CAPÍTULO 2
REBECA
Llegué a su apartamento, que era un ático, algo nerviosa. Me volví a mirar toda de negro, con un top corto y unos vaqueros. Me solté la trenza que me había hecho y me pinté los labios.
Me deslicé hasta la ventana y lo vi tumbado con el pecho descubierto. Entreabrí los labios involuntariamente y sentí los nervios a flor de piel. Toqué la ventana antes de deslizarla hacia arriba y entrar.
Se levantó tan rápido y con los ojos tan abiertos que no estuve segura de que se alegrase de verme.
¿Solo había ido a felicitarle, no?
—No puedes estar aquí. –dijo colocándose delante de mí en un segundo.
—Yo… —Dudé. –Venía a darte esto. –añadí sacando de mi bolsillo trasero un papel bien doblado.
Lo cogió entre sus dedos desconcertado y enseguida me hizo un gesto como indicándome que me fuese a la ventana de vuelta.
—Muchas gracias y espero que hayas pasado un buen cumpleaños, queda pendiente tu regalo. –aventuró rápido y nervioso.
Él no era así por lo que yo sabía.
Entonces la vi.
Una mujer desnuda salió del baño con una sonrisa pícara en su rostro. Se cortó al verme pero no se tapó. Era pelirroja y tenía el pelo corto, los labios anaranjados y la sexualidad expuesta. Era vampira.
—¿Tenemos compañía guapo? –preguntó refiriéndose a algo que, desde luego, no iba a pasar.
—Es mi sobrina. –respondió con su mirada clavada en mí.
Su expresión era indescifrable pero sus palabras claras y cristalinas. No pintaba nada allí.
—Esto… Sí. Me había dejado una cosa. –dije arrancándole el papel que le había dado de las manos. Tensó su mandíbula pero claramente no se iba a poner a discutir la tutela del papel en ese momento. –Perdón. –añadí antes de salir por la ventana.
Salió detrás de mí a su terraza por lo que tuve que contener todas las emociones que se estaban ahogando en mi garganta sin motivo; todo quemaba.
—¿Necesitabas algo? –preguntó. —¿Vuelves sola? –inquirió ante mi falta de respuesta.
—No, Amir me espera abajo. –respondí mintiendo.
—¿Me lo vas a dar? –interrogó refiriéndose al papel.
—Era una lista de cosas que quiero, para que eligieses que vas a comprarme por mi cumpleaños, pero ya te la doy en otro momento. –mentí de nuevo.
Llegué al cuartel sorprendentemente rápido. A lo mejor llorar me daba velocidad. Se puso a llover como si el cielo quisiera camuflar mi estado.
Entré por la ventana de Amir, quien evidentemente se preocupó. Quizá era más por pensar en mi padre cortándole las pelotas que por otra cosa.
—¿Estás bien? –cuestionó tras rastrear el aire.
Lógicamente no había pasado nada y el rastro de Greyson no estaba en mí ni siquiera de un abrazo.
—Sí, me he arrepentido a medio camino. –mentí.
¿Y por qué le mentía incluso a él? Porque me daba vergüenza admitir lo que había pasado.
Por suerte para mí, dudaba que lo comentase con nadie.
—Descansa. –dijo fraternalmente.
Lo intentaría, pero no iba a ser fácil.
Me puse el pijama sintiéndome frágil e incomprendida.
Le di cien vueltas a los canales de la televisión de mi cuarto e incluso me perdí varias horas en redes sociales.
Todo con tal de no pensar, pero en cuanto había un hueco mi mente se imaginaba a esa mujer de cabellos rojos enroscada a la cintura de Greyson y el enfado volvía a crecer.
Cuando me desperté, bufé literalmente porque me sentía como una mierda. Genial.
Mi madre entró cuando yo ya llevaba la ropa de entrenar, pantalón corto gris y camiseta de algodón blanca, y me estaba haciendo la larga trenza para ir más cómoda.
—No tienes buena cara. –señaló mi madre.
Mi padre, que estaba por detrás, asintió dándole la razón.
