño cómo sus sonidos sexuales me parecían imposibles de no escuchar.
Me asomé con cuidado por la rendija que había dejado abierta en el baño para ver cómo tocaba su gran miembro hasta alcanzar el clímax y dejar salir un líquido espeso contra el azulejo de la ducha.
Volví a la cama con mi torrente interior más acelerado que alguna vez hubiese estado en mi vida. Yo le excitaba, era capaz de saber eso.
¿Por qué entonces no quería estar conmigo?
Siempre había pensado que le era indiferente, que no me veía atractiva como para estar conmigo, pero su cuerpo no decía lo mismo… Y eso, lo cambiaba todo.
Cuando se tumbó de nuevo abrazándome, me acercó a él. Sabía que era capaz de saber que estaba mínimo medio despierta.
—Espero que hayas pensado en mí. –solté entonces sintiéndome valiente en la oscuridad del cuarto.
El silencio que siguió a mi frase fue ensordecedor mientras lo volvía a notar duro contra mi cadera.
—Siempre pienso en ti. –confesó caliente contra la piel de mi cuello antes de lamerme en ella. –Duérmete. –ordenó girándose.
¿Qué cojones acababa de pasar y por qué estaba tan mojada?
La mañana me recibió a mí antes que a él así que decidí ir al baño para comprobar en el espejo que estaba presentable.
¿Qué pasaba si hacía lo que estaba pasando por mi cabeza?
Me duché rápido sabiendo que el agua lo despertaría y me envolví en una toalla. Después salí encontrándolo ya terminándose de vestir con otra ropa de entrenamiento.
Cogí valor, ese que me había faltado por mucho tiempo, y dejé caer la toalla al suelo.
Se quedó mirándome, pétreo y tenso. Después se encaminó hacia la puerta, pero aprendiendo de él, me puso justo en medio. Casi choca conmigo. Me estudió desde la diferencia de altura mientras nuestras narices casi se tocaban.
Tanteé con las manos su torso hasta cruzar las muñecas por detrás de su nuca. Me puse de puntillas y coloqué mis labios en los suyos. Al segundo, estaba devorando mi boca con voracidad calentando todo mi ser.
Llevé mi mano hasta el bulto de sus pantalones, segura de introducir mis dedos allí para tocar su punta húmeda. Gimió dándome más seguridad y sonreí contra su boca. Eso quizá le cabreó porque me cogió de la cintura para ponerme a horcajadas e introducir sus dedos en mí cambiando las tornas.
Me tumbó en la cama para seguir ese dulce ritmo y yo volví a hacer acopio de valor para hacer algo que no estaba segura de saber hacer.
Sus gruñidos me indicaban que algo estaba haciendo bien y mi propio instinto me decía que sabía llevar al que sentía como mi macho a todo el placer que pudiese tener.
Mi ser ardía pidiendo mucho más de lo que estábamos haciendo. Cuando noté que acabábamos al mismo tiempo supe que daba igual cuántos años pasasen o lo mucho que se encargaran de repetírmelo: Si no era Greyson, no sería nadie.
Besó mi boca con posesión y dulzura para después vestirse y desaparecer negando con la cabeza.
—Greyson. –murmuré apretando las sábanas contra el pecho. –No te vayas. –pedí sintiendo algo de miedo.
—Esto no ha pasado, Rebeca. –dijo serio antes de marcharse.
¿Qué no había pasado?
¡Una mierda!
Me recompuse como pude antes de salir a mi cuarto para ducharme y vestirme como si de verdad no hubiera ocurrido nada. A lo mejor por fuera se podía fingir, pero por dentro, no existía nada que pudiese hacer que ese momento se evaporase de mi memoria o de mi alma.
Al cruzarme con Lena, me miró con una expresión extraña. Lo iba a dejar pasar, pero una duda razonable pasó por mi mente. Mejor a ella que a otros suponía.
—Lena. –grité consiguiendo que se sorprendiese. Volvió sobre sus pasos para ponerse a mi altura. Cuanto más miraba comprobando que no había nadie, más cara de circunstancia ponía. –Lo siento, pero a alguien se lo tengo que preguntar, y cómo tú me has mirado así…
—No, no siento el rastro de nadie en ti. –dijo sabiendo exactamente lo que me preguntaba. –Solo el acto en sí produce esa esencia característica. Aunque sí puede que con mayores sentidos… Se sabrá que habéis estado en la misma estancia algún tiempo, nada más.
—¿Y entonces cómo tú lo sabes? –cuestioné entre avergonzada y preocupada.
—Porque llevas la palabra “delito” escrita en tu frente. Mirando a todas partes; vestida provocativa; feliz. –respondió nerviosa. –Habla con tu madre por lo menos.
—¿Para qué? No quieren oírme. –contesté a la defensiva.
—Yo… No soy quién para contarte tampoco lo que pasó cuando naciste, pero si tu padre se entera, esto se va a poner muy feo. –comentó apretando los dientes.
—Hola. –saludó Travis saliendo de la maldita nada.
—Hola. –respondí sonriendo forzosamente. –Luego hablamos.
Salí disparada por el pasillo.
¿No me había aconsejado que hablara con mi madre? Pues ahí iba de cabeza.
