CAPÍTULO 6
GREYSON
Había dormido una puta mierda y no estaba de humor para las bromas de Einar.
—Y se supone que tú eres el dialogador. –bromeó de vuelta Leo.
—He tenido algunos problemas. –respondí vagamente.
Sentía un nudo en el maldito estómago desde que Rebeca se había ido de mi habitación la noche anterior prometiendo de alguna forma no volver.
Taylor llegó junto a su mujer y se sentaron entre los doce. Al poco, vi pasar a Rebeca con el niñato de Travis riéndose de algo.
—A lo mejor tu hija se acaba emparejando este año. –divagó Harold.
Taylor se encogió de hombros tras una palmadita de Ariadna para calmarlo.
No tenía nada que esconder así que tiré lo que me quedaba de manzana al plato de mala gana y me largué a hacer cosas de custodio del mes en cuestión del signo zodiacal.
Cuanto más tiempo estuviese ocupado, mejor.
—¿Todo bien? –preguntó Gulliver a media tarde. Asentí poco comunicativo aunque no solía ser mi modus operandi. –Mejor, porque Harold quiere ver la fuerza de los de tu signo potenciada así que al gimnasio a lucirse. –añadió.
Claro, lo que tenía yo en mente: Una puta exposición de payasos haciendo como que peleaban. Que estuviese ahí no quiso decir que prestase atención, tenía la atención muy lejos de allí: Exactamente a diecisiete estancias de distancia.
Resultó que el tal Travis era muy bueno en el cuerpo a cuerpo. Estaba exuberante ante los muchos comentarios sobre que esperaban un bebé estelar pronto. Lo malo de eso era que para hacerlo necesitaba a Rebeca.
—Veamos qué tanto duras entonces. –sugerí subiéndome al ring.
No podía decir que pelease mal, pero entre los muchísimos años reales que le sacaba y mi arduo entrenamiento en guerras reales, lo mandé a la lona. Eso sí, me ensañé un poco hasta ver como su labio sangraba.
Así lo mantendría alejado por un tiempo. Quizá incluso se le quitaban las ganas de cualquier tipo de actividad “extraescolar”.
—¿Se te ha ido la cabeza? –preguntó Gulliver empujándome fuera del gimnasio recriminándome lo que acababa de pasar.
—Pensaba que querías que vieran el potencial en su mayor esplendor. –reté desviando la mirada.
—Las cosas no se arreglan así. –aseguró.
—¿Y cómo se arreglan? –dije confrontándolo.
Algunos de los otros once salieron así que me esfumé a mi cuarto. Tiré la camiseta a alguna parte de la habitación. Me senté en la esquina de la cama y coloqué la cabeza entre las manos intentando calmarme.
Su aroma a violetas me golpeó con fuerza.
—¿Estás loco? –preguntó Rebeca entrando, como siempre, sin pedir permiso.
—Creía que no ibas a ir detrás de mí. –respondí cerrando la puerta para que nadie fuese partícipe de nuestro enfrentamiento.
—Y no estoy yendo detrás. Estoy haciéndolo de frente. –Hizo una pausa retándome altiva detrás de sus ojos aparentemente insulsos pero con motas doradas en su centro. –Eres un animal. –declaró antes de intentar irse.
Intentar no era conseguir. La retuve como hacía siempre, con un brazo extendido en la puerta.
—¿Y qué si lo soy? –interrogué costándome una barbaridad contenerme. –Creía que querías un beso mío. –añadí sin tener medida como debía hacerlo.
—¿Y si ya no lo quiero? –preguntó mirándome la boca entreabriendo los labios.
—¿No lo quieres? –interrogué sintiéndome duro teniéndola entre mis dos antebrazos retándome.
Ella era así, no se daba cuenta del jodido efecto que causaba en todo mi maldito ser.
—¿Me lo vas a dar? –cuestionó tragando saliva.
Notaba su nerviosismo debajo de esa capa de aparente tranquilidad.
Sabía que no debía pero bajé la cabeza hasta capturar sus labios con los míos.
Gimió jodiéndome la existencia porque no podría olvidarme de eso ni en tantos años como los que ya tenía.
Su lengua acarició mis incisivos y yo profundicé en el beso consiguiendo que nuestros cuerpos se pegasen más.
Ella pasó sus manos por detrás de mi cuello y después se detuvo con la yema de sus dedos en mi tatuaje.
