Los vampiros del zodiaco CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

REBECA

Nada podía haberme preparado para los sentimientos que amenazaban con ahogarme desde que había estado en el cuarto de Greyson.

Sabía que si no había unión de nuestros sexos no se iba a percibir su olor en mí, por lo menos no unida a la idea de una intimidad, pero tenía miedo de que alguien lo supiera.

—¿Y? –preguntó Amir de repente llegando a mi lado para desayunar. –Estás rara hasta para ser tú. –añadió.

Estaba absolutamente centrada en buscarlo por toda la maldita estancia, pero no estaba.

No pensaba bajar a desayunar por lo visto, porque yo había llegado la primera y me iba a ir la última.

No quería coincidir conmigo. Mi voz interior me decía que eso era lo mejor, que lo que había ocurrido era ya más de lo que esperaba, pero su mirada y sus palabras me perseguían en un fuego interno que no era capaz de parar.

Y luego estaba la marca de mi cadera, ardiendo sin precedentes, cosa que me callé también para mí misma.

—La verdad es que estoy cansada de que la luna esté en mi signo, demasiada atención. –confesé.

Lo mejor para cubrir algo era ceñirse lo máximo posible a la verdad. Y no era mentira lo que le estaba diciendo.

—¿Te gusta alguien? –preguntó entonces pillándome desprevenida. –Lo digo porque hoy estás… Diferente. –añadió.

¿Qué? No podía notarse, era imposible.

—¿Pero diferente en plan qué? ¿Qué hueles? –interrogué poniéndome intensa y acercándome a él de pronto.

—Pues no sé decirte, pero estás diferente. No huelo nada en ti reseñable. –Se calló entonces echando un vistazo a la sala para ver quién podía oír nuestra conversación. —¿Debería? –preguntó siendo pillo.

—No, claro que no. –dije pegándole amistosamente.

—No pegues a Rebeca. –advirtió Adam cuando él iba a devolvérmelo.

—Hola, soy Travis. –anunció un chico sentándose de la nada con nosotros. –Me han dicho que me presente y eso hago. Soy géminis, y he estado mucho tiempo fuera pero, de haber sabido que había una mujer tan guapa aquí dentro, habría vuelto antes. –soltó.

Amir puso los ojos en blanco antes de desaparecer. Quizá era algo demasiado ñoño y personal para él. Me agradó el halago y no era feo.

Se veía joven, atlético, pelo castaño y ojos del mismo color. Algún tatuaje, no celestial, sobresaliendo. Y muchas pulseras de conciertos.

—¿Te gusta la música? –interrogué sintiendo que me entretenía de lo que mi mente rumiaba desde el día anterior.

—Los festivales en realidad, de ahí que haya viajado tanto. Además, donde hay desfase suele haber algún que otro renegado intentando aprovechar. –contestó comunicador.

Parecía un buen géminis.

—Debe estar bien. –afirmé.

—¿No has ido a ninguno? –preguntó justo en el momento en el que vi a Greyson sentarse en la mesa con los otros once. –Deberíamos ir. Espera.

Trasteó en su móvil algo para después enseñarme emocionado uno que se hacía en la ciudad colindante a la nuestra.

—Esto… No sé si puedo ir. –respondí soltando una risita.

Demasiado directo, franco.

—Comprobémoslo. –aventuró levantándose para acercarse a la mesa de los doce.

Por suerte Lena y mi madre también estaban allí.

Le seguí riéndome mientras desde una esquina Amir me hacía señas de descojonarse porque el nuevo estaba loco.

—¿Puedo llevarla a un festival esta noche?

–preguntó directamente hacia mis padres.

Mi padre dejó su zumo de naranja con cara de “A la mierda el desayuno” mientras mi madre le agarraba la mano.

—¿Y tú eres? –intervino Einar riéndose.

—Travis, soy géminis, tengo veintiocho reales. He estado viviendo y estudiando fuera, pero como era nuestro mes… Decidí pasar por aquí. Digo, si no hay ningún inconveniente, creo que se lo pasaría bien. –explicó apacible y risueño.

—Supongo que no hay nada de malo en ello. –contestó mi madre mirando intensamente a mi padre.

Mejor no se podía haber presentado: Joven y con intenciones de pedirles permiso.

