Los vampiros del zodiaco CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

TAYLOR

Reducir a los renegados, una vez que llegamos los doce, no fue complicado. Más lo era sentir esas miradas en mi cogote como esperando a que dijese algo.

Harold y Gulliver parecían demasiado aliviados con la llegada de Ariadna sana y salva.

La dejé en mitad del salón sabiendo que iban a examinarla con lupa y me fui al gimnasio a darle puñetazos al saco.

—Estás aquí… —murmuró Ariadna al cabo de un buen rato.

Se había duchado y olía jodidamente bien.

—Me sorprende que te hayas dado cuenta de que he desaparecido. –solté no pudiendo contener mi rabia aunque no era común en mí.

—¿Perdón? –interrogué.

—¿Tu novio bien? –preguntó.

—¿Mi qué? –respondió consiguiendo afilar aún más mis dientes.

—No se sale al peligro corriendo por alguien que te dé igual. –contesté sintiéndome algo contrariado con cómo estaban sucediendo las cosas. Yo era un hielo, pero me estaba derritiendo sin querer.

—¿Por eso corriste detrás de mí? –inquirió acercándose un poco. Di otro golpe al saco. Se acercó suficiente como para parar el saco.

—Golpea si quieres. –dijo encogiéndose de hombros.

No iba a golpear el saco mientras ella lo sujetaba por muy enfadado que estuviese.

Cambié de saco y le pegué tal puñetazo que se descolgó.

—No tengo por qué aclararlo, pero Frank es como mi padre. Él me rescató cuando me convirtieron. —explicó de pronto.

Eso, aunque no lo quería reconocer, alivió varios tonos mi enfado.

—Si no tenías que aclararlo, no haberlo hecho. —contesté.

Era un capullo pero es que era incapaz de reconocer lo mucho que me había importado.

Al verla salir corriendo, imaginarla en batalla... M pecho había dado un vuelco donde protegerla iba más allá de mi propia voluntad.

—¿Desde cuándo los doce se meten en una pelea así? —interrogó. Me encogí de hombros como única respuesta. —He estado en muchas así antes y no habéis estado. —continuó.

Saqué un poco los colmillos expresando disgusto y me reprendí a mí mismo por dejar que las emociones me estuviesen jugando una mala pasada.

—Pues ahora estamos, porque ahora vives aquí. Punto. —aclaré.

—¿Se solucionará? —preguntó entonces volviendo a sacarme de onda. —Lo de Helda.

—No.

Negué con la cabeza poco dispuesto a dar más explicaciones de las necesarias.

—Si no tienes ganas de hablar conmigo, me parece bien, pero tampoco es como si yo me fuese a poner a hablar sola. —dijo enfadada antes de girarse para irse.

Me moví rápido, suficiente para ponerme frente a ella interponiéndome entre ella y la puerta.

—¿Boxeas? —inquirí sin poder apartar mi mirada de sus ojos color miel sorprendidos.

—No me achanto fácilmente. —contestó pasando por debajo de mi brazo apoyado en el marco. —Vamos, no te quedes ahí parado. —retó.

Subí dejando que fuera ella quien golpease primero. Marcábamos puños, por lo menos por mi parte, para después seguir danzando por el ring. Pareció querer darme una paliza aprovechándose de que no pegase.

—Creo que ya está. —murmuré antes de girarme.

Se puso delante de mí y me golpeó de frente. Sólo pude esquivarla a medias.

—¿Qué pasa? ¿Qué huyes cuando algo ya no te interesa? —interrogó cabreada. —Parecía que tenías más ganas de estar conmigo en tu habitación. —añadió elevando la barbilla.

—Porque ahí puedo pelear contigo hasta el final. —susurré acercándome a ella y cogiéndola de la cintura para quitar el espacio entre nosotros.

—No te entiendo... —dijo bajito sin desviar la mirada.

—¿Para qué has venido a buscarme? —cuestioné tensando la mandíbula.

No me sentía en zona de confort porque yo no tenía conversaciones largas ni daba explicaciones de por qué hacía lo que hacía en cada momento, pero Ariadna parecía dispuesta a poner a prueba todo eso.

—Ni siquiera lo sé… —murmuró nerviosa de pronto, dispuesta a irse.

—Pues piénsalo. –respondí.

—Quería verte para comprobar cómo estabas, pero estoy segura de que sigues igual de idiota, así que déjame. –replicó.

Sabía que debía alejarme porque si seguíamos retándonos el uno al otro no podría controlar mi parte animal por más tiempo.

Entonces golpeó mi pecho para salir y yo…

La sujeté por las muñecas para que nuestros cuerpos se pegasen.

Cogí su cintura para colocarla a horcajadas sobre mí.

Su excitación llenó el aire consiguiendo un rastro, que aunque solo había estado en él una vez, me perseguía a cada minuto de vida.

—Eres terca como tú sola. –murmuré lamiendo su cuello. –Pero también dulce, y risueña…

—Taylor, yo… —susurró dubitativa.