Aunque llegué segura hasta la sala de boxeo donde ella estaba empeñada en darle a un saco, cuando paró para mirarme, dudé.
—¿Qué pasa mi niña? –preguntó no ayudando con esa forma de denominarme. —¿Es por lo de ayer?
—Sí. –dije para después negar con la cabeza.
–Supongo que tiene algo que ver. –Tampoco era que fuese a tirar a los leones a Greyson.
Sabía que no podía contar absolutamente nada de lo que habíamos hecho.
Tampoco era que fuese capaz de ponerlo en palabras sin ruborizarme.
–El ciclo de géminis está a punto de acabar.
–puntualicé sin saber bien cómo empezar.
—Sí, y ya habrá pasado otro año. –murmuró mirando hacia ninguna parte en particular.
—Mamá… ¿Por qué papá no quiere que conozca a Greyson? –cuestioné cansada de darle vueltas.
—Cree que no es una buena idea. –respondió poniéndose tensa aun cuando ella nunca hacía eso conmigo. –Lo conoce de hace mucho tiempo, tienen prácticamente la misma edad. –recalcó.
—Lena también era “joven” para Adam. –recordé.
—Piensa que para él es como un hermano. –señaló visiblemente incómoda con esa conversación. —¿Por qué? ¿Qué pasa con él? –cuestionó alerta.
—¿Y si todo pasa con él? –interrogué cansada. —¿Por qué lo que yo sienta no cuenta?
—Ay Rebeca, no. –dijo echándose las manos a las sienes. –No lo va a aceptar… —murmuró suspirando.
—¿Y si no tiene más opción? –pregunté ya poniéndome en mis treces.
—¿Te ha dicho algo? Greyson digo, al respecto. Tú le… ¿Gustas? –inquirió con suavidad.
—Yo… —¿Qué tan bien estaba darle datos? –No sé qué piensa él, sé lo que siento yo. –atajé sintiendo que hacía lo correcto.
—Si piensas que es posible es porque algo te ha dicho. –intervino mi padre saliendo de la nada. –Y lo voy a matar. –añadió convencido.
—¿Qué? ¡No! Si yo solo preguntaba. –rebatí alterada.
—Taylor. –dijo mi madre intentando parar su rabia.
—¿Por qué estás tan enfadado? –pregunté siguiéndole por los pasillos. –Creía que erais amigos. –añadí procurando calmarle.
—Yo también creía que lo éramos. –respondió furibundo.
Estuve tensa intentando que alguien me dejase avisar a Greyson, quien estaba con otros géminis en el exterior, pero todo el mundo pareció entender que era una buena idea no decirle nada.
Vale que mi padre no había dicho ninguna intención, pero imposible no ver que estaba potencialmente enfadado.
Y los murmullos dejaban claro que todos sabían que tenía que ser con él, aunque yo nunca había visto que pasase nada entre ellos.
—Es la última noche de géminis, quizá podéis tener esa conversación otro día. –sugirió Gulliver mientras yo permanecía sentada en una columna en el piso de arriba para ver el recibidor.
Allí estaba papá y mi madre; y el resto de signos. Incluso Gulliver y Harold no se movían. Y todo porque la postura de mi padre no dejaba lugar a dudas: Allí iba a haber más que palabras.
Eran casi las doce.
—Deberías relajarte Taylor. –dijo Harold. –Al fin y al cabo, aquí no ha pasado nada. Vamos a cambiar de signo y puede que haya una nueva marcada. —¿Listo Canek? –cuestionó hacia cáncer.
—Para eso estamos todos aquí. –mintió mi padre apretando los dientes.
—Y seguimos necesitando estar todos. –recordó Harold muy severo.
No iba a hacerle daño de verdad, o eso era lo que mi corazón quería pensar.
Cuando Greyson abrió la puerta y lo vio en el centro de la sala, quieto, se tensó también.
—Creía que las cosas estaban claras. –dijo amenazante.
—Y yo no veo por qué crees que no lo están. –respondió cauto.
—Si Rebeca hace preguntas es porque algo pasa. –replicó mi padre.
Me sentí culpable. Los ojos de Greyson cayeron sobre mí como si supiese exactamente dónde encontrarme aunque nadie se había fijado.
—A lo mejor no tiene nada que ver conmigo. –mintió poniéndose más erguido.
—Todo tiene que ver contigo desde el día en que nació. –espetó molesto mi padre.
—¿Y? Creo que de eso yo no tengo la culpa. –aventuró.
—Te dije que eras malo para ella. Que te alejases; que dieses tiempo a que conociese a alguien bueno; que no dejases que la marca la convirtiese en tu puto recipiente. –gritó enfurecido.
—Y yo no veo ni un bebé dentro de ella ni una marca en su cuello de emparejamiento. –señaló.
—Ni la va a haber, porque te voy a matar. –declaró mi padre. –O tú me matarás a mí.
Sin previo aviso, mi padre le pegó un puñetazo a Greyson, quien solo lo evitó parcialmente. No se lo devolvió.
—Taylor. –dijo mi madre a unos pasos.
—Pelea. –insistió mi padre hacia Greyson.
—No lo voy a hacer. –afirmó éste.