CAPÍTULO 6
ARIADNA
Taylor conseguía llevarme a la cima una y otra vez, pero cuando llegaba el momento de dejarse ir dentro de mí, yo le apartaba tras repetirle que solo haríamos lo que le hiciese feliz a él también.
La única vez que se había corrido dentro de mí, no había sido suficiente para quedarme embarazada y aunque eso era algo que yo agradecía porque quería que él quisiese, no era algo que hubiese hecho muy feliz a Harold.
Me encontraba sentada en la biblioteca siendo observada por Gulliver, por Harold y por Lewis, quien había confirmado que no estaba en estado.
—Puede que no funcione como creemos. –dijo Gulliver intentando calmar a Harold.
—Debería ser suficiente con que estén juntos. –murmuró Harold más pensando en sus teorías que en otras cosas.
—A lo mejor no funciona si no están emparejados. –sugirió Caleb.
Taylor lo fulminó con la mirada.
—Métete en tus asuntos. –dijo con los dientes apretados.
—Es posible. –afirmó Harold.
—Entiendo que todo lo que hay que hacer para que suceda, está haciéndose… —comentó Lewis mirándome fijamente.
—Sé hacer eso aunque sea. –siseó Taylor.
Mentiroso. Él sabía tan bien como yo que tal y como hacíamos las cosas no me iba a quedar.
—Pues el signo lunar acaba mañana. –dijo como si yo no lo supiese Harold.
—¿Nos podemos ir ya? –preguntó Taylor poco dispuesto a escuchar.
—Sí, salid todos. Menos tú Taylor. –afirmó Gulliver.
Esperé en el marco de la puerta pero negó con la cabeza. Decidí aprovechar para largarme a gritar por ahí.
Lena me observó tras un buen grito en la terraza común pero más que asustada pareció divertida.
—Vaya, parece que alguien está teniendo un mal día. –aventuró. –A lo mejor llega en el siguiente ciclo de Tauro, a lo mejor…
La corté.
—En realidad, no va a pasar porque no estamos acabando de la forma correcta. –confesé.
—¿Por qué? –preguntó.
Era la primera vez que no me sentía juzgada.
—Porque siento que todo lo que hace, lo hace por un sentimiento del deber. Primero porque se lo debe a los doce; después porque no puede hacérselo a Helda; y ahora porque si soy su compañera me lo tiene que dar todo. –expliqué.
—Tú también estás haciéndolo por un sentido del deber porque, al fin y al cabo, sois igual de testarudos. –señaló. Quizá tenía razón.
—¿Adam era cabezota, no? –pregunté interesada mientras clavaba las uñas en la palma de mi mano.
—Él no quería que le dijeran con quién tenía que estar o cómo, pero si estáis predestinados… Y si tú quieres un bebé… Puede que no tengáis otra oportunidad. –respondió.
—Gracias por escuchar.
—Házselo saber por lo menos. –dijo despidiéndose con un abrazo.
Adam estaba a pocos pasos de nosotras, al parecer incapaz de despegarse de su seguridad. Mientras los veía irse juntos y felices, Lena me hizo un gesto con la cabeza. Al girarme, vi a Taylor esperándome.
—Hola… —susurré llegando hasta él para ponerme de puntillas y besarle. —¿Qué ha pasado? –pregunté.
—Me estaban recordando mi obligación zodiacal de tener un bebé si es lo que las estrellas quieren. –confesó torciendo el morro. –Sé por qué ellos quieren que lo tengamos, pero no tengo claro por qué lo evitas tú. –añadió.
—Te digo siempre lo mismo, que haremos lo que también te haga feliz a ti. –susurré besándole con dulzura.
—A las nueve. –dijo antes de desaparecer.
Estaba estúpidamente nerviosa, pero como última noche en el signo lunar sentía un cosquilleo en todo mi cuerpo. Y encima estaba ese vestido azul marino con brillos que había aparecido en una caja envuelta con un gran lazo rojo.
Me lo puse sintiendo que era la piel de Taylor la que me rozaba, y conseguí oler su rastro incluso de simplemente haberlo tocado para meterlo en la caja.
Llegué a su cuarto y abrió antes de que tocase con mis nudillos.
Estaba arrebatadoramente guapo con un traje negro que lo hacía parecer más alto y amenazador de lo que ya era de normal.
Cogió mi mano con suavidad para guiarme hasta la terraza donde todo estaba lleno de velas.
En el centro del suelo, con pétalos blancos, había marcado la figura de Tauro.