—Sí, ya me he dado cuenta de que no soy la mujer más guapa del mundo, pero mirad, es lo que hay. –dije enfadada. Ambos intercambiaron miradas. —¿Y qué queréis? Porque si estáis los dos aquí, tan temprano, me espera alguna clase de charla por no hacer absolutamente nada. –reté.
Sí, no estaba teniendo mi mejor mañana y la paciencia no era lo mío.
—Pues la verdad es que… —comenzó mi padre. –Mejor habla tú con ella.
Mi madre puso los ojos en blanco por esa pelota mal pasada.
—Greyson se va a quedar aquí lo que queda de su mes. –anunció. Me sentó como un puñetazo en la boca del estómago. –Tu padre quiere que recuerdes que…
—¿Qué nos llevamos muchísimos años y la marca no determina nada? –pregunté prácticamente chillando. –Me da igual Greyson; la marca; y todo lo que tenga que ver con el signo, destino o cualquier otra cosa que os preocupe. –añadí en una retahíla irracional.
—Bien dicho, buena charla. –dijo mi padre demostrando que tenía la capacidad emocional de una piedra.
—¿Estás bien Rebeca? –preguntó mi madre.
—Perfectamente. –respondí porque no podía contarle, por muy cercanas que fuésemos, que me había escapado en un impulso irracional de que pasara… A saber qué con Greyson.
Bajé a desayunar y se hizo un pequeño silencio. No hice caso al pasar por el punto donde estaba él aunque lo había visto perfectamente y fui directa a darle un abrazo a Amir para sentarme con él. Todos parecieron quedarse más tranquilos con eso porque siguieron hablando normal.
—¿Y me vas a decir qué te pasa? –interrogó Amir mirándome desayunar con desgana aunque a mí me encantaba desayunar. —¿Qué pasó anoche? –preguntó.
Le tapé la boca con las dos manos. Por suerte nadie nos estaba prestando atención.
—No pasó nada. Y cállate. –azucé torciendo más el gesto.
—Vosotros dos, a entrenar. –dijo Gulliver hacia nosotros.
Bajamos al sótano donde había más vampiros entrenando; originales algo más mayores, ya que desde la primera marca no habían vuelto a bajar bebés del cielo.
No me pillaba en mi mejor versión así que al principio recibí golpes, pero pronto usé la rabia contra cualquier contrincante y tuve tal rendimiento que Gulliver me felicitó.
Al cabo de un buen rato, ya cansada, me senté en un banco de madera a beber algo.
—Excelente rendimiento, pero la rabia no es buena aliada siempre Rebeca. –dijo Gulliver.
Para él siempre parecíamos un libro abierto.
Asentí en señal de respeto.
Harold nos interceptó en el recibidor de la planta baja, allí estaban absolutamente todos dispersos hablando entre ellos. No podía quitarme la sensación de tener a Greyson cerca por mucho que me hubiera impuesto a mí misma no dedicarle ni una maldita mirada.
—Bueno, me alegro de que estés aquí y tus padres también; y el líder de tu casa zodiacal también. No suele darse. –dijo Harold entusiasta.
—A lo mejor no es un buen momento. –replicó Gulliver haciendo referencia a algo que ellos debían haber hablado.
—¿Un buen momento para qué? –pregunté intentando no sisear.
Mi paciencia estaba agotada.
—Creo que puesto que estamos en el mes de géminis, y no sabemos cuánto va a durar tu marca… Podrías conocer a los otros géminis originales. –soltó sorprendiéndome.
Mi padre soltó un bufido desde una esquina.
—¿Conocerlos? –interrogué confusa.
—Solo hablar con ellos, por si algo se despierta con alguno. –respondió Harold.
—No creo que ella esté de humor para eso. –intervino Gulliver, seguramente basándose en el entrenamiento.
—Pues si no está de humor… —comenzó a decir mi padre.
—Estoy de un excelente humor para eso hoy. –solté sorprendiéndolos a todos. –Voy a cambiarme. –añadí.
Intenté no hacerlo, pero acabé por fijarme en los ojos azules de Greyson siguiéndome en silencio.
¿Qué me había llevado a hacer eso si yo odiaba la simple idea de normal?