Caí entonces como si me despertase de un embriagador sueño y la solté.
—Deberías irte. –dije apartándome.
Se acercó para intentar partirme la cara pero la retuve por la muñeca.
—Entiendo por qué no me dejaban acercarme a ti. –siseó en mi cara.
Eso dolió mucho más de lo que ella se imaginaba.
A la hora de la caza nocturna, estuve a punto de no presentarme, pero claro, ser el del mes representado por la luna, no me dejaba hacer lo que quería. Básicamente necesitaba largarme de allí.
—Ha habido revuelos turbios por lo que creo que no debería salir Rebeca. –dijo Harold.
Siempre tenía que estar ella, en todas partes, en todas las conversaciones, como persiguiendo mi tranquilidad.
—Eso no es justo. Yo también soy géminis y original. –reclamó ella.
—¿Pasa algo? –pregunté hacia Leo, quien observaba divertido desde una esquina.
—Es la lluvia de meteoritos. Todos van. Harold no quiere que ella vaya. Taylor está parcialmente de acuerdo. Ariadna no. –explicó brevemente.
—Rebeca está tan cabreada que me hace gracia. –recalcó Einar.
Ya había salido en ese estado de mi habitación hacía horas, pero no era algo que pudiera compartir con nadie. Travis estaba ahí, unos pasos por detrás de ella, esperando que la dejasen salir.
Puse los ojos en blanco.
—Que os acompañe Greyson, es su responsabilidad. –soltó Ariadna sorprendiendo hasta a su compañero.
—¿Mi qué? –pregunté con cautela.
No quería un motivo más para tener problemas con Taylor como hablarle mal a su compañera.
—Es tu mes, tú guías a los de tu signo. Si ellos van todos como casa zodiacal, tú tienes que guiarles y acompañarles. –explicó decidida Ariadna.
—Es una pésima idea. –soltó Rebeca bien alto.
—Creo que tiene razón Ariadna. –intervino Harold.
—Después de lo de esta tarde, creo que ya ha demostrado de sobra que no sabe socializar. Lo cual es poco característico de tu signo. –atacó de nuevo Rebeca.
—Rebeca. –recriminó Taylor.
Seguramente pensaba que estaba mal que me hablase así pero en el fondo debía estar satisfecho.
—Pues si no quieres ir bajo mi tutela, no vayas, sencillo. –aclaré abriendo las manos. –Los que quieran venir, nos vamos. –añadí bien contundente.
Bufó pero la vi salir por la puerta junto a Travis, quien me miraba con cierto rencor. Le habría dado más fuerte si hubiese sabido que se iba a poder seguir moviendo.
—Greyson. –La voz de Taylor me retuvo. Miró a ambos lados comprobando que era una conversación privada, cosa que me sorprendió porque hacía exactamente dieciocho años de la última charla que habíamos tenido a solas. –Protégela. –exigió con la mirada clavada en mí.
Golpeé su espalda amistosamente una vez como señal de afirmación antes de marcharme.
La lluvia de meteoritos era como la de todos los años por lo que simplemente me senté en la roca más alta para tener visibilidad de los géminis que se esparcían por el gran valle, sentándose en grupos, en parejas o sacando botellas para beber.
Muchos años atrás era algo que me parecía divertido mientras que esa noche solo quería que acabase.
Notaba el aroma a violetas cerca de mí así que intenté no mirarla aunque supiera dónde estaba en cada momento. “Protégela” resonaba en mi cabeza una y otra vez consiguiendo que sacase un poco involuntariamente mis incisivos.
La oía reírse de las idioteces sobre conciertos que decía Travis y podía notar como si estuviese mirando cómo él iba a acortando las distancias entre ellos sentándose en el césped.
Si intentaba besarla delante de mí, lo mataba.
Bajaron hasta el río y me quedé allí ya mirándolos mientras la lluvia de estrellas se intensificaba; El vestido blanco de Rebeca la hacía relucir mientras se reía a la orilla del agua.
Sonreí a medias sabiendo que nadie estaba pendiente de mí mientras mis labios recriminaban lo corto que había sido ese puñetero beso que no se iba a volver a repetir.
El rastro era casi inexistente, pero mis sentidos estaban intensificados.
—Renegados. –alarmé para que todos los supiesen.