—¿No quieres esto? –pregunté mordiéndole el labio de la oreja.

Un gemino cruzó el aire pero no me contestó. Así que bajé mis dedos para meterlos en el interior de su cinturilla e ir deslizando hasta llegar a su humedad.

—Sí quiero. –respondió mientras se mordía el labio.

Y ya no hubo nada humano ni sobrenatural que pudiera pararme.

Necesitaba que estuviésemos unidos, mojados, y exhaustos.

Devoré cada centímetro de su piel. Ella rasgó un poco la piel de mi cuello excitándome aún más.

Nada había sido tan sensual y necesario en toda mi existencia.

Cuando por fin noté que se tensaba alrededor de mis piernas, aumenté la velocidad para conseguir su orgasmo.

Y esa explosión por poco no me deja controlarme; lo hice justo a tiempo para salir antes de derramarme.

Recuperé el aliento antes de bajarla. Ella se quedó con las manos entrelazadas por detrás de mi cuello igualmente.

—¿Estás bien? –inquirí ante el brillo en su mirada.

—Soy suficiente para follarme pero no para darme un bebé. –contestó arrebatada.

Podría haberle dicho que eso no era así, que estaba equivocada y que nunca me habría metido en una pelea entre nadie y Helda sino fuese porque sabía que daba igual lo que Helda quisiera que yo estaba seguro de que Ariadna era…

Especial. Pero me callé todo eso, porque que me acusara, atacaba directamente contra los valores que tenía como pilares de lo que era.

—Piensa lo que quieras. –atenacé.

—Eso hago, y no haces nada para cambiarlo así que… Será que es cierto. –replicó. –Pero no te preocupes, si tú solo piensas en tus necesidades, yo también pensaré solo en las mías. –amenazó.

Di un puñetazo en la pared cuando salió pero después acabé por salir detrás para comprobar qué había querido decir.

Todos a los que nos cruzábamos, aunque yo fuese varios pasos por detrás, nos miraban porque olían el rastro de mí en ella. Cuando comprobé que llegaba junto a Harold y Gulliver, se me borró cualquier atisbo de paciencia.

—No es justo. –dije hacia ella casi seguro de lo que iba a hacer.

—Como tú. –contestó con el morro torcido.

—¿Peleas de pareja? –inquirió Harold bastante emocionada con el tema.

—¡No somos pareja! –respondimos al unísono.

—Pero si estoy destinada a ser madre con él, estoy dispuesta. –soltó a continuación Ariadna.

Todos, absolutamente todos, dejaron lo que estaban haciendo para mirarnos de forma alternativa.

—Eso es maravi… —comenzó Harold.

—Eso no va a pasar. –repliqué contundente.

Notaba toda la tensión apretar cada centímetro de mi cuerpo, como si lo tuviese que preparar para una pelea.

—¿Y se puede saber por qué no? –preguntó Gulliver. Me quedé callado como todos. –Digo, no está diciendo que os emparejéis y sexo ya habéis tenido. –soltó.

Vi de reojo como Ariadna se ruborizaba pero era su culpa por ir de valiente y meterse en terrenos de lo que la casa de los doce esperaba que pasase.

—No voy a dar más explicaciones. –dije elevando la barbilla.

—Pero es tu deber. –rectificó Harold serio.

—Es fácil decir el deber de cada uno desde ahí, sin tener que hacer nada. –reté.

Gulliver puso cara de querer asesinarme.

—A lo mejor es cuestión de tiempo. –intervino Adam.

—¿Cuánto tiempo? El mes cambiará y ya no sabemos si funcionará. –replicó Harold.

—No lo voy a hacer. –repetí firme.

—Esto nos atañe a todos, Tauro, así que… Si pudieras explicarnos qué necesitas para estar más de acuerdo con lo que tiene que pasar. –dijo Gulliver.

—Dejadnos solos. –solicité fijando mi mirada en Ariadna. Dudaron pero Gulliver acabó por hacer un gesto y llevarse a Harold, quien parecía tener mucho que decir al respecto.

—No entiendo por qué te pones así. –retó Ariadna apretando los dientes.

—Vamos. –reté. Ella se quedó dudando. –Hagámoslo si es lo que quieres. –añadí acercándome.

Su esencia me invadió aunque no era lo que pretendía. Me coloqué entre sus piernas una vez que la subí al escritorio. Su mirada parecía confusa y colocó una mano en mi pecho.

—¿Qué hagamos qué? ¿Aquí? –cuestionó.

Noté una nota de excitación en su voz pero también estaba enfadada.

—El bebé estelar. –respondí apretando los dientes. —¿Es lo que quieres, no? Has venido aquí para decírselo a Harold y a Gulliver seguro de que ellos iban a obligarme a hacerlo. –añadí. —¿No era eso lo que querías? –interrogué cabreado.

Enfadado con ella, conmigo, con todo.

