Los vampiros del zodiaco CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

REBECA

No sabía bien cómo definir el espanto que estaba teniendo que soportar en cada “cita” que tenía con esos chicos. Podíamos ser géminis y todo lo que Harold dijera, pero pegábamos menos que agua y aceite.

Cuanto más evidente se hizo esto, más tranquilo estaba mi padre y más necesario me pareció a mí finalizarlo. De todas formas, a Greyson le daba totalmente igual y prácticamente no hacía nada.

—Estará contando los días para que termine su signo y largarse. –dije a regañadientes al lado de Amir.

—Puede ser, a mí me cae bien. –respondió tranquilo.

Claro que sí, a todo el mundo parecía caerle bien. Tan seguro de sí mismo y sabiendo qué decir en cada momento. Y suficiente enigmático como para haberme dejado pensando tras mi comentario mordaz.

—Voy a salir esta noche. –anuncié hacia la mesa en la que estaban mis padres y los de Amir.

—Harold cree que, durante este mes, deberías preocuparte por relacionarte con vampiros. –explicó mamá comprensiva de lo mal que me iba a sentar aquello.

Pero yo necesitaba salir de todos modos, me sentía asfixiada en aquellas estancias donde no iba a conseguir nada más que morirme de aburrimiento y de sobrepensar las cosas.

—Carl me acompañará. –solté.

Mi padre dejó lo que estaba haciendo y Harold prestó atención emocionado de pronto. Hizo un gesto hacia Adam. Y éste a su hijo.

—Sí, les acompaño. –aceptó a esa petición silenciosa.

Ni que yo necesitase niñera.

—No te quejes, que no pienso controlar lo que hagas. –murmuré en su oído.

Era un Casanova.

Carl se presentó un poco flipando. Sí, no habíamos tenido ninguna conexión al hablar pero había mencionado algo sobre que le gustaba salir así que supuse, pensando rápido, que no le importaría pegarse una juerga en mi honor.

Tras la aceptación general, que de normal no necesitaba, fui a cambiarme.

—¿Y qué edad tiene este? Real digo. –cuestionaba mi padre.

—Treinta y algo. –respondió Gulliver.

Oí que mascullaba algo pero esa diferencia, entre vampiros, no era nada.

Me arreglé queriendo conseguir algo aunque no estaba segura de qué. Un vestido rojo y unos tacones fueron el atuendo escogido. A mí por lo menos me dio la impresión de que acerté porque Carl silbó al verme antes de que saliésemos los tres.

Había quedado con mis amigas en la discoteca, evidentemente. Se sorprendieron y me acribillaron a preguntas sobre por qué iba acompañada de semejantes hombres. A Amir lo conocían como mi primo porque habíamos salido más veces juntos, pero a Carl nada de nada.

—Este es otro. –dijo riéndose por lo bajini Laila.

Sabía que se refería a Greyson pero yo precisamente esa noche no quería tenerlo presente ni un poquito.

Todo fue divertido por un rato, pero al cabo de un rato nos cruzamos con otro grupo de vampiros, convertidos, y una pareció llamar la atención de mi acompañante.

—Esto… Rebeca, yo no quiero faltarte el respeto. –explicó bajando la vista en lugar de seguir devolviéndosela a la mujer, claramente interesada.

Me pareció tremendamente egoísta quitarle ese disfrute si a mí no me interesaba en realidad así que le puse la mano en el hombro.

—Diviértete. Volveré luego con Amir a casa. –anuncié.

—Gracias. –respondió con verdadero asombro.

No me molestaba en absoluto verlo con otra, pero una sensación agridulce se instaló en mi estómago.

—¿Te lo ha quitado? La puedo reventar. –soltó Laila tan pancha.

Si supiera que esa era una vampira y que la doblaría por la mitad sin esfuerzo…

—No, si solo somos amigos. –solventé enseguida.

—Tú siempre tienes solo amigos, tía, mójate un poco. –rebatió dándome un pequeño codazo amistoso.

No había sido su intención pero me había dado el motivo definitivo para sentir mi ego bastante abajo. Decidí irme.

—Amir, me vuelvo a casa, no me encuentro muy bien. –afirmé hacia mi “primo”. –No te preocupes, es temprano aún. –añadí para no joderle el tiempo de diversión cuando había sido mi maldita idea.