—Esta noche, más que nunca… Yo te siento aquí. –dijo colocando mi mano en su pecho. –Y sé que eres mía. –Me mordí el labio. –Y para mí. –sentenció.
—¿Entonces? –preguntó.
—Bailemos. –respondió antes de hacerme girar hasta el centro de la figura. –Elegí ese vestido después de una frase. –confesó en mi oído haciéndome sentir mariposas. –“Las estrellas deciden que está predestinado para ti”. –añadió. –Pero tú eres mi estrella, y tú decides.
Mi corazón se hinchó tanto que sentí que me moría de nuevo, pero esa vez con una sensación distinta. Cogí la copa de champán que me ofreció pero se me resbaló y cayó al suelo.
Me quedé paralizada por un instante. Taylor me abrazó enseguida.
—No puedo. –dije sintiendo que me ahogaba por un momento.
—Estoy aquí. –señaló reconfortándome. Pero yo empecé a revivir esa noche.
—Yo no soy como tú. –murmuré con algunas lágrimas. –Tú eres un elegido por las estrellas, yo soy una pobre chica a la que quisieron convertir para recordarle que no podía rechazar a un ser superior como un vampiro. –añadí.
—Ariadna. –susurró intentando levantarme la barbilla.
Me resistí.
—Simplemente, las estrellas no me ven digna, por eso no sucede. –respondí vaciando parte de lo que sentía. —¿Y quién soy yo para obligarte a tomar una decisión? ¿Por un deber con una convertida? –pregunté.
—No sucede porque no dejamos que suceda. –replicó elevando mi barbilla por fin. –No sucede porque tú no me dejas que sea así; y yo, precisamente por eso, porque no tuviste elección, no voy a obligarte a que hagas nada que tú no quieras.
—No es tu deber quererme. –murmuré.
—Es que eso no se elige, joder. –respondió pincelando mi rostro con la yema de sus dedos. –Y necesito que seas mía. –añadió.
Solo asentí para dejar paso a sus besos húmedos; a sus manos apretando mi cintura; a los dedos tamborileando en mi cremallera.
Me quedé perdida en sus ojos verdes saboreando todo lo que me ofrecía.
Lo sentía tan mío que quemaba en cada esquina de mi cuerpo.
Acaricié su pelo atrayéndolo aún más hacia mí.
Besó lenta y tortuosamente mi cuello para después echar hacia atrás aún más la cabeza, ofreciéndome. Me rasgó hasta que nuestras miradas se cruzaron para toda la eternidad. Cuando me sentí marcada, hice lo mismo.
Un calor arrollador me inundó entonces por lo que busqué su virilidad con necesidad. Pero él pareció querer ir más despacio que nunca por mucho que yo elevaba mis caderas para hacerle saber qué era lo que quería.
—Taylor… —Le acaricié mientras empezaba a bombear dentro de mí. Paseé mis dedos por su rostro. Vi entonces su vulnerabilidad por primera vez desde que nos habíamos cruzado en el restaurante, después de la marca. –No eres un instrumento, eres todo lo que necesito. –remarqué.
Lamí más su nueva marca, la que le hacía mío.
—El destino estaba escrito, Ariadna. Tú eres la que salva mi camino, no al revés. –susurró haciendo lo mismo.
Cuando llegó el momento, quise sacarlo de mí, porque era importante que entendiese que las cosas habían cambiado; que podía pensar que había perdido todo al convertirme, pero solo era el principio de lo que la vida tenía reservado para mí en forma de felicidad. Pero no quiso salir.
—Una vez será suficiente. –murmuró conteniéndose.
—No quiero obligarte. –respondí entre jadeos.
—Supe que llevabas la marca casi al instante, y te hice mía por primera vez porque sabía en el fondo que se acababa el tiempo; que te marcharías. –confesó.
Así que le rodeé con las piernas más fuerte hasta que noté su semilla caliente dentro de mí. Noté el calor de la unión además del orgasmo y sentí que ese era mi sitio. Taylor lo era.
Me desperté apoyada en su pecho mientras él acariciaba mi pelo. Sentí lo que era seguridad y amor. Me envolvió en la chaqueta de su traje para bajar procurando no cruzarnos con nadie.
Era el primer día de géminis por lo que la atención sobre nosotros supuse que había decaído.
Me duché tranquila y me vestí sintiendo la mirada feroz de Taylor sobre mí. Estaba feliz
—Te veo nervioso. –Acaricié su nuca y besé su mandíbula.