Mi mente solo tenía un objetivo: Rebeca.
Ella empezó a correr cuando varios renegados armados salieron del río, donde habían estado camuflados. Travis a su lado, fue con toda su potencia a salvar su propio culo.
Rebeca estaba asustada, lo veía en la expresión de su rostro; Era la de alguien que nunca había visto la guerra de cerca. El entrenamiento en cuartel no preparaba para todo.
Llegué justo a tiempo para romperle el cráneo a uno a su espalda. Clavó sus motas doradas en mí mientras intentaba levantarse del tropiezo que había tenido.
—Greyson. –murmuró como si de verdad le sorprendiese que hubiese bajado a por ella hasta ahí.
—Vamos. –dije cogiéndola de la cintura.
—¡Es uno de los doce! –gritó un renegado sabiendo que eso representaba una gran pelea.
Y por primera vez en mi larga existencia, rehuí una pelea. Solo daba puñetazos y patadas suficientes para liberar el camino.
Al llegar al cuartel, algunos efectivos salieron con intención de reducir a ese ejército salido de la nada con ayuda de los cuarteles aliados de convertidos.
Yo no había soltado la mano de Rebeca todavía, y no lo hice pese a la mirada gélida de Taylor hasta que se cerró la puerta del cuartel detrás de nosotros.
—Menos mal que estabas. –dijo Ariadna dándome un abrazo.
—Esto… Ha sido muy rápido. –explicó Rebeca con su mirada aún clavada en mí.
—Vamos querida, ven a darte una ducha. –intervino Lena hacia Rebeca.
Allí se iba a tener una conversación de mayores, una que yo intenté evitar decidido a irme de nuevo al campo de batalla.
—La has protegido bien. –halagó a regañadientes Taylor.
Ariadna estaba un paso por detrás de él. Gulliver y Harold miraban desde una esquina. Y todos los puñeteros otros diez signos estaban ahí plantados, como si temiesen que pasase algo mucho peor dentro del cuartel que fuera.
—Es mi deber. –respondí sintiendo la mandíbula tan tensa que pensé que iba a romperse.
—Eso, tu deber. –recalcó Taylor. –Como primer géminis, como el que es casi como mi hermano, como casi su tío. Nada más. –añadió recordándome demasiado a esa conversación hacía ya dieciocho años.
—Que sí, Taylor, que me queda claro que es mucho mejor que esté con alguien que salga por piernas corriendo por delante de ella. –azucé aunque solía callarme conciliador.
Me siseó mientras dos de mis otros amigos de siempre le sujetaban.
—Ha salvado a tu hija. –recordó Ariadna molesta.
—Que la salve todo lo que quiera, pero no la mires más allá de eso. –exigió Taylor.
—Solo la he protegido, como me has pedido. Nada más. –solté finalmente para relajar el ambiente.
Asintió en señal de respeto y se lo devolví antes de irme ante la expresión tensa de todo el que estaba presente.
Pasaron horas infernales en las que sabía que era imposible que fuese a ver a Rebeca para comprobar cómo estaba. Golpeé la pared de mi cuarto con un puñetazo justo cuando la puerta se abrió.
Rebeca me miraba dubitativa, mordiéndose el labio. Cerró la puerta tras entrar.
—Parece que esa pared te ha hecho algo. –dijo medio sonriéndome.
Le iba a decir que no podía estar ahí, pero jodidamente necesitaba que hiciera lo que le diera la real gana. Y sentir que estaba bien.
—¿Qué necesitas? –pregunté intentando guardar algo de cordura entre todo lo que pasaba.
—Dormir contigo. –respondió consiguiendo que se me secase la garganta. –Yo… Estoy asustada aún. –añadió acercándose un poco más.
Mi mirada fija en su pijama gris que dejaba que le subiera y bajara el pecho de una manera que me llevaba al borde del control. Puso su mano en el centro de mi pecho y entreabrió los labios.
—Solo dormir Rebeca. –accedí sin saber por qué no era capaz de mantenerla lejos aún con el recordatorio de hacía unas horas.
Nos tumbamos y colocó su cabeza en mi pecho abrazándome. Su intensidad era de sentirse insegura así que la acerqué aún más, porque no podía pasarle nada si yo estaba con ella. Por encima de mi inmortalidad.
—Necesito sentirme bien. –susurró en mi oído besando con suavidad mi cuello.