Estaba entusiasmada de pronto. No iba a encontrar una mierda entre ellos pero por lo menos no me iba a pasar todo el maldito mes con la sensación de haber quedado como una idiota ante Greyson como si él fuese el único que podía tener sus… Propios intereses románticos.
¿Quién sería ella?
Borré la idea de mi cabeza antes de prepararme con esmero para sentirme guapa. Destrencé mi cabello y me coloqué un vaquero azul y una camiseta con agujeritos blanca.
—¿A qué viene tanta ilusión? Digo, ellos viven aquí de normal… —acusó levemente mi madre al verme salir.
—¿Si digo que no también habría sido un problema, verdad? –pregunté haciéndome la inocente.
—Ten cuidado Rebeca. –soltó algo más seria. –Al fin y al cabo solo tienes dieciocho años. –añadió.
No necesitaba a nadie más recordándome que era una cría.
Einar y Leo estaban descojonados bromeando sobre mi padre, porque él no se reía. Era una situación rara saber que iban a intentar tener algo con tu hija, pero yo no había inventado, desde luego, las normas de aquel lugar.
Intenté saber algo más de tres chicos cuyos nombres ni se quedaron en mi mente.
Solo me reía intensamente o me ponía coqueta cuando notaba a Greyson cerca y eso era un maldito problema.
Todos ellos estaban bastante a favor de tener algo conmigo, pero ni siquiera creía que tuviese tanto que ver con quién era yo sino lo especial que les hacía estar con la mujer original de la marca.
—A veces la chispa no nace en un minuto. –explicó con la mano en mi hombro Harold.
Ese estaba más desesperado que yo, pero por distintos motivos.
—Supongo que podré hacer otras rondas entre los que más compatibilidad tenga. –respondí con el interés bastante perdido.
Mi madre tenía razón: Yo había ido de lista, pero mis pensamientos eran incorrectos.
¿Qué pensaba que iba a pasar? ¿Qué Greyson se iba a poner celoso al verme con otros? ¡Pero si se estaba tirando a una anoche!
Solté una patada al llegar a mi cuarto deshaciéndome de toda esa parafernalia que no quería llevar y me puse de nuevo ropa de entrenamiento para bajar al gimnasio.
Estaba ocupado, claro que sí, no era tan tarde.
—¿Dónde vas? –preguntó Lena saliendo de detrás de una columna.
—A entrenar fuera, el gimnasio está ocupado. –respondí sin mentir.
Ella debió notarlo porque asintió sin preocupación.
Tenía tanta vigilancia que me asfixiaba en ocasiones como aquella. Solo necesitaba una maldita soledad para curar el daño que yo sola me había hecho con mis decisiones.
Golpeé un árbol en mitad del bosque frustrada porque correr no me estaba calmando.
—Pobre árbol. –dijo la voz inconfundible de Greyson a mi espalda.
—¿Qué haces aquí? –interrogué de malas.
—Eres tú quien ha venido donde estaba yo. –contestó encogiéndose de hombros.
—Pues márchate. –exigí volviendo a mi intención de pegar a ese árbol hasta que se me pasase.
Una voz me gritó que con él cerca no se me iba a pasar.
—¿Algún problema conmigo? –interrogó con esa voz de no haber roto un plato en su vida.
—Ninguno. –dije encarándole. –Pero a lo mejor tienes algo más interesante que hacer que molestar a tu sobrina. –añadí sintiendo que quemaba esa última palabra en mi garganta.
—Venía a por la lista. –respondió dejándome fuera de juego. ¿Qué lista? –La que viniste a darme en mitad de la noche. –añadió acercándose solo un paso. –Debe haber algo que quisieras mucho para ir a esas horas. –recalcó.
—Sí, pero ya me lo han regalado. –mentí. –Además, tengo la sensación de que sería un regalo de segunda mano en tu caso. –solté sintiéndome mordaz y valiente por un segundo.
Separó la distancia que había entre nosotros por un instante, quedándose tan cerca que contuve el aliento. Rastreó un poco el aire antes de separarse.
—Ten cuidado aquí fuera Rebeca, no es seguro. –soltó antes de irse.
¿Qué cojones acababa de pasar?