Los vampiros del zodiaco CAPÍTULO 1
15%

CAPÍTULO 1

REBECA

Cumplía dieciocho años y más que estar contentos, mis padres estaban histéricos.

Me miré en el espejo una vez más asegurándome de que mi vestido blanco estuviese impoluto y mis rizos caoba cayesen hasta mi cintura sin imperfecciones.

¿Por qué estaba tan nerviosa?

En realidad sabía por qué.

No había tardado demasiado en mi adolescencia en enterarme de lo ocurrido en mi nacimiento, sí, tenía una marca en mi tobillo cadera con forma de círculo.

Al parecer las estrellas eran caprichosas y decidían el lugar del cuerpo donde ibas a tener esa marca según tu origen: Humana en el brazo; Vampira convertida en el tobillo; Vampira original en la cadera.

Lo bueno era que se ocultaba mejor cuando salía por ahí, lo malo… Que siempre me sentía estúpidamente vacía con todo el que intentaba salir.

Según tía Lena, porque yo la llamaba así puesto que siempre estaba ahí como mejor amiga de mi madre y, era porque estaba predestinada ya a otro vampiro.

Y ese era el problema y el debate que enfurecía a mi padre cada vez que salía: Géminis, llamado Greyson, era el supuesto candidato. De la edad original de mi padre y uno de sus once mejores amigos, al que él llamaba hermanos, estaba destinado a ser mi pareja. O no, pero era lo que se rumoreaba.

Tanto había afectado eso que apenas se le veía en el cuartel excepto cuando era absolutamente necesario que estuviesen los doce.

Recordaba las veces que lo había visto como si los tuviese grabados en la memoria… Era alto; fuerte; con dos ángeles tatuados bajando por su garganta, o eso intuía pues solo se veía el principio de ellos; sus ojos eran azules; su cabello rubio ceniza.

—¿Estás nerviosa? –preguntó mi madre abrazándome por detrás.

—No, en realidad, solo son humanos. –respondí sonriendo.

—No me gusta. –dijo papá tocándose el puente de la nariz tenso. –Es muy corto. –añadió refiriéndose a mi vestido.

Mamá se carcajeó en alto porque ambas sabíamos que no me iba a cambiar. Estudiaba las artes del zodiaco en el cuartel pero salía por ahí con un grupo de amigas que había hecho con la intención de no perder contacto con el mundo humano. Era útil para nuestra misión.

—Ten cuidado Rebeca, y cualquier cosa, nos llamas. –advirtió mi madre.

—Bueno, bueno, ya sabes que podemos partir algunas piernas si es necesario. –dijo Leo cuando salí. –Estás muy guapa. –añadió.

Gulliver era algo así como un abuelo, porque los roles dentro del cuartel eran más bien raros. Nadie crecía y parecía viejo, y se conocían tantísimos años que… Todos eran familia.

Estaba saliendo por la puerta cuando recordé que tenía que retocarme el pintalabios para que fuese un poquito más voluminoso nada más así que me paré frente al espejo.

—Recuerda, Taylor, que empieza hoy a las doce el mes de géminis y tendrá que estar por aquí. –señaló Gulliver tranquilo.

—Puede estar aquí, yo no se lo he prohibido. –contestó mi padre bufando. –Yo le quiero, pero es mi hija. –añadió.

Un escalofrío recorrió mi espina dorsal entonces.

Había oído algo que no debía, pero iba a obviarlo.

Al fin y al cabo, existían muchísimos vampiros, muchísimos géminis además del primer original y…

Eso sería suficiente según Harold a un setenta por ciento.

Además con alguna marcada tendrían que probar.

Mi padre dijo que sí pero que tendría tantos años cuando probase que ya se vería. No iba a tener fácil eso de tener una vida adulta ahí…

En la discoteca todo se me disipó, al fin y al cabo, estaba de celebración de mi mayoría de edad humana y eso era una fiesta en toda regla para mis amigas.

El pensamiento de que si supieran lo que era no estarían tan tranquilas conmigo pasó por mi mente como un rayo de dolor, pero lo disipé.

Era buena en eso: Comunicativa, inteligente, social… Era parte de mi signo.

Me acerqué a la barra para pedirme algo y Lilia sugirió que fuese algo fuertecito, por aquello de que ya se podía pedir sin esconderse. Genial, solo por el subidón cuando me pidieron la identificación y admitió que tenía que ponerme la copa, gritamos un poco emocionadas.

Qué fácil era ser feliz fuera del cuartel, cuando olvidaba todas esas cosas tan importantes para el mundo que me rodeaba.