—Gracias. –dije pirándome directamente tirando de Travis. Él estaba sorprendido cuando llegamos al pasillo. –Ah, créeme, si ya has conseguido el sí, lo mejor es salir de su vista antes de que cambie de opinión. –argumenté riéndome.

—Bueno, salimos después de comer entonces.

Me guiñó un ojo antes de irse.

Estaba nerviosa, claro que sí, era algo así como una cita y… No me resultaba desagradable el aire fresco que llevaba.

La imagen de Greyson me vino a la cabeza con tanta claridad que me sentí mal, pero tenía que desviarlo como fuese. Él me había estado evitando porque no quería que confundiese las cosas. Fuese lo que fuese que habíamos compartido en su cuarto, solo era una liberación para mí misma.

Salí a la hora acordada vestida cómoda pero con algo de escote, que se viese por lo menos mi intención.

¿Qué cuál era mi intención?

Quitarme esa sensación de ser una santa por algún motivo aunque nadie me había impedido, técnicamente, no tener intimidad con un chico hasta ese momento. A lo mejor él no le tenía miedo a lo que pensase mi padre, ni a la marca, ni se comía tanto la cabeza como los demás.

A mi edad, era raro que no hubiese tenido nada con nadie.

Travis se había vestido impecable para parecer cualquier turista en cualquier ciudad y lo había rematado con una chaqueta a cuadros y unas gafas de sol blancas. Un poco cantoso de más así que me reí.

—Objetivo conseguido. –dijo refiriéndose a mi risa. –He alquilado un coche para ir hasta allí.

Asentí mirando solo un poco hacia atrás. Mi padre asintió aunque con mal gesto.

—Bonito coche. –soltó Greyson a mi espalda llegando de la nada. Pasó de largo hacia el descapotable y acarició su chapa. —¿Te ha costado mucho? –preguntó amigable hacia Travis.

—No demasiado. –contestó él amable. –Además, la compañía lo merece.

Vaya, ese halago se mereció otra espléndida sonrisa.

—Pasadlo bien entonces. –La sonrisa de Greyson me revolvió un poco.

Lo bueno era que Travis parecía saber exactamente qué hacer para que me lo pasase bien, sin más. Con música en el coche, señalando cosas curiosas de los sitios por los que pasábamos, y ya allí, enseñándome ese nuevo mundo que iba desde escenarios hasta sitios para pedir copas.

—¿Bebes? –preguntó inocentemente.

Estuve a punto de decir que no, pero quise no echarme ya encima el parecer una cría ante él.

—Claro. –respondí.

Me bebí la primera de golpe y él abrió un poco los ojos.

—Vaya. –contestó riéndose.

Lo di absolutamente todo cantando y saltando entre copa y copa. Hubo un momento en el que él pasó su mano por mi cadera consiguiendo que pensase que le estaba gustando más que como una mera amiga.

¿Eso era lo que quería no?

Bueno, en realidad, casi que me estaba dando demasiadas vueltas la cabeza.

—Así que ya se ha acabado… —dije haciendo un puchero. —¿Y ahora? –pregunté poco dispuesta a dejar la noche.

—Ahora tenemos que irnos al cuartel para que mañana nos dejen volver a salir. –respondió espléndido.

Conducía bien e iba haciendo alguna que otra carantoña en mi dirección.

Me pregunté entonces si, en algún momento, querría besarme.

Eso me puso nerviosa así que teclee en el móvil cualquier cosa para distraerme, pero una duda idiota cruzó mi mente: ¿Cómo conduciría Greyson? ¿Y cómo serían sus caricias?

Mierda.

Al llegar, me había subido el resto del alcohol y tuve que hacer un sobreesfuerzo por bajarme del coche.

—¿Salir mañana? –pregunté riéndome en una carcajada sonora.

Iba a despertar a alguien así.

—Si no nos pillan sí. –respondió con el punto algo cogido también.

Se acercó un poco disminuyendo el espacio entre nosotros. Dudé pero mi cuerpo me dijo que echara un paso para atrás.

—Vaya responsable. –espetó chasqueando la lengua Greyson saliendo de la nada como cuando nos habíamos ido. –Mejor os despedís ya. –añadió.

—Ha bebido solo un poco más de la cuenta, puedo llevarla a su habitación. –sugirió Travis.

—Creo que no. –replicó Greyson cogiéndome, literalmente, en volandas.