—Siempre haces lo que tú quieres; lo que a ti te parece bien; lo que crees que necesitas. –contestó tragando saliva.

—Esa eres tú. –respondí teniendo que contener las ganas que tenía de volver a hacerla mía. –Te voy a dar dos opciones: El bebé estelar, primera opción; o yo, segunda opción.

Abrió y cerró los ojos como si le costase entender el significado de lo que acababa de decir.

—No lo entiendo. –murmuró. –Siento que somos…

—¿Sabes lo que yo siento? –interrogué jodido hasta las trancas porque mi cuerpo me pedía muchas cosas acerca de ella pero mi orgullo me lo impedía. –Que te hubieras colgado de cualquiera que pudiera darte un bebé. –añadí.

—Me acosté contigo antes de saberlo. –señaló de nuevo orgullosa.

Éramos iguales.

—Pero ahora que yo me enfade te da igual; Y si algo se tuerce, prefieres salir corriendo para asegurarte el bebé estelar que esperar ver qué es lo que tenemos.

—¿Qué es lo que tenemos? Tú tenías novia antes de que yo llegase; No querías que dijese que tenía la marca, aunque lo intuías, porque lo sabías en el fondo; Me follaste pero no me preguntaste si quería que germinase la semilla; Y ahora quieres decidir tú solo que sea esa mujer que te acompañe sin esperar nada de ti, porque el ciclo de tauro pasará y posiblemente no haya oportunidad más delante de tener ese bebé. –argumentó cabreada.

—Entonces elige.

Estaba firme pero mi alma me reprochaba cosas por dentro, como si lo que estaba pasando no estuviese bien. Yo tenía una idea fija de cómo debían ser las cosas y todo se estaba yendo a la mierda porque mi configuración de lealtad se estaba desmoronando por momentos.

—Si estuviésemos predestinados, no me harías elegir. –recriminó cruzándose de brazos. –Así que haz lo que tienes que hacer. –añadió separando más las piernas.

La invitación dejó en el aire más rastro de excitación y mi parte animal consiguió que sacase mis colmillos. Quería marcarla, joder. Bajó su ropa hasta quedarse desnuda de cintura para abajo. Y eso era mucho más de lo que podía aguantar.

Me adentré en ella para oír de nuevo esa melodía dulce que eran sus gemidos. Nada había sonado tan bien nunca. Sus uñas jugaban por mi nuca adentrándose en mi pelo, consiguiendo excitarme más.

El bombeo fue in crescendo hasta que la noté cerca. Ese era mi mayor elixir, que ella disfrutase hasta la cima. Se aferró más a mí posando sus labios en los míos en un beso devorador.

De repente, puso sus manos para bajar la intensidad. Me perdí en sus ojos verdes.

—Ariadna… —murmuré contra sus labios.

—Solo bésame. –contestó con una lágrima rodando por su mejilla.

Lo hice, porque todo lo que me pidiese era prioridad para mí por mucho que no me gustase mostrar mis sentimientos.

Retomé el ritmo con suavidad, en un compás diferente, íntimo…

Noté como se aferraba a mis hombros con el cambio y entreabría más la boca.

Ella estaba a punto, y yo también. Así que, por primera vez en mi larga existencia, decidí hacer algo sin tener que pensar en todas las consecuencias que tendría o cómo me mantendría como un témpano de hielo.

Ella lo notó también y fue a retirarme para que no germinase dentro, pero la retuve.

—Precisamente por lo que somos, no voy a negarte ninguna de las dos cosas. –confesé antes de acabar al mismo tiempo que ella.

Me besó dulcemente al acabar, y aunque era el sitio más raro para hacerlo, fue el momento más personal.

—Debería ir a ducharme… —murmuró tras vestirse rápido mientras se ruborizaba.

—Vamos. –dije cogiéndola de la mano.

No nos cruzamos a nadie, pero el rastro debía ser inconfundible y estaban evitándonos.

Ya en mi habitación se quedó dudando.

—Tengo ducha en mi habitación… —declaró mordiéndose el labio.

—Ya supongo ya. –bromeé.

La cogí de nuevo a horcajadas para meterla conmigo en la ducha. No la quería lejos, la necesitaba cada vez más.

Cuando fui a derramarme negó con la cabeza para morderme un poco el cuello.

—No hace falta que lo hagas… —susurró.

—¿El qué de las dos cosas? –interrogué porque en ese momento ambos notábamos cómo se unían las almas.

—Ninguna que no quieras. –contestó acariciándome.

—Pero es que lo quiero todo. –murmuré. –Todo lo que te haga feliz. –añadí.

—¿Y qué pasa con tu felicidad? –preguntó besándome con pasión.

—Prioridades. –aseguró.

Consiguió que me saliese a tiempo y me retiró con cariño cuando intenté marcarla.

—Será lo que te haga feliz a ti también o nada. –sentenció.

Me dio un beso rápido antes de salir mojada y limpia para buscar entre mis cajones la ropa.