—¿Puedo invitarte? –preguntó un chico, quien parecía algunos años mayor que yo.

—No, gracias. –respondí pagando. –Rebeca, encantada. –añadí con intención de no ser borde.

Mamá siempre me decía que no dejase que nadie me invitase si no era alguien de confianza, que eso luego traía problemas. Y yo solía hacerle caso en sus consejos, al fin y al cabo, había vivido una vida fuera del cuartel, más inmersa en el mundo normal.

—Soy Pietro. –anunció enseñándome una hilera de dientes blancos.

Iba bien vestido, tenía un rollito interesante con la camisa medio abierta y un reloj de los que pesaba. Su pelo rojo estaba recogido hacia atrás con gomina y tenía unas facciones que, desde luego, no eran feas.

—Bueno, me voy con ellas. –señalé al grupito.

Levantó su copa hacia mí volviendo a sonreírme.

—Está bueno. –anunció Lilia mientras Gina solo asentía con la cabeza para darle validez.

No estaba mal por lo que, cuando al rato volvió para invitarme a bailar, mis amigas prácticamente me tiraron a sus brazos. Dejé que me guiara mientras me preguntaba cosas banales sobre dónde estudiaba.

—¿Qué edad tienes? –pregunté en una de las pausas de la música.

—Eso, una vez que los dos somos mayores de edad, poco importa. –contestó.

Uy, esa respuesta no me gustaba.

—Bueno, hay cosas que son distintas. –respondí ya sin sentirme tan cómoda. –Voy a volver con estas, que el cumple no se ha acabado aún. –expliqué sonriendo.

—Podemos hacer cosas mucho más divertidas que estar aquí. –rebatió cogiéndome de la muñeca cuando me retiraba.

Sabía que podía con él con el entrenamiento que tenía pero la idea de montar un espectáculo me puso algo nerviosa.

—Supongo, pero me tengo que ir. –respondí procurando no perder mi sonrisa.

Así era mejor, comunicación y evitación del problema.

—¿Cuál es la prisa? –preguntó no soltándome.

—Con permiso. –Llegó un hombre alto y… Greyson. Estaba ahí cogiendo al chico de la chaqueta. –Tengo que sacar la basura. –añadió con su voz ronca solo dedicándome una mirada.

Mis amigas fliparon e incluso leí en los labios de Lilia un “Está cañón” refiriéndose a Greyson. Dudé pero acabé por seguirlo fuera y ver cómo tiraba al tal Pietro al pavimento. Éste se levantó para salir literalmente corriendo.

Greyson hizo ese movimiento cuando mirábamos a un lado y a otro antes de hacer algo indudablemente vampírico, normalmente algún salto para irnos.

—Podrías felicitarme por lo menos. –reté evitando que se fuera.

–Si es que te acuerdas de que es mi cumpleaños.

–añadí cruzándome de brazos. Se giró clavando sus ojos azules en mí con una media sonrisa puesta en su rostro que podría haber congelado el tiempo.

—¿Sabes siquiera quién soy? –pregunté subiendo un tono.

—Claro que sé quién eres Rebeca. –respondió parando su huida. Dio un paso hacia mí. –Feliz cumpleaños. –añadió acercándose para darme un beso en la mejilla.

Sentí que el calor me invadía desde la punta de los pies hasta la nuca.

Cuando volvió a girarse, aunque fuese irracional e inadecuado, no quería dejarle marchar.

—Greyson. –Su nombre en mis labios sonó espeso y dulce. Fue suficiente para retenerle. –Quiero irme y… A lo mejor podrías acompañarme a casa. –sugerí.

Vi la duda atravesar su rostro.

—Vamos. –aceptó mientras yo observaba silenciosa el inicio de su tatuaje. Quería tocarlo. –Avísalas por lo menos. –añadió dejando claro que sabía que estaba con mis amigas dentro y que, en realidad, no era como si no tuviese cómo volver al cuartel.

Esperó mientras mis amigas flipaban con que yo me fuese a ir con él, para ellas era un completo desconocido por mucho que yo les dije que nos conocíamos de alguna quedada anterior. Explicarles quién era no era viable.

—¿Vuelves por lo de la luna en tu signo? –interrogué mientras andábamos por los callejones oscuros sin miedo alguno.

Era extraño pero sentía una completa tranquilidad, como si supiera que ni siquiera los renegados podrían tocarme de salir de la nada.

—Sí, tengo que estar por aquí. –respondió encogiéndose de hombros.