Salí a la calle con la cabeza embotada, deseando que terminase ya el maldito mes. No entendía que película me había hecho yo misma con cumplir la mayoría de edad, no cambiaba absolutamente nada.

Doblando una esquina me di cuenta de lo cerca que estaba el apartamento de Greyson de esa localización, aunque él estaba en el cuartel.

¿Pasaría mucho por echar un vistazo?

Me deslicé por la ventana, como la última vez.

La imagen de esa mujer me dio rabia de nuevo y pensé en irme, pero todo olía a jabón limpio y roble, tal y como era el rastro de Greyson así que…

No pude con la tentación de tumbarme en su cama bien hecha.

Recorrí las sábanas con las manos sintiendo calor en cada parte de mi cuerpo; sentía vivas partes de mí que ni siquiera acercándome a chicos bailando de manera sensual notaba por la labor.

Pero eso me pasaba a mí con él, invadía mi ser sin siquiera estar.

Entonces, y como eso no le podía hacer daño a nadie, hice algo impensable: Deslicé mi mano hasta el centro de mi ser.

Yo no me tocaba porque no encontraba prácticamente placer en ello, pero había algo diferente en ese momento, como si la excitación me lo pidiese. Jugué un poco pero acabé por reprocharme a mí misma lo que estaba haciendo y me fui más rápido de lo que había llegado por la ventana.

El olor a roble me invadió consiguiendo que me despertase de golpe sobresaltada incorporándome en mi cama. Grayson estaba en la esquina de mi habitación con la espalda apoyada en la pared y los brazos cruzados sobre su amplio pecho.

Tenía que estar aún dentro de un sueño. O una pesadilla porque recién despierta yo… Ni siquiera iba peinada.

—¿Qué haces aquí? –pregunté con menos seguridad de lo que esperaba.

—Si vas a tocarte en mi ático, por lo menos hazlo hasta el final. –soltó consiguiendo que me pusiera totalmente roja.

—No sé de qué me hablas. –respondí en un batiburrillo de palabras que salían demasiado apresuradas.

—Ya bueno, no lo hagas otra vez Rebeca. –advirtió.

Parecía enfadado cuando yo simplemente quería que me tragase la tierra.

—No lo vas a decir… —aventuré tocándole el hombro cuando ya se iba.

Se giró quedando nuestras narices a escasos centímetros.

—No compartiría eso con nadie. –Tragó saliva. –Y tú tampoco. –añadió.

Me costó una infinidad de minutos conseguir reunir el valor para salir de mi cuarto, vestida de deporte, para ir a entrenar.

Carl me saludó amistosamente, estaría agradecido. Yo solo hice una inclinación de barbilla para que supiera que no le estaba ignorando.

¿Quién cojones quería entrenar?

Tuve varios combates bastante distraída, tanto que un golpe consiguió que me saliese algo parecido a sangre de la boca y se manchase mi camiseta.

Me quedé en los baños del gimnasio hasta que estuve sola y me quité la camiseta para intentar no salir como un payaso. Sí, por si me veía ese estúpido y engreído de Greyson. Había estado pensando en algunos combates que se notaba que algunos machos y hembras se gustaban… ¿Por qué no me pasaba a mí?

Una idea cruzó entonces por mi mente, posiblemente igual de mala que todas las anteriores. Me coloqué la camiseta mojada de haber intentado sacar la mancha y fui esquivando a cualquiera que me pudiera ver hasta la habitación de Greyson.

¿No era él parte de mi problema? ¡Que fuese parte de la solución!

En cuanto entré saltó de la cama, como si fuese un bicho al que temer.

—Te aseguro que no puedes estar aquí. –señaló con los ojos muy abiertos.

—¿Va a salir otra pelirroja del baño? –pregunté sintiéndome enfadada de pronto con el hecho de que me echase de su cuarto.

—Nadie te puede ver aquí. –rectificó tras estar callado unos segundos.

—Suerte entonces que haya cerrado la puerta al entrar. –ironicé.

—Debería poner un pestillo. –señaló entonces devolviéndomela.

—No pienso colarme más veces, solo hoy. –Enderecé mi postura para sentirme más segura, pero no lo estaba. –Necesito un favor. –añadí.