Esperé mientras todo me daba vueltas y él andaba por el tejado.

—¿No podemos entrar por la puerta y ya? Me estoy mareando. –Mi queja pareció no gustarle porque gruñó un poco. –Greyson…

—No estarías mareada si no te hubieras bebido hasta el agua de los floreros. –recriminó. –Y entramos por aquí porque si te ven así, no vuelves a salir hasta el próximo ciclo de géminis. –añadió.

—Claro, y a ti te preocupa muchísimo lo que yo pueda o no pueda hacer. –dije irónica.

—No me retes encima, Rebeca. –Me bajó al suelo. –Y mira a ver si te pones una camiseta más… —añadió girándose hacia el viento fresco. –Vete a tu cuarto por la escalera de dentro. –ordenó.

—¿Qué pasa? ¿Qué yo me tengo que ir a la cama y tú te puedes ir a hacer lo que te dé la gana por ahí? –repliqué molesta con la idea de que me hubiese visto llegar porque él estuviese saliendo a una cita o algo así.

—Es que es exactamente así, tú tienes hora de queda y yo no. –señaló con media sonrisa de esas que era un “no te mato por no perder el tiempo”.

—Pues si tú no entras, yo tampoco. –dije mientras empezaba repentinamente a llover.

Me hizo un gesto para que entrara y se fue hacia el tejado continuo por el que pensaba bajar. Como no estaba en mi mejor momento racional, le seguí.

Eso sí, los zapatos con la lluvia y la borrachera, me hicieron resbalarme hacia el abismo. Me cogió rápido por la cintura evitando que me abriese la cabeza.

—¿No puedes simplemente irte a dormir? –preguntó cerca de mi boca. –Te estás empapando. –añadió tenso.

—No voy a irme si no estoy segura de que tú también vas directo a no pasártelo bien. –respondí quitándolo para cruzarme de brazos.

Las gotas se empezaron a hacer más fuertes, tanto que empecé a castañear.

—Vamos. –cedió poniendo su mano en la parte baja de mi espalda.

Al pasar por su habitación, sentí calor repentino y le miré de reojo. Como no iba tenso ni pendiente, giré y me metí dentro.

—Buenas noches. –dije riéndome de su cara de desconcierto.

—Rebeca, fuera de mi habitación. Directa a la tuya. –respondió bajito, con miedo a que alguien nos oyese.

—¿Qué más te da? –pregunté mordiéndome el labio.

Probablemente me arrepentiría porque casi seguro que le debía estar desinhibida al alcohol, pero en aquel momento quería hacer lo que quisiera sin controlarme.

—Esto no es un juego. –rebatió enfadado. Me quité la camiseta lanzándola a algún lugar. –Rebeca. –repitió apartando la mirada.

—Creía que podía guiar a la locura a cualquier macho. –dije recalcando su frase. Me acerqué un poco y lo noté más tenso. –Cualquiera te incluye a ti. –añadí entreabriendo los labios cerca de su cuello.

—Estás ebria. –replicó cogiendo mis manos que querían atraerlo hacia mí desde su nuca. –Ducha.

No era en vano porque me cogió de la muñeca y me metió literalmente debajo del chorro. Fui a gritar pero me tapó la boca con una mano. Cuando la retiró, le miraba con ojos furibundos.

—Eres idiota. –insulté sintiéndome avergonzada porque decidiera ducharme en lugar de tener nada conmigo.

—Y tú una cría. –respondió siseante.

Eso, jodidamente, dolió.

—Pues la cría se va a dormir. –anuncié intentando conservar algo de dignidad.

—No puedes salir así. –recriminó porque parecía que no se cansaba de hacerlo.

—Tu chaqueta. –solicité con una mano poco dispuesta a volver a mirarlo a la cara.

Me la dio, me la puse de mala gana y me fui a mi habitación. Sabía que me estaba siguiendo para comprobar que era así, pero no me di la vuelta ni una sola vez.

Cuando estuve en la soledad de mi cuarto, me dejé caer contra la puerta y lloré.

Si me estaba ofreciendo todo lo lanzada que iba a conseguir ser con él alguna vez y solo me veía como una cría borracha que no le producía ningún deseo, tenía una única opción: Borrar a cualquier precio a Greyson de mi memoria y de mi piel que lo deseaba de forma voraz.