Iba con unos vaqueros negros, una camiseta blanca y una chaqueta de cuero. Andaba varios pasos por detrás de mí.

—Podrías caminar a mi lado. –dije mordiéndome el labio.

—Te vigilo mejor desde aquí. –contestó desviando su vista a cualquier rincón que pudiera ser peligroso.

Me daba rabia que hablara de vigilarme como si fuera una niña. No, peor, como si fuera cualquier otro creyéndose mi tío. ¿Y no lo era? Sentí frustración por lo que me paré adrede para encararle cuando se acercó lo suficiente.

—Nadie te ha pedido tu intervención en la discoteca. –reté sintiéndome muy enfadada de pronto.

¿No era ese reproche aún peor porque le demostraba que era infantil?

—Parecía que querías que te soltara. –contestó conciliador.

—¿Y qué hacías mirando para ver que era así? –pregunté enarcando una ceja.

Solo quedaba una calle para llegar al cuartel y se me había hecho demasiado corto el camino hasta allí porque, por algún motivo, quería seguir hablando con él.

—Pasaba por allí. –respondió tranquilo.

¿Qué había esperado que me respondiera?

—¿Dónde está mi regalo? –pregunté entonces dejándolo extrañado mientras le sonreía abiertamente.

—Seguro que te han dado muchos ya.

—Eso no quita que tú no me has traído nada después de tanto tiempo fuera. –recalqué.

—No sabía que te vería hoy. –justificó.

—¿Eso significa que nos veremos otro día y que traerás mi regalo? –pregunté poniéndole entre la espada y la pared.

—Te esperan. –dijo señalando hacia atrás.

Mi padre estaba en las escaleras del cuartel con el móvil en la mano mirándonos con una expresión algo indescifrable.

—Le has avisado. –murmuré decepcionada mirándome los tacones.

Ellos se asintieron mutuamente.

Greyson se giró y se quedó quieto por unos segundos.

—También es mi cumpleaños. –susurró antes de marcharse.

Me quedé mirando la noche abierta donde él ya no estaba antes de entrar a casa.

—¿Todo bien? –preguntó mi madre, quizá al verme algo confundida.

—Ha estado muy bien. –respondí intentando quedarme con la parte buena.

—¿Te has cruzado por Greyson por casualidad? –interrogó papá algo tenso.

—Sí, ha visto algo y me lo ha quitado del medio, nada más. –respondí sintiendo que tenía que esconder cualquier conversación más allá de un hola.

—Bien hecho entonces. –contestó antes de irse.

—¿Y? –preguntó mamá.

—Nada. –respondí rodando los ojos.

Me fui a mi cuarto para ver los mensajes de mis amigas sobre lo buenorro que estaba el chico con el que me había ido, que anda que avisaba de tal monumento, y cosas parecidas.

Podría haber seguido de fiesta pero… Había sido un impulso.

Me duché y me puse cómoda pero al rato, ya bien entrada la noche, me encontré vestida de nuevo, toda de negro eso sí, llamando a la habitación de Lena y Adam.

—¿Rebeca? –preguntó Lena sabiendo que si estaba allí a esas horas no le iba a pedir nada bueno.

—No. –contestó Adam desde dentro como si lo intuyese.

—Tú duérmete. –replicó Lena.

Él no era tan sobreprotector con Amir como mi padre conmigo. Amir era como un primo para mí y nos llevábamos genial pero al final era un hombre, quizá no me entendía.

—Yo… Había pensado… —Me quedé callada. –Nada, buenas noches. –dije antes de despedirme.

Iba a tener que tirar de Amir porque Lena era muy amiga de mi madre y toda esa lealtad en el cuartel podía llegar a ser asfixiante.

—Nada bueno, ni barato. –dijo Amir al abrirme la puerta.

—Necesito la dirección de Greyson. –solté ante su alerta máxima en la mirada.

—Tu padre me mata. –dijo nervioso.

—No va a saberlo. –rectifiqué. –Solo quiero darle una cosa. –añadí. Negó con la cabeza. –Es mi cumpleaños Amir, solo hoy. –insistí.

Chasqueó la lengua por usar la baza del cumpleaños pero acabó por darme un papel garabateado. Claro que la tenía, allí la única que no se juntaba con Greyson cuando estaba en la ciudad era yo.

¿Y por qué?

Una marca no quería decir nada, solo… Bueno, lo que fuese que no me iba a poner a analizar.

—Te quiero aquí antes del amanecer. –recordó Amir dejándome salir con cuidado por su ventana.