Eso pareció llamar por completo su atención.

—Tú dirás. –dijo mirándose así mismo para ver cómo iba vestido.

Llevaba un pantalón negro y una camiseta gris de algodón. Sí, se me había pasado la jodida idea de pillarlo desnudo pero no había pasado.

—Necesito que me digas qué hago mal. –confesé. Enarcó una ceja como si no fuera capaz de comprender a qué me refería y casi me arrepentí de haber ido hasta allí. Casi. –Enséñame a gustarle sexualmente a un hombre. –solté sin previo aviso.

La cara que puso no la podría haber descifrado ni en mil años de existencia.

—Esto… —Miró hacia todas partes de la habitación menos a mí.

—Vamos Greyson. –dije avanzando hasta él sin previo aviso y colocándole una mano en el pecho. –Sé que a mi padre le tiene miedo todo el mundo pero habrá algo que se pueda hacer para que un macho olvide eso, aunque sea momentáneamente. –añadí haciendo todo el papel sensual que sabía.

A lo mejor así veía que era un completo desastre.

—No. –respondió tajante y cortante alejándose de mí.

—¿Y por qué no? –pregunté perdiendo toda la poca seguridad que me había llevado hasta allí.

–Al fin y al cabo, tú tienes parte de culpa de toda la seguridad que me rodea.

También otros vampiros se comparan contigo antes de hablarme.

–expliqué aunque él lo sabía tan bien como yo.

–Merezco poder ligar, tener un orgasmo. –añadí chasqueando la lengua.

Centró su mirada en la mía como un depredador sobre su presa.

Me giré para irme, peor de lo que había llegado, más expuesta.

Seguramente me veía como una cría más perdida que un elefante en una cacharrería, pero algo en mi sexualidad me invitaba a ir con él; como si él tuviera todas las respuestas que le faltaban a mi cuerpo y mente.

Colocó la palma de su mano en la puerta evitando que abriera.

—¿Por qué no llegaste hasta el final? –murmuró en mi oído consiguiendo que perdiese la noción de lo que estaba haciendo. No contesté. –Sé exactamente lo que hiciste y lo que no, dime por qué. –exigió.

—No soy capaz de acabar. –contesté sintiendo que la sinceridad me ponía rojas hasta las puntas de las orejas.

Eso, demostrándole que no era una mujer adulta en todo mi esplendor. Quise abrir la puerta de nuevo pero me retuvo.

—Yo no haré nada Rebeca. –susurró al mismo tiempo que cogía mi mano y la metía por mi ropa interior.

Me sentía tan caliente que sentía que ya era mucho más de lo que había conseguido sola nunca.

–Tócate con dos dedos, masajea tu zona hinchada.

–Gemí. –Ahora deja que entren dentro de ti. –murmuró. –Así.

Su voz era una especie de guía sensual que no podía dejar de obedecer. Parecía tan sencillo cuando él lo decía, como si mi cuerpo respondiera a las exigencias de su tono.

—Greyson… —gemí entreabriendo los labios involuntariamente.

Le busqué con la mirada. Estaba tan pegado a mí que sus ojos azules se clavaron en los míos. Lo notaba caliente emanando calor de su cuerpo al mío.

—Sigue. –indicó con urgencia. Lo hice pero notaba ese cosquilleo en el que solía parar. Dudé. –No te detengas. –exigió.

El placer que me invadió fue tal que sentí que me iba a caer mientras abría la boca contra mi hombro intentando buscar su boca.

—Grayson. –gemí finalmente sacando mis dedos.

—Tú eres perfectamente capaz de llevar a la locura a cualquier macho que quieras. –susurró tan cerca que nuestras narices se tocaban.

—A cualquiera no… —repliqué girándome para que estuviésemos frente a frente.

—Tienes que irte. –dijo entonces explotando la burbuja.

¿Qué?

Parpadeé varias veces en un éxtasis entre el placer y la confusión. Acabé por verle girarse hacia la pared contraria así que hice lo único que pude, irme sin saber qué cojones acaba de pasar y por qué sentía que si no había conseguido estar con nadie antes de eso, mucho menos después.

Grayson era mi fuego, pero yo no era el suyo.