—Quiero que esté ahí. –dijo acariciando mi tripa.
—Si tiene que ser, será. –murmuré restándole importancia. –Taylor… No eres culpable si no ha podido ser.
Parecía que le podía leer el pensamiento pero los sentía tan míos como los míos propios.
—Tardamos mucho aun cuando lo sentía desde el principio. –remarcó tenso, como parecía siempre y cuando no me lo hacía.
—Si tiene que ser será. Y si no tenía que ser… Puedo acostumbrarme a esto… —dije lamiendo su marca.
Enseguida reaccionó exactamente como quería, mandando a un lado los problemas.
Mi sexo respondía a su miembro de una forma intensa. Lo quería todo, lo necesitaba dentro. Sentía mis piernas temblar y el sudor frío bajando por mi espalda. Besé su mandíbula y mordió mi lóbulo.
Todo se desencadenó rápido en una necesidad que solo desataba el vínculo. Cuando gemí tanto que pensaba que mi garganta se iba a desgarrar, él también terminó para besarme fuerte y lento.
—Eres perfecta. –susurró.
No sabía si era perfecta, pero que estaba siendo observada… Era un hecho. Al salir de la habitación, había demasiados ojos sobre mí.
—El último examen Ariadna. –anunció con delicadeza Lewis.
Taylor siseó un poco. Odiaba que me tocara cualquiera que no fuese él ni aunque hubiese razones médicas.
—Cuidado. –advirtió.
—Solo voy a comprobar si tendremos un bebé enseguida. –respondió calmado, sabiendo que a un toro no se le hablaba bravo cuando estaba enfadada.
—Debemos estar atentos al recipiente por si acaso, ya estamos bajo la influencia de géminis. –recordó Harold sin saber dónde dirigir su entusiasmo.
Greyson, géminis, ya estaba en posición para hacerse cargo de la situación. Con inteligencia, dividió a los activos en dos grupos de vigilancia.
Efectivamente estaba embarazada. Sentí todo tipo de cosas. Esperamos todo lo que fue necesario hasta que llegó el momento de tenerlo.
Taylor gruñía a absolutamente todo.
—Relájate. –exigí sabiendo que la que tenía que estar nerviosa era yo.
Había escogido que Lena fuese la que estuviese al otro lado de la camilla dándome la mano. Más que nada porque me había dado su ayuda desinteresadamente y había pasado por lo mismo que yo.
—Si yo pude siendo humana, tú también. –recalcó apretándome de vuelta.
Conforme fui dando a luz noté algo dentro de mí.
—¿Está bien? ¿Lewis? –inquirí apremiante.
—Todo va bien. –respondió mirando el proceso. —¿Por?
La bebé lloró haciendo electricidad en el cielo. Qué pulmones. La cogí emocionada, Taylor la miraba como un padre mira a su hija sabiendo que sería lo primero para protegerla.
—Tiene la marca. –dije entonces quedándome anonadada.
—No puede ser. –replicó Taylor.
Localizó a Greyson en la habitación al mismo tiempo que yo. La diferencia fue que Taylor solo hizo gruñir. Le pasé mi preciosa hija, cuyo nombre sería Rebeca, a Lena para ponerme delante de Taylor.
—Tranquilo. –dijo Gulliver mirándome.
—No vas a tocar a mi hija, ni emparejarte con ella, ni mucho menos hacer un bebé. –retó Taylor hacia Greyson, quien, realmente, no se había movido de la esquina.
Se había quedado quieto, confundido, tenso.
—No está haciendo nada. –señalé hacia Taylor lo más dulce que pude para calmarle.
—Ni lo va a hacer. –recalcó mi compañero.
—Ha quedado claro. –reafirmé tranquila.
—¿Greyson? –preguntó en un siseo más relajado Taylor.
—Es un bebé Taylor. No tengo ningún interés. A lo mejor significa otra cosa. –dijo comunicativo y pacificador Greyson.
—Vale. –aceptó Taylor.
Volvimos a coger a nuestra hija con pura felicidad de parte de los dos.
Yo era feliz y tenía todo lo que necesitaba.
A Taylor y a Rebeca, eran mi familia; mi vida.
Tuve, sin embargo, que sugerir que fuésemos a nuestro cuarto, pues todos allí estaban pensando en si habría otra marca ese mes o si la de nuestra hija era suficiente.
Pero eso ya se vería, por el momento solo tocaba ser feliz.